30 años de ‘Actually’ – Cómo Pet Shop Boys nos vacunaron contra el neoliberalismo

Hace 30 años, Neil Tennant y Chris Lowe lanzaban Actually, un álbum lleno de invectivas contra la tiranía del mercado. El dúo formaba parte de un pop ochentero y combativo en el que se alistaron múltiples artistas, desde Paul Weller hasta los Housemartins.

Empecemos por un topicazo: el hecho de que Actually, el segundo elepé de Pet Shop Boys, acabe de cumplir treinta años, no le resta ni un pellizco de vigencia. Algo que no se debe sólo a que sus canciones sean gloriosas, ni tampoco a que cuente con una de las mejores portadas de la historia del mundo mundial. Se debe a que el mundo que describe, el mundo de hace tres décadas, sigue siendo el nuestro en demasiadas cosas.




Cuando Neil Tennant (voz) y Chris Lowe (maquinitas) sacaron al mercado esta rodaja, el 7 de septiembre de 1987, no sólo estaban poniendo al alcance del público un puñado de temazos enormes. También estaban posicionándose (de nuevo) como uno de los grupos más politizados de la historia de la música pop. Su meta autoimpuesta era plantarle cara a una coyuntura muy fea, infiltrando en el mainstream una ira que ahora sería calificada de “antisistema”.

¿Rescatar a una de las divas capitales del pop británico para cantar con ella una letra sobre desempleo y favores sexuales? PSB lo hicieron. ¿Ponerle ritmo discotequero a un escupitajo contra Margaret Thatcher y su política económica? También. ¿Convertir en hit una canción sobre la prostitución masculina, en unos años de sida y homofobia institucional? Otro logro para nuestros chicos. En su aniversario, Actually no sólo nos recuerda que la música más popular (la que nace para trepar en las listas, colarse en ámbitos de todo tipo y, en suma, gustarte a ti y a tu madre) puede ser política y hacer política. También nos recuerda que, si lo hace, puede molar mucho, y que una época tan aparentemente superficial como los ochenta nos da ejemplos de ello que podríamos seguir ahora.

El baile gris de los señores serios

Ahora han desaparecido casi totalmente de la conciencia pública, algo que les importa un carajo. Pero, en sus años cumbre (de mediados de los ochenta a comienzos de este siglo), Pet Shop Boys tenían esa ubicuidad de la que sólo gozan los triunfadores. Algo que, en España, daba lugar a un fenómeno muy curioso: dejando de lado a aquellos que los amaban (leyesen o no Rockdelux) y a quienes los odiaban a muerte (leyesen o no Popular 1), el gran público se quedaba sólo con sus hits más claros y con la evidencia de que aquellos dos tíos tan pánfilos eran maricones.  No ya por una iconografía gay de la que fueron tirando más y más con los años, sino porque tanto su imagen como su música estaban fuera de todo aquello concebible como rockero y, por lo tanto, hetero.

Con el paso de los años, el dúo ha mantenido en pie estos valores. Pero, para saber por qué resultaban tan importantes cuando se publicó Actually, debemos ponerlos en su contexto. Si bien ahora se asocia a Pet Shop Boys con looks excéntricos y coloridos (un giro que dieron en los años del grunge, movidos por su afán de tocar las narices), el Tennant y el Lowe de 1987 salían en las fotos con un aspecto opaco, cuando no aburrido. En lugar de venderse como terremotos rompepistas, aparecían como esos dos sujetos acodados en la barra del bar que ni bailan, ni ligan, ni hablan. Practicando un género (la música de baile) que siempre ha cultivado el escapismo, ellos ofrecían la puta realidad.

Pet Shop Boys

“Ya nos han vuelto a cortar la luz, Chris”.

Además de a la premeditación (“Queremos hacer música disco con letras introspectivas y políticas”) y a la influencia de los artistas Gilbert and George, este afán de resultar ‘normales’ tenía otras raíces. Básicamente, que Tennant y Lowe tenían ya una edad y no estaban para muchas hostias. Sobre todo el primero, que iba para cumplir los 34 y había sido hippie en su adolescencia, antes de ponerse a currar. Neil hizo horas en Marvel UK, primero, y después en la revista Smash Hits, para la cual entrevistó (en 1983) a una Madonna casi debutante.

Además, aunque su primeros álbumes (Please y la colección de remezclas Disco) hubieran aparecido en 1984, PSB llevaban en activo desde el 81, y habían pasado tres años macerando temas que se publicarían a lo largo de los años posteriores. De la misma manera que Silvio Rodríguez escribió sus canciones más conocidas mientras trabajaba en un barco pesquero, Tennant y Lowe fraguaron su éxito en años estériles con mucho nine to five, muchos tejemanejes con el productor Bobby Orlando y muchos telediarios que (entre el “cáncer gay” y la vampiresa de Downing Street) debían parecerse a una película de la Hammer.

Sabes que sólo es cuestión de tiempo

Con tanta grisura por bandera, Pet Shop Boys se habían ganado ya un mediano éxito en 1987. Un éxito debido a canciones muy cínicas (West End Girls, Opportunities) o muy desesperadas (Love Comes Quickly, Suburbia), que, sin embargo, parecían hasta alegres en comparación con la mayor parte del repertorio que estrenarían aquel año.

Un repertorio que, por otra parte, tenía sus pinchazos: a quien suscribe, Actually no le parece el mejor disco de Pet Shop Boys. El single It’s A Sin, con Tennant desfogando el rencor contra su infancia de colegio católico, se me hace cargante aunque resultara escandaloso en su día. Algunas secciones resultan machaconas, y hay al menos un corte de relleno (I Want To Wake Up). Además, aunque esto no tenga nada que ver con su calidad, el álbum entero es una progresión hacia la murria, rematada en cada cara del vinilo con las dos canciones más tristes que jamás ha grabado el dúo.

No estamos hablando de un disco fácil. A poco que comulgues con sus postulados y tengas el día tonto, llegarás a su final mirando una mancha en la pared. Pero Actually tampoco pretende ser fácil: fue concebido como “un álbum conceptual sobre Londres en la era de Thatcher”, y da prueba de ello su último corte, King’s Cross. Según recuerda Tennant, la conocida estación londinense era en los ochenta un epicentro prostibulario y chaperil donde el VIH campaba con soltura. Además, sus andenes solían estar llenos de provincianos que llegaban a Londres en busca de empleo. Así pues, el lugar era “una metáfora de Reino Unido: estaba lleno de gente esperando una oportunidad que no llegaba nunca”.

Antes de ese colofón, hemos tenido tiempo de escuchar un inventario de todo lo malo que el dinero, o su ausencia, pueden hacerle al corazón humano. “Tú siempre quisiste un amante, yo sólo quería un trabajo”, le suelta Tennant a Dusty Springfield al comienzo de What Have I Done To Deserve This? Y de ahí, a peor: Shopping se mete en Westminster hasta la cocina para describir un panorama de privatizaciones a costa del pueblo llano. “Lo han dicho en la Cámara de los Comunes: todo está en venta”, afirma la letra. Y, entre las cosas que se pueden comprar, está el afecto del protagonista de Rent, un mantenido que constata cómo, en la relación con su cliente, los billetes y el afecto se solapan hasta el punto de hacerse indistinguibles.

Dejamos dos piezas para el final. Heart es el momento optimista de Actually, pero su vídeo (con Ian McKellen como nosferatu enamorado) tiene mucho de farsa grotesca. It Couldn’t Happen Here suena, directamente, sórdida, y sirvió para titular la película que el dúo estrenó ese mismo año. Dirigido por Jack Bond y destinado a sustituir a las actuaciones en directo, el largometraje resulta tan dicharachero como Michael Haneke, Terence Davies y Lindsay Anderson en el Valle de los Caídos. En sus últimos minutos, la Gran Bretaña del futuro aparece convertida en zona de guerra: “Muertos y heridos en las aceras / sabes que sólo es cuestión de tiempo”, canta Tennant. Y tiene razón.

El pop comercial no es heterosexual

Podría contarse mucho más sobre los Pet Shop Boys de entonces. Por ejemplo, que volvieron a colaborar con Dusty Springfield dos años más tarde, cediéndole una canción sublime (Nothing Has Been Proved) para la BSO de la película Escándalo. O que, también en 1989, salieron de gira, con escenografía y vídeos de Derek Jarman. Pero queremos ir más allá. Porque, presentándose como unos muermos y camuflando de pachanga sus soflamas contra el capital, Tennant y Lowe no sólo actuaban según aquello de “el Ché Guevara y Debussy con un ritmo disco” de Left To My Own Devices. También eran hijos de su época.

Esto puede resultar raro. Vale que PSB son el último gran grupo de synth pop de los ochenta, pero está claro que tienen bien poco que ver con el resto de su quinta. Y no sólo porque empiecen a sacar discos cuando el género está a punto de venirse abajo. A diferencia de los demás astros (The Human League, Depeche Mode, New Order) ellos no venían ni del punk, ni del industrial, ni del rollo siniestro, ni de los Nuevos Románticos. En su vocabulario, Kraftwerk Bowie apenas se dejaban ver, reemplazados por el hi-energy, el italodisco y el pop europeo. Ni siquiera Soft Cell Erasure (los primeros, por macarras, los segundos por experimentales) tenían demasiado que ver con ellos, aunque hiciesen de lo gay una seña de identidad.

Pero sí podemos encontrar grupos similares a Pet Shop Boys, en forma y fondo. El primero de ellos es Bronski Beat: más allá de los chistes sobre falsetes y las leyendas chuscas, Jimmy Somerville había visto la trinchera de cerca, puesto que llevaba militando en la Young Communist League y en asociaciones LGTB desde antes de que se le secasen las espinillas. En cuanto al sonido, The Age of Consent (1984) es otro álbum en cuyo universo existen mil y una formas de música ligera (Gershwin, Peggy Lee, los blues calentorros de Bessie Smith, la bossa nova y, claro, la disco), pero nada que evoque a The Velvet Underground, ni a Bowie, ni a nadie que lleve gafas oscuras o ponga cara de asco en las fotos.

The Communards, el siguiente proyecto de Somerville, era un órdago a la grande. El nombre aludía a los comuneros de París, las letras (Breadline Britain, Disenchanted) apostaban más por lo social que por lo sexual y la música resultaba aún más petarda. Por desgracia, esta última apenas dio más alegrías que su versión del Don’t Leave Me This Way, y el dúo acabó yéndose a pique. Aún así, resultan entrañables sus ambiciones de crear una comunidad de grupos afines: con el alias de Banderas, sus coristas Sally Herbert Caroline Burke dejaron un disco muy bonito (Ripe, 1991) de tecnopop con mensaje lésbico… y colaboraciones de Bernard Sumner Johnny Marr. 

Paul Weller es tan heterosexual como Sumner y Marr. Y, al igual que estos, no puede decir que el rock le importe un carajo. Pero el rojerío le sobraba (entonces), así como el amor por el soul y las ganas de predicar. Algo que hizo, y mucho, al frente de The Style Council. El conjunto que armó el del flequillo tras darle pasaporte a The Jam es uno de los grupos más odiados de los ochenta, así como uno de los más fáciles de reivindicar.

La portada de su álbum Our Favourite Shop (1985) deja las cosas bastante claras. En la imagen, Weller y el teclista Mick Talbot curiosean en una librería llena de iconos asociables al grupo (memorabilia mod, literatura de izquierdas, fanzines…) pero también a la causa gay, empezando por un póster de Otro país, aquella película de 1984 con Rupert Everett Colin Firth como mozalbetes ambiguos, comunistas y de entreguerras. Asimismo, piezas de soul finísimo como Internationalists Walls Come Tumbling Down se tiran a la piscina en cuanto a las intenciones: Paul Weller había organizado ese mismo año Red Wedge, un colectivo de grupos hostiles al thatcherismo cuya dirección compartía con Billy Bragg, y en el que llegaron a figurar las mismísimas Bananarama. Las cuales, como se ve, molaron siempre.

Pero The Style Council acabaron haciendo un easy listening pazguato, mientras que su líder ejerce ahora de fósil en mítines de Jeremy Corbyn. Ya en los ochenta, algunos grupos habían apuntado que Paul Weller iba de farol, y los primeros fueron The Housemartins. Olvidados hoy en día (salvo porque Norman Cook, su bajista, se hizo rico con el alias de Fatboy Slim), estos señores venían del cristianismo de base, predicando con el ejemplo al organizarse como cooperativa y al dar más de cien conciertos cada año, bien en estadios, bien en pubs de la Inglaterra profunda. Sus dos álbumes (London 0, Hull 4 -1987- y The People Who Grinned Themselves To Death -1988-) deberían enseñarse en los colegios. Y su lema “Take Jesus – Take Marx – Take Hope” sigue resultando pasmoso.

Pequeñas revoluciones con estilo

Como siempre pasa en estos artículos, sólo hemos arañado la punta del iceberg. Y quedan un montón de grupos ochenteros maravillosos, unidos tanto por la ideología de izquierdas como por esquivar las trampas de la subcultura o de las poses de machito. Por quedarnos en Hull, la patria chica de los Housemartins, habría que hablar de Everything But The Girl (quienes piensen que lo de Tracey Thorn Ben Watt era o es música blandita para yuppies, que se lo haga mirar) o los Red Guitars, cultivadores de un sonido aún más delicado y de unas premisas todavía más duras.

También nos estamos dejando a The Redskins, que resumían su programa en el título de su debut Neither Washington Nor Moscow  (1986), y que le daban al soul, al pop y a los ritmos de baile como unos trotskistas. También deberíamos añadir que el primer indie, el de Sarah Records, el recopilatorio C-86 y demás, se basaba en una cultura de colectivos y autogestión que convendría recuperar cuanto antes. Aunque en España, con su panorama de escenas atomizadas, público y músicos envejecidos y autoediciones a precio de coltán, la cosa pinta difícil.

De la misma manera, tenemos que mencionar a Madness, así como a The Specials y a sus escisiones (Special AKA, los de Nelson Mandela Racist Friend, fueron una de ellas). O, volviendo a lo gay, a Frankie Goes To Hollywood, aficionados a hacer chistes sobre la Guerra Fría. Holly Johnson y sus muchachos serían unos primaveras manipulados por su productor Trevor Horn, pero firmaron maravillas como ese pressing catch que pueden ver abajo. 

La lista de bandas de las que nos gustaría hablar crece y crece según nos la pensamos: para no morirnos de vergüenza, lo dejamos en que Young Marble Giants Weekend también tienen un lugar en ella. Pero, a estas alturas, ya habrá quedado claro que los Pet Shop Boys de Actually no estuvieron solos. Lo quisieran o no (¿alguien se imagina una conversación entre Chris Lowe y Paul Weller?), formaron parte de una época en la que parte de la música de Reino Unido se tomó muy en serio eso de promover una causa y promoverla con estilo. Nada de looks agresivos (se trata de confraternizar con el público, no de enervarlo) o de canciones supeditadas al mensaje. Lo mismo, en otro momento, hablamos de Crass o de Gang Of Four. Esto era popular.

Ahora que la música para todos los públicos vuelve a ser lo más, y que el capitalismo deja de ser un sistema para convertirse en una entropía, ¿por qué no hay proyectos así surgiendo de debajo de las piedras? Sencillo: la industria ha cambiado, los medios de difusión y distribución han cambiado… y la música también ha cambiado, tanto como un panorama cuya lobreguez iguala (por lo menos) aquella con la que Tennant y Lowe se encontraron hace treinta años.

“Deja de divagar y limpia un poco, anda”.

La esperanza de oír a una estrella del pop cantando “¿Cuándo vas a entender que la lucha de clases es real y no un mito?” es ilusoria. Pero también deseable, porque una pregunta, un acercamiento fraterno o una llamada al disfrute pueden ser más hermosos que un sermón o una llamada a filas. A menudo, lo son.

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