5 razones por las que Paul Verhoeven es el mejor director antisistema

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El estreno de Elle, una vuelta al thriller erótico con una memorable Isabelle Huppert, trae a la picota al veterano realizador holandés, quién cuenta con una sugestiva y polémica trayectoria. Entre el cine de autoría y el blockbuster, entre la crítica social y los productos diseñados con el taquillazo en mente, este hijo de la posguerra -nacido nada menos que en 1938- ha sobrevivido a todas las modas y siempre resulta un director interesante. Repasamos cinco razones por las cuales ha conseguido a través de productos perfectamente comerciales proponer una sátira social especialmente sutil.

En una de las escenas más recordadas de Desafío Total (1990), Arnold Schwarzenegger elimina su disfraz de mujer de mediana edad, perfectamente integrado y sin ningún fallo, para mostrar su rocosa virilidad. Esta escena es la perfecta metáfora de un director que detrás de productos que parecen falsamente inocuos, comerciales en el peor de los sentidos, construye piezas progresistas que para muchos críticos han pasado desapercibidas durante años. Su carrera, que muestra sin tapujos a los hombres como violentos animales dominados por sus deseos, es también una lucha constante contra los prejuicios y es -quizá junto a Brian de Palma– el mejor heredero puro de Alfred Hitchcock.

Verhoeven, en una charla para Post Script, consideró que gran parte de su interés por la violencia viene de su infancia. Vivió la guerra en Holanda, en medio de la ocupación nazi, y llegó a observar como soldados alemanes “recogían” trozos del cadáver de un aviador británico para guardarlos en una especie de ataúd. Parte de estas experiencias se diluyen también en sus filmes sobre la II Guerra Mundial, de tono visceral y despiadado. CANINO os da cinco razones para revisar su polémica filmografía, tan diversa como personal, a través de la óptica de la subversión. Un elemento consustancial a todo su cine:

1. Fue uno de los pioneros en mostrar sexo y violencia sin cortarse

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Su segundo largometraje, Delicias Turcas (1973), extirpó el lirismo de Bernardo Bertolucci y su Último Tango en París, del año anterior, para mostrar una relación descarnada, que acaba bajo lógica freudiana en la muerte. Con escenas de sexo muy avanzadas para el tiempo, subvertía las clases sociales a través de una pareja bohemia y llenaba la pantalla con desnudos integrales. Ofrecía, además, una primera muestra de la violencia consustancial al macho abandonado, gracias al “replicante” Rutger Hauer en uno de sus primeros papeles en la gran pantalla.

La contracultura holandesa y el morbo consiguió para Delicias… un éxito en taquilla y parte del mundo crítico respondió a su audacia, aunque fue vetada en Cannes -según Tomás Fernández Valentí– por su contenido explícito. Sus filmes tardíos europeos, Eric, Oficial de la Reina (1977) y especialmente Vivir a tope (Spetters) (1980) mantuvieron la violencia y la taquilla, aunque poco a poco se enfrentó con la crítica local, que le consideraba excesivo.

Esta última película ofrecía nada menos que una violación múltiple, comparaciones entre miembros viriles y una ventana a la delincuencia en Rotterdam; elementos que prefiguran su cine en los noventa. “Toda la prensa holandesa odiaba Spetters”, declaró el propio director a la web Cinema Scope.

2. Inventó el thriller erótico de los noventa

Aunque se puede citar El Silencio de los Corderos (1991) como modelo para el thriller en los noventa, la influencia y la taquilla de Instinto Básico del año siguiente crearon un producto de éxito que tuvo infinidad de clones (La Última Seducción, Jade, Acoso e incluso la más artística Eyes Wide Shut). La imagen de Michael Douglas rendido a su propio camino de perdición, la obsesión sexual, construye un icono yuppie de ese tiempo. Una visión nada complaciente de la América de Ronald Reagan, de sus triunfadores, que tuvo una gran respuesta popular y fundó un género.

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Según Verhoeven, él siempre quiso hacer un filme de Hitchcock pero nunca tuvo “un buen guion de este tipo” hasta leer el libreto del húngaro Joe Eszterhas. Ya había probado el género con éxito en la notable El cuarto hombre (1983), en la estela de De Palma, pero será este filme donde alcanzará la fama mundial gracias a un cóctel de sexo y violencia. Sin él, sin la popularización de picahielos como objeto sexual, miles de parejas tendrían una vida marital mucho más aburrida.

3. Es un maestro de la subversión

Verhoeven consideró con sorna que “ningún director” quería hacer Robocop (1987) ya que juzgaban el texto original “muy tonto”. Después de ser convencido por su esposa, que salvó el guion de la basura, lo utilizó de base para una película ultraviolenta donde traza una malévola crítica a la cultura de las armas de Estados Unidos. El director holandés afirma que metió “color” al guion, aunque parte de los elementos subversivos, afirma Valentí, se encontraban en el original de Edward Neumeier y Michael Miner. Incluso su posterior Desafío Total pone énfasis en el proletariado marciano, verdadero héroe en la sombra, contra los abusos del ambicioso empresario Vilos Cohaagen. Un Serguéi Eisenstein de incógnito en un relato de acción militarista en su superficie, pero totalmente opuesto en el fondo a las peripecias de John Rambo.

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Más maliciosa, de una gran crueldad, es Starship Troopers (1997), donde invierte casi por completo las ideas militaristas de la novela original de Robert A. Heinlein. Verhoeven afirmó a Empire para 2014 que dejó de “leerla tras dos capítulos porque era muy aburrida… es un libro de muy de derechas”. ¿Qué hizo luego? Una completa y sibilina sátira junto a Neumeier, que tiene como objeto que la gente se pregunte a través de pistas si los personajes “están locos” en su fanatismo antibichos. El crítico Jonathan Rosenbaum considera que gran parte de la “fascinación” que provoca este film está alimentado en su “ambigüedad”.

Para ello buscó una “mirada inocente” en los actores protagonistas -elegidos jóvenes y un poco tolis a propósito- y el uso de noticieros -con el célebre “ellos también contribuyen”– donde diluía su malicioso veneno paródico. Casi una versión de El triunfo de la voluntad (1935) en clave cómica.

El resultado: un éxito de taquilla con una recaudación de 121 millones de dólares, que originó una franquicia y engañó a media América WASP con un filme claramente antiestadounidense y que haría las envidias de Ken Loach.

4. Quiso hacer una película de Jesús como terrorista revolucionario

Cristo es una de las grandes obsesiones de la vida de Paul Verhoeven y colaboró con una serie de expertos en el Jesús histórico con el propósito de rodar una película. Ante la imposibilidad de obtener financiación -presentaba al mesías como “un terrorista” contra Roma- publicó una novela en 2011 con todas esas investigaciones, que acaba de ser publicada en nuestro país. Según el guionista Paul Schrader, experto en estos menesteres cristianos, “su versión es más cercana a lo que pasó hace 2000 años que los evangelios, los cuales se hicieron para ser creídos y no para ser plausibles”.

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Portada de la edición francesa del libro, con el fotomontaje entre Jesús y el Che Guevara.

Verhoeven buscó financiación a esta posible obra afirmando que sería una película de acción (“¿quién quiere ver a gente hablando?”, dijo), ya que pretendía filmar los primeros años del cristianismo como un thriller político. No obtuvo productor y reaccionó de manera negativa al Cristo de Mel Gibson con una frase antológica: “Si Dios es como el de esta película, estamos realmente jodidos”.

5. Ha trabajado en América y en Europa con éxito

Tanto su trayectoria en Europa como en EEUU ha sido notable, teniendo sus relativos patinazos (Una novia llamada Katy Tippel -1975- o Show Girls -1995-, películas curiosamente parecidas en su trama, además). Estos traspiés, en perspectiva, cuentan con más empaque y personalidad de lo que los críticos en su tiempo juzgaron.

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Verhoeven con las protagonistas de ‘Showgirls’. La película, ahora de culto, tuvo una pseudo secuela en 2011.

El director declaró respecto a trabajar tanto en Hollywood como el viejo continente que “en Holanda puedo hacer lo que quiera, pero no hay dinero; mientras en Los Ángeles hago lo que ellos quieren, pero hay dinero”. Lo fascinante es que nunca ha perdido un ápice de autoría en un entorno u otro y ha jugado siempre con los temas más polémicos. Más aún, Verhoeven acabó dirigiendo Robocop porque no podía conseguir financiación en Holanda al considerar su obra el comité de ayuda cinematográfica “decadente”, según el realizador.

Su afortunada vuelta al cine europeo en las últimas décadas, además, ha traído una curva ascendente en sus filmes, desde la brillante El libro negro (2006) a la arriesgada Elle, que se estrena esta semana. En definitiva, un director capaz de tener éxito en dos mercados, en dos modelos de producción, en dos sociedades, tratando siempre temas al límite sin perder jamás el favor del público.

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