‘Archer’ – En el juego de espías, o maduras o mueres

El pasado 5 de abril se estrenó la nueva temporada de Archer, la octava. Para celebrar el esperado regreso del espía repasamos las claves de lo que ha hecho que esta parodia del cine de género siga manteniendo el nivel después de ocho años en antena.


Si Sterling Archer, nuestro protagonista, tuviese entrada en el diccionario, no es difícil imaginar sus múltiples acepciones. Dícese de una persona despreciable, se atribuye a aquel que se embriaga habitualmente, de alguien que actúa con falsedad o desvergüenza… No en vano son algunas de las definiciones de “canalla”, “cínico” o “borracho”. Pero también puede que, muy abajo en la lista de afrentas, encontrásemos que se le dedica una entrada a su inteligencia, a su capacidad para resolver problemas o a sus dotes de buen gusto, refinamiento y distinción.

Es, en definitiva lo que podría definir a un bad-good-boy, ese estereotipo de personaje al que odiamos y amamos a la vez. El que expresa lo superficial y lo profundo, lo abominable y lo atractivo. Ese que hizo popular un eterno Harry Lime de El tercer hombre (1949) interpretado por Orson Welles, descubierto de repente en un portal oscuro. Vivo entre muertos. Un cabrón despiadado y, a su vez, alguien dotado de una repulsiva capacidad de seducción.

ARCHER: "Sterling Archer" as voiced by Jon Benjamin

Ha pasado ya más de medio siglo desde que Graham Greene firmase aquella sentencia definitoria de toda una filosofía que bien podría pronunciar el espía que nos ocupa y cualquiera que siga los mandamientos de Lime. “Recuerda lo que dijo no sé quién: en Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras matanzas, asesinatos… Pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? ¡El reloj de cuco!”.

Qué fácil es despreciar relojes de cuco pero qué difícil sintetizar tanto en tan poco. ¿Qué es exactamente lo que nos atrae de estos tipejos? ¿Porqué nos gustan? ¿Qué ha hecho que Archer, epítome contemporánea del bad-good-guy siga teniendo tirón después de nada menos que siete temporadas? Venga, suba, va a ser divertido.

¿Quién ha conducido este hidroavión sin motor?

Antes de crear Archer, Adam Reed fue doblador, escritor, productor y director. Aún era un niño cuando arrasaban películas que satirizaban el espionaje clásico como Double Agent 73 (1974) o Dos espías a lo loco (1974). Pero cuando ya tenía edad para ir al cine, el género había derivado en dos vertientes: la parodia absurda y la exageración genial. Superagente 86 (1980) o Top Secret! (1984) se daban la mano con Octopussy (1983) o Nunca digas nunca jamás (1983).

Aunque todas y cada una de ellas se funden en el mar de referencias absolutamente inabarcable de Archer, resulta que ninguna fue la causante de la creación de la serie. Fueron Los Picapiedra (1960-1966). Reed empezó de becario en el departamento de marketing de Turner Broadcasting. Allí tuvo que analizar la sitcom de animación más vista del momento y hacer un detallado informe de por qué funcionaba. Para cuando fichó por Cartoon Network, conocía cómo funcionaban todos los engranajes de una serie de animación de la época.

En sus tiempos libres empezó a escribir una serie propia que presentó a un canal que iba a revolucionar la industria norteamericana de la animación adulta: Adult Swim. Así nacieron los 52 episodios de Laboratorio Submarino 2021 (2000-2005), spin-off parodia de la serie de Hanna Barbera llamada Laboratorio Submarino 2020 (1972). El éxito de la propuesta le daría cinco años de trabajo que derivarían en otro proyecto muy distinto que ya apuntaba algunos de los arquetipos de Archer, Frisky Dingo (2006-2007). A pesar del talento de lo que se podía ver en ella, la serie fue cancelada y Reed se tomó un año sabático. El año que nacería Archer.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Adam Reed, creador de 'Archer'

Adam Reed, creador de ‘Archer’

Sexo, drogas y rock-and-roll son los ingredientes básicos de toda gran fiesta y todos ellos están en el germen de una serie como Archer. Cancelado su último proyecto y despedido de Adult Swim, el bueno de Reed se echó al monte. Con el petate al hombro cogió un avión y se plantó aquí, en España. Vino para hacer el camino de Santiago con la esperanza de que se le iluminase la bombilla que le haría volver al ruedo. Pero después de 500km de ruta hizo parada en Salamanca. Por aquel entonces le divertía leer novelas de Ian Fleming, en las que un espía alcohólico, racista y mujeriego salvaba el mundo una y otra vez.

Así fue, según lo cuenta él mismo, como se vio a sí mismo pasando los días entre cerveza fría y ginebra en copa. Pensando en qué haría aquel espía llamado James Bond en un país como ese en el que las mujeres eran bellas y el alcohol barato. Un día, una joven se le acercó en una terraza y le preguntó, por su desarrapado aspecto, si era amish. Entonces decidió que tenía que volver a casa, pero lo hizo con la idea de un espía capaz de dejar a la altura del betún al mismo Bond. Un espía como ningún otro.

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El canal FX le compró la idea y pronto se puso manos a la obra. Se trataba básicamente de una alocada parodia del cine de espías en la que cada capítulo era una misión de la ISIS. Nacía una agencia de espionaje con personajes arquetipo de sitcom cuyos gags no se privaban del insulto, la brutalidad expresiva del gore y el sexo y la ruptura narrativa del flashback de la escuela de Seth MacFarlane.

De una primera temporada en la que el chiste funcionaba a base de jugar con el mecanismo de roles propios de oficina, algún asesinato y la competencia con la agencia de espionaje rusa, pasamos a una boda. El asesino enamorado y casado fue la novedad básica de la segunda temporada cuya locura terminó con un personaje importante aplastado tras una caída fortuita de siete pisos propiciada por un cyborg. La oficina como corral de comedias pierde fuelle. Hasta que una suerte de Desaparecido en combate (1984) en la Polinesia francesa reavivó la mecha y la trama se aceleró acercándose demasiado a los bidones de gasolina de la comedia desatada. La cuarta temporada, amén de arrancar con un sentido homenaje a Bob’s Burger (2011-) tiró de tópicos como la pérdida de memoria temporal y viejas rencillas con los rusos. Perdió interés y la mecha estuvo cerca de apagarse. El juego de espías había perdido la gracia acomodado en estrategias que ya conocía.

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Por suerte, Archer Vice lo cambió todo. La serie modificó su nombre para la quinta temporada. En ella, el ISIS desaparecía para siempre. Adiós a la sitcom, hola agentes y espías dedicándose al tráfico de drogas. Las reglas cambiaron y todo se puso patas arriba. La mecha volvió a prender con fuerza y aquellos 13 capítulos absolutamente geniales hoy se confirman como lo mejor que ha parido Adam Reed en toda su carrera.

Un “todo vale” que hizo lo que quiso con lo que creíamos saber de la serie para transformarlo en algo inesperado y refrescante. Nadie cumplía el estereotipo que se le había marcado, descubrimos que Sterling podía tener corazón y evolucionar hasta algo tan impropio de sí mismo como asumir responsabilidades. El contable pasó a ser un dictador implacable en la isla de San Marcos, la secretaria se convirtió en cantante country, la agente más dotada en madre, la de recursos humanos en una drogadicta… y suma y sigue. Reinventarse o morir, lo llaman.

¿Qué viene después de la tormenta?

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Superada Archer Vice, la serie volvió, más o menos, a lo que se esperaba de ella. Pero, cosas de llevar seis años probando a tu público, ahora había madurado. El ISIS vuelve, aunque como una subcontrata de la CIA. Con la agencia vuelve el espionaje, las misiones en la selva, en el Antártida y todos los chistes que las temporadas de oficina ya experimentaron. Vuelve la mecha a titilar.

Pero Adam Reed, viejo zorro, sabe que esto ha llegado demasiado lejos. La comedia de situación ya no se puede basar en, solamente, los tropos masticados. La reinvención por la que la serie pasó en la anterior temporada no cambió al protagonista, cambió la concepción de la serie.

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Decía Nietzsche que madurar era reencontrar la seriedad con la que se juega cuando uno es niño. Cuando los problemas son tan efímeros que lo son todo. Una madurez que Archer acepta con una dignidad impropia: los juegos de niño ahora son las misiones, ser niño consiste en salvar el mundo una y otra vez. Pero haberse hecho adulto tiene un precio: formar una familia, tener hijos y ser espía conforman un combo que funciona bien mientras dura.

La serie ha aprendido a diferenciar entre los mundos en los que se debate: las dinámicas cómicas que surgían de hacer saltar chispas entre sus personajes cada vez se ven menos. Ahora la risa camina por derroteros más crueles, políticos y narrativamente más complejos. Sin llegar a elevarse hasta un épico doble capítulo final, marca de la casa, en el que metidos en un cuerpo humano al más puro estilo de Viaje Alucinante (1966) pero también con el toque Osmosis Jones (2001), la madurez explota en una sátira gore que deja la serie en punto muerto. Sea lo que sea lo que tenía que venir después de ver aquello, estábamos preparados.

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De bad-good-guy a good-guy solo hay tres letras. La última temporada nos da la bienvenida con un flashforward que funciona como homenaje a El crepúsculo de los dioses (1950) y arranca con un perfil bajo. Con el ISIS arruinada pero ya nunca más bajo las órdenes de la CIA, la compañía decide reinventarse como agencia de detectives. Salvar el mundo y todo eso queda lejos del panorama actual: estamos en crisis y lo más que vamos a hacer es recuperar una sex-tape de la famosa de turno por un puñado de dólares.

Una inesperada sátira de la trastienda del mundo hollywoodiense se abre camino en Archer y con ella, asistimos al desarme de pirotécnia cómica que caracterizaba la serie. Cada vez menos ciencia-ficción loca, menos muertes, menos explosiones, menos viajes al espacio y menos lucha contra caimanes. La evolución nos ha llevado a deshacernos de lo accesorio sin saber qué es lo elemental.

Tal vez por eso mismo, resulte agradable descubrirse cada vez menos presa de ataques de risa y más de la resolución de misterios. Así lo ha querido Adam Reed: el truco consiste en que el engaño contrarresta el efecto dopante de no querer parar de reír. Y si, el vodevil de la parodia sigue en pleno funcionamiento pero las tintas las carga Sterling Archer y su progresiva evolución psicológica.

A estas alturas tal vez no nos interese un desarrollo narrativo que llegue a alguna resolución sobre la psicología de su protagonista. Sterling Archer: el tío que tuvo la oportunidad de madurar y no lo hizo, que pudo cambiar pero se emborrachó, el tío tan irremediablemente enamorado de sí mismo que no se percató de que madurar no consistía en salvar el mundo, sino en salvarnos de nuestros demonios. Cuando el cambio llama a la puerta, Sterling Archer salta por la ventana. Por eso sigue siendo el bad-good-guy del que estábamos enamorados y por eso la serie queda en su punto álgido: saber si le sobran tres letras o si la fiesta puede continuar.

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