El arte de gastar bromas según Alfred Hitchcock

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Si Hitchcock hubiese nacido en España, el Día de los Inocentes hubiese sido su fiesta favorita. Aprovechamos este 28 de diciembre para recordar algunas de sus bromas más célebres y rescatar las tres reglas de oro que según el director debían observarse en el arte del chascarrillo a costa ajena.

A Alfred Hitchcock le gustaba mucho hacer bromas; bromas un tanto peculiares, como cuando a Melanie Grifith le regaló una muñeca con el aspecto de su madre, Tippi Hedren, metida en un ataúd. En realidad, se trataba de una simple caja de pino, pero las intenciones del director, esta vez tan inocentes como hacerle un regalo de Navidad a la hija de su actriz principal, fueron malinterpretadas y con los años la anécdota se ha convertido en una prueba del supuesto sadismo del inglés. Lo de la soga que rodeaba el cuello de la muñeca es puro adorno periodístico.

Pero es cierto que Hitchcock disfrutaba gastando bromas. En sus famosas conversaciones con Truffaut, por ejemplo, contó que una vez que celebraban el cumpleaños de su mujer, reclutó a una anciana aristócrata y la colocó en el lugar de honor de una mesa de doce invitados, sin presentársela a nadie. Los invitados fueron llegando, y al ver que en la mesa sólo estaba sentada la dama desconocida, preguntaban al anfitrión quién era. Hitchcock contestaba que no lo sabía, de manera que la cena transcurrió entre preguntas y silencios incómodos.

Otra de sus bromas favoritas consistía en empezar a narrarle a algún amigo una historia la mar de interesante en un un ascensor lleno de gente y bajarse un instante antes de terminarla, dejando expectante y frustado a todo el mundo. En otra ocasión, el director mandó que metieran un caballo en el camerino del actor Gerald du Maurier para ver cómo reaccionaba éste. Tampoco despreciaba Hitchcock los clásicos cojines que al sentarse alguien encima sueltan una prolongada pedorreta, ni los cigarrillos que estallan al encenderlos.

Hitchcock y Truffaut

Hitchcock y Truffaut

Según le confesó también a Truffaut, de niño su padre le había hecho llevar a la comisaría de Lambeth una carta que provocó que le encerraran en una celda durante diez minutos. “Esto es lo que les hacemos a los niños malos”, le regañó el comisario, aunque lo cierto es que el pequeño Alfred no había hecho nada que merecería tal castigo. Precisamente esta maldad de Hitchcok padre es considerada por muchos como el origen de la afición del director por las bromas, que para Freud nunca son bromas del todo, y de su humor perverso.

En 1951, sin embargo, Hitchcock aprovechó una entrevista en Los Angeles Times para establecer una serie de reglas que debían regir el arte de la broma práctica, y que, si de verdad tuvo en cuenta a la hora de gastarlas, desmintirían la crueldad que suele adjudicársele.

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Su primera regla era: “La víctima debe ser alguien que pueda devolverte la broma o que te haya gastado una antes. Elegir a alguien que no pueda devolvértela es tan inutil como cruel”. En segundo lugar, Hitchcock pensaba que las bromas que exponen a la víctima a un daño físico, o peor aún, al ridículo, debían quedar prohibidas. “Está bien avergonzar a la víctima, pero no se la debe humillar”, dijo. “Una broma debe permitir que víctima y bromista sigan siendo amigos”.

Por último aconsejaba que la broma no fuese demasiado cara. “Una vez, en Londres, organicé una cena de muchos invitados en una habitación demasiado pequeña. Dispuse, además, que los numerosos camareros sirvieran muchos más platos de los necesarios. El resultado fue una gran confusión y sopa derramada por todas partes. Pensé que aquello era gracioso, pero cuando me llegó la factura de la cena y de los desperfectos causados, empecé a preguntarme quién había sido realmente la víctima de la broma”.

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