‘Bloodline’: Familia infeliz e incompleta

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El incesante caudal productivo de Netflix, sumado al resto de ficción televisiva que nos llega vía televisión o streaming es tan abundante que corremos el riesgo de no diferenciar entre el entretenimiento vacuo y lo enjundioso. Bloodline, obra nativa de la famosa productora en línea, es víctima de ese bosque que no nos deja ver el árbol (sí, para el caso hay que invertir los factores). No es un relato brillante (de hecho es una telenovela mal resuelta) pero, con todo, pocas obras audiovisuales han tejido una trama tan tensa e inquietante desde la despedida de Breaking Bad.





El retorno del hijo pródigo

Los Rayburn son una familia de bien que regenta un bonito negocio de hospedaje en los Cayos de Florida, entorno idílico que, con la vuelta del hijo descarriado, se torna más y más inquietante a medida que avanza la acción. Así, de forma irremisible, se destapan todo tipo de viejas rencillas y oscuros secretos convenientemente ocultos bajo un manto de aparente jovialidad familiar. En base a todos estos elementos, se teje una historia que empieza con forma de drama familiar, pero que se enreda vertiginosamente hasta convertirse en un thriller policíaco lleno de lugares lóbregos y personajes cínicos, cuyas vidas se convierten en un auténtico infierno.

Bloodline

La oveja negra de la familia, Danny, personaje interpretado magistralmente por Ben Mendelsohn (papel que reportó al actor aussie un Grammy al mejor actor de reparto, entre otros galardones y menciones) es el desencadenante de la hecatombe. Sus acciones arrastran al resto de miembros del clan, destapando sus trapos sucios (nadie está a salvo aquí). De este modo, todo se acaba enturbiando hasta que el clan familiar al completo se ve inmerso en la espiral.

Una encrucijada colectiva hipertensa, reproducida por un elenco de actores impresionante, que aporta una amplia gama de matices interpretativos que enriquecen el resultado de manera detallista en la dramatización de los hechos. Sissy Spacek, Kyle Chandler, Chloë Sevigny, John Leguizamo, Jamie McShane, Sam Shepard y un largo etcétera llenan la pantalla hechizando al espectador, tal como ocurre en las mejores series, aquellas que nos quitan el sueño (y la vida social) sumergiéndonos de lleno en su trama.

Quilates cinematográficos

En Bloodline todo está presentado con un enfoque desasosegante, obra de Kessler, Kessler y Zelman, creadores de la serie, quienes trasladan la asfixia y el desasosiego del guión al enfoque cinematográfico, gracias a una fotografía excelente y unos “planos espía” que transmiten la sensación de que alguien está observando la acción a escondidas. Un recurso fílmico tan atractivo como inquietante que aúpa esa sensación de que todo está a punto de saltar por los aires.

A ello se suman guiños a Cayo Largo (1948), Ernest Hemingway, Fidel Castro y demás menciones socioculturales con las cuales se rinde homenaje a la idiosincrasia de un enclave único, en el que las playas paradisíacas y las palmeras esconden un submundo de contrabando, nepotismo y acciones sospechosas. Un emplazamiento sin el cual esta historia no sería la misma.

La (gran) decepción final

Las dos primeras temporadas se complementan excelentemente. Mientras que en la primera sufrimos el cómo se masca la tragedia, en la segunda nos comemos las uñas viendo como los Rayburn intentan ocultar (dinámica familiar constante a lo largo de la serie) las consecuencias de lo expuesto en la primera parte. Ambas tandas de capítulos tienen la virtud de hacer que la tensión vaya in crescendo, sin apenas fisuras… hasta que llega la tercera temporada.

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Lo escandalosamente costoso del rodaje en semejante emplazamiento (alrededor de 300 millones de dólares en su conjunto), sumado a un share descendiente y una crítica irregular, precipita los acontecimientos, llevando a la serie a un desdibujado desenlace. No era fácil resolver el puzle, la trama dejaba tantas situaciones abiertas, tantos agentes implicados, que resultaba imposible que todo acabara de forma harmoniosa. Sin embargo, el modo en que se da carpetazo está muy por debajo de las expectativas, rozando un ridículo que pone el final de la serie a la altura de un telefilme de sobremesa de Antena 3. Las prisas no son buenas consejeras, pero cuesta creer que el buen trabajo con el que Bloodline echó a andar pueda llegar a ser desaprovechado con un final así.

Con todo, vale la pena disfrutar de sus buenas interpretaciones, su oscura trama y el excelente gusto con el que fue rodada y montada, incluso a sabiendas de que el desenlace deja un mal sabor de boca. Más de un fan de Lost (2004-2010) diría lo mismo de ésta.

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Un comentario

  1. quitus_bcn dice:

    Vi la primera temporada como si fuera un biopic de Orson Krennic (Rogue One). Que esa familia y sus líos explicase porque Krennic era tan capullo y sólo quería ser una mala copia de Hans Landa. #namedrope_like_a_pro
    https://media.giphy.com/media/3og0IRda2ACU4GABig/giphy.gif

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