Caminantes de las alturas: historias de funambulistas

Philippe Petit, a French high wire artist, walks across a tightrope suspended between the World Trade Center's Twin Towers. New York, Aug. 7, 1974. (AP Photo/Alan Welner)

Esta semana se estrena El desafío, la película de Robert Zemeckis sobre el funambulista Philippe Petit, que cruzó ilegalmente las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York caminando sobre un cable instalado en las azoteas de ambos rascacielos en 1974. Repasamos esta y otras gestas del equilibrismo.

Philippe Petit, considerado uno de los primeros equilibristas callejeros modernos de París, se transformó en una celebridad el día que recorrió la distancia entre las dos torres del World Trade Center de Nueva York. Era el 7 de agosto de 1974 y acababa de cumplir un sueño.

Antes de embarcarse en esa difícil tarea, ya había estado sobre otras cuerdas flojas, como la que instaló entre las dos torres de Notre Dame de Paris o la del puente del puerto de Sidney, Australia. Por tanto, cuando ideó su plan sobre las torres neoyorquinas ya sabía unos cuantos trucos para colarse en lugares complicados.

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Todo empezó en 1968, cuando vio en una revista un artículo donde se hablaba de la construcción en Manhattan de dos rascacielos gemelos, de 110 pisos cada uno, que serían los edificios más altos del mundo. Nada más leerlo, se vio a sí mismo en lo alto de uno de ellos preparado para llegar hasta el otro.

Fue una gran hazaña, minuciosamente planificada como si fuera el atraco a un banco y que requirió la ayuda de unos cómplices sin los cuales no lo habría podido lograr. Por eso viajaron varias veces de París a Nueva York, tomaron fotos de los edificios y observaron todo cuanto ocurría en su interior. La idea era conseguir entrar en ellos sin levantar sospechas entre el personal.

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Han pasado más de 40 años desde ese agosto de 1974 en que estuvo 45 minutos sobre la cuerda. En ese tiempo realizó ocho viajes entre una y otra torre, se sentó, se tumbó y saludó al público. Todo lo explica Robert Zemeckis en su nueva película, El desafío (2015) –podéis leer nuestra crítica aquí con Joseph Gordon-Levitt encarnando al equilibrista francés, una historia ya contada anteriormente en Man on Wire de James Mash (2009), documental galardonado en el Festival de Sundance de 2008 y ganador de un Óscar. En éste, son los personajes reales quienes narran su experiencia personal: desde un primer momento, cuando solo era un deseo del funambulista, hasta su consecución final gracias al empeño y la ayuda incondicional de Annie Allix (su novia), Jim Moore (su amigo fotógrafo) y Barry Greenhouse, un directivo del Departamento de Seguros del Estado de Nueva York que trabajaba en el piso 82 de la torre sur del WTC.

Uno de los atractivos de Man on Wire es que proporciona datos importantes que la película de Zemeckis omite. Además, cuenta con abundantes filmaciones y fotografías (sacadas de los archivos personales de los implicados) que aportan un valor histórico incuestionable. En cambio, The Walk no es más que un filme correcto cuya poesía blanda disminuye la carga de adrenalina y emoción.

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Los adictos a jugarse la vida haciendo equilibrios en lugares insospechados ya existían mucho antes de que Philippe Petit se encaramara al WTC. Los hubo en la Grecia antigua y en tiempos de la fundación de Roma. También en Madrid, los italianos Burattini actuaron frente al Real Alcázar en el siglo XVI y, en la Europa decimonónica se vivió una Edad de Oro. A continuación, repasamos algunos de los casos más singulares.

El Gran Blondin.

En 1859, el francés François Gravelet-Blondin, artísticamente conocido como El Gran Blondin, tuvo la osadía de cruzar las cataratas del Niágara sobre un cable de acero de 335 metros de largo instalado a cincuenta metros del agua. Y no lo hizo una sola vez, sino que repitió en más ocasiones y siempre añadiendo una nueva dificultad: con zancos, arrastrando una carretilla, cocinando una tortilla, cargando con su agente sobre sus espaldas…

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Años después, en 1863, visitó Barcelona para actuar en el Torín, la plaza de toros del barrio de la Barceloneta, desaparecida en 1946. La función fue todo un éxito, aunque no pudo realizar el número de llevar una persona a cuestas porque el viento que soplaba ese día lo impidió. En su defecto, se sentó en la cuerda y la cruzó varias veces; algunas, tapado con un saco en la cabeza que le llegaba hasta las rodillas y otras, con los ojos vendados.

Blondin no volvió a Barcelona pero lo habría hecho si en la Exposición Universal de 1888 se hubiera llegado a construir la Torre Condal (de doscientos metros de altura) y el ayuntamiento le hubiera permitido instalar un cable que fuera desde dicha torre (que se habría ubicado en la zona del Arco del Triunfo) hasta el castillo de Montjuïc para recorrerlo cuantas veces quisiera, con los ojos vendados y con una persona a lomos.

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María Spelterini, la Heroína del Niágara.

Atravesar las cataratas del Niágara es un reto para cualquier funambulista. Quince años después de que Blondin lo lograra, la italiana María Spelterini repitió la hazaña. Era 1874, tenía 21 años y antes ya había pasado por los ríos Moscova y Neva, en Moscú y San Petersburgo (Leningrado) respectivamente.

No contenta con traspasar las cataratas al igual que Blondin desde el lado norteamericano hasta el canadiense, añadió variaciones para complicar el paseo. Primero lo hizo con un cubo en cada pie; luego, con grilletes en las manos y los pies. Superar dificultades como esas le valió ser conocida como la Heroína del Niágara.

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La Spelterini también estuvo en Barcelona actuando en el Torín la primavera de 1882 y realizó algunos de sus números más famosos como el de caminar sobre la cuerda con sendos cubos en los pies y el de… ¡disparar una ametralladora mientras avanzaba por la cuerda!

Se despidió del público barcelonés el 10 de mayo en una actuación en la que se preveía que llevara a un desconocido encaramado a sus espaldas. Este se había ofrecido voluntario unos días antes con la única condición de aparecer ante el público con el rostro tapado por una máscara. Al final, el show sorpresa acabó en un chasco ya que el voluntario apareció a cara descubierta, sufrió un ataque simultáneo de pánico y vértigo y se retiró entre los abucheos de los espectadores.

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Nik Wallenda, el hombre de los seis récords Guinness.

Pasaron más de cien años hasta que alguien se atreviera de nuevo con las cataratas del Niágara. El último fue James Hardy en 1896 y, desde entonces, nadie lo volvió a intentar hasta el 15 de junio de 2012, en que Nik Wallenda lo consiguió. Ese día hacía viento y el funambulista caminó una distancia de 550 metros por la zona más complicada y peligrosa de las cataratas. El trayecto duró 25 minutos y efectuó una parte a oscuras por imperativo de ABC, la cadena de televisión que lo emitió en horario de máxima audiencia y con cinco segundos de retraso sobre el directo para evitar sustos de última hora. Así, en caso de que cayera al vacío habría tiempo de cortar la emisión. De todos modos, si el accidente hubiera ocurrido, no habría muerto porque llevaba un arnés de seguridad, también por exigencias de la cadena televisiva.

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A diferencia de sus predecesores de hace un siglo, cuyas hazañas no aparecían en prensa hasta días después, la suya fue retransmitida en directo y ampliamente difundida a través de las redes sociales. Centenares de periodistas y fotógrafos se hallaban presentes en el lugar para emitir el espectáculo, previamente anunciado y esperado. Justo lo contrario de lo que hacía Philippe Petite, que planeaba sus “golpes” a escondidas para evitar ser arrestado por las autoridades aunque luego fuera absuelto y perdonado de sus actos “delictivos”.

También, al igual que en su día hizo Philippe Petit, Nik Wallenda ha caminado entre rascacielos. No entre los del World Trade Center, que ya no existen, sino entre la torre oeste de Marina City y el edificio Leo Burnett en Chicago.

Tal proeza fue realizada el 2 de noviembre de 2014 y con ella batió un nuevo récord mundial: pasar entre los dos rascacielos sobre un cable de acero con 19 grados de inclinación situado a más de 180 metros de altura y soportando vientos de 30 Km/hora. Para más dificultad, lo hizo de noche y con los ojos vendados, habiéndolo anunciado anteriormente y retransmitiéndolo en directo por televisión a 200 países a través del canal Discovery.

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Los Great Wallendas, una estirpe marcada por las desgracias.

El mediático Nik Wallenda forma parte de una histórica familia de equilibristas y acróbatas circenses que salieron de Austria en 1780 y se establecieron en los Estados Unidos en 1920. Karl Wallenda, su bisabuelo, murió ante las cámaras de televisión que grabaron el accidente en directo, acaecido en 1978, mientras cruzaba dos edificios en Puerto Rico. Un desgraciado accidente que quedó registrado:

Karl Wallenda no fue el único del clan que perdió la vida durante el ejercicio de su oficio sino que a otros de sus miembros también les ocurrió. Él falleció mayor (a los 73 años) pero pudo ocurrir antes y de una forma menos épica e igualmente trágica. Su mujer, despechada por amor, le intentó rajar la garganta después de que la dejara por una bailarina de quince años llamada Martha, cosa que su esposa no pudo soportar. De hecho, la ex mujer también intentó, sin éxito, desfigurar la cara de la chica con ácido sulfúrico. Al final, Karl y Martha se casaron, conocieron a Helen Kreis y formaron un extraño trío sentimental y profesional. Conocidos como los Great Wallendas, se establecieron en los Estados Unidos y formaron una familia que creció dedicada al circo.

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En el año 2011, como homenaje a su bisabuelo, Nik y su madre realizaron el mismo ejercicio con el que Karl perdió la vida, solo que esa vez no hubo incidentes. Uno y otra, colocados en extremos distintos de la cuerda, caminaron hasta encontrarse en el centro, lugar donde la madre se sentó y el hijo pasó sobre ella.

En su última peripecia, el pasado mes de agosto en el estado de Wisconsin, Nik Wallenda alcanzó un nuevo récord: realizar un recorrido de 475 metros de largo desde la altura de un edificio de diez pisos. ¡A ver con qué nos sorprende en la próxima ocasión!

 

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