[Crítica] ‘Baby Driver’ – Cómo escapar a 33 revoluciones por minuto

Edgar Wright lo ha vuelto a hacer. Es decir: el director de Zombies Party acaba de estrenar una película musical de atracos, con Ansel Elgort, Allison King, Kevin Spacey, Jon Hamm o Jaime Foxx en el reparto. Pero cuando decimos que lo ha vuelto a hacer, nos referimos a que, una vez más, Wright nos ofrece un irresistible espectáculo visual y sonoro.

Hace unos meses pude comprobar, tras revisar Scott Pilgrim contra el mundo (2010), que seguía desprendiendo la misma loca y contagiosa energía que me hizo lamentar no haber podido disfrutarla en cine cuando se estrenó; en Barcelona solo pasó fugazmente por una sala o dos, y sin posibilidad de versión original. Afortunadamente, Baby Driver no va a ser tan difícil de ver en buenas condiciones, y esa es una estupenda noticia porque su director, Edgar Wright, sigue en plena forma.




En Bienvenidos al fin del mundo (2013), la anterior película del cineasta inglés, la cerveza hacía las veces de catalizador, era en cierto modo el elemento que agitaba unos cuerpos enfrentados a su primer ocaso y a la inesperada posibilidad de un final de lo más abrupto. Aquí, un poco como en las desventuras de Scott Pilgrim, la música es lo que da sentido a la vida de Baby (Ansel Elgort), un joven aquejado de acúfenos a raíz del accidente en el que, siendo todavía un niño, perdió a sus padres. Oculto siempre tras la barrera sonora de sus auriculares y unas gafas de sol, Baby se halla atrapado en el rol de conductor de una banda de atracadores liderada por un caballero con los rasgos de Kevin Spacey, con quien el joven tiene una deuda que saldar. Pero de lo que tiene ganas Baby es de dedicarse a asuntos más mundanos, como por ejemplo echarse novia, y es también en este aspecto en lo que la película de Wright se vincula con Scott Pilgrim contra el mundo: ambas son películas sobre la adolescencia o sobre el final de la adolescencia.

Lejos de la sórdida y melancólica nocturnidad del Drive (2011) de Nicolas Winding Refn, la estetización que aplica Edgar Wright, muy ligada a la mímesis con la música, empuja siempre hacia la luz. Todos los atracos se cometen durante el día. Esta es una película magnética, alegre, refrescante, por más que la sangre vaya asomando paulatinamente por el rabillo del ojo de Baby -Wright sabe cómo mostrar violencia sin apenas mostrarla- y, a medida que el filme avance, la cosa se ponga más seria. Se le podría reprochar cierto descontrol en el tramo final, pero su acertado desenlace funciona como un contrapunto perfecto a esos primeros planos de la película en los que vemos a un despreocupado Baby moviendo el esqueleto al ritmo de la música en el interior de su vehículo, como si estuviera a punto para irse de fiesta, mientras espera a que sus compañeros salgan a la carrera del edificio en el que están perpetrando un atraco.

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Un comentario

  1. QWERTY_BCN dice:

    Creo que no hay sensación mas jodida que ver algo que sabes que te debería molar over 9000 y que te dejé totalmente indiferente.
    Mal día, supongo.
    Pero hay algo que no termino de creerme.
    Quizás ese collage de géneros que otras veces le ha funcionado mejor a Wright. Quizás que el “Drive” de Nicolas Winding Refn me llegó mucho mas a la patata.
    Tiempo por volver a verla. Y quizás poder disfrutar 100% de ella.

    p.d: Eso también, un remake protagonizado por un chaval de 12 años, ESO quizás SÍ lo vería tope bien.

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Baby Driver

Año: 2017
Otro relato sobre el fin de la adolescencia de Edgar Wright, esta vez a ritmo de atracos sin freno.
Director: Edgar Wright
Guión: Edgar Wright
Actores: Ansel Elgort, Jon Bernthal, Jon Hamm