David Lynch y su carrera contra la nostalgia: ¿qué diablos ha pasado en ‘Twin Peaks 3’?

La tercera temporada de Twin Peaks: The Return es un greatest hits lynchiano que podría servir como continuación de la serie de los noventa. Si has conseguido llegar hasta el final, probablemente te hayas quedado en estado de shock. Mientras, todo el mundo a tu alrededor insiste en que David Lynch ha toreado la nostalgia. Veamos si es cierto

En una época donde el cine y la televisión no sólo se ven desbordados por todo tipo de remakes, secuelas tardías o recuelas, sino que también pueden valerse de un sentimiento tan agradecido como la nostalgia para apuntalar propuestas enteras –como el celebérrimo batiburrillo de Stranger Things–, que vea la luz un producto tan fresco y supuestamente nuevo como Twin Peaks: The Return va a ser, forzosamente, motivo de alegrías y sonrisas de suficiencia. No sólo por venir de donde viene –una serie de culto que, por supuesto, fue cancelada en su momento por las bajas audiencias– sino también por suponer de paso la despedida del medio audiovisual de un autor tan admirado como David Lynch.




Con semejantes precedentes, Twin Peaks 3 podría haberse limitado a constituir un revival como otros tantos, preocupándose por emocionar a sus fans veteranos en lugar de extender su mitología. Aún cuando, desde su final en 1991, no pareciera ser otra la prioridad de Lynch, como atestiguan la multitud de productos destinados a ello, desde Fuego camina conmigo (1992) a La historia secreta de Twin Peaks (Mark Frost, 2016). En lugar de tomar la vía fácil, sin embargo, la entrega que vuelve a tener tanto a Lynch como a Frost al mando ha resultado tener más cosas en común con el cine más experimental y espeso del primero, por encima de ese culebrón weird en el que poco a poco se había ido convirtiendo la serie de los noventa.

Así, ha ido pasando desapercibido el hecho de que el revival no encuentre otra razón de ser que el creciente prestigio que fuera acumulando la anterior entrega, revalorizándose el producto y despertando una nostalgia que ha acabado consiguiendo que vuelva prácticamente todo el reparto para esta nueva aventura. Que Laura Palmer dijera aquello de “nos veremos dentro de 25 años” en el último capítulo de la segunda temporada y hubieran pasado veintisiete hasta la tercera no dejaba de ser una afortunada casualidad, mientras que los responsables anunciaban desde el inicio de la producción que el argumento principal del revival consistiría en “la odisea del agente Cooper para volver a Twin Peaks”. Para volver a casa, al pasado. Algo que de entrada suena bastante nostálgico, ¿no?

De vuelta al pueblo

En la mayoría de los análisis de Twin Peaks: The Return se defiende la idea de que, si hablamos de nostalgia, no podemos hacerlo en la misma liga que lo realizado en el cine comercial, o en la televisión que recientemente ha vuelto a recordar batallitas con Expediente X (2016), Padres forzosos (2016), Prison Break (2017), MacGyver (2016) o Will & Grace (2017). Se considera, de hecho, que Lynch y Frost han desafiado este sentimiento de algún modo, e incluso se ha llegado a hablar de “antinostalgia”. La gran variedad de localizaciones y el acusadísimo cambio de tono con respecto a la serie original refrendarían esta idea, pero sólo en función a su punto de partida.

[A partir de aquí, SPOILERS diversos y más inesperados que encontrar diversidad étnica en el reparto de Twin Peaks]

La prueba más difícil de superar durante el visionado de esta nueva entrega se localiza en sus primeros compases. Después de no haber abandonado jamás el pueblecito de marras, la narración se desplaza a Nueva York, Las Vegas, Dakota del Sur o Nuevo México, sin que encontremos muchos más rostros conocidos aparte del de un Agente Cooper (Kyle MacLachlan) por lo demás, bastante irreconocible. Pasado el primer sobresalto, el espectador puede irse tranquilizando según el resto del reparto va volviendo a aparecer paulatinamente, y con un premeditado desinterés. Esperamos un reencuentro emotivo, y en lugar de eso vamos topándonos una y otra vez con escenas estáticas, rutinarias, y carentes de un vínculo perceptible con la trama principal.

BIG ED

Big Ed

Curiosamente, este regreso al pueblo –que por momentos se asemeja a un obligado e irritado peaje de Lynch y Frost para con sus espectadores–, con toda su aparente arbitrariedad, y con todos esos ciudadanos sin tener nada que decir, acaba siendo el que acoge más presencia según pasan los capítulos y vemos que, de entre todas las nuevas incorporaciones, no hay ni una que nos apetezca seguir más de lo que nos interesa ver qué acaba ocurriendo entre Big Ed (Everett McGill) y Norma (Peggy Lipton). Aun cuando estas subtramas tengan la vejez, la amargura y la añoranza de los viejos tiempos como leitmotiv.

Twin Peaks está lleno de ancianos. Lógico, han pasado 25 años. Y estos ancianos son infelices, sin que su vida parezca haber mejorado sustancialmente desde que los conocimos por primera vez, cuando eran personas jóvenes o de mediana edad. Big Ed sigue infelizmente casado con Nadine (Wendy Robie); nunca se atrevió a dar el paso con Norma. Bobby Briggs (Dana Ashbrook) llegó a contraer matrimonio con Shelly (Mädchen Amick), pero como era inevitable acabó cagándola y ahora es un policía solitario y afable, siempre a la sombra de su legendario padre, el Mayor Garland Briggs (Don S. Davis). Benjamin y Jerry Horne (Richard Beymer y David Patrick Kelly) siguen a lo suyo, con más arrugas. Lucy y Andy Brennan (Kimmy Robertson y Harry Goaz) no han perdido ni un ápice de su atolondrada adorabilidad. Mejor hablamos luego de Audrey Horne (Sherilyn Fenn). Y en cuanto a James (James Marshall), pues… sigue siendo un aburrimiento de tío, qué se le va a hacer.

Shelly y Norma

Shelly y Norma

La situación más dolorosa y, probablemente, clave para entender la filosofía de este revival, es la del sheriff Frank Truman (Robert Forster). Su hermano Harry era el colegui de Cooper y uno de los personajes más queridos del show, y la negativa de Michael Ontkean a retomar su papel ha dejado al pobre Frank indefenso ante una ingente cantidad de personas que le preguntan por su hermano de manera insistente, y sin tener mucho interés en él una vez se ha presentado pacientemente. Que Frank tenga muchísimo más talento e inventiva que el palurdo de Harry y nunca obtenga el más mínimo reconocimiento por ello, da la primera pista acerca del cáustico comentario sobre la nostalgia que Lynch y Frost pretenden formular, y que sólo es dejado de lado en concesiones emotivas muy breves y ocasionales.

Entre lo extraño y deprimente de todo, que Ed y Norma acaben juntos mediante una estupenda secuencia musical, o que la Mujer del Leño se despida de forma paralela a la difunta Catherine E. Coulson en el momento más lacrimógeno y genuinamente bello de toda la temporada, parecen obedecer a cierta voluntad de fanservice. Un regalo que Twin Peaks 3 le hace a los espectadores para que no pierdan la paciencia prematuramente.

La mujer del leño

La mujer del leño

Si es que los jóvenes de hoy en día…

Los habitantes originales de Twin Peaks permanecen, pues, en cápsulas de tiempo donde el hecho de envejecer no implica que evolucionen más que de forma retroactiva. Todos tienen fija su mirada en el pasado, ya sea de manera voluntaria, como la entrañable Lucy y su cruzada para conservar su espacio de trabajo cómodamente analógico, o exhortada por el ambiguo devenir de la trama –el agente Hawk (Michael Horse) siendo avisado por la Mujer del Leño de que la clave del misterio está en “su legado”-. Y mientras, la serie trata de demostrar que esta posición no es ni vaga ni cobarde, lográndolo mediante la caracterización de los jóvenes y la amenaza de una sociedad deshumanizada.

Norma y Shelly siguen trabajando en el Double R sin asomo de cansancio, pero la dueña está recibiendo de forma continuada, y cada vez más impertinente, la oferta de convertir el establecimiento en una cadena multinacional donde su famosa tarta de cerezas sea el plato estrella. El mundo real quiere entrar en Twin Peaks para destruir su individualidad y exotismo, mientras que los hijos de sus habitantes parecen haber asimilado este influjo y muestran una conducta nihilista y desapegada, que les permite cometer todo tipo de barbaridades. Personajes como el drogata Steven Burnett (Caleb Landry Jones) o el absolutamente diabólico Richard Horne (Eamon Farren) se empeñan en causar el caos en nuestro extraño, pero ordenado dentro de su extrañeza, pueblo fetiche, mientras que los jóvenes parroquianos del Bang Bang Bar nos enervan con sus vacías y frívolas conversaciones, oportunamente interrumpidas por el grupazo de turno.

Así como las terribles andanzas de Richard Horne sí logran hacer acopio de todo nuestro interés –al fin y al cabo, es el retoño de Audrey Horne y Mr. C, más conocido como el Cooper Malvado–, paralelamente a nuestra repulsa, la relación entre Steven y Becky (Amanda Seyfried), la hija de Shelly y Bobby, es estúpida y molesta, y consigue instantáneamente que nos pongamos de parte de sus atribulados padres, así como que empaticemos con la figura de Carl Rodd (Harry Dean Stanton). Un noble anciano que no aparecía en la Twin Peaks original y que aquí deviene en testigo imprescindible de la vieja generación ante los desmanes del presente y todas las idioteces que hacen los chavales de ahora. Entretanto, nuestros ojos esperan impacientes que reaparezca algún personaje viejo, y podamos seguir regodeándonos en esa nostalgia que Lynch y Frost saben que es imprescindible mantener viva.

Richard Horne

Richard Horne

El viaje de Dougie

Ya que el aspecto más icónico de Twin Peaks –incluso por encima de la cuestión “¿Quién mató a Laura Palmer?”, la más complicada de responder de la historia catódica– es todo lo referente al Agente Cooper, no resultaba difícil de imaginar que éste también volvería a ser el protagonista del revival. Lo único es que Lynch y Frost, fieles a su estilo, han decidido continuar con este protagonismo, pero de la forma más desconcertante posible. Y no hablamos de lo ridículamente bien que Kyle MacLachlan se ha conservado durante estos 27 años. No sólo.

Cooper vuelve al revival por partida triple: en forma de Mr. C –el doble de Cooper poseído por BOB–, de Dougie Jones –otro doble que está casado con Naomi Watts y tiene un problema bien tocho con la mafia de Las Vegas– y del Dale Cooper primigenio. Éste sale de la Habitación Roja tras el cuarto de siglo de rigor y sustituye a Dougie, dando lugar a un tipo que no tiene recuerdos, ni capacidad para hablar como no sea en base a la repetición, ni aparente raciocinio. Y este nuevo Dougie va a tener que lidiar con los problemas gangsteriles del anterior. La diversión está asegurada.

Mr. C

Mr. C

Entre unas cosas y otras, el Agente Cooper como tal no regresa hasta la Parte 16, ya cerquísima del desenlace, pero eso no significa que las desventuras del pobre Dougie hayan permanecido ajenas al argumento central de la serie. En un juego narrativo tremendamente hilarante, Lynch y Frost colocan a este pobre individuo en multitud de situaciones que puedan recordarle su pasado como funcionario del FBI y lograr que despierte de su trance, utilizando tazas de café, tacones, una milagrosa tarta de cereza, el nombre de “Gordon Cole” haciendo referencia a ese jefe interpretado por el propio David Lynch… La iconografía, justamente memorable, con la que va lidiando Dougie, nos recuerda de forma paralela lo mucho que echamos de menos los viejos tiempos, en los que Cooper era el tipo más majo y encantador del mundo, y nos obliga con una brutalidad obscena –porque el tema de Dougie llega a frustrar, y cómo– a querer que vuelva, que todo vuelva a ser como antes, y a rememorar dolorosamente el pasado cuando el tío se abalanza con una mueca idiota, nada sofisticada, hacia su cafelito

Dougie Jones

Dougie Jones

La nostalgia de Twin Peaks, aunque no esté físicamente presente al comienzo de este revival, va haciéndose más y más corpórea a lo largo del camino, a medida que van volviendo los personajes originales, y según Dougie va reaccionando a todo tipo de estímulos pretéritos, en general más por las risas que por otra cosa –el modo por el que regresa, de hecho, constituye la troleada final-. La mayor parte de estos episodios pueden llegar a ser vistos como un regreso lento y meditabundo a las posiciones iniciales, no sólo en lo referente a Cooper, sino también al equipo de Gordon Cole y lo que éste tarda en descubrir que ha de enfrentarse a una amenaza que ya conocía, o al desarrollo del misterio principal de la serie, consistente básicamente en desandar los pasos del visionario Garland Briggs. Eventualmente, todos han de volver a Twin Peaks, y es en Twin Peaks donde tiene lugar el desenlace de la serie… o algo así.

Lynch, su musa y su ego

Como posible excepción a esta retorcida apuesta por la nostalgia, hemos de hablar del personaje de Diane Evans (Laura Dern), acaso la aportación más interesante en un canon –por debajo, forzosamente, de todo lo referido a la ya legendaria Parte 8– empeñado en hacer prospección de sí mismo. Examinando a la antigua amante del Agente Cooper, sorprende en primer lugar su aparición en carne y hueso, y no en la forma que siempre le habíamos asociado: una grabadora a la que Cooper confía su vida y milagros. El que Diane resultara ser una persona de verdad, y no un original método para darle más aristas al protagonista, defraudó a más de uno, sensación que duró lo poco que tardaba Laura Dern en desplegar su talento.

Diane Evans

Diane Evans

En cuanto Diane aparece en pantalla recordamos que, a veces, este show tiene efectivamente poco que ver con el anterior, aun cuando también sea un personaje determinado por el pasado. No sólo por su antiguo affaire con Cooper y su posterior violación a manos de Mr. C, sino también de forma metacinematográfica: cada vez que ella y Lynch -en el papel de Cole- comparten plano saltan chispas, y un avezado seguidor del artista estadounidense es capaz de rellenar de emoción y recuerdos escenas tan sencillas, silenciosas y aparentemente vacuas como ésa que los reúne en la calle con sendos cigarrillos y pocas ganas de decirse algo que no se hayan dicho ya.

Toda Twin Peaks: The Return está determinada por la circunstancia de ser, supuestamente, la última “película” de David Lynch, y por ello es un juego realmente entretenido ir pillando todos los autohomenajes y referencias que el director ha ido introduciendo en cada parte. Estamos frente a un artista acaso dispuesto a firmar su testamento y, sobre todo, a divertirse por última vez, y de esa forma se entiende tanto la elección de Dern para un papel clave como las veces en las que se cachondea de la sempiterna nostalgia, y nos encontramos secuencias tan disparatadas –la escena de Bobby frente al retrato de Laura, la presentación de Wally Brando (Michael Cera)– que por sí solas defecan con rabia en todo lo que Hollywood ha ido explotando sin sonrojo alguno durante los últimos años.

Wally Brando

Wally Brando

Esto no quita, claro, para que en la mayor parte del metraje de Twin Peaks 3 el sentimiento responsable de su origen sea tomado muy en serio; tanto de forma climática, como mucho más siniestra. En ésas, la escena en la que Cooper despierta por fin, empieza a sonar el tema principal de Angelo Badalamenti y dice con confianza “Yo soy el FBI”, produce una sensación en nosotros de lo más dócil y comprensible, una bienvenida manipulación muy similar a cuando en El despertar de la Fuerza decían aquello de “Eso es un montón de chatarra”.

Por lo que respecta a la parte siniestra, que tratándose de Lynch debería existir en abundancia, ésta acaba confluyendo en una tesis no por sencilla menos contundente: la nostalgia no sirve para nada. ¿Y cómo consigue expresar eso Lynch, tras haber hecho las delicias de todos sus fans con una inteligentísima reflexión sobre lo que hacía grande no sólo su serie, sino también su cine al completo? Pues, menuda sorpresa, con inigualable maestría

La resaca nostálgica

Laura Palmer

Laura Palmer

En la misma Parte 16 donde asistimos al despertar de Cooper, podemos disfrutar de otro reencuentro, aunque no sea especialmente feliz. Audrey Horne ya había aparecido con anterioridad, sí, pero sus exasperantes conversaciones con su marido Charlie (Clark Middleton) daban cuenta de la evolución más desgraciada de un personaje en Twin Peaks. No había ni rastro de la inteligencia o el porte desafiante de la hija de Benjamin Horne; en su lugar, había sumisión, dramatismo impostado, y mucho mal humor. Por ello, cuando finalmente viaja con Charlie al Bang Bang Bar, y al oir una musiquilla muy reconocible empieza a bailar, el espectador siente una euforia extremadamente familiar: por supuesto, es que ya la ha sentido hace un rato, con Cooper volviendo a ser quien era. No obstante, el baile es interrumpido bruscamente y descubrimos que Audrey en realidad se encuentra en una situación mucho más desgraciada de lo que imaginábamos. El baile había sido producto de su imaginación, una manera de recordar los buenos tiempos en los que era libre… que no logra ni por asomo solucionar su estado, o hacer que sea algo más feliz.

Es un golpe del que tampoco se libra Cooper, precipitándole a uno de los finales más desoladores que nos ha dado la televisión. Una vez derrotado Mr. C, y también el espíritu de BOB –la cara de Frank Silva impresa en una bola–, Cooper sigue atormentado por la muerte de Laura Palmer (Sheryl Lee), y en una suerte de tróspido Regreso al futuro II viaja al pasado, a la noche en que su padre Leland (Ray Wise) la mató, y trata de salvarla de su terrible destino. De vuelta al presente, Cooper acaba frente a una mujer idéntica a Laura que dice llamarse Carrie Page, y pese a todo decide llevarla de vuelta a Twin Peaks.

La pregunta “¿En qué año estamos?”, presintiendo que algo ha salido terriblemente mal, y precedido de un encuentro extraño e incómodo con la actual inquilina de la casa de los Palmer, da paso al mítico chillido de Laura, y a un fundido a negro revientacabezas en la mejor tradición de David Chase. A nosotros nos toca ahora entender qué ha pasado, y como siempre ocurre con Lynch, la respuesta está en estudiar las sensaciones. Así, descubrimos que en esa idea que Audrey nos arrojó a la cara está la clave: no se puede cambiar el pasado, ni el consiguiente presente. La nostalgia es inútil, la nostalgia es la nada. Y Laura Palmer está muerta. Por mucho que hayamos disfrutado de su investigación, y de las bizarradas subsiguientes, nada va a cambiar eso.

Cooper en la Habitación Roja

Cooper en la Habitación Roja

Lynch y Frost, a partir de un artefacto puramente nostálgico, muestran de la manera más espeluznante posible los peligros de la nostalgia, y pulen un final redondo, deprimente, amarguísimo, consecuente con los tiempos que corren, tan necesitados de una revulsión que nos aparte de las cómodas bondades del pasado y nos empuje a afrontar un presente indómito e imprevisible. Y, por ello, sólo cabe agradecerles profundamente el consejo, y recordar con eterna fascinación una serie que tampoco es que haya revolucionado la historia de la televisión –que la gente se flipa mucho– pero sí que, desde luego, ha revolucionado nuestras vidas.

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Un comentario

  1. Rubenawer dice:

    Blue velvet vista con 16 , en una sala como un escobero y una copia con el celuloide a puntico de volverse azucar glás marca tu vida. Habías visto Dune, visualmente impecable, tololodemás licúa el granito a puro aburrimiento… Seguimos atentos a lo que haga este señó, lo vemos tó menos La serie.
    A partir de Mulholland drive me dice mi costilla buena que ya vale de tanta marcianada. Buffy , Angel, the shield, el dotorjú nueva serie lo disfruta mas que yo, que la gozo al borde del orgasmo… Me habèis convencido para verla a escondidas, como el ponno

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