De ‘Desafío Total’ a ‘Matrix’: Realidad, futuros, pastillas y qué pasó de verdad en los 90

2016 ha sido el año de dos películas tan diferentes como Elle, de Paul Verhoeven, y Doctor Extraño, de Scott Derrickson. Entre ambas hay puentes interesantes que se remontan a la década de los noventa, antes de Matrix, cuando Verhoeven aún hacía cine popular en Hollywood. Pasada esa década algo cambió: Verhoeven se estrelló con El hombre sin sombra y tuvo que volver a Europa y a un cine “más de autor” para ser reconocido. Ese cambio, creemos, pasa directamente por Matrix y marca el origen antes de Origen de nuevos blockbuster como Doctor Extraño. A continuación examinamos estos cambios en la década de los 90 a propósito de los paralelismos y diferencias entre Desafío total y Matrix.

Probablemente la escena más importante de Desafío total (1990) y de Matrix (1999) sea aquella en la que su protagonista decide o no tomar una pastilla roja que, se supone, le hará despertar en la “Realidad Verdadera”. Más allá de las influencias habituales del género, existen tantos paralelismos entre ambas películas que creo justo hablar de reescritura. Pongan en diálogo las dos escenas de la pastilla roja y verán las deudas y desplazamientos entre ambas películas. No pretendo acusar a nadie de plagio, y les prometo que este reseñista no es otro hater armado de referencias cinéfilas con las que atacar la originalidad de cada éxito cinematográfico. Ocurre sin embargo que Desafío total y Matrix marcaron el comienzo y el final de la década en que nació mi generación y que los desplazamientos de una película a otra muestran estupendamente algunos rasgos preocupantes de cómo hemos entrado en el nuevo milenio, en el panorama cinematográfico y fuera de él. Ocurre también que Desafío total es una de mis películas favoritas y una guía acerca de cómo conciliar la complejidad conceptual, las ambiciones estéticas y el compromiso político con la atención que merece el amplio público. Y además es increíblemente divertida. Así que me descoloca y preocupa un tanto cómo fue reformulada nueve años más tarde, marcando una tendencia que puede rastrearse, Origen (2010) mediante, hasta la reciente Doctor Extraño (2016).

1.

Los fans de Desafío total solemos dividirnos en dos ejércitos hostiles de exégetas. El Ejército de la Pastilla Roja cree, como las hermanas Wachowski, que toda la aventura de Doug Quaid fue una alucinación y él se encuentra en realidad con el cerebro hecho papilla en la Tierra. El Ejército de la Pastilla Azul, en cambio, cree que todo fue real y las pruebas del bando contrario meras coincidencias. Lo cierto es que ambos esgrimen buenos argumentos y las discusiones siempre acaban en la dichosa escena de la pastilla. Es demasiada coincidencia que el viaje a Marte cumpla con el programa vacacional que un Quaid aburrido de su vida contrató para sentirse un agente secreto y salvador del planeta rojo (“tome vacaciones de sí mismo”, le vende el director de Recall); para colmo, el implante se llama “cielo azul en Marte”. Ya se lo advirtieron en Recall: “no va a querer volver”.

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Tampoco ayuda que las aventuras marcianas del protagonista sigan un relato tan asentado en nuestra literatura y cine como el mesiánico. El protagonista resulta ser el elegido para liberar a la humanidad en una trama de ascenso, traición, “muerte y resurrección”; igual que en Matrix pero en un tono distinto. Todo esto se lo recordará a Quaid el Dr. Edgemar -y primer exegeta, intradiegético, en dar pie a todo este jaleo de guerras interpretativas- antes de ofrecerle despertar en el mundo real a través de la pastilla roja, símbolo de su voluntad de volver a casa. Pero el doctor, que, se supone, no es más que un avatar virtual del real a salvo en la sede de Recall, está sudando de miedo. Y el cuerpo no miente o no debería (presten atención a la sencillez y elegancia con que Verhoeven introduce y cuestiona la idea del cuerpo como último criterio de verdad: la gota también necesita ser interpretada y tal vez podía deberse al calor que hace en Recall), así que Quaid no se traga el cuento de la pastilla, dispara brutalmente en la cabeza al buen doctor, le escupe la pastilla roja e interpreta que la realidad es Marte. Como los exégetas del Ejército Azul. No es el único argumento ni el de más peso a favor de esta otra interpretación. Resulta que la película está narrada desde un punto de vista omnisciente y que esto es incongruente con una alucinación (argumento que a muchos nos parece decisivo pero que otros descartan como un error o licencia del director). Visto todo este lío, lo más sensato parecería una postura conciliadora o cobarde que se quede en la ambigüedad. Así lo parece sugerir la ocasional iluminación del rostro de Quaid: mitad rojo-marte y mitad “normal”.

Sin embargo, es posible que la ambigüedad de Desafío total sea más sofisticada y dialéctica que la vieja oposición realidad-ficción. Esta tercera vía o Paz Morada es verdaderamente inquietante. Propone que la realidad del protagonista es tan real como la nuestra, reconoce las coincidencias que señalan su carácter ficticio o alucinado, afirma que nuestra vida abunda tanto en ellas como la aventura extraterrestre de Quaid y supone una ruptura violenta de la cuarta pared -ocurre literalmente en la historia, rayos X mediante- y, con ello, lleva Desafío Total de la ficción, si no a la Realidad en mayúsculas de Matrix, sí al turbador territorio posmoderno de la metaficción. “¿De veras nunca has tenido la sensación de que tu vida sigue el guión escrito por otro?“, “¿Y cuando el otro día repetías inconsciente o irónicamente el mismo gesto, chascarrillo o experiencia del anuncio X, qué?“, “¿Y qué me dices de la moda que surgió por la película Y o el fenómeno viral Z?“, suelen decir los militantes de esta tercera vía, y suenan muy convincentes aun cuando no empleen nombres de filósofos posmodernos y de pensadores que se hayan tomado en serio la mediación de la cultura en la experiencia cotidiana.

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Resulta entonces que la violenta, divertida y entretenidísima Desafío total es también una reflexión sobre la realidad como producto de un discurso, en este caso cinematográfico. Aceptado esto, todos sus juegos metaficcionales cobran un maravilloso relieve y justificación dramática o intradiegética, amén de un oportuno y divertido distanciamiento irónico. Sin ello, la acumulación de guiños, tópicos e ideas resultarían gratuitos e insignificantes, un cliché y, lo peor de todo, ridículamente solemnes y pretenciosos; nada más lejos del tono ligero y divertido de la película. Vean un ejemplo: si las aventuras de Quaid-agente-secreto entre hoteles de lujo, mujeres despampanantes, alta tecnología y licencia para matar recuerdan a James Bond o Venus Ville a una taberna de Star Wars para adultos, no es porque Verhoeven haga un guiño referencial vacío sino porque dentro de la película sus aventuras y espacios se construyen de acuerdo a estas películas. Igual que muchos de nosotros fantaseamos vivir los placeres del agente 007 y hasta compramos los artículos y estilos de vida que promocionan sus películas, o igual que algunos garitos imitan la estética del famoso bar intergaláctico. Algo parecido sucede con el juego con los roles de los personajes: los dos tipos de personajes femeninos, eróticos y violentos, que se descubren como fantasías masculinas de Quaid, o el papel de negro gracioso con una magnífica vuelta de tuerca en la recámara. Y, especialmente, sucede en relación a la violencia.

A pesar de la polémica que desató en su estreno, la violencia en Desafío Total es de todo menos gratuita. No hay nada gratuito en las películas de Verhoeven. La escena en que Quaid rompe la cuarta pared a tiros es toda una declaración de intenciones al respecto: la violencia exagerada en la película está destinada a romper con la tranquilidad del espectador y con la aparente naturalidad de la violencia cinematográfica para hacernos pensar sobre ella. Tarantino y Haneke no lo hacen mejor. Atiendan a la pelea en Venus Ville, capaz de producir simultáneamente los sentimientos más variados y contradictorios, entretenimiento y horror ante todo. Como en tantas otras cosas, en el uso de la violencia Verhoeven mantiene un claro posicionamiento político dentro del blockbuster que no es (¿era?) patrimonio exclusivo del autor europeo de moda.

Nueve años después, todo había cambiado.

2.

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Son muchas las cosas en las que Matrix se parece a Desafío Total. Un localizador corpóreo y su extracción, que da bastante yuyu, una trama mesiánica, un cuestionamiento de la realidad, al que se responde de manera distinta, una decisión y una pastilla roja. Sobre todo una pastilla roja. Pero Neo sí se traga el cuento de la pastilla y despierta de Matrix al mundo Real (así, con la R bien alta). Al mundo de las viejas certezas y las grandes mayúsculas: la Realidad, la Verdad, la Salvación, la Liberación Interior, y todos los viejos y grandes conceptos del pensamiento metafísico tradicional y millenial. En cierto modo, Matrix es una reacción a la exquisita ambigüedad de Desafío total y del mundo contemporáneo. La escena de la pastilla, una vez más, resulta reveladora.

1999. Thomas A. Anderson, alias Neo, ha sido guiado por Trinity a través de unas laberínticas escaleras e introducido en una suntuosa habitación para su encuentro con Morfeo -porte solemne, voz grave, gafas de espejo, ropa de cuero y un estuche metálico con que juega entre las manos-. Se sientan frente a frente. Entre los dos, un vaso de agua. Morfeo le habla de Alicia en el país de las maravillas, del Destino, de la Verdad, de la Realidad, de por qué está allí, de qué es Matrix. “Matrix es el mundo que ha sido puesto ante tus ojos para ocultarte la Verdad… que eres un esclavo”. Matrix es una prisión para su mente. Morfeo saca dos pastillas del estuche metálico: una azul para despertar en su cuarto sin recordar nada de la conversación y seguir con su vida y una pastilla roja para despertar en el Mundo Real. Extiende las dos manos con afectación, una pastilla en cada una y reflejada en cada lente. Insiste en la importancia de la decisión, en que es la última oportunidad. Insiste más: “recuerda que lo último que te ofrezco es La Verdad, nada más”. Neo escoge la pastilla roja, toma el vaso y traga. Y vaya si traga. Momentos antes el señor Anderson aún era un informático de vida gris e insomnio que se hacía llamar Neo para sus ciberactividades y vivía en nuestro mundo. En adelante, será el primero de los muchos mesías de tintes orientales que nos prometen liberar las mentes de los hombres del nuevo milenio. Bienvenido al desierto de lo Real.

Lo más llamativo de la escena es lo solemne y serio que se ha vuelto todo lo que en Desafío Total parecía una broma. Ahora hablamos de grandes conceptos, y parece necesario insistir en ellos una y otra vez: las explicaciones constantes, la dicción y los gestos afectados, la verbalización de los referentes, las obvias metáforas (el laberinto, los espejos, las gafas espejo), la puesta en escena afectada y metafórica (el vaso de agua entre ambos) y, por favor, los nombres (Neo, el mesías que dará lugar a un mundo nuevo; Morfeo, el que le trae del mundo de los sueños… ¿en serio?; sí, en Matrix todo es muy muy en serio. Y da miedo). Y es que para las Wachowski era muy importante insistir -huyen de toda ambigüedad- acerca de sobre qué iba su película: de la Realidad, la Liberación Interior y el Voluntarismo. Unos años antes todos nos habríamos reído, nuestro cinismo e ironía posmoderna desatada, pero en 1999 necesitábamos creer en algo desesperadamente y el equilibrio imposible entre lo solemne y lo ridículo de Matrix ofrecía grandes certezas. Y, qué demonios, el cuero y las peleas de artes marciales eran tan guay…

El desplazamiento ha sido radical. Un viraje de la realidad como constructo lingüístico en Desafío Total, que permitía introducir la trama mesiánica sin caer en el ridículo, a salvo en la autoconciencia y la ironía, a la reivindicación de la ingenuidad y la revolución interior. Una vuelta al platonismo y el cartesianismo, a la Realidad y al Yo. Y un rechazo del presente como “mundo aparente” de “otro mundo” al que hay que despertar. Porque, no cabe duda, en Matrix la única revolución posible es individual y mental: solipsista. Y no crean a quienes dicen que es una liberación de la ideología dominante, o si no piensen en lo ideológico del tópico “esto no es ideológico” o del “fin de las ideologías”. Se trata de liberarse de la realidad misma y de sus límites. Matrix trata -explícitamente en la conversación con “el cucharas”- de cómo la mente puede liberarse de las categorías kantianas del espacio y del tiempo para superar todos los límites de la realidad, esquivar balas y, por qué no, negar la muerte.

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Lo paradójico y, si lo piensan, bastante gracioso e inquietante, como si lo siniestro retornara en forma de broma, es que Matrix se interpretó como crítica y reacción del mundo convertido en simulacro por la sociedad mediatizada y las incipientes nuevas tecnologías. A pesar de convertir nuestro mundo de 1999 y nuestras vidas (todo lo construido y grises que ustedes quieran pero nuestro mundo y nuestras vidas) en una apariencia de la que despertar, y de convertir la tecnología digital en el medio para superar todos los límites reales. La tecnología como aquello que permite la ilusión de una liberación mental, aquello que prometía y (casi) realiza internet, por lo menos en el (otro) mundo virtual. Un discurso para el que la película se apropia, un poco superficialmente para ser sinceros, de las artes marciales y las filosofías orientales. Más adelante todo esto quedaría de manifiesto en las secuelas, pero hace falta mucha gimnasia mental para negar que ya estaba en el origen.

3.

¿Qué sucedió entonces entre el principio y el final de los noventa para que pasáramos de las preguntas de Desafío total a las certezas de Matrix? Una respuesta podría ser que la ironía y la ambigüedad posmoderna nos llevaron a un callejón sin salida en la que nos sentíamos bastante solos y desorientados. Y, joder, eran los noventa, más dados al éxito, la fiesta y las burbujas, las profecías mayas y la celebración del fin de tantas cosas. De modo que la irrupción del pensamiento millenial, con su orientalismo mal digerido, su sed de trascendencia, ingenuidad y ausencia de sentido del ridículo, resultaba tentadoramente liberador. Como Matrix, que además conectaba con todo lo que estaba cambiando e iba a cambiar a raíz de internet. También podríamos señalar el paso de lo analógico a lo digital o de los efectos especiales artesanales al croma y a la manera en que se traducen en la fisicidad de Verhoeven o en la estilización irreal -liberada de la realidad, el tiempo y el espacio- de las Wachowski. Y deberíamos hablar de la Historia y de cómo las circunstancias socioeconómicas influyeron en todo esto. Y es que aunque con Reagan se impuso el neoliberalismo, aún provocaba cierta resistencia que usaba la ciencia-ficción para trasladar sus inquietudes distópicas. Sin embargo, en los noventa de Clinton, parece que nos entregamos a la celebración del fin de la historia y que convertimos nuestra mente en lo único por lo que merecía la pena luchar, como si no estuviera conectada con el mundo (esa “realidad” construida pero nuestra) o pudiera liberarse de él. Una actitud que probablemente se dio una buena leche entrado el siglo XXI, pero en la que a menudo insistimos todavía.

El caso es que aunque las hermanas Wachowski no supieran repetirlo, crearon escuela. Ahora la pomposidad y el rechazo a nuestro mundo, susceptible de ser alterado -e incluso podemos liberarnos de él- mediante una solipsista y digital liberación interior, se ha extendido por Hollywood como un virus informático. ¿Acaso Origen y Doctor Extraño no emplean la tecnología digital para crear ficciones en las que el poder de la mente altera la realidad misma?

De espaldas a nuestro mundo, no hay límites para esta nueva ideología.

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Un comentario

  1. Alfred Holanda dice:

    Pasar frió y comer cereales de marca blanca ya no es ciencia ficción.

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