E3 2017 (o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar el cinismo)

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Que el E3 lleva años siendo un circo ya lo sabemos. Por eso nos gusta. Ni los periodistas actuando como hooligans ni los presentadores haciendo espectáculos dignos de un gurú de las finanzas cualquiera han evitado que nos ilusionemos con lo realmente importante: los videojuegos. Pero hay algo que nos preocupa: el E3 parece vagar sin rumbo fijo.

Malas noticias: el formato del E3 se agota. Ya no hace gracia. Tras el enésimo encorbatado vendiéndote su mierda como quien vende crecepelo de pueblo en pueblo y con el público aplaudiendo a la nada literal, uno se agota. Empieza a sentir como si le estuvieran tomando el pelo. Y tal vez por eso las compañías, lentamente, han ido cambiando el formato con el que trabajan. Pasar de la clásica conferencia con desarrolladores dando datos y, en el mejor de los casos, borrachos de masas -o en el caso de la Konami de 2010, tal vez sólo borrachos-, hacia otras formas más dinámicas.

Incluso si todavía no tienen demasiado claro qué quieren conseguir exactamente.

En ese sentido, Devolver Digital han sido los primeros en disparar con bala. Con un vídeo breve, desconcertante, y en el cuál se han limitado a apuntar todos los elementos absurdos del viciadísimo ecosistema del videojuego -desde lo lamentable de sacar juegos sin terminar con la excusa del early access o que los periodistas no tengan ni el más mínimo atisbo de distancia profesional hasta las microtransacciones o las peticiones absurdas en foros y redes sociales-, no ha habido pocos que les han señalado como los grandes ganadores del E3. Pero al final, en Devolver han pecado del mismo problema que las demás compañías: dirigirse a un público resabiado, encantando de conocerse, a los cuales les hace gracia esa parodia porque se creen por encima de ella. No porque vayan a reflexionar a raíz de ella.

Más o menos exactamente lo mismo que la propia Devolver, que tras sus burlas seguramente seguirán sacando juegos en early access. ¡Ni la ironía es tan fuerte como tener una cara de cemento armado!

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Pero entre los juegos marrones de la PC Gaming Show y el cinismo posmoderno de Devolver Digital, ha habido algo diferente. Intentos sinceros de conectar con la gente. Tanto Ubisoft como Nintendo, aliados a través de esa rareza que es Mario + Rabbids: Kingdom Battle, han hecho dos conferencias que casi podrían ser paralelas. Presentaciones breves, centrando toda su atención en juegos que no habían presentado previamente, dejando todo el soporífero proceso de ver a gente jugando o desarrolladores contando su vida para después de la conferencia. Para quien quiera verlo.

Mejor que eso. En el caso de Ubisoft, también tuvimos nuestra dosis de pornografía emocional. Michel Ancel lloró al presentar Beyond Good & Evil 2. Al igual que Davide Soliani, director creativo de Ubisoft, cuando ese ser de luz conocido como Shigeru Miyamoto dijo que el ya mentado Mario + Rabbids: Kingdom Battle ha sido una gran idea.

Ahí pudimos atisbar el futuro. En las lágrimas de diseñadores y directores creativos. En el carrusel de títulos presentados por nada menos que Reggie Aime Fils hablándonos, literalmente, sobre aquello de lo que están compuestos los sueños. El E3 debe dejar de lado los datos. Abandonar lo esperado, lo feo o lo inútil. Abrazar la ilusión. La emoción. Lo que el público desea. O lo que debe desear. Convertirse, definitivamente, en un anuncio perfectamente guionizado en el cual las lágrimas de un desarrollador sirvan para hacer zoom hacia las gradas y rascar otro puñado más de visionados. Algo imprevisto, pero perfecto para el departamento de marketing.




Ese es el futuro del E3. Ese es el futuro del videojuego. Entre ironía vacía de toda autocrítica, shows de PC anclados en los noventa más tróspidos -interrumpiendo a sus entrevistados cuando intentan pedir disculpas públicas, porque nadie quiere oír a un desarrollador desdecirse de haber sido un gilipollas– y grandes compañías siempre de camino hacia ese futuro cyberpunk que ya fue ayer, nos encontramos otro ejemplo más de la lógica propia del capitalismo tardío.

Otro ejemplo más de que es más fácil pensar en el apocalipsis que en el fin del capitalismo. Al menos, sin incurrir en las mismas contradicciones que le criticamos.

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