[Entrevista] Ann Leckie: “La guerra cultural no es algo nuevo”

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Gracias a Justicia auxiliar, Ann Leckie (EEUU, 1966) se ha hecho con todos los premios de la literatura de ciencia ficción y ha contribuido al debate sobre la representación de la diversidad en la cultura popular. Así que hemos hablado con ella sobre cómo funcionan las space opera y las trilogías, pero también sobre política y género, imperialismo, IA y fachas como Donald Trump.

Hay una guerra cultural ahí afuera. No lo digo yo, lo dice otra gente mucho más sensata, pero os la resumo en un momento. Episodios tan penosos como los recientes Gamergate y el escándalo de los premios Hugo han desbordado sus respectivos nichos –videojuegos y literatura de ciencia-ficción– para salpicarnos de mierda y vergüenza ajena a todos los aficionados. A un lado están los eternos llorones, partidarios de la nostalgia y de mantener en formol la virginidad de una edad dorada que nunca volverá. Hablamos de un montón de tipos que entienden que sus formas favoritas de entretenimiento son, por una especie de derecho divino, terreno exclusivo de gamers y de ruidosos pelotones de lo hardcore, hombres, blancos, inmaculados y heteros a ser posible. Tienen, por tanto, opiniones ya formadas sobre la homosexualidad, las mujeres o los inmigrantes y el papel que deben tener en la sociedad, aunque ellos no son ni machistas ni racistas. Y como guardianes de la calidad literaria y defensores de una meritocracia tan real como los unicornios, corren a asegurar que cualquier debate sobre la diversidad es falso y que en realidad todo esto esconde obras mediocres que han sucumbido a la “corrección política” o a los lobbies de izquierda o a vete tú a saber qué tipo de conspiración internacional.

En el lado opuesto están un montón de locas del coño, maricas, macacos come-platanos recién bajados de la higuera y representantes de otras minorías que han crecido jugando y leyendo a los mismos clásicos ineludibles que los primeros, pero que a estas alturas exigen, perdón, exigimos, que la cultura popular refleje una diversidad propia de nuestro tiempo y no unas convenciones sociales heredadas del siglo pasado. Que no estamos solo ante peliculitas, jueguicos, tebeos o novelas, sino que estos, además de entretenernos, tienen la capacidad de hablar de conflictos actuales, como de hecho llevan haciendo toda la vida. Muchos pensamos que el debate actual supera lo lúdico y que lo que está en crisis en 2015 es el propio concepto de una cierta masculinidad mal entendida, frágil, tóxica y excluyente incluso para muchos hombres, que a menudo esconde intereses que tienen más que ver con inercias del mercado y con la defensa de lo que hasta ayer era el chiringuito de unos pocos. Y virgencita que me quede como estoy.

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Después de leer la fabulosa Justicia Auxiliar (Ancillary Justice, 2013), novela aplaudida y reconocida de la escritora estadounidense Ann Leckie (premios Hugo, Nebula, Locus, Arthur C. Clarke y BSFA) tengo muy claro que sus páginas reflejan a la perfección dos conflictos muy presentes en estos días. Por un lado, nuestros problemas con el concepto de identidad –racial, sexual, nacional, artificial gracias a la tecnología–. Por otro, la vieja lucha de dos fuerzas opuestas por imponer sus formas de ver el mundo –conservadora vs liberal, vaya– pero adaptada al ritmo de una space opera.

Y desde luego tengo claro que el uso que su autora hace del femenino como genérico es imprescindible para valorarla. No es, como dicen algunas reseñas de forma condescendiente, curiosamente todas escritas por hombres, ni un experimento fallido desde el punto de vista literario ni, desde luego, un aspecto menor o un lastre que debe soportar el lector como hype de la temporada. Justicia Auxiliar forma parte de una trilogía, que completan Ancillary Sword (2014) y Ancillary Mercy, que estos días sale a la venta en el mercado anglosajón.

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Por aclarar las cosas: la protagonista de la novela es una nave llamada Justicia de Toren, dueña de la inteligencia y la capacidad de controlar a sus ejércitos de clones. Es decir, puede ser, a la vez que ella misma, todas y cada una de sus unidades, cuerpos que una vez fueron humanos y que en algún momento fueron esclavizados y convertidos en meros recipientes al servicio del imperio. Por una conspiración, la Justicia de Toren se ve encerrada en las limitaciones de un solo cuerpo, único, físico, mortal. Como escribe Miquel Barceló en el prólogo de la edición española, “en un futuro dominado por las IA y en el que los humanos son meras extensiones de las mismas, no parece que el género (como constructo social y no meramente como sexo, como decía Simone de Beauvoir) tenga excesivo sentido”.

Yo soy de los que ha caído rendido ante Leckie y la forma en la que me ha obligado a volver atrás en su novela y a releer algunos pasajes para asegurarme del sexo de un determinado personaje. La forma en que me ha cuestionado como lector y como lector hombre. No seré yo quien defienda aquí algunos carambolas difícilmente justificables que se permite la autora para llevarnos de la mano a lo largo de su historia, pero si hay un tipo de literatura que deba generar extrañeza y asombro en su público esa es la ciencia-ficción. Empezando por el uso del propio lenguaje. ¿En qué momento se convirtió la ciencia-ficción en un tema de pollasviejas, una cosa que apesta a caspa y a bata y a Donald Trump sin salir de su casa en todo el día? ¿Es el peso de la tradición excusa suficiente para soportar semejante galería de héroes pánfilos y castrados como infantes? Lo siento, pero si a estas alturas tu antología de las “100 obras imprescindibles” del género no incluye una sola línea sobre diversidad, ya ha nacido obsoleta. Así que, o te mueves con el resto o mejor te quitas del camino, abuelo.

-“Saqué mis juguetes de la caja común. Quería hacer algo diferente con ellos, aunque fuera algo ligeramente diferente”, decías en el blog de John Scalzi para describir Justicia Auxiliar dentro de la tradición de las space opera. ¿Qué elementos estabas interesada en cambiar y con qué otros clichés y lugares comunes de la ciencia-ficción te sientes cómoda?

-Quería revisar algunos elementos que la ciencia-ficción ha usado desde siempre, pero sobre los que quizá no ha reflexionado demasiado. Por supuesto, siempre ha habido una ciencia-ficción que ha criticado desde el plano científico cosas como la posibilidad de viajar a una velocidad mayor que la de la luz o que ha cuestionado la rentabilidad del comercio y los viajes interestelares. Pero, ¿qué ocurre con los imperios galácticos? ¿Hablamos de planetas enteros con un único ecosistema y una lengua y una raza? ¿De alienígenas que solo hablan un idioma o que proceden todos el mismo grupo étnico? ¿Y si yo mirase de frente a todos estos clichés y me los tomara en serio, tratándolos tal y como los vemos en nuestra realidad?

En la práctica, me siento muy cómoda con casi todos los diferentes clichés de la ciencia-ficción: crecí leyéndolos y viéndolos en películas, así que son parte de mi experiencia y de mi vida. Pero por otro lado, cuanto más me fijo en ellos, más me doy cuenta de que no son simplemente clichés, sino maneras de mirar al mundo que pueden cuestionarse.

Parte de la ciencia-ficción original recurría a narraciones de aventuras sobre colonización e imperios, y sus imágenes e historias han sobrevivido hasta nuestros días como parte de ese catálogo de juguetes con los que los autores actuales podemos jugar. Hace un siglo, e incluso antes, los escritores eran más conscientes de esto: La guerra de los mundos (War of the worlds, 1898) de Wells es un libro que trata explícitamente sobre la colonización, en el que los marcianos sirven de espejo para los europeos y donde la Tierra es un reflejo de todos los países que esos europeos habían invadido. Hoy, este tipo de historia que incluye al marciano como invasor ha sobrevivido, decía, y sin embargo la mayoría de los escritores que se valen de ella o el público que la disfruta no son realmente conscientes de todo lo que implicaban en su día.

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-Hablemos del Imperio Radch. Aunque no está inspirado en ningún ejemplo del mundo real en particular, en la novela lo describes como una potencia incapaz de expandirse más, con sentimientos opuestos sobre su propio pasado –lleno de sometimiento y esclavitud hacia otros pueblos–, con una fe ciega en la tecnología y la religión y en una casi inmortal Lord del Radch. ¡El egoísmo es común en otras partes y razas del universo! Y de fondo, planea un conflicto histórico entre fuerzas conservadoras-liberales. ¿Te interesan estos temas más allá de usarlos como materia en tus historias?

-Todos ellos son temas que me interesan precisamente porque están muy presentes en nuestra vida diaria en este momento. Por desgracia, por otro lado, también creo que puede ser terriblemente desesperanzador hablar de ellos de forma directa. Parece que en muchas ocasiones no sirve de nada. Soy consciente de que los cambios suceden, poco a poco, pero ocurren. En ese sentido, las historias de ficción son divertidas de escribir y de leer y en ellas puedo lidiar con ideas que me interesan o me afectan directamente.

Y sí, desde luego el egoísmo es una costumbre común en otras partes de mi universo. ¡No tengo la menor duda! Y es algo que se ve muy claro en el Radch porque es en lo que me he centrado. Si hubiera puesto el foco en cualquier otra cultura de este universo, habría reflejado igualmente grandes cantidades de miedo y amor y odio y prejuicios junto a otras cosas buenas. Ambos lados son ineludibles y siempre estarán con nosotros, lo mejor y lo peor.

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-¿Pensaste en algún momento en redes sociales como Facebook o Twitter a la hora de abordar el comportamiento de las IA y el concepto de mente-colmena?

-Nunca se me había ocurrido, pero es una idea interesante. Yo estaba pensando más en la psicología individual: la manera en que personas con cuerpos individuales pueden en realidad no ser tan “únicos” como ellos piensan. Y por supuesto tuve en cuenta las características de los estados-naciones. Sospecho que “twitter” no piensa en sí mismo como una sola entidad de la misma forma en que, por ejemplo, los ciudadanos de un país pueden pensar en su nación como una cosa.

-Según decías en la entrevista final de Justicia Auxiliar, la voz de la nave Justicia de Toren/ Breq/Esk Una te ha permitido justificar el uso de un narrador omnisciente. Y aquí explicas una de las decisiones más controvertidas de tu novela: el uso del femenino como genérico. ¿Cuánto hay, en este tipo de decisiones, de necesidad literaria y cuánto hay de voluntad política, de cuestionar el statu quo desde el propio lenguaje que usamos a diario?

-No estoy segura de que haya una gran diferencia entre ambas cosas. Personalmente, creo que cualquier decisión artística que hagas es política: las historias por sí mismas son inherentemente políticas, siempre suponen juicios de valor sobre cómo es el mundo o cómo debería ser, cómo deberían suceder las cosas y qué significan y qué no significan los hechos. [pullquote align=”right” cite=”” link=”” color=”” class=”” size=””]Cualquier decisión artística que hagas es política: las historias por sí mismas son inherentemente políticas, siempre suponen juicios de valor sobre cómo es el mundo o cómo debería ser.[/pullquote]

Yo me limité a mirar con atención lo que tenía delante, a lo que estaba tratando de hacer con mi historia, y consideré las maneras de hacerlo. Y al final todas terminaron por ser políticas de alguna manera. El mero intento de retratar a una sociedad a la que no le preocupa el género era algo obviamente político, simplemente no me di cuenta la primera vez que pensé en ello. Y por tanto, cualquier decisión que me pudiera servir para mis objetivos –y que pudiera transmitir esta idea el lector– iba a ser también política.

-El uso del femenino como genérico no gustó a los lectores más conservadores. Y lejos de ser una controversia que afecta solo a los premios Hugo, su guerra interna ha terminado salpicando al resto de la ciencia-ficción, incluso más allá. En esta entrevista con The New Yorker, el escritor Samuel Delany consideraba que estamos ante un problema mucho más hondo que excede incluso lo socio-económico. Como debate presente, no está nada mal para aquellos que se tienen por civilizados e igualitarios.

-Probablemente toda sociedad piensa de sí misma que es civilizada y tan igualitaria como debe ser. Es más fácil ver la hipocresía y la injusticia como algo ajeno y lejano y no como algo propio.

Creo que Delany tiene razón. Y no está diciendo que estemos “solo” ante un problema socio-económico, sino que la igualdad teórica suena muy bien para todos hasta que alguien siente que es su propio status lo que está siendo amenazado. Cuando se trata solo de una o dos mujeres, de uno o dos negros o de uno o dos gays o transexuales pidiendo sus derechos, es muy fácil decir que crees en la igualdad y manifestarte a favor de ella. O simplemente ignorar el problema. Pero cuando de pronto hay un número significativo de mujeres, negros o gays en escena, no puedes seguir ignorando el conflicto y te enfrentas a la posibilidad de que el status y los privilegios que siempre has tenido se vean reducidos. Esto es algo complicado de tratar, y no importa lo bienintencionado que seas. Y es entonces cuando todos los fanáticos que habían estado más o menos ignorando de forma silenciosa las cosas, deciden que están de espaldas contra la pared, entran en modo pataleta y montan un escándalo.

Samuel Delaney . photo by James Hamilton.

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Pero no olvidemos que detrás de todo esto está el negocio que suponen los Hugo. Creo que es importante subrayar que la política no estaba realmente en el origen de lo que ha pasado. Es decir, estoy segura de que ellos creen en todo lo que dicen y hacen, y también estoy segura de que son sus creencias las que alimentan su forma de actuar. Pero es interesante comprobar cómo, a la hora de elaborar una lista de autores y novelas con los que forzar las votaciones de los Hugo a su favor, dicha lista estuviera formada por los nombres de los propios tíos que hicieron la lista. Ellos saben que los premios dan fama y ventas a los premiados, y querían estar en ella porque sentían que habían sido alejados injustamente.

-De hecho, algunos medios hablan de “una guerra cultural por la diversidad” que afecta a otras expresiones de la cultura popular. ¿Estás de acuerdo con esta retórica? ¿Pueden beneficiarse Hollywood o la televisión de este debate?

-La guerra cultural no es algo nuevo. Lo que pasa es que, como algunas partes de ella se han vuelto inevitablemente visibles, toda esa gente que pretendía fingir que no había conflicto –y no me refiero solo a los maleducados, también a gente decente y respetable que de verdad creían que no existía guerra alguna– ya no pueden seguir fingiendo más. Es lo mismo de lo que hablaba Delany: mientras sea suficientemente pequeña o silenciosa, no habrá una “guerra” para la mayoría de la gente privilegiada. Si ahora hablamos de guerra es porque esos privilegiados no pueden seguir ignorándola por más tiempo.

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Cualquier industria debería dejarse aconsejar en este sentido, considerar la diversidad y tomarse en serio este debate. Si tu eres, por ejemplo, una compañía que vende cómics, te estás dejando mucho dinero en la mesa olvidándote de las mujeres lectoras. Me alucina escuchar a ejecutivos de Hollywood decir cosas como “las mujeres no gastan dinero en películas de superhéroes, así que no necesitamos hacer un toy de la Viuda Negra”. Si fuesen un poco más allá de ese pensamiento podrían llegar a este otro: “¿Cómo hago para invitar a las mujeres a gastar dinero en una película de superhéroes?”. Y, con ello, ganarían más dinero.

 

-En este sentido, ¿cómo de importante es que un escritor chino (Liu Cixin) haya ganado el premio Hugo este año?

-Es bueno para todos, para el gran número de lectores entusiastas de la ciencia-ficción que hay en China y también para que los lectores de otras partes del mundo conozcan el trabajo de escritores chinos. Personalmente, me hace muy feliz.

-Entiendo la importancia de las trilogías y que puedan ser algo bueno para el negocio, para los autores y hasta para el público, pero como consumidor, a veces me siento cansado de este tipo de decisiones solo justificables desde los departamentos de marketing. ¿Cómo ha influido este formato en tu forma de concebir y escribir sobre el universo Radch? ¿Y qué hay de las limitaciones y las obligaciones que imponen manejar una trilogía?

-La verdad es que no sé cuándo comenzó todo este rollo de las trilogías. A veces creo que puede que empezase con Tolkien, cuyo libro fue publicado en tres partes porque era demasiado largo para hacerlo en un solo tomo, pero entonces miro las novelas de finales del siglo XIX y compruebo que ya entonces algunas obras eran publicadas en múltiples volúmenes.

Supongo que, en muchos aspectos, las trilogías son efectivamente una cuestión de marketing, pero como escritora, también las contemplo como una forma de composición. De la misma forma que, por ejemplo, lo es un soneto o una sinfonía o un concerto. Y cuando un artista crece y madura viendo o escuchando un tipo de composición, para él es completamente natural querer producir bajo estas mismas reglas. Siempre que tienes alguna idea, en lo más profundo estás pensando en cómo esta se ajustará a esa forma de componer que conoces y que te resulta familiar.

La novela tiene su forma. La trilogía tiene otra. No se resume en “tres novelas sobre un mismo tema”, a pesar de que puedes escribir una trilogía así –de hecho muchos autores lo hacen- y de que puedas sacar de ella una de sus novelas y presentarla por sí misma con independencia, de la misma forma que hay movimientos de sinfonías que se han hecho famosos y que, incluso, muchas veces es la única parte de toda la sinfonía que la gente conoce. Pero un movimiento no es lo mismo que toda una pieza y una novela de una trilogía no habla por todo la obra, aunque sea fácilmente extraíble del cuerpo o aunque sea la única que parte que el público conoce. [pullquote align=”right” cite=”” link=”” color=”” class=”” size=””]La novela tiene su forma. La trilogía tiene otra. No se resume en “tres novelas sobre un mismo tema”.[/pullquote]

Y es debido a que las trilogías (¡y las sinfonías!) son tan fácilmente divisible en partes lo que las hace tan comunes. Así que considero que una de las cosas más importantes en mi trabajo es conseguir que cada parte sea tan auto-conclusiva como sea posible: puedes parar de leer al final de Justicia Auxiliar y no te queda la sensación de que la historia no está completa. Y lo mismo he intentado en Ancillary Sword. Es un desafío porque también tienes que dejar que las cosas se muevan y pasen a una escala mayor.

-En el último año no has parado de crecer como escritora. Ha sido traducida a otros países, has ganado premios y ahora te preparas para cerrar su trilogía con Ancillary Mercy. ¿Un balance de estos meses?

-Increíble. Constantemente me pregunto si ya es hora de despertar. Todos los escritores tenemos nuestras fantasías con ver tu trabajo publicado y aplaudido y es probable que todos los escritores de ciencia-ficción hayan fantaseado con ganar el Hugo y el Nebula, con un público que compre, lea tus libros y le diga a todo el mundo lo maravillosos que son. Pero la mayoría somos conscientes de que es solo una fantasía y de que hay que volver a trabajar, así que nunca esperas que suceda de verdad. Porque, honestamente, es muy poco realista, ¿no?

Mis esperanzas más descabelladas para Justicia Auxiliar se limitaban a vender algunos cientos de copias, que gustase a unas cuantas personas y que eso sería suficiente para que mi editor no cancelara los siguientes dos libros. Eso al menos me permitiría seguir escribiendo y viviendo de mi trabajo. [pullquote align=”right” cite=”” link=”” color=”” class=”” size=””]’Justicia Auxiliar’ ha sido propuesta para dar el salto a serie de televisión. [/pullquote]

Pero lo que ha pasado está más cerca de ese tipo de fantasía tan poco realista que te cuentas a ti mismo y que nunca esperas que suceda. Y ha sido increíble, pero también ha traído consigo algunas presiones incómodas que no me esperaba: he conocido a gente que esperaba con ansiedad mi próximo libro, a veces mientras todavía lo estaba escribiendo, y he podido ver a lectores rogando en voz alta por que estuviera a la altura del primero. Y es entonces cuando de pronto me di cuenta de que ya tenía un trabajo previo que superar. Esto no me pasaba cuando escribía relatos. Nadie tenía ninguna expectativa hacia mí ni se esperaba de mí que escribiera algo nuevo. Es raro y me asusta. Aunque también es muy gratificante, claro.

-¿Y qué va a pasar ahora con el universo Radch? ¿Has recibido alguna oferta para traducirlo a otro medio?

-Justicia Auxiliar ha sido propuesta para dar el salto a serie de televisión. Aunque, bueno, muchas otras han sido propuestas antes y nunca han llegado a buen puerto. Desde luego estaría mucho más que encantada de verla adaptada en otro medio.

Probablemente profundice en este universo, aunque solo sea porque todavía puede dar mucho de sí y porque he invertido mucho en él. Y es suficientemente grande como para poder hacer muchas cosas diferentes, así que ni me he aburrido de él ni me siento encasillada.

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-¿Qué has leído últimamente que puedas recomendar? Me interesa que me recomiendes autoras mujeres que escriban ciencia-ficción en la actualidad.

-Una de las razones por las que escribo es porque adoro leer. Irónicamente, ahora que he tenido éxito en lo de escribir, hay mucha gente que me manda sus manuscritos y libros para que los lea y diga cosas buenas sobre ellos en las entrevistas, pero yo difícilmente saco tiempo para leer. Así que no estoy tan al día como debería.

Hace poco he leído –y disfrutado– Updraft (2015) de Fran Wilde, que se desarrolla en un mundo en el que sus habitantes viven sobre torres de huesos que crecen constantemente y la gente se desplaza de una torre a otra gracias a alas mecánicas. He leído también Sorcerer to the Crown (2015) de Zen Cho, que recomiendo fervientemente. Ah, y Slow Bullets (2015) de Alastair Reynolds, aunque creo que esto es más una novella que una novela.

Y no puedo de dejar de recomendar el trabajo de Nnedi Okorafor, Linda Nagata, Sofia Samatar, Cat Rambo, Juliette Wade, Rachel Swirsky, Carolyn Ives Gilman, Charlie Jane Anders y Kameron Hurley.

-¿Qué te parece Donald Trump? Como espectador en la distancia, estoy entre preocupado y entretenido con semejante personaje.

-En este momento de las elecciones hay mucha cháchara pero pocas votaciones. Todos esos sondeos que muestran que Trump es muy popular no son oficiales, son básicamente encuestas hechas por teléfono. Estamos en la primera etapa, y en ella básicamente la gente compite para ser los candidatos de sus partidos. Muchos saldrán antes de esta votación o lo harán cuando se vea claramente que no son competidores serios. Además, como la votación principal es hecha estado por estado durante un periodo que dura semanas, otros quedarán fuera cuando comprueben que no pueden ganar los suficientes votos en un estado como para ganar en todo el país. Y solo entonces, el candidato republicano que salga tendrá que enfrentarse en la carrera electoral contra el candidato demócrata.

Es preocupante la cantidad de gente que parece tener simpatía por Trump, tan tóxico y horrible como es, pero es demasiado pronto para decir si tiene alguna posibilidad como candidato republicano. No creo que salga antes de las primarias, tampoco antes de que todas las primarias terminen, pero personalmente no creo que a día de hoy pueda ganar la candidatura.

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