Saul Bass: esos tres minutos clave

Saul Bass

El 8 de mayo de 1920 nacía, en un pisito del Bronx, el diseñador gráfico más famoso de la historia del cine. Aún se cuelgan en las paredes de melancólicos amantes del cine sus posters de Vértigo o West Side Story. Aún hoy se imitan sus títulos de crédito y se copian sus preceptos de diseño. Efectivamente: mientras buscas tu asiento puedes perderte una obra de arte.  

Los títulos de crédito de una película suelen suponer tres o cuatro minutos en los que pasa de todo: la gente se acomoda en el asiento, se quita la chaqueta y deja el bolso en el asiento contiguo, coloca los bártulos a conveniencia: palomitas a mano derecha, Coca-Cola aguada de litro a mano izquierda. Los rezagados buscan su asiento con la molestísima luz del móvil (no, ya no hay acomodador), y algunos aprovechan para mirar los últimos whatsapp chorras del grupo de colegas, mientras los nombres de los responsables de tenerte secuestrado en una sala oscura durante dos horas salen a escena. Tú ni te preocupas. Y mientras en la pantalla puede pasar algo tan épico como esto:

Para Saul Bass, estos minutos eran un mundo aparte. Eran los tres minutos más cruciales de la película: tenías que exprimir el jugo argumental en un juego visual que captase la atención del espectador y lo dejase clavado en el asiento. No consistía (sólo) en ir soltando nombres en una pantalla negra: era la clave estética del film. Bien lo supo ver Otto Preminger cuando acudió a su agencia de publicidad a encargar el póster de su película Carmen Jones (1954). Cuando vió el trabajo de cartelismo de Bass, hizo lo que hoy estaría representado con el meme de “Shut up and take my money”. Y Bass le contestó con esto:

https://www.youtube.com/watch?v=FYJBt21-Bow

Cierto es que muchos dirán que para analizar la carrera de Bass se debería huir de tópicos y de lugares comunes. Y así hablar de cómo Bass también diseñó algunos de los logos corporativos más emblemáticos de la historia empresarial de Norteamérica. Suyos son los logos de la mayor compañía de telefonía americana AT & T, o de la Continental Airlines. Aunque eso implicaría prescindir, por ejemplo, de sus celebérrimos créditos iniciales de Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959), Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), Ocean’s Eleven (Lewis Milestone, 1960) o Espartaco (Stanley Kubrick, 1960).

A mediados de los sesenta, Bass dejó aparcada (momentáneamente) su faceta como artista de títulos de crédito. Aunque, como buen creador de culo inquieto, era de esperar que no tardase en ofrecer alguna genialidad. En 1968 dirigió el excelente y libérrimo documental animado Why Man Creates: la mejor forma de acercarse a cómo Bass entendía el arte y el diseño. Una divertida aproximación al gen de donde nace la creatividad humana y de donde, también, puede ser alienada.

Por aquel trabajo ganó un Oscar, un logro muy lejos de repetirse con su incomprendida siguiente creación, Sucesos en la IV fase (1974), una pequeña maravilla disfrazada de trillada historia de ciencia-ficción sobre insectos dominando el mundo, pero que entra en disquisiciones de ci-fi literaria hard mediante una fascinante puesta en escena. El mago de los títulos de crédito matemáticos y calculados hasta el paroxismo se sumergía aquí en una historia de futurismo abstracto y que entroncaba con sus diseños de forma insospechada.

Hasta casi los noventa anduvo más o menos fuera de mapa. Y fue una de las personalidades con las que más en deuda está la historia del cine contemporáneo el que lo rescató. Demos gracias a Scorsese, puesto que él supo ver que aún nos quedaban por descubrir títulos de crédito como los de El cabo del miedo (1991), La edad de la inocencia (1993) y Casino (1995), sus último trabajo.

Hoy su estela se persigue constantemente. Desde la caída libre por la era de la publicidad de Mad Men (2007-2015) hasta las persecuciones de los títulos de Spielberg en Atrápame si puedes (2002) o Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio (2011). Ahora el diseñador y publicista hubiese cumplido 96 años. Y puede que ya no le quedaran ganas de hacer demasiados alardes de su genio. Pero ahí sigue su estela…mientras tú miras, por última vez, los whatsapp chorra de tu grupo de amigos.

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