‘GLOW’ – El wrestling como teatro del reconocimiento

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'GLOW', la nueva serie de Netflix que cuenta tras ella con algunas de las cabezas que idearon 'Nurse Jackie' y 'Orange Is the New Black', recupera el gusto por la lucha libre sin caer en la trampa de la nostalgia. Los que merendaban con Nocilla recordarán cómo Hulk Hogan y André el Gigante celebraban la diversidad televisiva de los noventa, pero 'GLOW' no solo reivindica la lucha libre como una de las Bellas Artes, sino que sabe aprovechar el parecido del wrestling con el teatro.

La primera vez que vi Pressing Catch me sentí muy decepcionado. Tendría 11 años y Telecinco llevaba emitiendo poco tiempo cuando programaron la lucha libre americana de la WWF (World Wresling Federation) durante las tardes de los sábados bajo el nombre de Pressing Catch. Nunca entendí lo de “Pressing” pero Telecinco utilizaba este término para todos los deportes. Tampoco recuerdo qué idea tenía de lo que era la lucha libre en el 1990 pero me da la impresión de que pensaba que la lucha libre era igual que lo que ahora se conoce como UFC (Ultimate Fighting Championship), es decir, como el boxeo pero mucho más brutal. Nada más lejos de la realidad.




Si no se pegan…”, dijo mi padre cuando Hulk Hogan y El Último Guerrero comenzaron las hostilidades en el televisor. Es curioso que mi padre dijese eso porque cuando mi barrio estaba rodeado de descampados, unos feriantes trajeron varios espectáculos justo al lado de casa. Uno de estos espectáculos parece ser que era de lucha libre y fueron a verlo todos los vecinos. Yo no existía aún, por lo que debió ser sobre el 1975. Mi padre me dijo que uno de los que peleaban, un luchador de aspecto oriental al que la gente llamaba “Chino”, rompió las sillas, se arrancó la camiseta y asustaba al público. “¡Ea, ea, ea, el chino se cabrea!” le gritaba el público y el otro les devolvía los gritos con insultos. Era otra época.

Sea como fuere, el catch se reivindicaba como un entretenimiento popular al nivel del circo o de la verbena. De hecho, iban en las mismas compañías. No eran actores, pero tampoco luchadores de verdad. Los luchadores de wrestling siempre en la frontera entre la realidad y la ficción.

Enero de 2017. Veintisiete años después de que una de las patadas en el bañador de Hogan a El Ultimo Guerrero yo estaba en el edificio de Tabacalera en Madrid viendo lucha libre, gritando junto con el resto del público y disfrutando como un enano. Porque de enano, precisamente, me llevó varios programas de Pressing Catch entender que todo aquello era puro espectáculo y que la referencia del wrestling no era el boxeo sino el teatro. En concreto, el teatro que utiliza el gesto exagerado para transmitir emociones. La virtud del wresling, decía Roland Barthes, está en ser un espectáculo excesivo (en este texto se mencionan muchas ideas de sus ideas que aparecen en El mundo del catch -2005-). Por eso, compararlo con otros deportes es un sinsentido porque no es un deporte. Por esto, las historias sobre wrestling encajan muy bien como analogía del trabajo de actor.

Tías Buenas De La Lucha Libre

En GLOW Ruth Wilder (Alison BrieBojack Horseman, Community) es una actriz en busca de autor que acaba topando con el proyecto personal de un niño rico que quiere un programa de televisión de lucha libre femenino. Durante los diez capítulos de media hora de la primera temporada, la trama nos cuenta cómo el grupo de mujeres que se encargan de hacerlo realidad aprende a defenderse en el ring para convertirse en el primer programa de wrestling femenino de los EE.UU.

GLOW es el acrónimo de Gorgeous Ladies of Wrestling. Y GLOW, la serie de Netflix, está basada en una serie real y homónima que tuvo su momento de auge entre 1986 y 1989. En otras palabras, GLOW de 2017 es la ficción de lo que sucedió en el GLOW original. Por ejemplo, tanto en la versión de 1986 como en la del 2017 hay una Liberty o una rusa malhumorada.

Pero cuidado, porque aquí entramos en un terreno de análisis bastante complicado. Si la original era una serie sobre wrestling en el que todo estaba coreografiado, como sucede siempre con la lucha libre, ¿no sería GLOW 2017 un remake de la original, ya que es exactamente eso? La diferencia entre ambas GLOW es que la actual nos permite ver a las chicas tanto dentro como fuera de la personalidad que adoptan en el ring. Las diferencias fundamentales entre su persona y la persona del escenario es lo que permite a GLOW tratar temas como el racismo, el sexismo o los estereotipos.

La mayor virtud de GLOW es haber hecho una serie sobre lucha libre sin importar que no sea un deporte, sino un espectáculo en el que todo está coreografiado. Una verbena de la hipérbole gestual que se sitúa en lo más bajo de la cadena alimentaria del género de la lucha. Resulta muy interesante cómo GLOW abraza la profunda conexión entre el teatro en su forma más popular con el espectáculo excesivo del catch. Reproduce cómo comenzamos a sentir un picorcito de amor hacia el wrestling cuando comprendemos que es un culebrón al igual que le sucede a Debbie Eagan (Betty Gilpin) durante un visionado de un combate. Es decir, la lucha libre como una soap opera que utiliza recursos del slapstick para contar historias excesivas.

Porque lo interesante del wrestling, como sucede con GLOW, no es quién va a ganar (o su equivalente cinematográfico, que sería algo así como quién va a usar el sufrimiento para redimirse) sino qué y cómo van a sucederse los acontecimientos. Preguntarse quién va a ganar es absurdo porque todo está decidido de antemano. Tan ridículo es apostar en la lucha libre como hacerlo con una película, aunque no pondría la mano en el fuego sobre si Bwin está ya monetizando tanto los estrenos de CINESA como las peleas de John Cena.

Además de los detalles formales sobre si el resultado de la lucha libre está determinado, la brecha entre deporte y espectáculo también cala en cómo se representa el boxeo y el catch. El acierto de GLOW, insisto, es el haber elegido ser lucha libre incluso en cómo se representa esta en el cine.

Películas de guantazos

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Las películas sobre boxeo suelen ser de un corte similar al deporte que representan: desde el tópico de “más golpes da la vida” hasta la historia de superación personal, el boxeo ha servido como metáfora sobre la existencia cotidiana y cómo enfrentarse a los problemas más duros que se nos presentan. Todos estos deportes donde hay contacto físico con el fin de producir dolor al contrincante para que abandone la pelea siempre están vestidos con un aura de dignidad. Pasa hasta con la UFC. No es de extrañar que lo habitual en los films que inspiran es que los protagonistas sean unos parias de la sociedad que redimen o superan sus problemas mediante el combate. Desde la extravagante Acero puro (2011) a Karate Kid (1984), pasando por Million Dolar Baby (2004) y Warrior (2011), los protagonistas (por lo general hombres) buscan arreglar desde el ring su posición de outcast social. El dolor, la sangre y levantarse después de que uno caiga son las imágenes que estos films nos dejan y que, en cierta manera, es también la imagen que el boxeo real nos trata de transmitir. El dolor humano y cuerpos humanos golpeando y machacando para demostrar la superioridad de un ser sobre otro.

El wrestling no trata de eso puesto que, para empezar, la sangre es algo obsceno. Los luchadores están en un nivel de significación que les sitúa en la esfera de los dioses y no estaría bien visto que un dios sangrase. La esfera en la que el wrestling se mueve es la de los valores morales en un mundo dual y exagerado de buenos y malos. En palabras de nuevo de Barthes, el wrestling se ocupa fundamentalmente de escenificar un concepto puramente moral, la justicia. Es esencial la idea de saldar cuentas: el “hazlo sufrir” que la multitud grita significa, ante todo, “haz que pague”. Por este motivo el wrestling debe definir muy bien los roles de los luchadores para que el público sepa si está ante un villano o ante un héroe.

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GLOW se ambienta en los años ochenta, lo que sirve para escenificar mediante los estereotipos que están obligadas a tomar estas luchadoras cuál era el ambiente socio-político de la época Reagan. Luchadoras como Cadenas o La Reina de los Subsidios representan los estereotipos racistas; Beirut es la terrorista árabe; está la empollona sexy y, cómo no, el combate estrella: EE.UU. contra la U.R.S.S, presentado como una lucha entre culturas. GLOW muestra todo esto de forma inteligente porque con la excusa de ser una serie ambientada en los años ochenta nos está poniendo ante los problemas actuales de las sociedades occidentales.

Es muy interesante un momento en el que Beirut (Sunita Mani) está luchando y la gente grita llena de odio real, no con la impostación emotiva que el wrestling bien ejecutado saca del espectador. No hay catarsis alguna en el insulto a Beirut porque esas personas acaban de romper la cuarta pared del espectáculo: odian que se represente a una musulmana incluso aunque sea una villana de grand-guignol. ¿Es Beirut uno de esos “limites del humor” que los modernos moralistas señalan incapaces de tolerar cuando se representa aquello en lo que no creen?

El Poli Loco

El Poli Loco

Podemos estar o no de acuerdo sobre los estereotipos que se usan en el wrestling pero el caso es que es el uso de estereotipos es lo que más lo acerca al teatro y, sobre todo, a la Comedia del arte. Los luchadores no necesitan tener un trasfondo tremendamente elaborado porque con su sola presencia, vestimenta y gestos ya nos están trasmitiendo toda una historia. Esto permite que la narrativa sobre el ring avance sin la necesidad de tener que estar explicando los motivos de esa pelea simbólica que se da en el ring. Los Polichinela de la modernidad tienen forma de El Poli Loco.

Existe otro punto fundamental que diferencia boxeo ficcional y la lucha libre representada en los films. A los luchadores de wrestling no les importa la victoria sino el reconocimiento. En El luchador de Darren Aronofsky (2008) su protagonista, Randy “the Ram” Robinson (Mickey Rourke), es un ex-luchador que tuvo su momento de gloria en los ochenta. En el presente, medio sordo y sumido en una vida completamente anodina, trata de volver a situarse en una esfera de reconocimiento, como cuando era un dios del cuadrilátero. Lo mejor del film de Aronofsky son esas secuencias en las que Randy está tratando de volver a luchar y vemos todo el trabajo actoral previo al ring: cómo establecen los luchadores qué va a pasar, qué golpes van a utilizar, cómo distribuyen los roles, etc. El ensayo del wrestling es, en este sentido, análogo 1:1 al trabajo de un actor. De esta forma resultaba inevitable que El luchador fuese una analogía sobre el trabajo de actor y cómo los años acaban por dejar en la cuneta del olvido a muchos profesionales de este arte. La elección de Micky Rourke como protagonista fue acertadísima porque en realidad la película trataba sobre él haciendo de sí mismo: un actor que había pasado de sex symbol (hubo una época en que esta expresión era sinónimo de ser un actor / actriz de éxito) en Nueve semanas y media a villano de Double Team, en un descenso a los infiernos de las ex-estrellas que ríase usted de El corazón del ángel.

'El luchador'

‘El luchador’

De esta forma, el equivalente al Randy “the ram” en GLOW lo tenemos en Debbi Eagan, una actriz de culebrones venida a menos desde que se retiró al ser madre y que busca a través de la lucha libre ese reconocimiento como actriz que se le negó en su momento. Pero hay otras formas de reconocimiento más sutil en GLOW

El desarrollo de personajes de GLOW está muy cuidado y al contrario que las personas que interpretan en el ring, las chicas tienen muchísimos detalles que actúan en contra, precisamente, de los estereotipos femeninos en los films. Descubrimos que Ruth se toma muy en serio la lucha libre no para destacar (al menos no sólo para destacar) sino porque cree en el proyecto y, sobre todo, es una profesional que quiere trabajar, no necesariamente ser la estrella. De hecho, la nobleza que alcanza el personaje la encontramos cuando vemos cómo es capaz de hacerse a un lado constantemente para dejar pasar a los demás. La sororidad que se establece entre las luchadoras de GLOW es intensa y hermosa, porque ataca a la línea de flotación de muchas otras producciones que basan las relaciones entre las mujeres por cómo dependen de los roles masculinos y o cómo compiten entre ellas.

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Además, en el caso de Ruth no se trata solo de que la reconozcan como persona que hace bien su trabajo sino que se reconozca la dignidad de su trabajo como trabajo. Es la diferencia entre la dignidad automática que parece ganarse el luchador de verdad y el desprecio de indignidad que rodea al wrestling.

En GLOW el reconocimiento al que aspiran personajes como Ruth no es tanto que la gente admire lo que hacen o lo que son, sino que otras personas se den cuenta de que se están esforzando por restablecer cierta justicia. Aquí la redención es muy sutil y queda en un segundo plano, porque en realidad tanto Ruth como el resto no tienen nada de que arrepentirse, al menos no en el sentido de necesitar pasar por un dolor físico real para purgar sus problemas, cosa muy de cine de machos. El dolor real, el de la vida, se pasa mediante cierto estoicismo, amistad y saber aceptar las cosas tal y como vienen y el ring, el espectáculo de wrestling, es el lugar donde sentirse bien. En realidad la única justicia real que se equilibra en GLOW es la de tener derecho a ser feliz y sentirte bien con lo que haces.

Existen mucho más detalles importantes en GLOW como para destacar entre la oleada incesante de series de televisión que se estrenan a diario. Muchos de estos detalles tienen que ver con la manera en que las mujeres son tratadas en la ficción, y daría para un texto independiente, pero dejémoslo en un detalle: la primera secuencia de la serie es ya una declaración de principios sobre cómo los personajes relevantes y que dicen cosas de interés son, por norma general, hombres.

GLOW cuenta con un cast excepcional en el que no sobra nadie: sus creadoras, guionistas y productoras Jenji Kohan, Carly Mensch y Li Flahive han dado cohesión a un equipo de muchos personajes, cada uno con su correspondiente momento de gloria. Pese al equilibrio habría que destacar el trabajo increíble que hace Alison Brie (Ruth). Sabíamos por Bojack Horseman que estaba dotada para el drama y por Community que es una comediante excepcional, pero lo que vemos en GLOW deja muy atrás cualquier otro trabajo anterior.

Lo peor de GLOW es que consta solo de 10 capítulos de treinta minutos. Esperaremos el regreso practicando unos cuantos súplex.

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