Guerreras, princesas y brujas: ocho paradigmas de heroínas Ghibli

El cuento de la princesa Kaguya (3)

De los 22 largometrajes con los que cuenta el Studio Ghibli, 15 están protagonizados por mujeres. Muchos de ellos, personajes totalmente inolvidables. Por compararlo con un ejemplo más conocido: de las 16 películas de Pixar, sólo dos están protagonizadas por personajes femeninos. Este es un momento tan bueno como cualquier otro para repasar las mujeres más molonas de Ghibli.

Que no sirva como agravio comparativo pues el género del protagonista del relato no tiene porqué marcar la ideología de su film. Y sin embargo, sí que se puede entender como síntoma de que algo raro pasa. La animación que nos llega desde Estados Unidos tiene serias dificultades para plantear personajes femeninos protagonistas más allá de un estereotipo Disney que hoy día, por fin, es un poco más poliédrico. En cambio, tres cuartas partes de la obra del estudio de Mi vecino Totoro (1988) son películas protagonizadas por mujeres: su voz y su punto de vista, la variedad de caracteres, psicologías, edades y procedencias evidencia que ellas son uno de los elementos fundamentales del discurso de toda obra del estudio nipón.

No pretende esto ser, ni mucho menos, un análisis sesudo de los estereotipos femeninos en el cine de animación contemporáneo. Para una visión feminista del tema tienen ustedes abundante bibliografía de Lévi-Strauss, Anette Kuhn o Laura Mulvey, por poner rápidos ejemplos. El análisis fílmico lleva años cuestionando un sistema de transmisión de ideología estructurado a partir de roles femeninos y masculinos, dentro de los cuales la mujer ha quedado históricamente representada en un espacio y bajo una imagen determinados.

Es la mil veces machacada postura patriarcal (aunque tal vez no suficientemente) del cine clásico, mediante la repetición de esquemas estáticos heteronormativos (la heterosexualidad como norma impuesta socialmente). Existe toda una tradición de visiones feministas de la historia del cine a su disposición. Mientras, descubramos cuáles son los avatares que rigen el universo Ghibli, qué tiene de especial su visión sobre la feminidad y por qué nos atraen estos personajes, tan complejos, grandes y fascinantes como las películas que protagonizan. Allá vamos.

Nausicaä en Nausicaä del Valle del Viento (Hayao Miyazaki, 1984)

Heroínas Ghibli 6

Con ella empezó todo. En un mundo que parece una reinterpretación animada del planeta Arrakis de Dune (Frank Herbert, 1965), Nausicaä es la princesa de El Valle del Viento, una tierra pequeña y pacífica que solía pasar desapercibida hasta que un poderoso reino vecino la invade sin importarle el destino de la gente que lo habita. Es entonces cuando nuestra heroína ejercerá de pacificadora a la fuerza y encarnara una versión sui géneris de uno de los arquetipos más reconocibles de la historia del cine de animación: las jóvenes guerreras. Por un lado, ostenta un puesto elevado en la jerarquía de su entorno social a pesar de su juventud, lo que la obliga a exhibir una madurez y un aplomo muy por encima de lo que se espera de una adolescente común, como bien supo ver Ana María Pérez-Guerrero en este artículo. Por otro, su figura está dotada de una psicología propia de la figura heroica clásica sin fisuras: es valiente y está dispuesta a dar su vida por una causa justa. Su habilidad para el combate, como figura aún protozoica de la heroicidad femenina en el universo Ghibli, es una característica que ella misma que prefiere no utilizar pues siempre busca la comprensión y el entendimiento. Al menos antes de sacar el arma.

Kiki en Nicky, la aprendiz de bruja (Hayao Miyazaki, 1989)

Heroínas Ghibli 3

Kiki (no me preguntéis por qué la llamaron Nicky en la versión en castellano) es una aprendiz de bruja que, llegada a la edad de trece años, debe pasar un año fuera de casa para aprender a valerse por sí misma. Una especie de Erasmus de la brujería que la llevará hasta una ciudad marítima donde empezará a trabajar en una pastelería y a conocer las vicisitudes de la vida adulta. En ella podemos reconocer otro arquetipo narrativo de las heroínas Ghibli realmente interesante: el de las adolescentes independientes. Se trata de jóvenes que, por una jugada del destino, se tienen que enfrentar a las vicisitudes de la vida adulta sin más ayuda que la que su destreza y voluntad les diga. Suelen estar más verdes en cuanto a lo que significa vivir en un mundo adulto y no suelen tener la seguridad en sí mismas que sus compañeras. He aquí otro rasgo identificador: la inseguridad se produce por una falta de confianza en su propio poder y capacidades, que desarrollan a lo largo de su evolución. Esto sirve para explicar otra de las características que divide el mundo de las mujeres Ghibli: las heroínas que se forjan durante el transcurso de la historia que se nos narra y las que ya lo son cuando nosotros llegamos a la historia. Kiki es de las primeras y junto a ella descubrimos el valor del esfuerzo, las bondades y las porquerías de la amistad y lo jodido de las despedidas. Todas duelen, pero forman parte de lo que nos construye como las personas que un día seremos. O querremos ser.

San en La princesa Mononoke (Hayao Miyazaki, 1997)

Heroínas Ghibli Mononoke

La más hardcore de las heroínas Ghibli. La que no duda en rebanarte el pescuezo, la que no le teme a la sangre, la que lucha por lo que cree y te destroza si te interpones en su camino. La princesa Mononoke nos traslada a un mundo en el que Dioses y hombres vivían juntos y revueltos. Se cuenta que en este mundo, una diosa lobo adoptó a un bebé humano abandonado por sus padres. Ese bebé era San, una bella y feroz joven criada entre lobos que vive por y para proteger el bosque que habita y matar a Lady Eboshi, que intenta destruirlo. De naturaleza animal y actitud agresiva, su poder la hace ser temida por todo aquel humano que escuche su nombre. Aunque su ímpetu la lleve a ser irracional en ocasiones, San es la mujer más fuerte del imaginario Ghibli. Y ella plantea también otro de los temas que pueden verse como eje transversal de las heroínas Ghibli: cómo se vincula con el amor. La relación de San y Ashitaka, personaje masculino de la película, se establece en su fase más madura como una complicidad de compañerismo y afecto muy alejada a la muy lejana a las relaciones románticas clásicas hollywoodienses. Como el mismo Miyazaki ha contado en alguna ocasión: “Son mujeres valientes, autosuficientes, que no se lo piensan dos veces antes de luchar por lo que creen. Necesitan un amigo o un compañero, pero nunca un salvador”.

Lady Eboshi en La princesa Mononoke (Hayao Miyazaki, 1997)

Heroínas Ghibli Lady Eboshi

La figura más poderosa e interesante, para quien esto escribe, de La princesa Mononoke. Antes que nada cabe hablar de una característica que definirá también a otros personajes como ella en el universo Ghibli: su edad. Mientras que la juventud es la edad del aprendizaje y la esperanza de futuro, y la vejez es la sabiduría y la transmisión de ésta a otras generaciones, la edad adulta es un marrón. En Ghibli, especialmente en el imaginario miyazakiano, es la época de desarrollo personal sobre la que el desencanto y los males del mundo recaen. Por eso, sobre Lady Eboshi se cargan las tintas de la destrucción de la Naturaleza por parte del ser humano y el peligro que el exceso de soberbia lleva aparejado. También, Lady Eboshi es mucho más que un villano porque, en cierto modo, no lo es. Dos características hacen de la señora de La Ciudad del Hierro un personaje fascinante: su falta de escrúpulos para someter la naturaleza a su voluntad contrasta con el cariño y la piedad que ejerce sobre su pueblo. Es conocida por liberar a mujeres de burdel para contratarlas como trabajadoras de su fundición y por dar una vida a leprosos a quién otras sociedades repudiaban. Y, además, su psicología está marcada por una fuerte falta de fe en todo aquello que no venga de un ser humano: en el poder de iconos y dioses. De su boca salen palabras que parecen sacadas de un sueño húmedo de cualquier filósofo ateo; antes de cortar la cabeza del espíritu del bosque, mirando sonriente a sus compañeros y a nosotros, nos dice: “Mirad, voy a enseñaros como se mata a un Dios”.

Chihiro en El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001)

Heroínas Ghibli 5

Como Kiki, Chihiro es una niña (algo más joven que la bruja) que tiene que aprender a vivir en el mundo adulto a la fuerza. Pero esta no lo hace por un Erasmus de la magia. Chihiro debe trabajar y sobrevivir en un balneario de Dioses (que ya nos gustaría visitar) en el que ninguna regla del mundo real se aplica de la misma manera. Con sus padres convertidos en cerdos que pueden ser servidos de primer plato en cualquier momento, Chihiro se verá en medio de una aventura que creerá que la sobrepasa. Pero no. Su caso, absolutamente paradigmático del universo Ghibli, es realmente esclarecedor: no es sólo que tenga que madurar y enfrentar problemas adultos, es que es su actitud la que salva a estos. La comunión de circunstancias difíciles con la simpleza y fuerza de voluntad de la edad infantil da como resultado la resolución inusitada de conflictos que le son ajenos. Chihiro lo cambia todo: cambia a aquellos que creen entender cómo funciona el mundo en el que viven (Haku), cambia a aquellos que creen que acatando las normas se puede progresar (Lin), cambia a aquellos que creen que el dinero significa poder (Sin Cara) y cambia a aquellos que creen que su poder les hace poderosos (Yubaba). Nada es lo mismo después de Chihiro. De ella y de muchos otros personajes se puede saber mucho más leyendo la obra de Laura Montero Plata, parada obligatoria para todo interesado en el tema.

Arriety en Arriety y el mundo de los diminutos (Hiromasa Yonebayashi, 2010)

Heroínas Ghibli Arriety

El universo Ghibli suele enfrentar arquetipos modelo del anime y el manga nipón a sus propios reflejos. Es el caso del arquetipo de femenino llamado Shōjo, que literalmente significa “chica joven” y caracteriza a personajes femeninos entre la preadolescencia y la adolescencia tardía que suele ir asociado a la inocencia (a veces con carga erótica enfocada a la falta de experiencia sexual). Ésta caracteriza sus acciones y sus devaneos amorosos y las viste de un aura mágica que las hace especiales respecto a las chicas que las rodean. Arriety, aún cumpliendo con las características físicas del arquetipo Shōjo, va un paso más allá: en su descubrimiento del mundo de los humanos y su enfrentamiento con él (que no es otra cosa que el enfrentamiento con lo real), aplica actitudes psicológicas distintas: una identidad más compleja que combina aspectos maternales (por el cuidado y protección de “los suyos”) con la fuerza, el espíritu de la aventura, el valor y la necesidad de independencia propios de la adolescencia. Es una aventurera en el sentido más grande de la palabra: asume los riesgos de viajar y explorar y son estos los que la empujan a vivir.

Kaguya en El cuento de la princesa Kaguya (Isao Takahata, 2013)

El cuento de la princesa Kaguya (4)

Y teníamos que llegar al paradigma de la princesa, la maldita princesa tan machacada por el cine de animación occidentales y que han propiciado generaciones de niñas cuyos iconos y voluntades van siempre acompañados del dichoso término monárquico/nobiliario. Kaguya es la protagonista de un texto fundacional nipón conocido como El cuento del cortador de bambú (autor desconocido, finales del siglo IX) que narra la historia de una joven nacida del tallo de una caña de bambú a quien crían dos viejos campesinos. Se trata de un texto datado de muy poco antes de la batalla de divas que os contamos aquí y que marcó el devenir de la literatura japonesa. De hecho, aunque el relato sigue anónimo, muchos han atribuido el texto a Murasaki Shikibu.

Sea como fuere, Kaguya es una princesa y además una que no es de este mundo. Isao Takahata la identifica conscientemente como algo sobrenatural e inalcanzable. Algo que se ha asociado, en el estudio de la feminidad en el cine, al estereotipo del “oscuro objeto de deseo” del cine clásico (y sí, también contemporáneo). No obstante, para quién observa la historia, no hay misterio oscuro en Kaguya: ella representa ese papel para con los que la rodean con tal de que la dejen ser libre. Con la excusa del término, Takahata hace algo genial: aprovecha el significado de la palabra para hablar de una mujer adelantada a su época. Se trata de una joven que se niega a vestirse y maquillarse para agrado de cualquier tercero, que se niega a casarse con cualquier hombre para convertirse en mera concubina/objeto. Y estamos hablando de un relato del siglo IX.

Anna en El recuerdo de Marnie (Hiromasa Yonebayashi, 2014)

Heroinas Ghibli 4

Al contrario de lo que pasaba en La princesa Mononoke, en El recuerdo de Marnie las personalidades de importantes mujeres no chocan entre sí ni producen ningún enfrentamiento. Más bien al contrario. Anna, una chica introvertida y tímida, tendrá que pasar un tiempo en una zona rural de Japón con sus tíos. Allí conocerá a Marnie, una joven de su edad que vive en una casa que lleva abandonada años. Entre ellas surgirá una amistad que cambiará su vida. De hecho, durante gran parte del desarrollo de El recuerdo de Marnie, subyace en la delicada y romántica amistad de las protagonistas un subtexto lésbico inédito en el cine de animación contemporáneo. Aunque finalmente éste no llegue a significarse, su retrato de una amistad mágica nos llega como una relación de ternura, delicadeza y, también, pasión. Algo muy parecido a los amores de verano. Existe una tradición de análisis de la personalidad femenina en el cine que centra su estudio en personajes narrativamente fuertes, mujeres combativas y con mucho carácter. Nada de eso tiene que ver con Anna. Es un canto a la suavidad y la delicadeza y sin embargo compone una heroína fascinante que se descubre a ella misma con la ayuda y gracias a otra mujer.

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