Guía de iniciación al manga (I) – Osamu Tezuka y la creación del manga moderno

Es difícil saber por donde empezar a leer manga. Por eso en CANINO hemos confeccionado esta serie de siete artículos en los que destriparte todo lo que necesitas saber sobre manga. Especialmente, por donde empezar a leerlo. Y para arrancar, nada mejor que poner la vista sobre el que es considerado el padre del manga contemporáneo: Osamu Tezuka. Y no temas, si te pierdes entre tantos nombres, al final tienes una chuleta con los mangas perfectos para empezar a leer a este autor y otros que nombramos en relación a él.

Todos tenemos una idea bastante clara de cómo debe ser un manga. Línea gruesa, ojos grandes, uso exagerado de tramas, dibujos en blanco y negro, tendencias de folletín y el drama siempre al once. Nada de eso es falso. En términos generales, esa es la definición exacta de manga. Pero es estúpido pretender que eso es lo único que define al manga. El manga es otra cosa. El manga es muchas cosas. Pero así y con todo, no resulta difícil situar un punto concreto como su origen. Porque para ser todo eso que hemos comentado, que lo es aun siendo mucho más que eso, tuvo que haber una persona que unificara todos esos rasgos. Y ese no es otro que Osamu Tezuka.



Tezuka en sus primeros pasos

Empezar por Tezuka puede parecer el camino fácil. Abrir y cerrar la problemática de “¿qué es el manga?” y “¿por dónde empiezo a leer?” remitiéndonos al que es declarado el padre del manga. Pero, en este caso, cualquier otra elección resultaría un tanto ridícula. A fin de cuentas, antes de Osamu Tezuka, apenas sí se puede considerar que exista manga como tal.

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The Osamu Tezuka Story: A Life in Manga and Anime, de Toshio Ban & Tezuka Productions

Cuando decimos que Tezuka es el origen del manga no queremos decir que fuera el primero en producir obras de estética manga. Ni siquiera que fuera el primero en producir cómics en Japón. Queremos decir que, aun existiendo todo ese caldo de cultivo previo, él fue el primero en darle forma. Y es que, como en el caso del cómic occidental, podemos retrotraer el título de “primer manga de la historia” tan atrás como queramos.

Si consideramos como manga cualquier dibujo japonés vagamente narrativo, secuencial o que su autor denominara manga -algo particularmente ambiguo, si consideramos que el término se compone con los kanjis de “dibujo” y “sin límites”-, entonces tenemos infinidad de obras que merecen ese tratamiento. Desde el Chōjū-giga del monje Kakuyū, datados del siglo XIII, o ya en el siglo XIX los cuadernos del maestro Hokusai, los Hokusai manga, denominados por él mismo como trazos volviéndose salvajes. Pero, igual que con el cómic occidental, habría que ser muy amable para considerarlos manga. Ni estética ni narrativamente.

Junichi Nakahara

Junichi Nakahara

Para encontrar los primeros indicios de diseño manga tendríamos que hablar ya del siglo XX. Del trabajo de ilustradores como Yumeji Takehisa o, muy especialmente, Junichi Nakahara. Pero así y con todo, no puede considerarse que sean el origen del manga: eran ilustradores, no mangakas. En el plano estético, que todavía no en el narrativo, lo más atrás que podemos viajar es hasta principios del siglo XX.

Eso nos lleva a la época posterior a la Segunda Guerra Mundial: si bien tenemos ejemplos de animación con una estética ya cercana a lo que consideraríamos anime, además de tiras periódicas de influencia americana, no tenemos algo similar a la idea de historia larga y autoconclusiva en la cual entraría una parte significativa del manga actual. Y antes y después, porque es los que marcarían los momentos de la vida de Tezuka: su infancia antes de la guerra y su adultez después de ella.

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Para Tezuka, desde muy pequeño, su mayor influencia fueron las películas de Disney. Tanto es así que, desde que su padre le ponía sus películas siendo él muy pequeño, Tezuka veía las obras de Disney en bucle una y otra vez. Tanto es así que se dice que Tezuka llegó a ver Bambi (1942), la película original de David Hand, no menos de ochenta veces. Esa misma obsesión sería la que le llevaría a dibujar desde muy pequeño con el estilo que mantuvo toda su vida: redondeado, mono y con una querencia especial por los toques cartoon. Hábitos de dibujo que ya nunca abandonaría.

Pasaron los años y, ya en el instituto, fue reclutado para trabajar en una factoría para contribuir en los esfuerzos del país durante la guerra. Pero ni siquiera eso fue suficiente para que dejara de dibujar. Simultáneo su trabajo con el dibujo demostrando así algo que, con el tiempo, comprobaría todo Japón: cuando se trata de sacar adelante una obra, no hay nadie con tanta disciplina y buen hacer como Osamu Tezuka.

Tezuka

Eso es algo que siguió demostrando en los años posteriores. Con la guerra recién terminada, Tezuka fue aceptado en la prestigiosa Universidad de Osaka, donde estudió medicina. Y lo que no pudo separar la guerra, no lo separó la medicina. Graduado seis años después, fue en ese periodo en el que comenzaría a publicar sus primeros mangas como profesional, aunque todavía con un éxito más bien discreto. Centrándose en obras de ciencia ficción, entre las que se cuentan las estimables Lost World, Metropolis y Next World, el primero de todos ellos fue uno particularmente singular: una adaptación de La Isla del Tesoro de Stevenson realizada junto con otro mangaka, Shichimi Sakai.

Todo eso no fue más que el prólogo de lo que sería su meteórico ascenso a la fama. Porque no fue hasta 1951, año de su graduación, cuando se empezó a cocinar su primer gran éxito.

Primeros éxitos (y descubrimiento de su propia voz)

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Ambassador Atom iba a ser otro manga más. Otra obra de ciencia-ficción, esta vez publicada ya habiendo terminado la universidad. Y aunque la recepción fue más bien tibia, no tardó en darse cuenta de que uno de los personajes era extremadamente popular entre los chicos jóvenes: un robot humanoide llamado Atom. Escuchando a sus jóvenes fans, Tezuka publicaría en 1952 el primer capítulo de Astro Boy en las páginas de Shōnen Kobunsha. Y el éxito fue automático.

Astro Boy no es la típica serie shōnen en prácticamente ningún aspecto. Astro, pues su nombre cambio durante el proceso, es creación del Dr. Tenma, un brillante científico que, al morir su hijo en un terrible accidente de tráfico, decide crear un robot a su imagen y semejanza al cual introducir sus recuerdos para no tener que lidiar con semejante pérdida. Pero si bien al principio parece funcionar, pronto descubre que no hay soluciones fáciles contra la pérdida. Astro no tiene la capacidad de crecer y, aunque es básicamente humano en apariencia, todavía tiene una actitud robótica que lo aleja de lo humano. Entonces Tenma, con el corazón roto, repudiará a Astro y lo venderá al dueño de un circo, Hamegg, que además resultará ser un villano recurrente en la serie, asumiendo papeles tan diversos como el de mafioso o el de cirujano asesino.

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Astro Boy, de Osamu Tezuka

De principio a fin, toda la serie está marcada por ese destino cruel. Astro es un personaje adorable de ojos grandes, mofletes sonrosados y pelo pincho, una combinación de rasgos entre Disney y lo que consideraríamos el manga contemporáneo, pero nada de eso le impide tener una vida de penurias. Al menos hasta que el profesor Ochanomizu lo descubre y, tras adoptarlo y comprobar su potencial heróico, decide espolearlo para que luche contra el crimen.

Esa es la premisa del manga. Atom combatiendo el mal contra sus poderes. Y el mal por lo general son robots malvados, invasiones alienigenas o, en no pocas ocasiones, personas confusas que, en un momento de debilidad o locura, se vieron en el lado malo de la historia. Porque si algo es común es Astro Boy es que incluso los malos acaben siendo buenos. O al menos, no sólo malos.

Con 23 tomos publicados entre 1952 y 1968, Astro Boy es, probablemente, el primer manga de gran impacto no sólo en Japón, sino también en EEUU y Europa. Adaptada cuatro veces en formato serie, con una película chino-americana homónima estrenada en el 2009 y varios spin-off que transcurren en su universo o que adaptan libremente sus aventuras, entre los que destacan Pluto de Naoki Urasawa y Atom: The Beginning de Tetsuro Kasahara, la vida de este niño robótico ha sido tan convulsa como plena.

Osamu Tezuka

Y si bien el común de los artistas se hubiera quedado ahí, disfrutando de las mieles de un gran éxito e incapaces de producir otra obra de esa importancia, ese no es el caso de Osamu Tezuka. Eso hubiera sido lo normal. Relajarse. Dibujar veinte páginas a la semana es algo que pone al límite físico y mental a cualquier artista, tenga el talento que tenga. Pero si algo demostró Tezuka en varias ocasiones es que su capacidad de producción estaba al nivel de cualquier estrategia fordista de trabajo en serie.

Aún con el éxito de Astro Boy presente y convertido de la noche a la mañana en el autor de manga más importante del país, en 1953 decidió dar otro golpe sobre la mesa publicando uno de los mangas shōjo más influentes de la historia en las páginas de Shōjo Club: La princesa caballero.

La princesa caballero

La Princesa Caballero, de Osamu Tezuka

La Princesa Caballero es una historia peculiar desde su misma concepción. Transcurriendo todo en un contexto de fantasía medieval europea, nos narra la historia de la Princesa Zafiro, una chica que, desde su nacimiento, toda su familia ha pretendido que en realidad es un hombre para que así pueda heredar el trono que por haber nacido mujer le ha sido vedado. Además, debido a un accidente divino provocado por el ángel Tink, Zafiro tiene otra particularidad aún mayor: dos corazones: el corazón azul de un chico y el corazón rosa de una chica. Y dado que Tink no puede volver al cielo hasta recuperar el corazón azul, algo a lo que Zafiro no está dispuesta en tanto considera que tan suyo es el corazón de chico como el de chica, se convertirá en el sidekick en las aventuras de la princesa intentando erradicar el mal de su reino.

Decir que el manga fue revolucionario resulta obvio. De un sólo golpe Tezuka puso sobre la mesa la subversión de los roles de género dentro de la fantasía, redefinió el shōjo al demostrar que no todo tenían porqué ser historias autoconclusivas breves y, al mismo tiempo, demostró que su talento no era flor de un día. Que más allá de Astro Boy, tenía mucho que decir.

Y vaya que si lo dijo.

Fénix

Fénix, de Osamu Tezuka

Sólo un año después de comenzar La Princesa caballero y todavía con Astro Boy en publicación, comenzó a publicar en las páginas de la Weekly Shonen Magazine lo que él consideraba la mayor obra de su vida: Fénix.

Realizada durante más de veinte años y recopilada en doce tomos, Fénix es una historia tan inmensa que resulta casi imposible pretender abarcarla completa. Transcurriendo cada uno de sus tomos en una época diferente, abordando un género particular cada vez, aquí podemos encontrar algunas de sus páginas más brillantes. Experimentando con el formato, la narrativa y el dibujo, si hay un único elemento que las cohesiona todas, dándoles un hilo común, es que todas ellas transcurren en el mismo mundo, en el que el fénix titular tiene un importante papel en la historia.

Y si bien no es su serie más popular, ni la más conocida, es innegable que es en la que puso mayor esfuerzo y cariño de todas las que llegó a realizar. Incluso si no hay ninguna donde falte ninguna de esas dos cosas.

Tezuka más allá de sus clásicos

Osamu Tezuka

Tras inventar el manga moderno, era lógico que Tezuka intentará ir más allá. Y la oportunidad le llegó cuando en 1958 la rama animada de la Toei le pidió adaptar su manga El mono Son Goku, algo a lo que Tezuka aceptó poniendo una condición: dirigir la película. Ese fue su debut dentro de la animación. Pero debido a problemas con la Toei no acabó muy satisfecho con la experiencia. Eso provocó que, ya en 1961, decidiera crear su propio estudio de animación: Mushi Productions.

Produciendo animes de sus propias obras y las obras de algunos de sus protegidos después, seguramente el papel más importante que tuvo fue la dirección de la serie Kimba, el león blanco (1965-1966), que Disney plagiaría descaradamente en 1994 con El rey león, cerrando de ese modo el círculo que comenzó años antes. Igual que Disney sirvió de inspiración a Tezuka, Disney robó descaradamente ideas de Tezuka.

Animes aparte, Tezuka no siempre tuvo éxito. Su estudio produjo un buen número de series y películas, pero tuvo que cerrar en 1973 a causa de una bancarrota. Y del mismo modo, sólo un año antes, tuvo que cerrar la que era su otra aventura empresarial: COM.

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Sasaki Kikuko no Yuutsu, de Abiko Marie

COM fue una revista de manga creada por Tezuka en 1967 para que él y otros mangakas de su círculo pudieran publicar obras más personales y experimentales. Y si bien funcionó durante unos años, acabaron hincando la rodilla. ¿Ante quién? Ante la cabecera que inspiró a Tezuka: la revista Garo. Fundada por Katsuichi Nagai junto con Sanpei Shirato, Garo nació en julio de 1964 para cubrir el espacio de manga experimental que ningún otro estaba abarcando. De entre sus páginas surgió buena parte del manga radical de izquierdas, el manga abstracto y el ero-guro; durante los ochenta fue promotora entusiasta del punk y durante los noventa buena parte de los diseñadores gráficos japoneses estaban ya tan influidos por los artistas de la revista que, a su cierre en diciembre del 2002, ya se consideraba una de las mayores revistas de culto de la historia. No sólo del manga, sino del arte en general.

Y eso incluso si, para ser justos, nunca llegó a ser considerada una de las grandes. Ni siquiera cuando, en su mejor momento, logró colocar alrededor de 80.000 ejemplares mensuales. Una cifra monstruosa para los cánones occidentales, pero muy discretas para Japón: en aquella época, la Weekly Shōnen Jump tenía unas ventas superiores a los dos millones de ejemplares.

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The Push Man and Another Stories, de Yoshihiro Tatsumi

Con todo, su importancia es incontestable, entonces y ahora. Fue la revista que originó el gekiga, considerada la primera verdadera muestra de manga adulto con autores como Yoshihiro Tatsumi y Yoshiharu Tsuge; de nombres muy conocidos fuera de Japón, como Suehiro Maruo; y nombres muy poco conocidos pero que deberían serlo, como Nekojiru. Garo es, haciendo una comparación ridículamente burda, el Osamu Tezuka de la revistas.

Tanto fue así, que ni el propio Tezuka pudo competir con ella. Cuando COM cerró en 1971, Garo consiguió su mayor apogeo. Algo que nos enseña una valiosa lección: un sólo hombre no hace todo un medio.

Tezuka nunca consiguió generar a su alrededor un aura de autor revolucionario en el sentido político-estético que si consiguieron otros artistas del medio. Y es lógico: él era el establishment, incluso siendo un francotirador del manga. Su obra está muy lejos de limitarse a sus obras infantiles. O a las tres obras mayores que hemos comentado.

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Black Jack, de Osamu Tezuka

Para empezar, Tezuka tuvo una obra tan vasta que ni siquiera en Japón existen unas obras completas como tal. Sus obras completas implican una selección dentro de su vasta bibliografía. Porque no hablamos de vasta en términos de “decenas de tomos”. Hablamos de vasta en términos de «más de setecientas series, la mayoría de dos o más tomos». Su monstruosa productividad hace imposible comentar todas sus obras. O la mayoría. Siquiera una parte significativa. Si nombráramos Black Jack, Buddha, Dororo o Don Dracula, sólo por nombrar algunas de las más conocidas o celebradas, apenas sí estaríamos rascando una parte mínima, y aun así significativa y absolutamente necesaria, de lo que supondría toda su obra.

Pero eso, fracaso de COM aparte, no significa que toda su obra se ciña a la influencia que ha tenido sobre el shonen, el considerado manga infantil. Porque en lo que respecta al manga mal llamado “adulto”, Tezuka también fue el rey.

Obras como Adolf, Oda a Kirihito o La canción de Apolo son obras adultas que oscilan entre la influencia pulp, la crítica social y unas tramas complejas e intrincadas donde nunca nada es lo que parece y ni los buenos son santos ni los malos demonios sin corazón. Algo que se puede apreciar particularmente en MW, la serie que sería la respuesta de Tezuka al gekiga.

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MW, de Osamu Tezuka

Con una historia de pasados entrelazados, relaciones homosexuales explícitas, terrorismo de estado y un asesino en serie como protagonista, MW fue la respuesta en forma de thriller por parte de Tezuka a los que pensaban que su estilo, influido por Disney, era demasiado blando como para contar historias más adultas. Algo que demostró no sólo no ser cierto, sino que además influyó, en mucha mayor medida que todo el trabajo de los autores de gekiga, lo que hoy se considera manga adulto. Lo que hoy llamamos seinen.

El gekiga ha resultado ser un camino sin salida: obras de culto, pero todavía sólo de autor. Y, en tanto, las obras de Tezuka en Big Comic junto a autores como Shotaro Ishinomori, Takao Saito y Jiro Taniguchi han conseguido marcar el camino a seguir del manga considerado mainstream.

Podríamos seguir glosando los méritos de Tezuka días enteros. Y no acabaríamos nunca. Por eso hay que elegir un punto donde acabar.

Osamu Tezuka

Habiendo revolucionado el manga, redefinido lo que sería el shōnen, el shōjo y el seinen, y dando un puñetazo sobre la mesa en el mundo del anime -aunque, en este caso, no revolucionándolo completamente-, Tezuka falleció en Tokio el 9 de febrero de 1989. Sus últimas palabras, dedicadas a la enfermera que le estaba cuidando, fueron lo que cabría esperar de alguien que trabajó con la intensidad y pasión que él lo hizo: “Te lo suplico, ¡déjame seguir trabajando!“.

A casi treinta años de su muerte, se hace evidente que sin Tezuka es probable que no existiera la industria editorial del manga tal y como la conocemos. Tal vez ni siquiera existiría. Pero su ritmo de trabajo desenfrenado, su atención a los autores más jóvenes y su incapacidad de dejar de trabajar en varios proyectos a la vez sirvió para crear todo un telón de fondo a partir del cual poder definir unos rasgos y un estilo particular para el medio.

Esos ojos grandes. Esa línea gruesa. Las tramas, el blanco y negro, el entintado sobre el lápiz. Y también los diseños aniñados, kawaii, donde prima lo mono sobre lo realista, incluso para lo truculento, lo extraño o lo siniestro.

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Buddah, de Osamu Tezuka

Como es obvio, no todo el manga empieza y acaba en Tezuka. Existen infinidad de otros autores que han ayudado a definir los géneros, las fronteras y, especialmente, derribar esas fronteras cuando han constreñido en exceso la creatividad de los autores. Tezuka fue alguien con facilidad para rodearse de otras personas con talento, y nunca tuvo problema en promocionar sus carreras. Es por eso que dos nombres propios tan relevantes para el shōnen de corte más clásico como son Go Nagai, creador de obras como Mazinger Z o Devilman, o Shotaro Ishinomori, que tiene en su haber obras inmortales como Sabu e Ichi o Kamen Raider, fueron sus protegidos. Y eso que ambos acabaron tomando caminos completamente diferentes al del maestro: el erotismo y la violencia el primero y el drama y el relato histórico el segundo.

Pero como ya hemos señalado, ni siquiera su obra murió con él. Astro Boy continúa de varias maneras. También Black Jack. Y no hay año que no haya mangaka que no rescate alguna de sus obras para insuflarle de una segunda vida.

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Adolf, de Osamu Tezuka

Incluso alguien tan conocido e importante como Akira Toriyama, creador de Dragon Ball, afirma que tiene una deuda infinita con Tezuka. Y eso no es decir poco: siendo aún hoy para toda una generación el mascarón de proa de la Shōnen Jump, la revista de manga más vendida de todo Japón, es como decir que Tezuka es el santo patrón de todos aquellos que amamos el manga.

Y como tal, era imposible empezar a hablar de manga sin dedicar nuestros respetos al padre de todo esto.

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Breve guía de lectura para despistados

I. Tezuka (básico)

La Princesa Caballero
Oda a Kirihito
MW
Astro Boy: The Greatest Robot in the World.

II. Tezuka (avanzado)

Black Jack
Dororo
Fénix.

III. Revista Garo

El hombre sin talento, de Yoshiharu Tsuge
Una vida errante, de Yoshihiro Tatsumi
La sonrisa del vampiro, de Suehiro Maruo

IV. Protegidos de Tezuka

Relatos de Sabu e Ichi, de Shōtarō Ishinomori
Devilman, de Gō Nagai

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Un comentario

  1. Fran dice:

    Buena iniciativa, es ingente la cantidad de páginas dibujadas pr Tezuka, así como difícil elegir cuáles leer, personalmente mis tres favoritos son Adolf, El Libro de los Insectos Humanos y Fenix: Resurrección (por se el primero que leí).

    Muy buen artículo, gracias.

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