Heterodoxia de celuloide: Adolfo Arrietta, Rosario Pi, Santiago Lorenzo y otros cineastas insólitos españoles

mamaesboba

Aprovechamos el reciente estreno de Bella durmiente, primer filme distribuido comercialmente en España de Ado Arrietta, un cineasta del que hasta hace algunos años pocos teníamos noticia -aunque lleva rodando desde mediados de los sesenta- para sacar a colación a un puñado de autores y autoras españoles que siempre se han movido en el limbo de la industria, cuando no totalmente fuera de ella.

Sirva esta primera frase de aviso: está pasando un ángel. Hace algunas semanas, un puñado de cines valientes estrenaron en España Bella durmiente, chispeante revisión del cuento clásico en clave de comedia luminosa, firmada por Ado Arrietta, que nació en Madrid en agosto de 1942 pero ha dado forma al grueso de su singular filmografía en Francia. Ado es el nombre de pila que puede leerse en los créditos de su último largometraje, aunque primero fue Adolfo y también fue Udolfo o Adorfo o Adolpho. Las erres y las tes de su apellido también han ido variando con el tiempo y las películas, que lleva haciendo desde que en 1965, todavía en Madrid, rodó El crimen de la pirindola, su primer corto.

De sus filmes, misteriosos y secretos, pocos teníamos constancia por estos lares, aunque Enrique Vila-Matas asegurara haberle conocido en París en los setenta. El escritor, de hecho, aparece brevemente en Flammes (1978), la más emblemática de sus obras, que son como sueños o quizá es que sus personajes actúan en ellos como si se hallaran en el interior de un sueño, tal y como declara uno de los personajes de su segundo corto, La imitación del ángel (1966). El caso es que Bella durmiente no estará mucho tiempo en cartelera. Puede que la misma película termine asumiendo su condición de sueño, de rayo de luz entrevisto por unos pocos afortunados, y lo que hoy nos proponemos es reunir en las líneas que siguen a otros cineastas de por aquí cuya obra también es o ha sido, hasta cierto punto, desconocida o apenas nombrada.

La selección es tan heterodoxa como limitada y, por tanto, incompleta. Estoy seguro de que cada lector encontrará a faltar nombres que se le antojarán imprescindibles. He prescindido de cineastas ya suficientemente glosados, como Erice o Zulueta, y tampoco hay ninguna representación oficial de la Escuela de Barcelona, aunque hasta el último momento pensé en Joaquín Jordà y en Jacinto Esteva. En fin, estáis invitados a ampliar la lista a través de los comentarios. Si el artículo os sirve para descubrir algún que otro camino todavía no transitado, alguna película que os haga felices durante un rato, ya nos daremos con un canto en los dientes.

Rosario Pi (1899-1967)

Nacida en Barcelona en 1899, justo a tiempo para ver cambiar el siglo, Rosario Pi fue la primera directora de cine sonoro en España. En 1936, cuatro años después de que Helena Cortesina abriera la veda rodando la película muda Flor de España, Pi estrenó la comedia folklórica El gato montés de la mano de Star Films, la productora que ella misma había fundado años atrás con dos socios más. Star Films produjo, entre otros, un mediometraje de Edgar Neville, Yo quiero que me lleven a Hollywood (1932), y el largo El hombre que se reía del amor (1933), de Benito Perojo. En plena Guerra Civil, la pionera barcelonesa rodó en la zona republicana el musical Molinos de viento (1938), que terminaría siendo su última película. Huyó a París y luego a Roma -allí intentó buscarse la vida en los estudios Cinecittà– antes de que terminara el conflicto, para regresar años después al Madrid de la posguerra, donde volvió al negocio de la moda, al que ya se había dedicado antes de fundar Star Films, y terminó abriendo un restaurante. En unas semanas, la Filmoteca de Catalunya proyectará El gato montés dentro de un pequeño ciclo de pioneras españolas del cine que también incluye Segundo López, aventurero urbano de Ana Mariscal y La gata de Margarita Alexandre y Rafael María Torrecilla.

Francisco Macián (1929-1976)

Autor de una de las películas más reputadas de la animación española, El mago de los sueños (1966), que fue también su primer largo, Francisco Macián había empezado a hacer anuncios publicitarios para los Estudios Moro en 1955. El filme, precisamente, estaba protagonizado por la más célebre creación de los hermanos Santiago y José Luis Moro: la familia Telerín, que dio las buenas noches a generaciones de españoles desde finales de los sesenta con el Vamos a la cama. El artista barcelonés también desarrolló el sistema Tecnofantasy, parecido a la rotoscopia, y en 1974 dirigió la muy extraña Memoria, vanguardista filme de ciencia-ficción que contenía fragmentos realizados con Tecnofantasy. También contribuyó a fundar en 1972 el Club DHIN, que nació con la vocación defender los intereses gremiales del sector de la ilustración y que en 1976 organizaría el primer Salón Nacional del Cómic y la Ilustración, precursor del actual Salón del Cómic de Barcelona. Francisco Macián murió, muy prematuramente, ese mismo año.

Antoni Padrós (1937-)

Siempre ha estado muy vinculado a Terrassa, la ciudad en que nació, y pudo haberse labrado una carrera como pintor: a mediados de los sesenta sus cuadros influenciados por el Pop Art empezaron a verse en galerías barcelonesas y llegó a ser invitado a la bienal de Sao Paulo en 1967. En vez de dejar su trabajo en un banco, dejó la pintura y la cambió por el cine, pagándose él mismo unas películas -un puñado de cortos y dos largometrajes- cuya hipnótica energía procedía tanto del hedonista descreimiento ante todo lo que estaba ocurriendo entonces como del hecho de rodar siempre entre amigos, por pura compulsión creativa, por no aburrirse. Fue alumno de Pere Portabella y de Román Gubern en la escuela privada Aixelà de Barcelona, aunque siempre se mantuvo absolutamente impermeable a toda corriente o ideología que no fuera la libertad: viendo hoy sus primeros cortometrajes, uno tiene la sensación de asistir a una celebración lasciva del hecho de que todo se estaba yendo al garete al mismo tiempo que, aquí y allá, en Francia o en Checoslovaquia o en los Estados Unidos, los jóvenes se habían propuesto pintarle la cara al mundo. Todo ello aderezado con jocosas y constantes referencias a la sociedad de consumo.

En España quedaban pocos años para que el dictador muriera en la cama, en 1975, mientras Padrós rodaba Shirley Temple Story, un musical iconoclasta de casi cuatro horas de duración que le valdría reconocimientos en festivales como el de Berlin. Agotado por la inversión vital y económica que le había supuesto hacer esa película al margen de los modelos de producción tradicionales, Padrós se retiró en gran parte del cine, realizando de forma esporádica algún otro corto y tratando de sacar adelante varios proyectos de largometraje que no le saldrían bien. En 2012 estrenó en el Festival de Sitges el corto L’Home Precís, que él mismo considera su testamento fílmico. Ese mismo año, la distribuidora Cameo, en colaboración con la Filmoteca de Catalunya, lanzó un cuidado pack que incluye casi toda su obra, una obra indefectiblemente ligada a un rostro: el de Rosa Morata, actriz en prácticamente todos sus filmes desde el corto Dafnis y Cloe (1969). Estos días, precisamente, la misma Filmoteca de Catalunya alberga una completa exposición dedicada a Padrós, tanto a su faceta cinematográfica como a su pintura.

Jesús Garay (1949-)

El director de filmes como Manderley o Pasión lejana nace en Santander y allí empieza a urdir películas no profesionales, de la mano de La Fábrica de Cine de Santander, grupo que él mismo fundó en 1969. En 1972 se muda a Barcelona, donde estudiará en EMAV (Escuela Municipal de Audiovisuales de Barcelona) y en el Instituto del Teatro, y entabla amistad con la troupe del Vallès Occidental de Antoni Padrós, apareciendo como actor en sus dos largos. Si el cineasta de Terrassa decidió tomarse un descanso tras el esfuerzo de Shirley Temple Story, su amigo Garay toma las armas y mete a parte del equipo de la película en un piso del Eixample para rodar poco después en 16mm Nemo, uno de los filmes invisibles por excelencia del cine español, visita libérrima y camp a los dominios de Julio Verne, sin apenas nada de dinero en los bolsillos y decorados de cartón.

Otro santanderino que podría figurar en esta lista, Paulino Viota, propone años después a Garay rodar Consagración, uno de los dos episodios del filme colectivo Géminis. También escritor, programador y crítico de cine, a lo largo de las décadas de los ochenta y noventa el cineasta tratará de encadenar películas, siempre con dificultades, pese a firmar obras como el sugestivo thriller La banyera, galardonado en 1989 en Sitges, Fantasporto y el Festival de Cine Fantástico de Bruselas. También trabaja de forma intermitente para la televisión, da clases y su último largometraje, el sensual drama iniciático Eloïse, data de 2009.

Juan Carlos Olaria (1942-)

El caso de Juan Carlos Olaria tiene también mucho de compulsión, de querer contar historias de marcianos (y de terrícolas) a toda costa. Empieza muy joven a rodar cortos como El planeta Plinio o ¡Mil bombas!, algunos de los cuales pueden verse en Youtube, y gana algún premio en festivales de cine amateur. Él mismo se encarga de preparar artesanalmente los trucajes y los efectos especiales de sus filmes, quizá la tarea con la que más disfruta. Su padre le ayudará a financiar, participando también como actor, el que hasta la fecha es el único largo que ha estrenado, El hombre perseguido por un O.V.N.I., rodado entre 1972 y 1975. La película quedaría sumida en el olvido, en parte debido a una distribución poco afortunada, hasta que a lo largo de la pasada década varios críticos y divulgadores empezaron a reivindicar su condición de objeto extraño y pionero en la ciencia-ficción española y L’Atelier la editó en DVD en 2007, coincidiendo con su trigésimo aniversario.

Actualmente, Olaria rueda El hijo del hombre perseguido por un O.V.N.I., secuela de su mítico debut, y también se le puede ver actuando en Difuminado (2014), un insólito thriller conceptual firmado por su amigo Pere Koniec, otro cineasta que bien merecería un capítulo aparte. Entre las dos partes de El hombre perseguido por un O.V.N.I., la filmografía de Olaria alberga un misterio: El diario rojo, un largometraje inédito fechado en 1982.

Cecilia Bartolomé (1943-)

El otoño pasado, el ciclo de cine feminista Yo no soy esa del Festival de Cine Europeo de Sevilla recuperaba Margarita y el lobo, el trabajo de final de carrera de la alicantina Cecilia Bartolomé, una de las primeras mujeres en diplomarse en la Escuela Oficial de Cine de Madrid, junto a Josefina Molina y Pilar Miró. Margarita y el lobo, que se mofaba del ideal carpetovetónico de la mujer felizmente casada en el marco represivo franquista, disgustó tanto a la censura en 1969 que su directora ya no pudo volver a trabajar con su nombre hasta la muerte del dictador. Es entonces cuando recibe el encargo de rodar una especie de versión española de Alicia ya no vive aquí, de Martin Scorsese, que cristalizará en ¡Vámonos, Bárbara! (1978), considerada la primera película feminista del cine español.

Con la Transición en pleno work in progress (sic), la censura volvió a cruzarse en el camino de Bartolomé, secuestrando su díptico documental Después de…, en el que, junto a su hermano José Juan, le tomaban el pulso a las calles en aquellos días convulsos, radiografiando cuanto estaba ocurriendo. El motivo de la prohibición: coincidir en el tiempo con el 23-F; el documental recogía, precisamente, declaraciones de Jaime Milans del Bosch hablando de la involución que estaba teniendo lugar en España. Demasiado oportuno. La película terminó estrenándose en 1983, una vez Pilar Miró hubo ocupado la Dirección Nacional de Cinematografía. Cecilia Bartolomé no volvió a ponerse tras las cámaras hasta 1996, año en que estrena Lejos de África, un drama en el que recuerda su infancia en Guinea Ecuatorial, donde se crió. Y en 2005 dirigió, precisamente, un especial de Cuéntame cómo pasó sobre el atentado contra Carrero Blanco. “Tuvo tanto éxito que superó en audiencia a Gran Hermano, pero parece que a alguien de las alturas no le gustó y no me volvieron a llamar“, le contaba en 2016 Bartolomé a Diego Galán en El País.

Gonzalo García-Pelayo (1947-)

El director de Vivir en Sevilla (1978) está viviendo una segunda juventud. Hace ya unos cuantos años, alguien colgó en Youtube con buena calidad de imagen y sonido las películas que Gonzalo García-Pelayo había realizado entre 1976 y 1983, despertando entre la cinefilia una ola de inusitado interés por su cine, del que podría decirse que celebra la vida, la música y el amor mediante una puesta en escena nada ortodoxa que se nutre tanto del arrebato lírico como de la improvisación. Antes de ponerse a dirigir, García-Pelayo fue locutor de radio, y su labor como promotor musical, sobre todo a través de la discográfica Gong, que él mismo fundó en 1974, contribuyó a que la música de raíces andaluza viviera una gran época de efervescencia creativa encarnada en grupos como Triana o Lole y Manuel. También produjo a Víctor Jara, Labordeta o Silvio Rodríguez. En los noventa este hombre orquesta nacido en Madrid se volvió a reinventar, desarrollando un método para ganar grandes cantidades de dinero en los casinos y llevándolo a la práctica junto a varios miembros de su familia, un periplo del que incluso se hizo una película, Los Pelayos (2012).

Y decíamos que García-Pelayo vive una segunda juventud no solo porque sus películas hayan emergido del ostracismo del tiempo y el olvido –Historia de Nuestro Cine, el programa de La 2, programó el verano pasado Manuela, su debut en 1976; era difícil que un miércoles a las diez de la noche pusieran en la tele nada más hermoso- sino porque, desde 2013, lleva rodadas cuatro nuevas películas: Alegrías de Cádiz, Niñas, Copla y Todo es de color. No dirigía desde que en 1989 firmara uno de los trece episodios de Delirios de amor, una de las series más peculiares jamás producidas por TVE, entre cuyos directores estaban Zulueta, Emma Cohen o el mismísimo Adolfo Arrieta.

Carles Mira (1947-1993)

Nunca había oído hablar del valenciano Carles Mira hasta que el pasado mes de enero proyectaron Con el culo al aire en Historia de Nuestro Cine. Su primer largo, La portentosa vida del padre Vicente, con Albert Boadella en el papel de San Vicente Ferrer, patrón del País Valenciano, enervó a los sectores más conservadores de la sociedad del momento, hasta el punto de ser recibida en la localidad de Alcoy con la detonación de una bomba durante la proyección. Mira, que siempre reivindicó un cine festivo y desinhibido, falleció prematuramente de una neumonía a los 45 años, dejando tras de sí una obra breve pero gozosa que incluye títulos como Que nos quiten lo bailao, El rey del mambo o Karnabal, su colaboración con Comediants. En 2001, la Mostra de Valencia le rindió un homenaje y publicó el libro Carles Mira. Plateas en llamas, escrito por Jordi Costa, dando un primer paso para la rehabilitación del cineasta que quiso sacudir un poco el inmovilismo del páramo español por la vía de la comedia mediterránea.

Santiago Lorenzo (1964-)

Creo que a finales de los noventa, al menos cuando quien esto escribe empezó a interesarse por el cine, el vizcaíno Santiago Lorenzo era algo así como la excepción en la que más creíamos, una de las escasas esperanzas que teníamos los que creíamos que tenía que haber otro cine español que nos motivara más que la mayoría de películas que se estrenaban en salas. Tan solo había estrenado esa maravillosa comedia triste llamada Mamá es boba, en 1997, años después de colarle un gol a los Goya en 1991 siendo nominado a mejor corto documental con el clásico Manualidades, que en realidad era un falso documental. Diez años después de Mamá es boba, Lorenzo consiguió estrenar la notable Un buen día lo tiene cualquiera. Desde entonces, como él mismo ha dicho en alguna ocasión, al no conseguir vender las historias que se le ocurrían para hacer películas, se pasó a escribirlas en formato de novela. Hasta entonces ha publicado tres, editadas o reeditadas por Blackie BooksLos millones, Los huerfanitos y Las ganas.

Miguel Llansó (1979-)

Hasta Etiopía viajó el madrileño Miguel Llansó para rodar Crumbs, su primer largometraje, un aventurero e inclasificable cuento de ciencia-ficción dotado de gran personalidad visual que mira tanto a Philip K. Dick como a algunos referentes pop inevitables para los que crecimos en los ochenta y noventa. Llansó, que también toca la batería en bandas del underground estatal como Extinción de los Insectos, publicó el mes pasado una carta abierta al director del ICAA en el que cuestionaba y lamentaba los criterios y el escaso dinero que se destina a la única ayuda estatal a la producción de cine independiente en España. “Mis películas serán etíopes, estonias o de cualquier nacionalidad que aún crea en el cine. Y si no, serán apátridas”. A nosotros no nos importa la nacionalidad, mientras tengamos la certeza de que seguirá haciendo películas.

Javi Camino (1982-)

Una de las célebres maratones del Festival de Sitges acogió en 2008, a altas horas de la madrugada, el estreno de ¡Maldito bastardo!, disparatada comedia fantástica rodada en fines de semana y días sueltos a lo largo de tres o cuatro años. La película venía a tomar el relevo, en lo que al bizarro gallego respecta, de la mítica La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos de Antonio Blanco, y contaba con uno de sus protagonistas, Juanillo Esteban, que a su vez era la voz principal del programa de televisión infantil Xabarín Club. Tras casi una década rodando videoclips para bandas gallegas y algún que otro cortometraje, su director Javi Camino se encuentra inmerso en el montaje de Nación de muchachos, un documental con abundante material de archivo que reconstruye la poco conocida historia del Circo de los Muchachos, un espectáculo itinerante con cuartel general a las afueras de Ourense -vivían en una especie de ciudad autónoma- que, desde mediados de la década de los cincuenta del siglo pasado, recorrió el mundo durante décadas y por la que pasaron unos 30.000 jóvenes. Junto al ilustrador, artista visual y también músico Wences Lamas, urdieron hace algunos años la inquietante webserie A tope siempre, que llegó a tener su reducido y selecto grupo de admiradores.

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