Inio Asano: El apocalipsis va por dentro

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La edición de manga en España avanza con cautela cuando se aventura más allá del lector juvenil. La irrupción de Inio Asano rompe esa dinámica: un autor rarito y casi desconocido cuya obra se ha multiplicado en apenas un año. Le acompaña una etiqueta, la de voz de su generación, que nos pone en alerta, aunque algo de eso hay en un mangaka singular que se aplica al cambio constante para un mismo mensaje: no hay futuro.

Conviene advertir, para empezar, el riesgo que supone hablar de manga sin más conocimiento que el de una parte de lo aquí se publica. Los que saben dicen que solo nos llega un porcentaje minúsculo de lo que se publica en Japón, y debe ser así porque no hay año que no se desmonte el mapa de títulos imprescindibles con un nuevo descubrimiento. Ahí está, sin ir más lejos, El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge (1985; Gallo Nero, 2015). Concentrado en lo juvenil o en el seinen más adulto con garantías comerciales, quedan los clásicos que van apareciendocn cuentagotas -¿cuál será el próximo Tezuka ignoto que nos dejará patidifusos?-, las incursiones en el terror y lo grotesco -nunca tendremos suficiente- y un par de nombres como Taiyó Matsumoto o Jiro Taniguchi que podemos considerar manga de autor, incluso de culto. Por ahí estaría, en cierta forma, Inio Asano (Ishioka, 1980), aunque nuestro concepto de lo autoral o alternativo no acaba de encajar con el cómic japonés: tanto Asano como Matsumoto cuentan con el respaldo de un emporio editorial como Shogakukan.

Poética de lo insensible: Nijigahara Holograph

La primera editorial que publicó a Asano en nuestro país fue Ponent Mon en 2008, con Nijigahara Holograph (2003-2005). Apenas tuvo repercusión, y no resulta extraño ya que se trata de un manga extraño, a ratos críptico, abrupto en el salto temporal y con un desenlace no del todo comprensible (desconozco si por déficit occidental). Esos problemas no evitan la intensidad que desprende por momentos o que la independiente Milky Way se animara a reeditarlo hace un par de años.

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Nijigahara Holograph se abre con el hallazgo del cadáver de una mujer en un túnel abandonado, lugar que según leyenda urbana del instituto local está habitado por un fantasma que anuncia el fin del mundo. Esa historia y la noticia del crimen provocan el cruel acoso escolar hacia la hija de la mujer asesinada. Toda esta línea argumental sucede en el pasado de los personajes mientras, en paralelo, se explica su presente, marcado por el fracaso y el desequilibrio, quizá por lo que entonces hicieron. El relato, confuso a mi entender, se agita contundente de manera puntual y, en general, debido a su atmósfera incómoda. En algunas escenas la irrupción de cientos de mariposas envuelven a los personajes, un extraño ejercicio de poesía visual en una obra marcada por un intimismo insensible.

Erótica del desaliento: La chica a la orilla del mar

Desde su título, también La chica a la orilla del mar (2009-2013; Milky Way, 2014) parece evocar una poesía de romance y nostalgia; pero nada de eso hay en la historia de dos adolescentes, compañeros de instituto, embarcados en una relación sexual donde amor y ternura son sentimientos a erradicar.

La pornografía es abundante en los dos volúmenes de un manga donde Asano desafia los límites tradicionales de la cultura pop japonesa hacia la representación explícita del sexo. Del mismo modo, no parece buscar con ello excitar la mirada del lector porque la apatía de sus personajes deshace cualquier atisbo de erotismo en sus viñetas. Y no será por falta de escenas de alto voltaje, con dos protagonistas dispuestos a experimentar con el desprecio, la humillación o el sexo anal. En cierta forma es como El imperio de los sentidos (Nagisa Oshima, 1976) pero destinado a adolescentes emo.

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La chica a la orilla del mar permite señalar aspectos recurrentes en la obra de Inio Asano. Uno, por ejemplo, es la vida en el instituto como escenario principal, un género en sí mismo del cómic japonés, aunque en este caso hay ánimo de subversión y derribo del habitual tono azucarado. Otro elemento importante es la desaparición de la figura paterna. Los progenitores apenas tienen contacto con sus hijos porque la vida laboral es más importante que la familiar. La distancia incluso es física porque el trabajo les lleva a otras ciudades, otras casas. Los estudiantes de Asano viven en un solitario desamparo que primero es familiar y que, más tarde, será social.

La generación del desaliento: Solanin

El intimismo abúlico de La chica a la orilla del mar también se puede interpretar como maniobra de reacción tras Solanin (2005-2006; Norma, 2014), el manga al que Asano debe su éxito y popularidad, objeto de una adaptación cinematográfica en 2010 y origen de esa consideración de voz generacional a la que es fácil acudir como reclamo y que es difícil rebatir: la mayoría de sus lectores son, como él, aquellos a quienes el estallido de la burbuja económica de 1990 pilló de niños, una crisis de la que Japón aún no se ha recuperado. Son la Generación Perdida, la primera abocada a la precariedad en una sociedad donde el culto al trabajo lo es todo, formados en el fracaso de un sistema que tiene por meta un mercado laboral agónico, y criados en un clima familiar inexistente, desatendidos por unos padres entregados a su empresa y puesto de trabajo.

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Solanin es, sin ninguna duda, la obra más accesible de Inio Asano, retrato de un grupo de amigos que tras finalizar la universidad, ante su futuro incierto y anodino, se aferran a la banda de rock formada en el instituto. No les mueve ansia de éxito, se trata solo de expulsar la energía que alimenta su decepción, dar algún sentido a su vida y, de alguna forma, regresar al pasado estudiantil. Relato trágico de amor y amistad, Asano aparca experimentos, rupturas e intimismo gélido porque el desafío, por una vez, es el calor emocional sin demasiado artificio ni falsas esperanzas.

El absurdo cotidiano: Buenas noches, Punpun

Si Solanin supuso la popularidad de Asano en su país, Buenas noches, Punpun (2007-2013) comportó prestigio autoral. Ya reseñada en CANINO, acompañamos al protagonista durante cuatro etapas de su vida —colegio, instituto, universidad y vida adulta— que se reparten en 13 volúmenes de los que aquí Norma lleva 5. El aparente realismo que se espera de una trama de este tipo se hace añicos gracias al delirante tono general pero, y es importante destacarlo, evita que ese sinsentido afecte la coherencia del relato. Hay absurdo a raudales, pero dentro de un orden.

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De entrada, destaca la apuesta por la disrupción gráfica: Punpun y su familia (padre, madre y tío) están dibujados como una especie de pollitos apenas esbozados, monigotes con pico de trazo escaso que se pixela cuando toca primer plano, pero el marco y resto de personajes son realistas. Bueno, todos no, que luego está Dios, con quien Punpun habla en la intimidad y cuya representación gráfica es la fotografía de un japonés sonriente, siempre la misma, recortada y pegada.

El cómic se abre con la añoranza de una acosadora escolar y no tarda en mostrar un entorno familiar de violencia doméstica, donde el que despierta las simpatías de Punpun es el padre maltratador y no su madre, mujer agria aficionada a la bebida. En la primera parte, la escolar, los profesores tienen comportamientos enajenados mientras Punpun y sus amigos, pandilla en toda regla, avanzan en el descubrimiento del sexo o se aventuran en una fábrica abandonada tras la pista de un misterioso parricida. La principal trama que hilvana el tránsito temporal de una etapa a otra es un amor de infancia que luego lo será de juventud: Aiko, niña luminosa, desdentada y de fragilidad falsa cuyos padres pertenecen a una extravagante secta que predica alegre el acopio de agua porque el fin del mundo está cerca.

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En la segunda parte, los años de instituto, la dificultad de Punpun para la vida social va en aumento, su amada Aiko resulta una presencia cada vez más inquietante y Dios, esa fotocopia sonriente, transmite mensajes de violencia sociópata. También gana protagonismo el tío de Punpun, otro pollo: su subtrama en la academia de alfarería, con la insistente alumna madre de una lolita, es de lo más contundente que he leído los últimos meses, próximo a la tradición japonesa del cuento malsano y grotesco. Buenas noches Punpun es una obra original porque no se parece a nada y mutante porque salta del diálogo intimista a la escena de impacto. Asano sigue hablando de lo suyo —vida de instituto, acoso, fracaso social, abandono paterno— pero el tono es otro y superior: la descripción de lo cotidiano desde la perspectiva de lo extraño.

Apocalipsis pocho: Dead dead demons dededede destruction

Es pronto para comentar demasiado Dead dead demons dededede destruction, que sigue abierta en Japón mientras aquí acaba de salir la segunda entrega. El dibujo de Asano es más vigoroso que nunca —menuda progresión— y el protagonismo es de nuevo adolescente, aunque dual y femenino. Lo que cambia es el marco, cuatro años después de una invasión extraterrestre iniciada con la aparición de una gigantesca nave sobre el cielo de Tokio. Tras el fracaso de un ataque nuclear contra ese inmenso objeto —que arrasa también parte de la ciudad—, desconocido aún el aspecto de sus tripulantes y descartada cualquier esperanza de victoria, la invasión se interrumpe y congela de manera inesperada, sin dar apenas señales de actividad. En el presente del relato, la población ha retomado la rutina diaria acostumbrada a esa amenaza dormida que flota sobre ellos. En esa normalidad recuperada se asume, como si nada, el derrumbe del progreso, la decadencia social o la dependencia a un parte meteorológico que señala hacia dónde sopla el viento, radiactivo tras su paso por la nave alienígena —la sombra de Fukushima es evidente, sí—. Por ahora es difícil saber hacia dónde tirará la trama, pero el punto de partida es demasiado sugerente para dejarlo escapar: un apocalipsis cotidiano que se toma el fin del mundo con parsimonia.

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La emoción sin esperanza de Solanin y la pornografía apática de La chica a la orilla del mar etiquetaron a Inio Asano como voz de la Generación perdida, pero en realidad ese rasgo se hace poderoso con el joven Punpun, una figura borrosa y desubicada, y con esa nave descomunal cuya presencia constante indica que, aunque lento, el fin de nuestra civilización ha comenzado. Es ahí donde su obra se expresa actual e hija de su tiempo. Vamos, que habla de hoy y de nosotros.

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