Kerouac al final del camino: por qué debes leer ‘Los subterráneos’

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En el camino, de cuya publicación se cumplen en 2017 sesenta años, supone no sólo la novela más famosa de su autor, sino también una obra clave para comprender la cultura estadounidense y la literatura universal. Es posible que, también, se ofrezca como una suerte de Biblia juvenil, un icónico compendio de tuits muy largos e ingeniosos o, en cualquier caso, una recomendación indispensable durante tu primer año de universidad. Aprovechamos el flamante 95 aniversario del nacimiento del autor para preguntarnos... ¿es realmente para tanto? ¿De verdad es En el camino la cumbre como autor de Jack Kerouac?

En el camino narraba los viajes realizados por el propio autor a través de América a finales de la década de los cuarenta. Las aventuras de Dean Moriarty y Sal Paradise, trasuntos de ficción del autor y Neal Cassidy, llegaron a las librerías de EE.UU. en 1957, pese a que el manuscrito original llevaba siendo sometido a todo tipo de cambios y correcciones desde hacía más de un lustro. No era de extrañar, pues, que en el momento de la publicación de su más célebre obra Jack Kerouac fuera una persona radicalmente distinta a la que había conocido a Cassady en 1948, cuando fue a visitarle a su apartamento y éste le abrió la puerta en pelotas.

En el camino, hoy considerado un clásico de la literatura, pasa por ser una obra fruto de su tiempo desde su misma manufacturación; un cariñoso recipiente de multitud de ideas y exaltadas anécdotas que con el paso de los años fueron perdiendo gran parte de su relevancia. Para cuando fue publicado, la Generación Beat había empezado a adquirir corporeidad gracias al Aullido de Allen Ginsberg –recitado por vez primera una noche de octubre de 1955 en la Galería Six de San Francisco–, y el joven Kerouac había tenido tiempo desde entonces para enamorarse, hacerse budista, y escribir mucho más. Había tenido tiempo, en resumen, de desarrollar Los subterráneos (1958), y de adquirir un poco de madurez durante el proceso. O de, al menos, algo más o menos parecido a la madurez. Que es de Kerouac de quien hablamos.

De vuelta a la ciudad

Portada de 'Los subterráneos'

Aun cuando en las páginas finales de En el camino sea posible apreciar cómo los personajes ya se han hecho viejos y sus aventuras, ligues y cuelgues han ido dejando paulatinamente de ser tan inspiradores y atractivos –siendo especialmente dramático cómo se traza el declive del asombroso Dean Moriarty–, el libro insignia de la Generación Beat es principalmente un canto de esperanza e idealismo. Una búsqueda constante de la fe, y un impulso, difícil de sofocar, de echarse a la carretera si eres un joven impresionable (y preferiblemente varón, blanco y heterosexual). En sus largos párrafos, en sus diálogos rápidos, en sus frases beatíficas, el febril Kerouac se sabe profeta, y se esfuerza en todo momento por serlo.

No en vano, la ocurrencia de lanzarse a la carretera con Neal Cassady supuso justo lo que necesitaba este joven, nacido en Massachussets un 12 de marzo de 1922, una vez llegado a cierta fase de su vida. Su pandilla original de Nueva York se había disuelto luego de que uno de sus componentes, Lucien Carr, asesinara a otro de ellos (David Kammerer), y tanto Kerouac como otros amigos acabaran en la cárcel acusados de ser sus cómplices. Nuestro hombre había optado por casarse con su novia Edie Parker con el objetivo de que su suegro le pagara la fianza y sin que, por supuesto, este matrimonio de conveniencia llegara a durar mucho, de manera que se hallaba viviendo con su posesiva madre (tal y como siempre acabaría haciendo) cuando Cassady se cruzó en su camino.

Neal Cassady y Jack Kerouac

Neal Cassady y Jack Kerouac

Los viajes realizados en compañía de éste y otros personajes, sin ningún tipo de planificación ni motivo racional, moldearon en gran parte la actitud de Kerouac ante la vida –hedonista, apasionada, sobre todo ingenua–, pero también le dejaron, una vez concluidos, presa de una tremenda melancolía y una gran vulnerabilidad a los perjuicios de esa sociedad de la que no había podido huir por más tiempo. Así, en 1953 Kerouac ya había podido publicar su primera novela, La ciudad y el campo -donde narraba por encima los acontecimientos que condujeron a la muerte de Kammerer-, pero eso no apaciguaba su gran frustración ante el desprecio que su manuscrito de En el camino iba despertando en todas las editoriales por las que pasaba. Que eran necesarios más signos de puntuación, le decían. Y él no entendía nada.

La frustración de Kerouac ante esta serie de fracasos se agravó cuando uno de sus más cercanos amigos, John Clellon Holmes, sí consiguió publicar su propia novela: Go (1952), una obra semiautobiográfica en la que se daban cita casi todas las personalidades de su ambiente. Sin embargo, en opinión de Kerouac, Holmes no era lo suficientemente beat, y su éxito editorial se revelaba a sus ojos como una dolorosa traición: una vulgar exposición de una forma de vida que su antiguo amigo no había llegado a entender -quizá por eso le apodaron “el Beat tranquilo”-, ni nunca entendería porque no era uno de ellos.

John Clellon Holmes

John Clellon Holmes

Entre berrinche y berrinche, Kerouac se adueñaba de las noches de Nueva York en orgías de alcohol, drogas y jazz, y su floreciente fama como escritor maldito le ponía en contacto con ciertos grupos de intelectuales afincados en el Greenwich Village. Individuos, sin embargo, con los que no tenía demasiado en común: serios, tranquilos y sarcásticos a la hora de hablar de temas que él conocía pero, en lo que al escritor concernía, empleando un idioma totalmente distinto. Fue entonces cuando conoció a Alene Lee, una mujer negra que le cautivó al instante y con la que se embarcaría en una tormentosa relación que, vale, duraría poco más de dos meses, pero que igualmente le serviría para dar forma bastante autobiográfica a una de sus mejores novelas: Los subterráneos.

La prosa espontánea

Cuenta la leyenda, o una de las muchas leyendas, que Jack Kerouac escribió En el camino en una noche, empleando para no tener que hacer pausas un único rollo de teletipo que Lucien Carr –ya salido de la cárcel– había mangado de su oficina. El aspecto de este primer borrador semejaría el de un batiburrillo de letras apelotonadas sin orden ni concierto… y no se distanciaría demasiado, en efecto, del acabado que luce Los subterráneos.

Manuscrito original de En el camino

Manuscrito original de En el camino

Poco después de montar el enésimo escándalo durante una fiesta organizada por el pobre Holmes, Kerouac volvió a su casa y redactó furibundamente el grueso de la novela que registraría la historia de Alene Lee o, lo que es lo mismo, Mardou Fox. Para ello, totalmente roto y desesperado, cambiaría la ambientación (Nueva York por San Francisco) y los nombres de los implicados (él sería Leo Percepied, Allen Ginsberg sería Alan Moorad, etcétera), y conduciría la llamada prosa espontánea -ideada por él, y convenientemente explicada a posteriori a través de 30 consejos elaborados de su puño y letra- a sus máximos límites. De este modo, y a diferencia de En el camino –cuyo resultado final fue mucho más convencional de lo que a Kerouac le habría gustado-, en Los subterráneos sí encontramos un estilo mucho más definido, que no depurado; más cercano al espíritu de la lapidaria frase que Truman Capote le acabaría dedicando: “eso no es escribir, sino mecanografiar”. Frases que duran páginas, acumulación de flashbacks y flashforwards sin orden ni concierto, diálogos cortantes, un gran dominio del ritmo a partir de unos (pocos) signos de puntuación primorosamente escogidos… Los subterráneos es Kerouac en estado silvestre, y también es música.

Como sucede en el resto de su obra, el jazz tiene un papel preponderante dentro de Los subterráneos, en concreto la variante bebop que consolidaría Charlie Parker “Bird”, a quien Kerouac no podía admirar más. El bebop se centra sobre todo en la rapidez y la improvisación, pero acabaría bañado en la tristeza al morir su máximo estandarte en 1955… y el mismo día del cumpleaños de Kerouac nada menos. En sintonía, Los subterráneos es rápida, es improvisada, y está escrita desde el estado de ánimo más chungo: el del pobre Jack que acaba de perder al gran amor de su vida.

No es el bebop la única referencia de la prosa espontánea pues, si bien apenas se deja caer físicamente por las páginas de Los subterráneos, la sombra de Neal Cassady permanece, pocos años después de En el camino, igualmente omnipresente. La mayor influencia para los principales escritores beats -si exceptuamos a William Burroughs, que no le soportaba- no llegó nunca a escribir gran cosa, pero su forma de hablar era tan característica que moldeó en gran parte el estilo de su amigo Kerouac: una jerigonza atropellada, siempre exultante, siempre intensita, donde se repetía incesantemente una determinada palabra: Go. Vamos. La misma que anteriormente había servido para titular la novela de John Clellon Holmes, quien al fin y al cabo sí parecía haber entendido algo. Mal que le pesara a Kerouac.

Jack no se calla

Los subterráneos es, en efecto, un perfecto ejemplo de prosa espontánea, y exponente de un método de escritura que Kerouac pretendía trabajar a conciencia. Poco antes del asunto de Alene Lee nuestro hombre se había ido a vivir con su amigo Neal y la esposa de éste, Carolyn Robinson, desarrollando a partir de sus conversaciones la muy espontánea, y muy críptica, Visiones de Cody (1972), de manera que estaba sobradamente preparado para ofrecer un producto tan arriesgado y visceral como fue la novela que nos ocupa.

Sin embargo, la espontaneidad del autor de En el camino no sería la misma de contar con algún tipo de trabas o reparos instantes antes de que su creatividad comenzara a fluir, y así es como llegamos a la que seguramente sea la característica primordial de Kerouac como escritor: la sinceridad. O más bien, complementaríamos en esto, la sinceridad kamikaze, responsable en gran parte de que Los subterráneos sea la propuesta tan estimulante y emotiva que es.

Jack Kerouac

Por supuesto, tampoco cabe encontrar cinismo de ningún tipo en la obra magna de la literatura beat, pero como comentábamos En el camino está demasiado apegada a un momento transitorio de euforia, un sentimiento progresivamente caduco que puede, asumámoslo, causar cierto rechazo -o incluso hilaridad- durante una posible revisión. Esto en Los subterráneos no sucede; bien porque los temas tratados tienen más enjundia, o bien porque (más probable) aquí la permanente ingenuidad y veraniega visión de la vida de Kerouac juega abiertamente en su contra.

Es decir, que en Los subterráneos el escritor se retrata, y no se retrata como una persona virtuosa o admirable, exceptuando el hecho de escribir con una habilidad descorazonadora. Más allá de eso, Kerouac era una persona machista, racista, infantiloide, celosa, obsesiva, egocéntrica y narcisista, y no se corta un pelo a la hora de mostrar todas esas características en su novela. Durante su idilio con Mardou Fox, Leo Percepied pasará todas las situaciones necesarias para mostrarse tal y como es, y para exponerlo fielmente, sin abalorios, sin coartadas. Mardou Fox es hermosa, es enigmática, tiene cultura y, al contrario que sus anteriores conquistas, sabe hablar documentadamente sobre música. Pero, ay, es negra. Que eso le resulta muy exótico por el jazz y tal, pero eso, que es negra. Y desordenada. Y va a terapia. Y apenas se ocupa de la casa. Y a su madre no le cae bien.

La única mujer que entendió el bebop

Jack Kerouac y su madre Gabrielle

Jack Kerouac y su madre Gabrielle

Kerouac describe todas sus neuras con un detallismo desarmante y desde el más ardiente remordimiento, aunque a partir del mismo no quede claro de qué se arrepiente exactamente. Y es que, por muchos dolores de cabeza que le produjera salir con una chica negra -o por muy religiosamente que se esforzara para que Mardou le mandara a hacer puñetas- lo que acabó precipitando la ruptura fue que la chica se enrollara con Yuri Gligoric, el poeta Gregory Corso -protegido de Allen Ginsberg, una de las últimas incorporaciones al grupo beat- en la vida real. Un personaje escrito desde el resentimiento, pero también desde el dolor porque, oye, era un buen amigo, y un jovencito muy guapo, y todos le tenían cariño. Puro, y contradictorio, Kerouac.

La sinceridad kamikaze del escritor va tan lejos como quiere y acaba pergeñando escenas que casi da rabia de lo fácil que se lo pone a los psicoanalistas, como aquélla en la que, tras la peor discusión con Mardou de todas, el protagonista se va a llorar a un descampado y tiene una visión de su madre. Y es una sinceridad tan avasalladora, tan rotunda, que acaba permitiendo que en ella se cuelen los primeros retazos de un personaje femenino con cierta entidad dentro de la literatura beat -aunque sea a costa del registro de cómo destrozó presuntamente la vida al protagonista-, rematados con esa última frase que le dirige a un Kerouac totalmente aterrado: “Hijito, decide si quieres cuántas veces por semana querrás verme pero, como te dije, soy independiente”.

Joyce Johnson y Jack Kerouac

En un contexto como supone el mundo beat, donde la mujer es constantemente vista bien como el cálido hogar que espera al final de la carretera o bien como una distracción de la sacrosanta labor de la escritura, resulta refrescante la aparición de un personaje como Mardou Fox, que tan radicalmente se desmarca de ambas opciones al hacer, simplemente, lo que le da la gana. Precediendo a lo que más tarde haría Joyce Johnson -otra ex de Kerouac cuyo libro Personajes secundarios (1983) resulta imprescindible para entender el fenómeno beat alejado de la épica y el éxtasis juvenil-, Mardou Fox/Alene Lee se yergue como alguien finalmente insensible a la palabrería y los bobos encantos del escritor, conminándole a “volver a casa, habiendo perdido su amor, y a escribir este libro”. Por imbécil.

Y después, la decadencia

La vida de Jack Kerouac sufriría muchos más reveses en adelante, y casi todos derivados de la llegada de la fama. Los subterráneos fue publicada un año después de En el camino, cuando ya EE.UU. había tomado plena conciencia de la existencia de los beats, y el creciente éxito e influencia en los jóvenes había hecho que el concepto, como no podía ser de otro modo, degenerara. Y así, cuando lo beat atraviesa el umbral de la contracultura para infiltrarse en la moda y los medios, es como asistimos al nacimiento de lo beatnik.

La filosofía y el modo de vida de Kerouac fueron muy pronto de dominio público, generando una sobreexposición que, al margen de lo económico, no hubo de beneficiarle en nada. Paralelamente a que su obra fuera leída y disfrutada por cada vez más gente, el carácter de Kerouac fue haciéndose huraño y cada vez más introvertido, poco importándole en esto que sus creaciones acabaran inspirando tanto a la música -imprescindible traer a cuenta la figura de Bob Dylan– como a la televisión y al cine.

Aunque estos dos últimos apartados fueran, a decir verdad, mucho menos lucidos que la llegada del bardo de Minesotta al éxito. La complaciente serie Ruta 66, emitida en 1960 por la CBS, tenía que ver más con las guías de viajes que con las aventuras literarias de Dean Moriarty y Sal Paradise, por no hablar del engendro cinematográfico que Ranald MacDougal pergeñara ese mismo año. Porque sí, Los subterráneos fue llevada al cine en forma de una película con el mismo nombre, protagonizada por George Peppard (sí, Hannibal del Equipo A interpretó al Rey de los Beats) y Leslie Caron en el papel de Mardou Fox… que no, no era negra, sino una rubia francesa que ni por ésas conseguía entenderse con el pobre Leo Percepied.

Anécdotas locas aparte, y sin ánimo de incidir más sobre cuán tristemente deambularía Kerouac por la segunda mitad de los cincuenta -y prácticamente el resto de su vida, muriendo en 1969 tras asegurar que votaba a Eisenhower y los hippies le producían urticaria-, queda su legado literario, demasiadas veces limitado a En el camino. Cuando, como hemos visto, también con Los subterráneos –o la testamentaria Big Sur (1962), o la imprescindible Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques, escrita a cuatro manos entre él y William Burroughs, y publicada de forma póstuma en 2008- el lector puede disfrutar del talento de Kerouac en su máxima expresión, y entablar línea directa con el alma de una de las personalidades más genuinamente fascinantes del siglo XX.

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