[Crítica] ‘Kubo y las dos cuerdas mágicas’ – La magia de los cuentacuentos

Kubo

El cuarto largometraje de los estudios Laika, Kubo y las dos cuerdas mágicas, llega a nuestras pantallas. Puede que no sea la mejor película de animación del año, pero estamos ante una cinta que juega con el pasado, presente y futuro del género, mezclando tradición y vanguardia.

Los estudios Laika no tienen tanto tirón popular como Pixar, Ghibli y demás monstruos de la animación moderna, pero ojo, con apenas cuatro largometrajes han demostrado que también pueden rozar la excelencia y aportar elementos de cosecha propia al género. Especializados en la técnica del stop-motion adaptada a los métodos tecnológicos actuales (mezclan animación tradicional con CGI), se presentaron en sociedad, apadrinados por Henry Selick y Neil Gaiman, con Los mundos de Coraline (2009); confirmaron su valía en la excelente El alucinante mundo de Norman (2012); y jugaron su baza más comercial en la simpática Los Boxtrolls (2014). Ahora, dos años después de su producción más accesible, el trío de nombres fuertes de Laika, Travis Knight, Chris Butler y Shannon Tindle, decide ir más allá en su concepción del cine de animación entregando un cuento fantastique con motivos japoneses que, a pesar de tener algunas referencias reconocibles, apuesta por la originalidad y por un narrativa arriesgada.

Kubo y las dos cuerdas mágicas mezcla las historias de fantasmas niponas basadas en la tradición oral a lo El más allá (1964) -todas las escenas sobrenaturales del filme recuerdan a los pasajes fantasmagóricos concebidos por Masaki Kobayashi-, con el relato clásico y el sentido de la maravilla de aventuras griegas à la Ray Harryhausen -el esqueleto gigante que parece salido de Jasón y los argonautas (1963)-. Y pone en el centro de la historia a un niño con una tara física –le falta un ojo-, que nos hace pensar en el protagonista de Cómo entrenar a tu dragón (2010). Ahora bien, dejando de lado esos referentes clásicos (podríamos citar alguno más: Lady Halcón (1985) de Richard Donner o a Akira Kurosawa y Hayao Miyazaki), se atreve a proponer decisiones audaces en la puesta en escena y también en el enfoque de los temas que trata (la muerte, el perdón, el concepto de familia) poco transitadas en productos de estas características, destinados principalmente al público infantil.

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En primer lugar destaca la manera en que los clímax de acción con marcado carácter emocional son resueltos mediante elipsis elegantísimas, desafiando así la práctica habitual de mostrar y dar todo masticado. Una apuesta por la sugerencia que implica al espectador en la historia y que revela la inteligencia del guion de Butler, Tindle y Marc Haimes. El prólogo de Kubo y las dos cuerdas mágicas y su desenlace son ejemplos perfectos y prodigiosos de esa práctica, especialmente brillante en la conmovedora parte final.

Otro elemento sorprendente es la crudeza y oscuridad de todos los pasajes sobrenaturales: la primera aparición de una de las villanas de la función, un espíritu maligno del más allá, hermana de la madre del niño protagonista -hijo de un samurái y una no-muerta perseguido por fuerzas malignas-; o la secuencia bajo el mar con unos lóbulos oculares gigantes. Todo ello conjuga una atmósfera creepy, a ratos lírica, cercana en espíritu a los cuentos clásicos para niños -orientales y europeos- en su versión más visceral y sin adulterar. Esas fugas al horror tienen un contrapunto cómico necesario, algo que a ratos juega en contra de la película en su lado más previsible.

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Antes hemos mencionado que Kubo y las dos cuerdas mágicas también toma riesgos a la hora de hablar de temas espinosos, más aún para un público infantil, así como otros que no lo son tanto pero que fomentan de forma sana la imaginación de los más pequeños y, claro está, también la del adulto. La pérdida de seres queridos y cómo recordarlos, el perdón -ese villano al que le brindan la oportunidad de redimirse gracias al olvido y la bondad-, y el cuestionamiento de la idea de familia tradicional recorren todo el relato. Lo hacen de forma valiente, a veces hasta frontal, sin moralinas previsibles y sin caer en excesos sentimentales. Mientras que valores como la reivindicación de las habilidades tradicionales -la presencia en clave fantástica del origami a través de la música-, o la defensa de la tradición oral -el arte de contar cuentos, historias, para entretener-, se incrustan en el relato de manera natural, enriqueciendo el conjunto.

Quizás sea exagerado decir que Kubo y las dos cuerdas mágicas es el mejor filme de animación del año, algo que pregona gran parte la prensa fruto de esos estados de opinión que parecen extenderse como un virus, creando un hype que a veces juega en contra de la película al elevar el listón de las expectativas. Lo que sí podemos asegurar es que se trata del mejor esfuerzo de los estudios Laika. Una cinta de animación que juega con el pasado, presente y futuro del género, mezclando tradición y vanguardia, ofreciendo una desbordante explosión de fantasía cargada de emoción.

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Kubo and the Two Strings

Año: 2016
Los estudios Laika, creadores de 'Los mundos de Coraline o 'El alucinante mundo de Norman' ofrecen una película de animación que va de Masaki Kobayashi a Ray Harryhausen
Director: Dirección: Travis Knight
Guión: Guión: Marc Haimes, Chris Butler