‘La chica del tren’ vs ‘Perdida’: ¿Qué tienen en común dos de los mayores fenómenos literarios de los últimos años?

Este 21 de octubre llega a las pantallas la esperada adaptación del best-seller de Paula Hawkins La chica del tren. Sus responsables esperan hallarse ante una nueva Perdida, e incluso han decidido programar el estreno en una fecha similar al que tuvo la exitosa película de David Fincher, basada en el superventas de Gillian Flynn. Pero, ¿realmente hay semejanzas entre ambas historias?

La dinámica que rige los best-sellers en el mundo editorial no es, por lo general, demasiado imprevisible, así que es posible entrever patrones muy definidos al poco de que éstos surjan y sean devorados por la población. De este modo, se percibe una suerte de retroalimentación entre varios de los hits recientes, incluso remontándonos a un caso ya relativamente antiguo como es el de Crepúsculo de Stephenie Meyer (2005) ya que fue, como es bien sabido, un humilde fanfiction de la historia de Bella y Edward el que acabó dando forma a la saga de Cincuenta sombras de Grey (2011). Y, asimismo, fue Perdida de Gillian Flynn (2012) la única novela capaz de destronar a su primera entrega de la lista de los libros más vendidos.

Vino acompañada, además, de un considerable éxito crítico que acabaría conduciendo, por un lado, a la inevitable adaptación cinematográfica y, por otro, a la búsqueda de un inmediato sucesor: “la nueva Perdida”. David Fincher recurrió a un Ben Affleck como no se había visto en otra y a una excelsa Rosamund Pike para encabezar su película, y el resultado cosechado por la adaptación al cine de 2014 fue inmejorable, no sólo obteniendo un gran rendimiento en taquilla sino también una nominación al Oscar –merecidísima– para Pike. El ansiado sucesor no tardó mucho más en llegar: La chica del tren, de Paula Hawkins, fue publicada poco después, y vendió en menos de un mes hasta 3 millones de ejemplares en EE.UU y Gran Bretaña.

Y así nos plantamos frente a su correspondiente traslado al cine, dirigido por Tate Taylor y protagonizado por Emily Blunt, Luke Evans y Justin Theroux, entre otros. Sin que nadie pueda olvidar Perdida ni por un instante, ya se ha llegado a hablar de su condición como película “oscarizable”, y en el mismo año en que también han llegado a las librerías la tetralogía Calendar Girl, de Audrey Carlan, y La chica que lo tenía todo, de Jessica Knoll. La primera, supuestamente, amenaza con emular el fenómeno de Cincuenta sombras de Grey. La segunda es, sí, otra “nueva Perdida”. Con estos precedentes quizá no deberíamos tomar muy en serio las hipotéticas semejanzas entre los libros de Paula Hawkins y Gillian Flynn. Pero comprobémoslo más detalladamente (haciendo uso, claro está, de spoilers bastante vitales).

El narrador engañoso

El principal rasgo que une a Perdida, La chica del tren y, según parece, La chica que lo tenía todo, supone también uno bastante inusual dentro de lo digerible y “fácil” que, en principio, debería ser un best-seller. Si bien no es algo nuevo dentro de este mundillo –Dan Brown es todo un experto en la técnica, por ejemplo-, la idea de que quien nos cuenta la historia pueda estar mintiéndonos supone un recurso muy interesante, que obliga a replantearse constantemente el curso de los hechos y, quizá, a construir una versión propia de los mismos. En otras palabras, el lector ha de adoptar un rol algo más activo de lo habitual, y esto es algo que se cumple tanto en la obra de Gillian Flynn como en la de Paula Hawkins.

Perdida está narrada desde el punto de vista de Nick y Amy Dunne: uno, el marido de aquélla cuya desaparición desencadena la trama; otra, la susodicha perdida. Los capítulos de Nick reflejan cómo éste ha de lidiar con el hecho de ser el principal sospechoso, y también reflejan a un mentiroso compulsivo: miente a la policía, miente a su hermana Margo y, llegado el caso, también miente a los lectores. O, más bien, les oculta información, que en tales circunstancias vendría a ser lo mismo. La mayor parte de los capítulos de Amy, por su lado, están redactados a modo de diario, y dan cuenta de los días anteriores a su forzada ausencia: capítulos de los que tampoco hay que fiarse un pelo.

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En La chica del tren la figura de este “narrador engañoso” se manifiesta de una manera más literal, hasta el punto que la protagonista, Rachel Watson, es considerada repetidas veces por otros personajes como una “testigo poco fiable” en el caso de la desaparición de Megan Hipwell -porque sí, el desencadenante de su trama también es la desaparición de una mujer-. La razón es que Rachel es una alcohólica desempleada que acosa a su exmarido y que, fruto de una borrachera, apenas recuerda nada -o dice no recordar nada- de lo sucedido la noche en que Megan no volvió a casa, cuando la encontró merodeando cerca del lugar donde sucedió todo. Una amnesia muy oportuna para prolongar el misterio hasta las últimas páginas, y una ambigüedad que, sin embargo, no se extiende a los otros dos personajes cuyo punto de vista vertebra la narración: Anna Watson -la mujer por quien Rachel fue abandonada- y la propia Megan Hipwell, que también cuenta con su propio flashback.

Ambas novelas, con técnicas similares, se las apañan para que el lector permanezca alerta durante la mayor parte de sus páginas, si bien en Perdida el narrador engañoso -o, como hemos visto, los narradores-, sólo lo son hasta cierto punto. Nick Dunne, como mentiroso, es bastante pésimo, y no tarda mucho en confesar sus imposturas, poco antes de que la propia Amy nos revele alegremente que la mayor parte de lo escrito en su diario era un elaboradísimo compendio de falsedades. A partir de este giro, Perdida se ve despojada de su misterio, pero sabe mantenernos enganchados por otros métodos.

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Una historia muy similar

Como ya se ha apuntado más arriba, el punto de partida de Perdida y La chica del tren es idéntico: una mujer ha desaparecido y su marido no sólo es el principal sospechoso, sino que además se dedica a comportarse de un modo extraño y negligente que pide a gritos que lo arresten… como de hecho acabará ocurriendo. Nick Dunne y Scott Hipwell son también, en líneas generales, personajes parecidos: hombres atractivos, inseguros, huraños, con una vena misógina que tratan de disimular con mayor o menor fortuna y, pese a todo, inocentes. El personaje que Ben Affleck interpretó en 2014 tiene bastantes más aristas que el encarnado por Luke Evans en la película de La chica del tren, que incluso es algo más “luminoso” -Scott Hipwell no deja de ser un maltratador declarado-, pero no cabría hacer en este punto una distinción más significativa.

Del mismo modo en que Perdida y La chica del tren comparten argumento, también tienen en común que dicho misterio no sea más que una excusa, un mcguffin para que la historia vaya donde verdaderamente quieren sus autoras. Hawkins articula la resolución del caso como el fin de un tormentoso viaje emocional por el que pasa Rachel Watson: una vez completado, y tras comprender que quería a un hombre malvado, mentiroso y manipulador -su exmarido Tom- quizá aprenda a quererse más a sí misma, y a reconducir su vida. Por más que la escritora se esfuerce en que el desenlace de su historia sea oscuro y deprimente, éste no deja de sentirse como una lección aprendida, y una inyección de autoestima tanto para Rachel como para Anna Watson, que también ha acabado descubriendo el verdadero carácter de Tom. De una manera extraña, aún queda espacio para el optimismo.

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En Perdida, la irrelevancia final de la intriga es aún más acusada, pues ésta se resuelve prácticamente a la mitad del libro, desplazándose el interés a descubrir qué harán los protagonistas a continuación, una vez que Nick sabe que su mujer le ha tendido una trampa, y que Amy ha descubierto que debe regresar al hogar. En los últimos compases de la historia llegaremos a asistir a la reconciliación de la pareja pero, al contrario que en La chica del tren, ésta distará muchísimo de suponer algo esperanzador.

Moralejas venenosas

Puede que el mayor atractivo que compartan Perdida y La chica del tren resida en que su trama sea conducida por personas de a pie, normales y corrientes, y con las que cualquiera se puede identificar. En especial, por lo siniestros sucesos que se narran y que, en línea directa con lo expuesto, provocan que quien más y quien menos reflexione sobre sus propias circunstancias.

Ambas obras hablan de las relaciones de pareja, y no las dejan en muy buen lugar. Por sus páginas se dejan caer disputas domésticas, obsesiones, maltratos psicológicos, infidelidades, y un amor que persiste indómito y apasionado pero que, las más de las veces, ha sido mal encauzado. Lo que hace tan perturbadoras estas novelas es, de hecho, que sus autoras nunca niegan que el amor exista y pueda perdurar indefinidamente, sino que prefieren exponer las consecuencias de éste al verse sometido a una institución tan rígida y tan dependiente del entorno social como es el matrimonio.

216_03_A – Andie (Emily Ratajkowski) makes a statement about her ex-lover, Nick Dunne, who’s under investigation regarding the disappearance of his wife.

Así, que varios personajes acaben engañando a sus parejas fruto de su desorientación acaba pasando por ser el menor de los males, y es despachado por Flynn y Hawkins, curiosamente, con escenas gemelas: Nick Dunne/Kamal Abdic deciden finiquitar el idilio que mantienen con Andie/Megan, y la primera reacción de éstas ante la ruptura es tan infantil e irracional como pegarles un mordisco en la cara; llevamos la violencia dentro. Interiormente, una parte de nosotros siempre se encuentra presta a dañar al otro. Y, en opinión de las autoras, el matrimonio ofrece la coartada perfecta para hacerlo impunemente.

Las herramientas que Flynn y Hawkins emplean para llegar a esta conclusión difieren notablemente, sin embargo. Y es que, ahí donde la autora de Perdida realiza un intenso estudio psicológico de los personajes que provoque la percepción de su reconciliación como algo plausible, la responsable de La chica del tren prefiere utilizar una brocha más gorda y pintar a sus protagonistas como seres pura y llanamente impresentables. Todos los hombres de Hawkins son violentos, malvados, infantiles; todas sus mujeres enamoradizas, sumisas, impulsivas. No hay lugar, pues, para los claroscuros, y sí para una fábula más asimilable. Más best-seller.

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No nos podemos olvidar, por supuesto, del papel que juegan los medios de comunicación en todo esto, y que suponen otro elemento existente en ambas historias, dando cuenta de una sociedad enferma, vendida al morbo, y a la que le falta tiempo para condenar a ciertos individuos al total ostracismo. En el caso particular de Perdida, además, influyen de manera decisiva en el desenlace, prácticamente obligando a Nick Dunne a seguir conviviendo con una psicópata. O, al menos, dándole la excusa perfecta para ello.

¿Qué tal le irá a La chica del tren?

Parecería, pues, que hay razones fundadas para fiarse de aquel que asocie automáticamente Perdida con la obra de Paula Hawkins y, en sintonía, para creer que la película resultante será igualmente un éxito de crítica y público. No obstante, hay un último punto que deviene importantísimo, y que podría trastocar las expectativas de Tate Taylor de cara a ir más allá del efectivo entretenimiento que es probable que haya rodado.

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Y es que la mayor diferencia entre ambos libros aparece en lo tocante al género: Perdida, por más que se haya vendido como lo contrario, tiene más de comedia negra que de novela de misterio. Al menos, en el sentido convencional de conservar al lector en la expectativa, subordinándolo todo a una incógnita que se resolverá en las últimas páginas, y que le otorgará un sentido pleno a la narración. Por mucho que haya desapariciones, asesinatos y giros locos, la novela de Gillian Flynn acaba trascendiendo como un melodrama de macabro romanticismo cuyo mayor golpe de efecto -una vez desvelado lo del diario de Amy- es la reflexión que supone su final, total y despiadadamente anticlimático. Ése es el secreto de su notoriedad, de su naturaleza única dentro del mercado, y la razón por la que un cineasta de la hondura de David Fincher quisiera hacerse cargo de ella. Quizá también sea la razón por la que La chica que lo tenía todo haya sido publicitada -con poca credibilidad- como la “nueva Perdida”. Sin la más mínima mención a la obra de Paula Hawkins.

La chica del tren es, resumiendo, una intriga clásica en el sentido estricto del término, que plantea interrogantes igualmente pertinentes, pero que no se lo juega todo en función a ellos. La película de Tate Taylor, en consecuencia -y pese a la reputación de su director, que cuenta con la celebrada Criadas y señoras (2011) en su haber- parte con una considerable desventaja de cara a compartir el hueco en el imaginario cultural que ya ha conseguido el filme de David Fincher, pero no perderá nada por intentarlo… y por tratar de hacernos olvidar Elle (2016), de Paul Verhoeven. Otra reciente obra maestra que nos demostró que los thrillers, de vez en cuando, pueden ser mucho más.

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