El nuevo paradigma: cuando tecnología, sociedad y cultura cruzaron sus caminos

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Auspiciada por los avances que trajo consigo la Tercera Revolución Industrial, la Sociedad de la información llegó, décadas atrás, para quedarse y cambiarlo todo para siempre. Repasamos algunos momentos en los que tecnología, sociedad y cultura cruzaron sus caminos para escribir nuevas e históricas páginas.

La tecnología y la comunicación, aliadas con el capitalismo –guste o no, una cosa lleva a la otra–, dieron pie hace unos años a un sistema de nodos transnacional en el que subyace el concepto de “aldea global”. Un modelo en el que la fuerza física o mano de obra al uso pierde fuelle en favor de la fuerza mental o capacidad intelectual. Este escenario, el actual, el nuestro, como toda pequeña o gran revolución, ha tenido su influencia en la música y la cultura. Ya fuera sirviéndose del nuevo modelo como vehículo mediante el cual hallar otro impulso creativo, o a modo de chivo expiatorio sobre el cual endilgar todos los males de la sociedad moderna, no son pocos los artistas que han encontrado en el hecho tecnológico inspiración para con lo creativo. Demos un salto atrás para entender mejor las raíces de este presente.

A mediados del siglo pasado los hogares norteamericanos vivieron una plácida década de los cincuenta sustentada en un modelo económico que tras la Segunda Guerra Mundial no paró de crecer. Mientras el viejo continente salía del agujero post-bélico en el que andaba sumido instaurando progresivamente la democracia, en Estados Unidos se vivía un periodo de euforia y triunfalismo. Ello se plasmaba mediante el auge en la venta de electrodomésticos y más concretamente en el de su producto estrella, el televisor, ítem que hizo las veces de símbolo del estado de bienestar yanqui. La oda al consumismo y todo aquel cuento de hadas fue vendido como el Gran Sueño Americano, concepto pseudo-utópico cuya resonancia aún perdura.

En aquel contexto, donde la sociedad americana empezaba a dejarse hipnotizar por los cantos de sirena de la pequeña pantalla, los primeros síntomas de lo que llamaríamos posmodernidad llegaron con los contoneos de aquel joven oriundo de Tupelo, Tennessee, llamado Elvis Aaron Presley. Las célebres inflexiones pélvicas del Rey y la posterior censura fueron el minuto uno del cambio; un punto de inflexión que, observado desde la distancia, se antoja brote inicial de cómo la sociedad se vería modificada por obra y gracia de ese monstruo todopoderoso llamado comunicación de masas.

Ya antes, en 1938, hubo un equivalente radiofónico que mostró al mundo el poder perturbador de los mass media. La representación radiofónica del libro La guerra de los mundos (1898) a manos de un joven e inquieto Orson Welles trascendió para muchos la ficción convirtiéndose en histórico bulo con forma de involuntario acto de terror. Todo mensaje unidireccional, es decir, aquel donde un emisor se dirige a cientos, miles, millones de receptores, sin posibilidad de réplica, tiene ese poder cuasi hipnótico, de ahí que la representación de Welles se viviera como poco menos que una invasión extraterrestre con todas las de la ley.

Yuppies, hombreras, laca, cables: la hipérbole de los ochenta

Oliver Stone en Wall Street

Oliver Stone

Con la progresiva inmersión del ordenador personal como herramienta de uso común en entornos principalmente laborales, se llegó a los ochenta, momento a partir del cual la tecnificación dio un salto a todos los niveles. Maquinaria, infraestructuras, comunicación, todo sistema, incluido cualquier estrato tecnológico-social se vio inmerso en la digitalización.

Los pomposos ochenta trajeron consigo un colorido, un ruido, que quedó representado en innombrables iconos, unos con más poso que otros. Firmas comerciales como Commodore o Amstrad iniciaban (ahora sí) el traslado de las computadoras al ámbito doméstico, mientras fenómenos como el de los inversores yupis sudando perfume en el parqué neoyorkino se convertían en un tópico de alta sociedad. Oliver Stone, astuto, quiso servirse del zeitgeist imperante rodando Wall Street (1987), cinta que a la postre reportaría un Oscar a Michael Douglas por su interpretación de Gordon Gekko, voraz tiburón de las finanzas sin remilgos. Difícil olvidar aquel celular del Holoceno.

El escenario internacional se presentaba agitado; Reagan y Thatcher observaban felices la caída del telón de acero soviético, mientras lo previsto en los acuerdos SALT (pacto de buena voluntad anti-nuclear entre potencias que tuvo lugar en los años setenta) se diluía con el desastre de Chernobyl como foco de la vergüenza atómica. A todo esto, desde el Reino Unido, una generación de inquietos músicos celebraba el nacimiento del MIDI, sistema electrónico a mediante el cual distintos dispositivos podían trabajar conjuntamente a través de un mismo protocolo digital.

En pleno apogeo casiotónico, este hito supuso un antes y un después en el uso de la tecnología en la música. Blue Monday de New Order, el monumento pop electrónico que hizo que los mismísimos Kraftwerk reconsideraran su dirección artística, quedó marcada en el imaginario colectivo como el inicio de la programación MIDI, así como el kilómetro cero del techno en Europa. Mientras, al otro lado del Atlántico, ese honor recaía en los Cybotron de Juan Atkins y Rick Davis, quienes, desde la gris Detroit, trataban de inocular a su música el conflicto tecnológico profetizado en la obra de Alvin Toffler. Atkins posteriormente, continuaría indagando en el futuro de la música a título propio o desde su proyecto techno Model 500.

Estrés en la jungla de asfalto: recelo tecnológico

No es ningún secreto que en la década de los ochenta se dio la mayor concentración de fenómenos tecnológicos de la era pre-Internet, con toda la transformación social que ello trajo. Una mutación que dividió a muchos músicos. Unos no escondieron su escepticismo hacia la deshumanización a la que estaba siendo sometida la nueva era musical. Otros en cambio, abrazaron la tecnología dando lugar a estilos como el Tecnopop o algunos de los sonidos más sofisticados de la New Wave. También hubo quien resaltó ambas vertientes; hablamos por ejemplo de Heaven 17. Este combo de Sheffield (pequeña ciudad del norte de Inglaterra cuyo despertar electrónico merece mención aparte) con pasado como integrantes de The Human League, supo entrelazar el nuevo sonido sintético con la imaginería yupi, tan en boga, y el avance en el espionaje, por aquel entonces caldo de cultivo para infinidad de films y novelas con la Guerra Fría como referente.

Así mismo, con la llegada de la nueva década, desde la Gran Manzana, Talking Heads preconizaban el peligro de la alienización occidental y la tendencia a un ilusionismo consumista bajo el cual subyacía un vacío existencial. Todo ello quedaba resumido en el otrora hit Once in a Lifetime, cuyo desasosiego no fue óbice para encontrar un hueco en la radiofórmula. El disco que la cobijaba, Remain in Light (1980), obra más reluciente y perecedera de los de David Byrne, seducía a través del choque entre una inquietante polirritmia, heredada de la tradición musical africana, y una carga ambiental con la que se quería trasladar el estrés de las grandes urbes en el final de siglo. Este particular contraste fue obra del productor Brian Eno, siempre atinado a la hora de trasladar a sus producciones la atmósfera de cada momento.

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Otro momento para la Historia, también acontecido en la década de las hombreras y la laca fue la actuación de Herbie Hancock en la gala de los premios Grammy de 1984. La interpretación (playback en realidad) que Hancock hizo de Rockit en dicha ceremonia voló la cabeza de una generación que desde aquel entonces entendió el concepto modernidad desde una nueva perspectiva. Robots, hip-hop, break-dance, scratches, un sintetizador-guitarra, batería electrónica… aquello fue demasiado. Sin duda, uno de los momentos más icónicos de la incidencia de la tecnología en la música de final del siglo XX.

Cabe destacar que la aparición de MTV como herramienta de promoción y difusión audiovisual para la industria musical fue capital. La importancia del videoclip dentro del aparato promocional del negocio musical debe medirse desde una perspectiva pre- y post-MTV.

Con el final de la década de los ochenta tenían lugar las últimas manifestaciones que, a rebufo del ya no tan nuevo pop tecnificado, continuaban integrando el lenguaje de las máquinas en el pop. En este sentido cabe destacar a los americanos Information Society. Con tan elocuente nombre, los de Minneapolis exploraron las mieles del éxito con una propuesta que se quería futurista. What’s on your Mind (Pure Energy) fue su mayor éxito. Un hit tecnopop con guiño freak en forma de sample extraído de la serie Star Trek, en el cual la voz de Leonard -Mr. Spock- Nimoy introducía un certero corte de pop bailable que se coló en la cima de los charts de música dance.

Por supuesto, el cine también tuvo sus encuentros con la idea de un futuro tecnológicamente errante. Desde Blade Runner (1982) o la saga Terminator (1984-), hasta Robocop (1987) e infinidad de títulos de serie A o B, el cine de corte tecnológico-futurista siempre ha encontrado una gran respuesta en taquilla.

Fin de siglo: en red

Garth Brooks

Garth Brooks

Entrados los 90 se palpaba un cambio en lo musical. La música popular experimentó una regresión hacia sonidos más clásicos, dando lugar al nacimiento del grunge o aupando hasta los más alto a artistas de corte conservador como Garth Brooks. Este impass, paradójicamente, coincidió en el tiempo con el advenimiento de Internet en la sociedad. Lo que durante años no había sido más que un reducto comunicacional de carácter militar se disponía a cambiar el mundo, la Historia, instaurando conceptos como globalización, sociedad del conocimiento o inteligencia colectiva dentro del imaginario común.

Los guiños al cambio y las voces críticas llegaron a la música, claro. En este sentido el disco conceptual que más importancia tuvo en los 90 fue Ok Computer (1997), obra maestra de los ingleses Radiohead y probablemente el disco que mejor trasladó el renovado sentir de aquella crítica que Talking Heads o Heaven 17 iniciaran tres lustros antes. Canciones como Paranoid Android o el robotizado speech de Fitter Happier daban buena cuenta del lado oscuro de la red y de los nuevos derroteros que la alienización de los países del hemisferio norte estaba adquiriendo en un final de siglo convulso e históricamente determinante. Curiosamente, diez años después, Radiohead pondrían patas arribas la industria musical con la salida de In Rainbows (2007), disco con el que quisieron salirse momentáneamente del molde impuesto por las majors para más tarde acabar volviendo al statu quo del negocio musical.

El resto ya es historia. Tal es el avance experimentado en los casi veinte años posteriores a la salida de Ok Computer en todas las disciplinas artísticas, que sería necesario un extenso artículo aparte resumiendo lo mucho acontecido hasta la fecha.

Desde Peter Drucker hasta Manuel Castells, las huestes de la Sociedad de la Información (o informacional, en palabras de éste último) manejan diferentes teorías, todas apuntando hacia una misma dirección: la que sitúa a la Red como reflejo del avance tecnológico, epicentro de la comunicación del siglo XXI. Lo cierto es que, como decía la canción de The Buggles, el video no mató a la estrella de la radio, sino que la reinventó, le dio nuevos matices, la hipertextualizó y la multimedializó, dándole un alcance universal.

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2 comentarios

  1. qwerty_bcn dice:

    A la espera de poder leer el artículo con mas tranquilidad, me queda una duda, quizás sumamente gilipollas, lo admito: ¿la no presencia de la Yellow Magic Orchestra (y de la musica techno nipona, sea dicho de paso) se debe a algún motivo en particular? Que así de primeras puede parecer que Japón siempre ha estado sumamente encerrado en si mismo y que la YMO nunca tuvieron una influencia real en Europa/USA, pero me temo que es lo contrario. La “vinculación” con Kraftwerk diría que es mas o menos reconocida. Y de ahí hasta “Mecano” (que irónicamente es como me “llego a mí el Universo YMO”).
    (No es que sea una super-crítica, pero tengo la sensación que se suelen “simplificar” movimientos estético-culturales para hacerlos mas “dirigibles” para el lector occidental. Y me parece un error. Quicir, ¿todo el locuron nostalgia 70’s/80’s/90’s no debería servir (casi básicamente) pero explicar lo que nos pudo pasar por alto? Quicir, que repetir lo de siempre quizás es un poco “agotador” (en el sentido del alumno que ya ha escuchado mil veces una misma lección).

    1. Daniel González dice:

      Hola qwerty_bcn.

      En el artículo trato de unir Sociedad de la Información, evolución tecnológica y cultura (especialmente música), efectivamente, desde una perspectiva occidental.

      Sin menospreciar a la Yellow Magic Orchestra, he tenido que sacrificar cosas más imprescindibles (desde el enfoque occidental) por cuestiones de espacio.

      Por poner un ejemplo claro, por Kraftwerk se pasa de puntillas, por lo que no había sitio para referentes menos obligados (dicho en base al enfoque del artículo) como la YMO.

      Si la cosa hubiera ido más allá de occidente, aparecerían seguro ( y el techno nipón o cosas como Merzbow también, por qué no), pero incluso de la misma cultural occidental hay ausencias. De ahí que haya ido al grano, centrándome en cosas esenciales.

      Además no hay que olvidar que todas las bandas o acontecimientos culturales de los que hablo, van estrechamente ligados al avance en clave de Sociedad de la Información y tecnología.

      Respecto a lo de la simplificación, entiendo lo que quieres decir. Poco queda por descubrir de “Blue Monday”, pero son episodios imprescindibles para un artículo que busca un enfoque “esencial” sobre lo tratado.

      Con todo, creo que el hecho de que todos estos episodios (en realidad bastante dispares) se presenten secuenciados, y en paralelo a otros aspectos del fenómeno tratado, no necesariamente musicales, es lo que hace que el artículo sea algo más que un catálogo de tópicos.

      O al menos eso pretendía yo! Aunque bien podría ser que no haya acabado de conseguirlo, o que sencillamente así lo entiendas tú, por supuesto.

      En todo caso gracias por el comentario, siempre es muy interesante ver la perspectiva de los lectores!

      Un saludo.

      Daniel.

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