Las tres edades de Guy Ritchie: un gangsta en la corte del Rey Arturo

Con su última película en cines, Rey Arturo: La leyenda de Excalibur, estreno de recibimiento absolutamente dividido entre el horror y el ‘no está tan mal’, parece buen momento para repasar la carrera de uno de los directores más personales del cine británico contemporáneo.

Le encanta la mermelada, practica jiu jitsu brasileño, es disléxico de toda la vida y regentó un pub de nombre macarra durante cinco años porque le encantan los pubs y el macarrismo. Se llama Guy Ritchie y acaba de estrenar Rey Arturo: La leyenda de Excalibur (2017), enésima versión del mito fundacional británico –y ya de paso de la narrativa heroica-, que no ha sentado demasiado bien en la crítica. Tampoco entre el público, pues en su estreno norteamericano recaudó poco más de 14 millones de dólares. Poco para una película que ha costado más de 150…




Es ya un tópico aludir a sus dos primeras películas para hablar de un talento que se ha echado a perder ensimismado en sus trucos, y plegado a los deseos del blockbuster estacional de Warner -o pronto en manos de Disney-. Pero… ¿realmente se ha domesticado el chaval barriobajero que se pegaba en los bares y acudía con resaca a las entrevistas?

La clave puede estar en aquel cuadro de TizianoWTF-, llamado Alegoría de las tres edades de la vida (1512-1514). En primer término lo evidente: dos amantes disfrutan de lo suyo. Un poco más allá cupido aplasta a un par de bebés durmiendo, al fondo un anciano descansa aguantando una cráneo en cada mano. En último término una iglesia, símbolo de redención. ¿O tal vez es un cine?

Guy Ritchie

El cuadro en cuestión de Tiziano. Sí, ¿No?

Días de reggae y bruma

Guy Ritchie nació en Hatfield, una ciudad del condado de Hertfordshire, en el significativo año de 1968. Su madre se llamaba Amber y era modelo. Su hermana se llamaba Tabitha y también lo sería antes de abrir su propia escuela de baile en la misma ciudad en la que el realizador pasaría su más tierna infancia. Su padre se llamaba John y se dedicaba al audiovisual: realizaba anuncios para una agencia, suerte de spots como los de Mixta fuera de nuestras fronteras, para la marca de cigarros Hamlet.

Cuando Guy tenía cinco años, Amber y John se divorciaron y nuestro héroe se fue a vivir con ella a 180 millas de donde había nacido. Aunque ya había dado señales antes, por aquel entonces le diagnosticaron una severa dislexia que hizo que tuviese que estudiar en un centro especializado llamado Stanbridge Earls School. Dejó el centro a los quince años, no sin antes haberse hecho con un certificado de estudios cinematográficos.

Empezó a trabajar en el sello discográfico Island Records y se dejó llevar por los ambientes en los que se movían sus compañeros. Había drogas, pubs y peleas en lo que él ha calificado como reggae days of haze. Con el tiempo, ha echado la vista atrás a aquella juventud y no se ha arrepentido de nada. “Si no has vivido, estás cortado por el patrón de ideas ajenas”, contaría. “Las mejores historias de mi vida han surgido en contextos de ebriedad”, afirmaría el mismo en alguna ocasión.

Con 25 años empieza a dirigir videoclips y poco después consigue rodar su primer corto The Hard Case (1995), un esbozo de lo que sería Lock & Stock (1998). El destino quiso que él y un joven llamado Matthew Vaughn -futuro director de Kick-Ass o Kingsman, por aquel entonces era productor-, tuviesen un amigo en común, Ed Bains, chef de un bar de ostras y champán en el Soho. Una cosa llevó a la otra y Bains terminó pasándole a Vaughn el guión de su colega. Este flipó y llamó a Bains, que le dio el número a Ritchie, que llamó a Vaughn… para hacer Lock & Stock.

La primera película de Ritchie bebe y respira el olor a barrio y porro quemado que Ritchie había conocido escasos años antes. Matthew Vaughn cuenta que tuvo que meterle mano al guión pues “no tenía final ni estructura real, pero era un diamante en bruto. El diamante más áspero que he encontrado”, decía. Ambos crearon juntos Ska Films y estrenaron Lock & Stock en 1998.

El recibimiento crítico fue casi unánime en abrazar el talento de Ritchie y sus marcas de fábrica. Su mirada a los bajos fondos londinenses venía con una narración endiabladamente rápida que, sin embargo, prestaba atención al detalle. En primer término, mediante un montaje febril excelentemente maridado con la utilización inteligente, por narrativa, del slow motion. Se sumaba al cóctel una colección de réplicas y contra réplicas llenas de slang, insultos e ingenio que venían a ser la respuesta moderna y cabreada del manual clásico de la comedia de la escuela de Renoir. Pegaba a los personajes al suelo, les hacía reales y de aparente inteligencia para luego demostrar que no, que todos somos rematadamente estúpidos.

Lock & Stock subvertía los códigos del neo-noir con punch, brío y sentido del ritmo. Carácter en el que ahondó en su siguiente película cuyo guión tenía ya terminado mientras su debut lo petaba en salas. Se llamaba Snatch (2000) y cambiaría las cartas por el boxeo y las escopetas de caza por un diamante de 86 quilates… pero mantendría todo lo demás. Lo que narraba, en el fondo, eran el tipo de historias que se contaban en los pubs que tanto le gustaba frecuentar. Este le robó a aquél, otro quería darles el palo, sus colegas la pifiaron y ahora todos se quieren matar.

Dos películas que, además, vehiculaban una visión ácida del proletariado londinense, falto de valores pero sobrado de ingenio y cojones. Un mensaje que funcionó porque salía de dentro, pues Ritchie dotó involuntariamente de cierto aire melancólico al macarrismo.

No es mi intención analizar por qué ambos films causaron el impacto que causaron ni tampoco es el objetivo, se han escrito toneladas sobre la llamada trilogía londinense. “Sí, Londres, ya sabes: pastel de riñones, tazas de té, mala comida, peor clima y la jodida Mary Poppins de los cojones: Londres”, decía Dennis Farina. Baste con decir que Snatch marca el adiós de su primera edad y a los días de reggae, bruma y pub sucio. De niño haciendo lo que le apetece sin tener ni idea de cómo funciona la industria. Cupido les aplasta y parece divertido.

Días de amor y odio

Guy Ritchie conoció a Madonna por Trudie Styler. Sting, marido de esta y célebre músico británico, interpretaba a un personaje en Lock & Stock. Ella ejercía de productora ejecutiva de la película y ambos estaban en contacto con las más altas esferas del mundo de la cultura.

En una fiesta se la presentaron y ésta se ofreció a distribuir en el mercado norteamericano la banda sonora de Lock & Stock. Quedaron, se conocieron, se gustaron y se casaron. Bienvenidos a la segunda edad: tumultuosa época en la que el realizador británico sería carnaza diaria en la prensa rosa. Tampoco es que se escondiese: en aquella fase de sobreexposición, Ritchie controlaba más bien poco su carácter bravucón.

Guy Ritchie

Aunque ahora luzca una elegante barba, debajo de ella se esconde una cicatriz de navaja de alguien que no dudaba en partirse la cara por cualquier cosa que considerase. Así que no es de extrañar que la prensa carroñera se lo pasase en grande cuando él y el ex de Madonna, Andy Bird, terminaron tirándose sillas en el lujoso Met Bar. Ni cuando dejó KO a Nick Moran, el Eddy de su primer film, por un comentario de más sobre su carácter. Ni cuando se lio a hostias con unos fans de Madonna que la esperaban en su casa de Londres.

Tampoco en sus constantes salidas de tono machistas. En entrevistas de aquel entonces era fácil leer que no iba a dejar a su mujer conducir porque ella estaba acostumbrada a hacerlo por la derecha. Que ella era la que hacía las compras en casa porque ella sabe qué mola comer. Que ella tenía demasiado gusto por la moda y él no iba a dejar que lo vistiera ‘like a poof’…

Guy Ritchie y Madonna

La pareja del momento

Por aquel entonces rodó Barridos por la marea (2002), un absoluto desastre en todos los sentidos que hizo pensar a muchos si Ritchie había tenido talento alguna vez. Aunque a menudo ha sido tratada como objeto de lucimiento de Madonna, lo cierto es que si así fuese ella no saldría para nada bien parada.

Se trata de un remake de un film de Lina Wertmüller llamado Insólita aventura de verano (1974) y narra la historia de “amor” entre un marinero pobre y una mujer rica. Él es impulsivo, malhablado, bravucón y está cachas. Ella es consentida, cruel, maniática y guapa. Cuando ambos se quedan solos en una isla… él sabe pescar, hacer fuego y no morir de hambre. Ella no sabe nada. Así que a cambio de darle comida, él decide someter, pegar y humillar a la mujer para “enseñarle modales”, obligándola a lavarle la ropa y a besarle la mano a cambio de un trozo de pescado. Con el tiempo, ella se enamora y cualquier parecido con la realidad y la biografía de Ritchie es pura coincidencia.

Al descalabro de Barridos por la marea le siguió Revolver (2005), un film que él mismo califica de ‘conceptual’ y que, de nuevo, resulta una curiosa prueba de lo confuso que Ritchie estaba en aquel momento. Entre titulares de escándalo y bromas por el resultado de su anterior película, decidió que tenía que revalidar su fama con un film más pausado, visual y lleno de reflexiones.

Sin ser una calamidad, Revolver convierte algunos de los rasgos estilísticos del director, en mero andamiaje sin nada que sustentar. La frases ocurrentes se sustituyen por citas de Julio César y Maquiavelo. Los montajes rapidísimos y en detalle de esencia explicativa pasan a ser encuadres complicados y movimientos difusos. Las narrativas circulares que se enredaban como una madeja hasta terminar en el punto de salida son ahora normas de ajedrez y saltos temporales sin objetivo claro.

Y lo peor de todo: la inherente capacidad de entretenimiento de su impetuosa narrativa se sustituye por un tedio lleno de verborrea. Un hastiado mecanismo de narración que se apoya en personajes sin garra ya fuere por la falta de equilibrio entre el hierático Jason Statham, que había estado estupendo en sus dos primeros films, o el exceso de Ray Liotta.

Después de ocho años de matrimonio, dos hijos y algun escándalo, Ritchie y Madonna se divorcian. Es 2008 y el realizador británico, para escapar del ruido, decide volver a sus esencias. A lo cómodo, que suele ser antónimo de lo estimulante. Así llega a nuestras pantallas RocknRolla (2008), la tercera entrega por simbiosis temática de la trilogía londinense.

RocknRolla no goza del encanto y  la inteligencia de Lock & Stock ni de Snatch, cerdos y diamantes aún pese a estar hecha con el mismo molde. O más bien, realizada en base a todo lo que se alabó de aquellas, exagerándolo hasta la extenuación. Manohla Dargis lo expresaba bien en el The New York Times: “un puño en la boca o una bala en la cabeza son sólo florituras estilísticas”, describía. “Para agitar los clichés del género, hay que creer en ellos antes, y a juzgar por su visión del crimen, el Sr. Ritchie parece haber gravitado sobre el mundo subterráneo […] de la historia del crimen británico real e imaginario”.

Un año después, Tom Chiarella describiría la segunda edad de Ritchie de forma genial en una entrevista realizada para Esquire antes del estreno de Sherlock Holmes (2009). “Para entender a Ritchie hay que saber que habla demasiado. Rara vez habla de sí mismo, de sus películas o de su exmujer. No quiere decirte lo que ya sabes o lo que acabas de leer. Rompe, prolonga y divaga a través de sus ideas”, describía. Hablar con él era “algo así como: ‘la arquitectura está en pie de guerra contra el racionalismo dolor cerveza relativismo mermelada’”.

A esta misma se refería el propio realizador para describir sus films. “La mermelada del Richoux, por ejemplo, eso es una mermelada accesible. Mi naturaleza es… me gusta la mierda accesible. Las dos primeras películas que hice son accesibles. Las dos siguientes no lo son. Está Swept Away (Barridos por la marea), que, bueno, todo el mundo malinterpreta debido a Madonna. Y la siguiente es simplemente conceptual. Es mermelada esotérica pura”.

Sea lo que sea eso, superada Revolver, RocknRolla podría entenderse como una prueba de fuego tras firmar con Warner Bros. para saltar al gran presupuesto y arrancar una nueva etapa como realizador. También es el inicio de una nueva vida alejada de los focos y escándalos, de amantes ajenos al mundo que les rodea. Una tercera edad.

Días de industria y normas

“Me gusta la vida callejera, pero también me gustan las historias grandiosas, así que poder moverme entre esos dos mundos me atrajo muchísimo”, decía Ritchie sobre el tono con el que enfocó su adaptación de Sherlock Holmes. Entre ambos mundos empezó a moverse en 2009 tras el éxito de taquilla que supuso la revisión del héroe victoriano por excelencia. Un camino que abriría la puerta a una idea: dedicarse a la revisión de mitos británicos… con presupuesto norteamericano. Algo que parece haber convencido a la Warner de tener entre manos a un realizador carismático perfectamente domesticado.

Desde entonces, los escándalos en torno a su vida privada se han ido apagando. Practica deporte, es absolutamente fan del jiu jitsu brasileño, lee, va al cine y hace películas. Ni siquiera hubo demasiados escándalos en el The Punch Bowl, un pub inglés que adquirió en 2008, quién sabe si por volver a estar en contacto con su yo anterior, hasta venderlo en 2013 por motivos económicos.

Director y protagonistas de Sherlock Holmes señalando el futuro del primero

Ahora dice vivir y trabajar en base a tres preceptos, uno de la cuales no ha revelado jamás. El primero, como le confesaba a Chiarella en 2009, consiste en “sentirte cómodo al sentirte incómodo”, decía. “Es algo que me enseñó el karate, el miedo al malestar es peor que el malestar en sí mismo”, una reflexión que el periodista apuntaba en otra dirección. ¿Y si sustituyésemos malestar por ‘dolor’?

Y el segundo: “Está bien tener creencias, pero no hay que creer demasiado en ellas”, afirmaba. Una declaración que si bien podría entenderse como la célebre frase de los principios de Groucho Marx, también tiene una lectura respecto a cómo ha enfocado su trabajo en sus últimos films. Sin dejar de creer en sí mismo y perpetuar rasgos estilísticos ya perennes, estos no tienen por qué estar por encima de su narrativa, se pueden buscar nuevos referentes y dejarse aconsejar. Ya lo decía Robert Bresson si le preguntaban cómo convivía con el cine: “Rodar es forjarse leyes de hierro, aunque no sea más que para obedecerlas o desobedecerlas con dificultad”.

Sherlock Holmes (2009) fue la prueba de fuego y salió más o menos bien parado. Una versión del detective hipertrofiada, con espíritu de blockbuster gañán que sabe a lo que va: ofrecer un entretenimiento inteligente. Cierto que por momentos Robert Downey Jr excede los límites de lo creíble o que la espectacularidad de ciertas imágenes no obedecen a un propósito narrativo como antaño. Pero su acción resulta enérgica y su ritmo, una constante ascendente sin perder la esencia circular, amén de una mirada ciertamente divertida al homoerotismo latente en la pareja formada por el detective y su colega el Dr. Watson, aka Jude Law.

Por su parte Sherlock Holmes: Juego de sombras (2011) ampliaba el espectro de la primera en aquello que funcionaba, esencia buddy movie con elegante toque victoriano. Sin embargo, su total independencia de las fuentes le lleva por derroteros que traicionaban, en parte, el espíritu con el que había arrancado la saga, volviéndose innecesariamente oscura. Y también ofreciendo una repetición de los mecanismos de acción y visuales que habían resultado refrescantes dos años antes y que, de repente, habían envejecido demasiado.

Operación U.N.C.L.E (2015) resulta curiosa analizada con perspectiva, pues parece que en su nueva etapa Ritchie también ha querido saldar deudas con el pasado. Su amigo Matthew Vaughn le pudo producir su primera película gracias a unos ahorros y contactos que había heredado de su padre, Robert Vaughn, actor neoyorquino famoso por haber interpretado a Napoleón Solo en la serie The Man from U.N.C.L.E. (1964-1968). El destino hizo que Ritchie terminase dirigiendo una adaptación elegante y disciplinada de la serie del padre de su colega, que falleció un año después del estreno de la película.

El resultado es una película pretendidamente kitsch que, más allá de su significado simbólico, adolece de ensimismarse en su estética para olvidar la lógica narrativa y la nula química de sus dos protagonistas (Henry Cavill y Armie Hammer), desperdiciando, de paso, a una estupenda Alicia Vikander. La solución: volver a analizar los mitos fundacionales británicos y reformularlos como haría con sus colegas en un pub.

Así llega ahora Rey Arturo: la leyenda de Excalibur (2017), un pastiche casi incomprensible de estilos visuales, montaje extenuante y arritmia que, sin embargo, añade un nuevo hallazgo a su filmografía. El Guy Ritchie que ya no se pega en los bares ahora cuenta historias de gente que sí lo hace, experimentando con nuevos lenguajes cinematográficos.

Si en Sherlock Holmes conseguía hacer del reciclaje de imágenes un mecanismo de anticipación narrativa de lo más efectivo, en Rey Arturo: la leyenda de Excalibur la acción es una reformulación del lenguaje del videojuego. Tanto es así que su exceso de CGI dota de un sentido de épica del espectáculo ciertamente inédito en su cine… y no falto de encanto.

Sobre el cadáver de los amantes del pasado, Guy Ritchie se ha entregado a su iglesia -el cine-, sin dejar su parroquia, -el pub-. Y mientras tenga a un gran estudio detrás, su tercera edad seguirá ofreciendo blockbusters con pequeños pero no desdeñables hallazgos. Al menos hasta que veamos el resultado del live action que prepara de Aladdin con Will Smith como genio de la lámpara. Quién sabe que puede surgir de ahí si alguien le frota la espalda al director británico.

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Un comentario

  1. quitus_bcn dice:

    NO.ENTIENDO.A.LA.GENTE.LA.VERDAD.
    En serio, que la peli de Arturo se merece un visionado (dos o tres). No es, de lejos, peor que “The Force Awakens”, aunque pueda compartir ciertos aspectos de frustración (hay un momento que el relato parece no saber si esta hablando de Arturo o de Robin Hood). Pero en general, es casi una adaptación de lo Dark Souls. Esa narrativa toda loca, quizás sea una interesante aproximación al lore loquer de los juegos de FromSoftware. No tanto por lo que cuentan, si no por como lo cuentan.

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