‘Lucifer es mi señor’: 6 películas satánicas para el siglo XXI

Ritos blasfemos, túnicas negras, vistosos signos cabalísticos y demonios cornudos son algunos de los rasgos más representativos del cine de horror satánico, un género con gran popularidad en los setenta. Pero hoy se siguen rodando películas sobre el Maligno, y tenemos algunos ejemplos: seis filmes que caminan por el Sendero de la Mano Izquierda con la cabeza bien alta.


Es un hecho sobradamente conocido que, pese a que el Diablo ha sido una presencia más o menos constante desde los mismos orígenes del cine, cuando su satánica majestad decidió pasear las pezuñas con mayor impunidad por los platós de Hollywood lo hizo enfundado en pantalones de campana y camisa paisley. La influencia de cintas como La semilla del diablo (1968), El exorcista (1973) o La Profecía (1976) en la cultura popular es tal que aún hoy es prácticamente imposible encontrar un libro o un artículo sobre el tema que no rinda tributo a la década prodigiosa, olvidándose muchas veces de producciones posteriores.




Este artículo es nuestro intento, no necesariamente humilde, de dar la vuelta a esta situación. Hemos querido reivindicar seis títulos recientes que nos parecen tan buenos o mejores como los clásicos más reconocidos del género. Por eso mismo, en esta lista no encontrarás remakes, secuelas ni películas clónicas de exorcismos.

The House of the Devil (2009)

En los años ochenta, una ola de pánico recorrió los Estados Unidos. Al parecer, un número sorprendentemente alto de ciudadanos satanistas de mediana edad dieron con el curioso pasatiempo de secuestrar niños y adolescentes para someterlos a “abusos satánicos”, un término en el que cabe de todo, desde el sacrificio ritual hasta la violación pura y dura. Poco importa que el origen del pánico estuviera más bien en la prensa sensacionalista que en los manejos de auténticas sectas malignas, pero lo cierto es que no pocos estadounidenses acabaron sentados delante de un juez precisamente por ese motivo. Ti West rinde homenaje a aquellos tiempos entrañables en esta película “basada en auténticos hechos inexplicables”.

Si hay algo necesario para que haya abusos, satánicos o de cualquier otro tipo, es que existan víctimas. Y eso es precisamente lo que es Samantha, la protagonista de The House of the Devil. Lo sabemos por su carácter apocado, por su imagen que recuerda poderosamente a la de la heroína de Suspiria (1977); lo sabemos por sus problemas económicos, por la relación de dependencia que tiene con su amiga más descarada (y rica, todo hay que decirlo) y lo sabemos, sobre todo, cuando la vemos recorrer ese campus desierto, frío pero soleado, en una serie de planos que nunca le pertenecen durante la modélica secuencia de créditos. Resulta muy difícil imaginar a Samantha diciendo que no a nada, por eso acepta un trabajo de babysitter que huele a azufre y chamusquina desde el primer momento.

Lo que sigue a partir de ahí es un ejercicio inmaculado de construcción de un ambiente tenso a base de elementos minimalistas. Nada de caretos monstruosos espiando a la protagonista desde las esquinas de la habitación, nada de diálogos inquietantes (de hecho, nada de diálogos durante lo que parece más de media hora), tan solo el ir y venir de la joven por una casa ostentosamente vacía y penumbrosa. Toda la película está rodada en una gama de colores apagados, que se transforma en explosión de rojo arterial cuando, finalmente, toda esa tensión se libera en una conclusión de violencia tan repentina como irrevocable.

The Shrine (2010)

En la primera secuencia de The Shrine asistimos a un sacrificio humano. El abominable ritual tiene lugar en un recinto subterráneo, y los oficiantes, que visten como una banda de doom metal, capuchas y brazales de cuero tachonado incluidos, hablan en un idioma que nos es desconocido. Basándonos en todos estos indicios, los espectadores concluimos que son los malos de la función. Mediante este sencillo arte de birlibirloque audiovisual, Jon Knautz, director y co-guionista, consigue situarnos en la misma posición de incomprensión cultural en la que se van a pasar los protagonistas la mayor parte del metraje.

Dos intrépidas reporteras y un fotógrafo deciden por su cuenta y riesgo viajar a una remota aldea centroeuropea para investigar una serie de desapariciones. Desconocen por completo la cultura local y no tienen ni idea del idioma, pero eso nunca detuvo a un periodista norteamericano en busca de la historia de su vida, ¿verdad? El problema es que nada es lo que parece y que, como ya dejó dicho Platón, no hay peor mal que la ignorancia. Así, todas las buenas intenciones y el sentido común de urbanitas enfrentados a las costumbres atávicas de los pueblerinos no consiguen otra cosa que convertir una situación mala en otra peor, y a nosotros nos permite reflexionar sobre la diferencia entre el Mal en sentido metafísico, decididamente infrecuente en nuestra experiencia cotidiana, y ese otro provocado por las tendencias entrometidas de las personas, que será más banal, pero es el que convierte nuestra existencia en un infierno.

The Shrine es una película que triunfa sobre sus propias limitaciones presupuestarias gracias a un sentido del ritmo endiablado (risas), y a un guión astuto (algunos dirían que tramposo) como pocos. Seguramente nunca acabará formando parte de una de esas listas del mejor cine de nuestro tiempo, pero tiene la virtud de recordarnos a los aficionados al terror qué era aquello tan divertido que buscábamos en nuestro género favorito.

The Lords of Salem (2012)

El satanismo consiste en un noventa por cien de blasfemia, de un apropiarse de los símbolos, los misterios y los ritos de la religión oficial para hacer burla de ellos. Es por eso que la Iglesia Católica reaccionó con tal virulencia (nada menos que amenazando de excomunión a los espectadores) al estreno de La semilla del diablo; aquella grotesca e irrespetuosa versión de la Inmaculada Concepción y todo lo referente a la gestación de Cristo no podía quedar sin castigo. Afortunadamente los tiempos adelantan, (o los pastores de almas ya nos dan por perdidos), y a lo máximo que se ha tenido que enfrentar Rob Zombie tras intentar repetir la jugada con The Lords of Salem es a la incomprensión del público y a las invectivas de sus numerosos haters.

Tampoco es que Heidi La Rock, el personaje interpretado por Sheri Moon Zombie, tenga mucho que ver con la abnegada esposa a la que daba vida Mia Farrow en la cinta del 68; toxicómana rehabilitada y disc jockey radiofónica, todo en su vida remite a un universo de glamour setentero y decadente que la hace una candidata improbable al papel de la Virgen María. Sin embargo, el dictado de las antiguas profecías no es negociable y Heidi ve sellado su destino tras recibir su propio Necronomicón en forma de caja de vinilos de música industrial con un logo sospechosamente parecido al de Einstürzende Neubauten en la carátula. El reino de Satán en este mundo es, por cierto y a pesar del título, un matriarcado y aquí todo se lo guisan y se lo comen las mujeres, empezando por las brujas ejecutadas por los puritanos en el siglo XVII y acabando por esas encantadoras vecinas de edad medianamente avanzada. Los pocos hombres que se pasean por la vida de Heidi lo hacen sin enterarse de nada, en el mejor de los casos, o, peor aún, fracasan estrepitosamente en su intento de hacerse los Van Helsings.

The Lords of Salem es una película de esas que obligan a los críticos seniles a salir del cine gritando “estética de videoclip” por sus largas secuencias oníricas y psicodélicas que son, en realidad, auténticos compendios de imaginería blasfema y, por tanto, satánica. El motivo por el que figura en esta lista es este y no otro: de todas las películas que hemos tenido la osadía de calificar de satánicas, ninguna toma partido por el Diablo con tanta decisión como ésta.

Starry Eyes (2014)

En la lista Satanic, Illuminati & Occult Films, una de las muchas consagradas a a materia en IMDb, encontramos, a lado de títulos obvios como El corazón del ángel (1987) o El Código Da Vinci (2006), otros tan improbables como Los duelistas (1977) o Transformers (2007). No se trata de una broma, más bien parece que el usuario es una de esas personas convencidas de que la filosofía satánica lo impregna todo hoy en día, sobre todo la industria del entretenimiento. El negocio del cine es, en sí mismo, satánico, pero, además, resulta que está dirigido por una élite de iniciados que lo utilizan para difundir su filosofía entre las masas ignorantes, y para eso lo mismo les vale un blockbuster de Michael Bay que el penúltimo delirio de grandeza de Nolan. Esta idea de Hollywood como metrópolis satánica y trituradora de almas asoma su cabeza astada en Starry Eyes, obra del tándem creativo formado por Kevin Kolsch y Dennis Widmyer (véase también su notable Absence -2009- y su aportación a la antología Holidays -2016-).

Sarah Walker, una aspirante a actriz, malgasta su vida sirviendo mesas en un restaurante familiar cuando decide acudir a un casting convocado por Astraeus, una productora cinematográfica cuyo logo es nada menos que la mitad superior del hexagrama thelémico. Ni que decir tiene que la fama tiene un precio, y que en este caso ese precio no es sudor, sino lo que en otros tiempos llamaríamos “el alma”. Sarah podrá convertirse en una estrella, pero para ello tendrá que sacrificar su ego y renacer bajo una forma nueva como la Serpiente que muda su piel.

La historia de la venta del alma, en su versión más clásica, coloca al protagonista ante el dilema de si renunciar a su integridad original a cambio de los siempre engañosos dones del Diablo o continuar felizmente con su vida. En las condiciones económicas imperantes en el capitalismo tardío, nos tememos, tal dilema carece de sentido; en realidad Sarah puede elegir entre vender su alma a lo grande y pasear por la alfombra roja o soportar las mezquinas humillaciones de su jefe a cambio de cuatro duros. No se puede decir que sea una elección muy complicada.

The Devil´s Candy (2015)

Si existe una subcultura obsesionada con lo satánico, ésta es, sin duda, la del heavy metal. Camisetas negras, cruces invertidas e invocaciones guturales son el pan nuestro de cada día (nunca peor dicho) para los adictos al black metal, el death metal y otras formas de metalurgia musical extrema. Tanto es así que, en palabras del experto en la materia Salva Rubio, el metal extremo se ha convertido “hoy en día, en prácticamente el único estilo musical y por ende, lírico, en continuar de forma coherente una tradición tan elevada y milenaria, con cientos de años de manifestaciones culturales que respaldan la validez de este satanismo cultural” (revista Agente Provocador, nº3).

La palabra clave del párrafo anterior es “cultural”, o sea, que por mucho de que a uno le guste la estética metalera eso no quiere decir que esté esperando a que el Maligno se presente en la puerta de su casa para invitarlo a un café y sacrificarle a sus hijos, que es poco más o menos lo que se espera de Jesse Hellman, el pintor y padre de familia protagonista de The Devil’s Candy. Al fin y a al cabo, a estas alturas ya sabemos que los auténticos emisarios del Diablo no tienen por qué tener aspecto de rebeldes con greñas grasientas y camiseta de Sunn O))). También pueden ser cuarentones con chándal naranja y evidentes problemas mentales o marchantes de arte impecablemente trajeados que hacen ofertas que no puedes rechazar.

Los que hayan visto la excelente The Loved Ones (2009), ya sabrán cómo se las gasta Sean Byrne, director, guionista y oriundo de Tasmania que, en esta ocasión, explora las relaciones entre la esquizofrenia, la inspiración artística y la posesión diabólica.

The VVitch (2015)

Los antropólogos sociales encuentran útil distinguir dos posibles enfoques a la hora de describir las costumbres e instituciones de los pueblos que estudian. Por un lado estaría la perspectiva etic, que daría cuenta del fenómeno en términos que tienen sentido para el científico social, pero no necesariamente para el agente; por otro, la perspectiva emic, cuyo objetivo sería aproximarse todo lo humanamente posible a la manera en que los actores sociales viven y entienden esa costumbre. Si a una película como The Shrine le quitásemos el punto de vista de los periodistas (bueno, y las maneras de serie B, y el olorcillo a barraca de feria), es decir, si le quitásemos el elemento etic de la ecuación, nos quedaría una película en la que los espectadores tendrían que enfrentarse sin mediación a la visión del mundo propia de una comunidad rural y “atrasada”. Si, además, hacemos que la acción suceda en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, nos quedaría algo parecido a The VVitch.

Rodada en su práctica totalidad a la luz de las velas y con una enfermiza atención al detalle (los diálogos, por ejemplo, que reproducen el habla de la época, están tomados en muchas ocasiones de actas judiciales y otros documentos), pocas películas de horror recientes invitan a tantas interpretaciones como el debut en largo de Robert Eggers. Estudio antropológico o alegato feminista, pero también alegoría psicoanalítica y mil cosas más. Todas estas son interpretaciones que parten de la imposición de nuestro punto de vista, de ahí los problemas que encuentran para lidiar con una escena final que sólo tiene sentido si se contempla con los ojos de los personajes.

Se impone, entonces, una lectura en clave religiosa. Al fin y al cabo la religión, en la forma de intransigente cristianismo puritano, fue el verdadero motivo, en palabras del padre, de que tantos abandonasen sus hogares en Inglaterra y cruzasen el océano con la esperanza de vivir de acuerdo con la pureza de los Evangelios en un nuevo continente. Una naturaleza libre de la corrupción del hombre civilizado y que se les debía antojar algo así como un Paraíso que no había sido dejado aún por la mano de Dios, pero la naturaleza tenía otros planes, y por así decirlo, otros dioses. Al fin y al cabo el cristianismo fue, en sus orígenes, la misma religión que festejó la muerte de Pan, y con él la de la naturaleza tal y como la vivieran los antiguos paganos. No es de extrañar que el dios cornudo los esperase en el Nuevo Mundo con ansias de venganza o, más bien, de liberación. Porque, a ver, quién escogería una vida de penurias cuando se le ofrece la posibilidad de vivir deliciosamente.

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