‘Mystery Men’ – Cuando reírse de los superhéroes no estaba de moda

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El estreno de la esperada Deadpool 2 se acerca, y con él una nueva oportunidad del género superheroico para reírse de sí mismo. Dada la saturación de películas de este tipo en la que nos vemos envueltos, sus parodias son una consecuencia tan lógica como, hoy día, carente de excepcionalidad. Es una situación radicalmente distinta a la de 1999, cuando Mystery Men, un ambicioso film protagonizado por Ben Stiller, fue estrenado en las salas… y se la pegó.

El cine de superhéroes constituye en el momento actual una pieza clave de la maquinaria hollywoodiense, es una verdad innegable. Aclimatándose a esta verdad, y al seguimiento de un público que no necesariamente ha de haber leído cómics -principal fuente de personajes e historias- para seguirlos, gran parte de los blockbusters en los que los estudios depositan sus mayores expectativas de negocio se inscriben en un género que hasta hace poco tiempo incluso era aventurado considerar como tal, pero que rápidamente ha desarrollado una alegre disposición a encerrarse en sí mismo. Incluso en los más tempranos compases de su historia.




En la mayor parte de los casos, dicha voluntad obedecía a la mofa indiscriminada de unas características tan reconocibles y visuales -como sucede en el caso del western, a partir de cuyo éxito y relevancia el género que nos ocupa ha sido ocasionalmente comparado-, que no había que ser demasiado rebuscado para conseguir una parodia efectiva. Y, en este sentido, resulta cuanto menos curioso que el cine haya preferido en la mayoría de ocasiones limitarse a los cómics de partida para apuntalar estas deconstrucciones, siendo bastante escasos los ejemplos de guiones originales.

'Deadpool'

Películas como Superhero Movie (2008), Super (2010) -cuyo director y guionista, James Gunn, acabó cayendo en las redes de Marvel- y Los Increíbles (2004) son recordadas, pero su relevancia palidece ante éxitos más inmediatos como Kick-Ass (2010), la primera Deadpool (2016), o la reciente apuesta de DC por demostrar que no todo en ella son ceños fruncidos: LegoBatman, la Película. Parece, pues, que el género se gusta tanto a sí mismo que puede permitirse dirigir de vez en cuando la mirada al propio ombligo… mientras haya material en torno al cual tejer Universos Cinematográficos y el público acompañe, claro. Mystery Men, película dirigida por Kinka Usher en 1999, se desmarcaba de todas estas características. Más o menos.

La zanahoria llameante

El guión desarrollado por Bob Burden y Neil Cuhbert -quien, como atestigua su firma en el libreto de Pluto Nash (2002), tras Mystery Men no hizo otra cosa que encadenar éxitos- no era enteramente original, ni tenía una burbuja superheroica como la que vivimos ahora de la cual partir. Al contrario, parte de los personajes y los detalles del argumento provenían de las viñetas: en concreto, de las que nos relataban las aventuras de The Flaming Carrot, personaje creado por el propio Burden en 1979.

Este valiente justiciero, ataviado con una zanahoria gigantesca cual máscara -coronada por una llama que nunca se extinguía-, un cinturón repleto de objetos eminentemente inútiles, y unas sempiternas aletas de hombre-rana en los pies -por si las moscas- decidió emprender su personal lucha contra el crimen a base de leer tantos cómics que su cerebro acabara resecándose, y a lo largo de su andadura llegó a ganar tres premios Eisner. Eventualmente, lideraría el grupo de los Mystery Men -unos superhéroes aún más ridículos que él- e incluso formaría alianza con Rafael de las Tortugas Ninja, dentro de un glorioso crossover auspiciado por Mirage Studios en febrero de 1994.

Imagen de The Flaming Carrot

Por supuesto, el llevar a la gran pantalla a un personaje tan bizarro como Flaming Carrot no estaba entre las prioridades de Dark Horse -editorial independiente que a principios de los noventa empezó a producir películas basadas en sus personajes-, pero no ocurría lo mismo con sus acompañantes. El estudio ya había conseguido estrenar La Máscara, Timecop (1994) y la indescriptible Barb Wire (1996), protagonizada por Pamela Anderson, y a finales de la década se veía con fuerzas para lanzarse a la producción de un film de superhéroes que se burlara abiertamente de ellos.

Empeño sorprendente, dado que estos personajes estaban lejos de poseer el papel preponderante en la industria del que disfrutan hoy. Antes de 1998, los únicos espantajomanes que realmente habían trascendido eran Superman y Batman y, si bien ese mismo año el exitosísimo estreno de Blade le mostró al mundo que Marvel estaba empezando a coger fuerzas -tras una lista de tentativas realmente catastrófica, desde Howard: Un nuevo héroe (1986) hasta la primera versión de Los cuatro fantásticos (1994)-, fue la alargada sombra del Caballero Oscuro, y el modo en que el cine había tratado a ésta, lo que acabó dando luz verde a Dark Horse. En concreto, la visión de Joel Schumacher, diseminada a todo color entre Batman Forever (1998) y Batman & Robin (1997). Lo de los pezones y tal.

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Los superhéroes menos rentables del mundo

Ignorando hecho notorio de que cualquier película de superhéroes no protagonizada por Batman y estrenada en esa década iba a fracasar por fuerza –Rockeeter (1991), La Sombra (1994), El Hombre Enmascarado (1996), Spawn (1997) la lista es deliciosa-, Dark Horse tomó la decisión de eliminar el personaje de Flaming Carrot e involucrarse en una producción cuyo presupuesto acabaría ascendiendo a unos 68 millones de dólares. Al final de la redacción del libreto, sólo quedaban el Zapador, Mr. Furioso y el Dr. Heller como personajes de los cómics originales, pero permanecían intactas las ganas de divertirse.

Gran parte del dinero invertido en la película iría a parar al sueldo de los actores, cuya labor, a la postre, sería el aspecto de Mystery Men más alabado por los críticos. Encabezando el reparto como Mr. Furioso se hallaba Ben Stiller, seguido de cerca por William H. Macy en el papel del Zapador, y Hank Azaria como el Rajá Azul. Greg Kinnear y Geoffrey Rush encarnarían al arrogante Capitán Asombroso y al malvado Casanova Frankenstein, respectivamente, mientras que dentro del efectivísimo plantel de secundarios hallábamos a Janeane Garofalo como la Lanzadora, a Paul Reubens como el Flato, y a un Tom Waits que pasaba bastante del tema haciendo del Dr. Heller, entre otros.

El director escogido fue un debutante Kinka Usher, realizador hasta entonces de anuncios para televisión -por los cuales había ganado varios premios- pero no del todo ajeno a los superhéroes ruinosos. Y es que uno de sus primeros trabajos fue hacer de ayudante de dirección para el mítico Roger Corman, responsable de esa versión de Los Cuatro Fantásticos que sólo fue realizada -y nunca estrenada- para que Constantin Film conservara los derechos.

Por otro lado, Dark Horse echó el resto en lo referente al diseño de producción, creando una Champion City tan barroca y excesiva que era difícil distinguir si pretendía parodiar a Schumacher o sólo homenajearlo. A la hora de promocionar la película, asimismo, se hizo especial hincapié en una de las canciones que sonaban en ella: All Star de Smash Mouth, archiconocido tema que luego también aparecería en Shrek (2001), entre otras películas, y del cual Internet caería enamorado sin remisión -la última prueba de este idilio se puede rastrear en los aplaudidísimos esfuerzos de Jon Sudano-. All Star sería un éxito al igual que su videoclip, donde los miembros de la banda se infiltraban en un par de escenas de la película de Kinka Usher, pero no pudo decirse lo mismo de Mystery Men.

La cinta, pese a obtener reseñas más o menos positivas, fue un fracaso en taquilla, recaudando poco más de 32 millones de dólares a lo largo del mundo: menos de la mitad de lo que había costado. Usher se retiró para siempre del cine -“Prefiero mis cortos de un minuto antes que volver a lidiar con todo este sinsentido”, llegó a declarar muy poco después de concluir el rodaje-, y la mayoría de los involucrados salieron echando pestes de la película, destacando el caso de Ben Stiller, que pasó de haber querido dirigir el proyecto -pensándoselo mejor tras contemplar el presupuesto- a no querer saber nada más de él.

La razón de todo esto, muy probablemente, se localizaba en el mismo germen de la propuesta: la debacle de Batman & Robin se hallaba demasiado próxima en el tiempo, y tal y como revelaba el éxito de Blade –y confirmaría el estreno de X-Men un año después., el público necesitaba superhéroes más pegados a la tierra, más realistas. Algo que Mystery Men tenía para dar y tomar pero, ay, con demasiados colorines.

Más allá de la chorrada (pero tampoco mucho)

Mystery Men

El film de Usher, visto hoy día, hace gala de unas carencias tan ineludibles como encantadoras e, incluso, beneficiosas en cierto modo. Y todas ellas derivadas principalmente del hecho de que, en 1999, había pocas películas de superhéroes de las que reírse, y la palabra “parodia” podía sonar prematura, o incluso caprichosa.

Sopesado el trompazo que se pegó, nos gusta más calificarla como valiente. Mystery Men carece de la ambición metacinematográfica de Deadpool o Kick-Ass, siendo una película bastante ingenua que se ríe de los detalles más básicos de la narrativa superheroica: aquélla que, a finales de siglo, aún tenía al cómic como principal referente. Es por ello que sus mejores chistes se limitan a juegos de palabras (muchísimos juegos de palabras) y a las ocurrencias más básicas procedentes de la inherente ridiculez de esta gente: Mr. Furioso trata constantemente de no enfadarse para ocultar que si se enfada no sucede absolutamente nada, el Chico Invisible sólo es capaz de hacerse invisible si nadie lo ve, el Rajá Azul no lleva nada azul en su ropa (y sus armas arrojadizas son inofensivos tenedores), el superpoder de la Esfinge (Wes Studi) se reduce a que es “terriblemente misterioso”. Y así.

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El filón de los andobas disfrazados con poderes ambiguos se mantiene omnipresente a lo largo de los 111 minutos de metraje, y acaba extendiéndose también al bando de los villanos, donde llegado el momento nos encontramos con varias bandas criminales que se lo harán pasar muy mal a Mr. Furioso y compañía. Amantes de la música disco, estereotipos italoamericanos… una de ellas también parodia a las fraternidades universitarias y, además de tener al director Michael Bay haciendo un cameo entre sus filas -con una única y certera frase: “¿Habrá birra?”- ilustra el brainstorming al que debió reducirse la escritura del guión de Mystery Men… pero nada lo hace tan bien como la escena de la fiesta en casa del Zapador, ambientada al ritmo de una versión del clásico No More Heroes interpretada por Violent Femmes.

En ésta, los tres protagonistas buscan nuevos superhéroes que los ayuden en su lucha contra el mal, organizando un casting al que se presentan los más variopintos lunáticos, a cada cual más rebuscado y ridículo. Un gag que funciona por mera acumulación y para el cual ninguno de los guionistas debió comerse mucho la cabeza, pero del que hace muy poco tiempo escuchamos un inconfundible eco en Batman, la LegoPelícula, en el momento en que el Joker doblado por Zach Galifianakis hacía un lista de los villanos que le acompañarían en el asalto a Gotham. Por supuesto, es dudoso que los responsables de este último film se hayan inspirado en Mystery Men. No lo es, en cambio, que un gag tan simple, pero efectivo, siga conservando la vigencia en 2017, cuando ya hemos tenido parodias a mansalva.

La sencillez de Mystery Men es tan irresistible que incluso consigue que funcionen las coñas referidas a la identidad secreta del Capitán Asombroso, guardián de Champion City que se esconde tras el millonario rostro de Lance Hunt, y sus gafas. Sí, incluso en 1999 las bromas sobre Superman y el proceloso campo de las identidades secretas podrían haber pasado por trilladas… si no fuera porque ninguna película las había hecho antes, y si el reciente teaser de Deadpool 2 tampoco hubiera utilizado al Hombre de Acero -y a una cabina de teléfono antediluviana- como fuente de pitorreo.

Los chistes de Mystery Men hacen reír porque van a lo esencial, golpeando no donde duele pero sí donde funciona. Muy de vez en cuando, pese a todo, pretenden meterse en movidas algo más complejas, y nos presentan ideas como ese Capitán Asombroso aterrado ante la pérdida de patrocinadores –su uniforme se complementa con logotipos de marcas famosas–, y poniendo a toda la ciudad en peligro a causa de su estupidez y egoísmo, al más puro estilo Tony Stark (Robert Downey Jr.) en Vengadores: La era de Ultrón (2015). Ideas no demasiado venenosas, como podemos ver, pero sí bastante socorridas.

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Dieciocho años después

El humor de Mystery Men se mantiene tan constante que casi se puede pasar por alto la escasa fortuna de sus gags más visuales, que o bien dejan a la luz el tremebundo cutrerío de los efectos especiales o bien rompen con el tono de la película, como en esa bochornosa escena donde el Flato -justiciero cuyo poder consiste en tirarse pedos mortales- es violado por una mofeta.

Salvando estos detalles, e incluso dejando de lado la actualidad que siguen acogiendo algunas gracietas, nos queda una comedia que, ante todo -y eso es algo de lo que no pueden alardear la mayor parte del resto de artefactos paródicos-, es autosuficiente. La historia de Mystery Men es cerrada, no depende de ningún tipo de universo, y no basa su comicidad únicamente en la experiencia que se tenga del género. De hecho, en su más pura esencia no es más que un melodrama protagonizado por perdedores, que incluso consigue ser auténticamente emotivo en ciertos tramos -nada mejor que el rostro de William H. Macy para estos menesteres-, teje una historia con gran habilidad en torno a las bondades del trabajo en equipo, y logra que nos encariñemos de todos sus protagonistas.

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La Lanzadora de Janeane Garofalo -uno de los primeros personajes femeninos jugando a esto del superheroísmo en la gran pantalla, sin la más mínima intención de enamorarse de alguien-, el despreciable Capitán Asombroso de Greg Kinnear, el Casanova Frankenstein que construye con esmero -en consonancia a lo molón del nombre- Geoffrey Rush… Si hay algún motivo para reivindicar Mystery Men en la actualidad, cumplida la mayoría de edad desde su estreno, no es porque ésta sea una buena deconstrucción del género -con tan poca historia a sus espaldas, era imposible haberlo sido-, sino porque se trata, simple y llanamente, de una buena película.

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