Ornitólogos, Nosferatu y otros 7 imprescindibles del D’A Film Festival 2017

Durante el tiempo que tarda la primavera en empezar a prefigurar el verano y a permitirnos llevar menos ropa, hemos podido ver en Barcelona unas cuantas películas que quizá nos ayuden a adivinar qué cine está por venir. Como mínimo, son una muestra representativa de lo que se está cociendo por ahí. Los cines Aribau Club, el CCCB y la Filmoteca de Catalunya acogieron, una vez más, y ya van siete, el D'A Film Festival.

Si algo ha venido caracterizando a la cita cinéfila urdida por el equipo de Carlos R. Ríos es la heterodoxia: quien esto escribe todavía recuerda lo placentero que fue toparse en la pasada edición, casi sin esperarlo, con una película tan loca y digna de las madrugadas de Sitges como la brasileña Mate-me por favor, de Anita Rocha da Silveira. Así, acompañando a algunos de los nombres clave del cine de autor contemporáneo -este año están, entre otros, Bertrand Bonello, Lav Diaz, Olivier Assayas o Rita Azevedo Gomes-, tenemos una parrilla en la que caben tanto apuestas radicales como las tres viscerales horas de Ceux qui font les révolutions à moitié n’ont fait que se creuser un tombeau (sí, el título es así de largo) como la acción festiva de Free fire, lo último del inglés Ben Wheatley, o dos deliciosas comedias francesas de raigambre clásica como Victoria de Justine Triet y La prunelle de mes yeux de Axelle Ropert. Además, a través de la sección Un impulso colectivo, podemos ver un amplio espectro de lo que, a lo largo de los últimos años, ha empezado a llamarse el “otro” o el “nuevo” cine español.

La retrospectiva de esta edición ha estado dedicada al mexicano Amat Escalante, cuyas películas, tan rigurosas en lo formal como tensas e incómodas por lo que cuentan y lo que ocultan, supuran el malestar de la violencia de diversos tipos que anida en su país. De mi experiencia en el festival, con el riesgo, la sorpresa y los reencuentros (con amigos, con cineastas a los que sigo) como brújula, he seleccionado un puñado de películas, algunas de las que me han apremiado más a escribir sobre ellas o a pensarlas en los días sucesivos.

1. O ornitólogo (Joao Pedro Rodrigues, 2016)

O ornitólogo

Exuberante, tanto por la generosidad con la que filma la naturaleza como por el desparpajo que rezuma su propuesta, la nueva película de Joao Pedro Rodrigues es puro deleite para aquellos que resuelvan dejarse llevar. Es una película de aventuras, una suerte de reverso luminoso y sensual de filmes como Deliverance o aquellos thrillers australianos de los setentaen los que la naturaleza tendía a condenar al ser humano por sus pecados. Infectada por un humor tan absurdo como alegre, que no excluye algún momento puntual de tensión, O ornitólogo se inspira muy libremente en la figura de San Antonio de Padua, patrón de Lisboa (casualmente, también es mi onomástica, el 13 de junio) para narrar el tránsito hacia una nueva identidad de un joven, el ornitólogo del título, aislado y desorientado en el paraje forestal portugués de Tras-os-Montes tras un pequeño accidente con su piragua.

Tampoco ocultaré que, en mi simpatía hacia el filme de Rodrigues intervienen un par de factores harto subjetivos: uno es que tanto el escenario como el delirante viaje de su protagonista me remiten bastante a uno de mis libros favoritos nunca adaptados al cine, La narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe, en especial a su alucinado tramo final; el otro factor es que esa estructura de un personaje solo en un lugar desconocido superando extrañas situaciones se me antoja muy de aventura gráfica añeja. Claro está que te puede gustar la novela de Poe o ser un fan irredento de Lucasarts y Sierra On-Line y aun así no ver la conexión o incluso aborrecer la película, pero bueno, en todo caso eso ya no tendrá que ver conmigo.

2. Hermia & Helena (Matias Piñeiro, 2016)

Hermia & Helena

En la última película de Matias Piñeiro, un trayecto en furgoneta se convertirá en algo así como el río de anhelos desde el cual la narración irá disparándose hacia el futuro para luego regresar y volver a partir, de Buenos Aires a Nueva York, trazando así un diagrama que es también un poema sobre el tiempo y la volubilidad de los sentimientos. El argentino es ya un imprescindible del D’A: aquí le descubrimos en 2013 con Viola, y en 2016 regresó con La princesa de Francia. Me atrevo a aventurar que Hermia & Helena podría ser su mejor filme hasta la fecha, o el más aparentemente redondo. Parte importante del gozo que producen sus películas proviene del dispositivo, del hecho de ver cómo se desarrollan sus intrincadas tramas, en las que el teatro y la vida se contagian mutuamente mientras una serie de personas buscan a otras personas. Pero esta vez, no sé si es o no algo buscado, los encuentros de Camila (Agustina Muñoz) con varios amantes neoyorquinos y finalmente con su padre nos dejan un poso más profundo, como un sentimiento de impotencia o quizá de aceptación ante las arbitrariedades de la vida, representadas por ese cielo oscuro y tormentoso que los personajes observan al terminar la película.

Una escena en particular sirve a la perfección para dar cuenta de la belleza de los laberintos que dispone Piñeiro: me refiero al encuentro en el parque cubierto de nieve entre Camila y su segundo amante, un momento en el que la narración flirtea con bifurcarse al mismo tiempo en tres direcciones: hacia el hipotético futuro de la pareja, hacia su pasado en común y hacia la ficción en blanco y negro que el chico, director de cine, filmó para sobrevivir a la elipsis espaciotemporal que los mantuvo separados durante meses.

3. Kékszakàllú (Gastón Solnicki, 2016)

Kékszakàllú

Hay algo subyugante en la estrategia de montaje de esta película en la que todos los planos, encuadres fijos, tienen una duración similar. De esta manera, aunque en algunos tengan lugar breves diálogos y otros tengan una naturaleza más descriptiva, da la sensación de que todos los planos tienen el mismo valor, como viñetas que se van sucediendo de forma no demasiado lineal. El también argentino Gastón Solnicki se llevó un par de premios en el pasado Festival de Venecia con esta película de nombre impronunciable cuyo punto de partida era la ópera de Béla Bartók El castillo de Barba Azul, aunque de lo que trata es de algunas jóvenes de clase media alta de Buenos Aires y su incertidumbre respecto a lo que deberían hacer una vez terminada la educación obligatoria. Estudiar o trabajar. Esas cosas. Es también una película sobre cuerpos y su incomodidad con los espacios -familiares, públicos, laborales- que aspiran a habitar. Mucho menos hermética de lo que parece en un primer momento si uno le presta la debida atención, Kékszakàllú termina revelándose como una propuesta altamente sugerente.

4. Vivir y otras ficciones (Jo Sol, 2016)

Vivir y otras ficciones

Hace algunos meses, la televisión pública catalana estrenaba el documental Jo també vull sexe, dirigido por Montse Armengou y Ricard Belis, que abordaba un tema tan controvertido como urgente: el derecho a una sexualidad plena en las personas discapacitadas, y cómo estas viven esta problemática con el cuerpo y el deseo. Sin deseo no hay vida ni hay política posible, le espeta Antonio -que va en silla de ruedas debido a una lesión medular- a su amigo Pepe en la película de Jo Sol (seudónimo del cineasta catalán Jordi Solé), que parte de la misma inquietud que motivaba el documental de TV3 para construir el que quizá es el discurso más valiente y necesario del festival. Vivir y otras ficciones no es un documental, aunque sus dos protagonistas sean personas reales, con problemas reales. Su intención, más que ilustrar, diría que es dialogar, confrontar, abrir caminos desde y alrededor del malestar del cuerpo y las limitaciones que le impone la sociedad. Una larga y sonora ovación acompañó los créditos de esta película tan libre y transparente como netamente combativa, arrullada por la voz de El Niño de Elche, que aparece brevemente en pantalla. Pepe Rovira ya había protagonizado el documental El taxista ful, que Jo Sol estrenó en 2005, y Antonio Centeno dirigió en 2015, junto a Raúl de la Morena, Yes, we fuck, filme que comparte temática con Vivir y otras ficciones. Desde una perspectiva mucho más onírica y descocada, Crispin Glover también empoderaba sexualmente al tetrapléjico Steven C. Stewart en It is fine! Everything is fine! (2007).

5. Sipo Phantasma (Koldo Almandoz, 2016)

da-sipo

El donostiarra Koldo Almandoz se subió a un crucero para tratar de vivir, y filmar, algo parecido a la experiencia que David Foster Wallace relataba en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. El viaje terminó siendo no sólo puramente geográfico: Foster Wallace le llevó a Bram Stoker y este hacia su esposa, Florence Malcombe, que trató de hacer desaparecer de la faz de la tierra el Nosferatu de Murnau al considerar que se apropiaba indebidamente de la obra de su marido. Pero detengámonos aquí. Este vendría a ser, muy resumido, parte del itinerario de este estimulante filme que hace de la deriva su leit motiv: y este se materializa, más que en una estructura quizá demasiado ordenada y puntuada, en la diversidad de texturas y colores y en los formatos que adopta una narración que empieza como si fuera un documental observacional para ir mutando, incluyendo hasta una breve secuencia teatral animada, vampirizando también el citado Nosferatu y otros materiales de archivo. La demente anécdota que cierra el hilo argumental del cineasta alemán, de hecho, podría llegar a enlazar el filme de Almandoz con otro documental visto aquí el año pasado, El rastreador de estatuas de Jerónimo Rodríguez, cuyo director y protagonista viajaba por distintos países persiguiendo un busto de Egas Moniz, el neurocirujano portugués que, junto al suizo Walter Rudolf Hess, ganó el Premio Nobel de Medicina en 1949 “por su descubrimiento del valor terapéutico de la lobotomía en determinadas psicosis”.

6. Correspondências (Rita Azevedo Gomes, 2016)

Correspondências

Hay cierto tipo de películas que terminan por aniquilar la noción del tiempo. Puede que a uno le cueste entrar en el juego de entrada, familiarizarse con los ritmos internos del filme, con la forma escogidas para contarnos cosas. Ambas cosas me sucedieron con la nueva película de Rita Azevedo, a quien algunos descubrimos hace años al programar el Festival de Sevilla La venganza de una mujer, su anterior y poderoso largometraje. Correspondências despliega en la pantalla las cartas que se enviaron, durante dos décadas, los poetas (e íntimos amigos) portugueses Sophia de Mello y Jorge de Sena, tras la marcha de este al exilio, a Brasil, en 1959. Y lo cierto es que, en un primer momento, el collage de materiales, que no acabamos de ubicar, puede desconcertar. Pero las cartas y los versos de estas dos personas que se confiaron a la poesía para poder expresarse y a su cariño mutuo para estar menos solos en los tiempos adversos que les tocó vivir van dando forma a un paisaje, que es también el de un país que llevaba ya varias décadas bajo la dictadura de Oliveira Salazar. Y llega ese momento en el que no tienes ni idea de cuanto tiempo llevas ahí sentado, pero tampoco tienes prisa por llegar al final del trayecto de esta película eminentemente oral, gozosamente oral, en la que el mar es uno de los motivos visuales recurrentes, quizá por simbolizar la distancia que separaba a los dos poetas y que, no obstante, nunca termina de separarlos.

7. Júlia ist (Elena Martín, 2017)

Júlia ist

Cuando este artículo se publique hará unos días que habré abandonado Coimbra, ciudad en la que estuve de Erasmus hace exactamente diez años y a la que regresé este pasado fin de semana para reunirme con un puñado de viejos amigos y ver si aquella ciudad sigue siendo un poco nuestra. Pienso en mi padre, que ya no está por aquí, que antes de partir me preguntaría unas cuantas veces si tengo todo lo que necesito, si no me he olvidado de nada. Una situación análoga puede verse en Júlia ist. Pienso en ese corte, al principio de la película, que nos evita el engorro de tener que pasar por el aeropuerto y coloca a Júlia ya en Berlín, a bordo de un vagón de metro, cruzando esa ciudad a la que, como yo en Coimbra, también tardará unas semanas en acostumbrarse, en encontrar a su gente. Tampoco es que estos paralelismos sean casuales: la película que Elena Martín dirige y protagoniza es el resultado de un proceso de creación colectiva, junto a otras tres personas –Maria Castellví, Marta Cruañas y Pol Rebaque– que también habían estado de Erasmus en distintas ciudades. Hay otro corte abrupto, hacia el final, que devuelve a Júlia a su casa, a su cama, como si se hubiera teletransportado, poco después de que hayamos asistido, con ella, a una de esas fiestas en la que todo deja de tener importancia durante un rato, el que uno tarda en darse cuenta de que todo pasa, de que el tiempo no nos espera, ni cuando estamos en la cresta de la ola ni cuando nos querríamos morir.

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