¿Por qué nos dan miedo los payasos? Un terror con raíz histórica

Estamos todos de acuerdo. Nos dan pánico. Sus caras grotescamente pintarrajeadas, su ropa colorida y desproporcionada, sus pelazos del infierno, sus carcajadas que parecen salidas de la mismísima boca del infierno… los payasos son el material con el que se construyen las pesadillas infantiles y no tan infantiles. Indagamos en el origen de esos miedos.

Reconozcamos que algo falla en todo esto de la coulrofobia, el miedo irracional a los payasos. Los zombis, los vampiros, los aparecidos, los monstruos gigantes nos dan miedo porque se supone que han sido creados para ello. Hayan nacido como advertencia, como moraleja o como mero entretenimiento morboso, su propósito es para provocar inquietud, pero no sucede así con los payasos. La cultura pop ha pervertido su intención original, y por eso hay asociaciones de payasos tirándose de los pelos por culpa de It y su demencial record de recaudación.




La postura oficial, cada vez más reducida, es que los payasos son color y diversión e inocencia, y la prueba está en la gran cantidad de marcas comerciales que siguen usando payasos como mascotas. ¿Cuándo se torció entonces esta visión del payaso como algo alegre y divertido? ¿En qué momento se convirtieron en los Jinetes del Apocalipsis con zapatones? Un artículo de Smithsonian.com tiene la respuesta.

Al parecer, el pánico a los payasos surge… en la vida real. Primero tenemos que tener claro el origen mismo del payaso, que no fue en el circo (un espectáculo relativamente reciente) sino que se remonta a las cortes y al papel del bufón como único censor posible para las libertinas costumbres de los regentes de todas las épocas y nacionalidades: de los faraones egipcios a los reyes medievales, pasando por los emperadores chinos, el payaso de la corte siempre podía burlarse con formas que a otros les costaría la cabeza. Y por eso son maleducados, agresivos, gritones. Porque pueden.

Más acorde con la imagen actual del payaso tenemos a la primera superestrella del gremio: Joseph Grimaldi, un popularísimo clown teatral de la Inglaterra del siglo XIX, que hoy sigue siendo un icono mítico en Londres. Fue Grimaldi quien empezó a maquillarse con un agresivo tono blanco y rojo, y una cresta mohicana azul adornaba su cabeza. Parodiaba las modas de entonces y hacía un slapstick agresivo y tremendo, con volteretas de campana, bofetadas y trompazos mil. Pero su vida privada, muy aireada en la época, no fue especialmente feliz: su padre le maltrataba, su mujer murió al dar a luz, su hijo murió adicto al alcohol, como lo era él mismo y las décadas en escena acabaron dejándole irreparables secuelas físicas. Murió arruinado. Charles Dickens se inspiró en su hijo, también payaso, para un personaje de Los papeles póstumos del Club Pickwick (1837), y por eso en el imaginario popular británico, el payaso va indisociablemente unido a un lado macabro y oscuro.

Y mientras, Francia. En París, Jean-Gaspard Debureau popularizó el icono del Pierrot, el payaso blanco de la Comedia del Arte, asentando de forma definitiva su estética de “payaso listo”. Debureau era tan famoso en su país como Grimaldi lo era en el suyo, pero la tragedia tampoco estaba alejada de su figura: en 1836 mató accidentalmente a un niño tras golpearle con un bastón después de que éste le insultara. No muy agradable.

Joseph Grimaldi

Joseph Grimaldi

Poco después se popularizó el circo, donde los payasos servían como entretenimientos entre números de lo que, esencialmente era, en sus inicios, una exhibición ecuestre. Y por eso los modales exagerados, grandilocuentes y gritones de los payasos: tenían que hacerse entender en escenarios mucho más grandes y excesivos que los de los teatros, para que contrastaran con la precisión y la firmeza de los acróbatas.

Y en los años sesenta del siglo XX llega el payaso más famoso de la historia de Estados Unidos: el televisivo Bozo, con ese estilo de homeless tan propio de los circos norteamericanos. Es más o menos la época en la que nace Ronald McDonald, el payaso-mascota de McDonald’s…  y John Wayne Gacy, el primer serial killer superestrella. John Wayne Gacy era el típico asesino en serie del que sus vecinos dicen en las noticias que nunca lo habrían sospechado de él, pero asesinó a una treintena de jovencitos en Chicago… mientras hacía servicios a la comunidad como el queridísimo Pogo el payaso. Una vez en la cárcel, y antes de ser ejecutado, pintó cuadros de un feísmo espeluznante, muchos de ellos protagonizados por payasos tan siniestros como él.

Con Wayne Gacy, el lado oscuro del payaso estaba aquí para no irse nunca más. John Wayne Gacy fue, posiblemente, responsable de que para la psique colectiva norteamericana, los payasos se convirtieran en seres bajo sospecha. Todo ese maquillaje, esas risas exageradas, esa grandilocuencia, esa simpatía forzada… ¿no estarán ocultando algo? El paso a la cultura popular, después de ello, estaba cantado, y esa parte la conocéis de sobra: desde el Capitán Spaulding de La casa de los 1000 cadáveres a Pennywise de It, pasando por los Killer Klowns from Outer Space o recientes mutaciones más retorcidas, como el siniestro muñeco a control remoto de Saw. Toda una panoplia de caras pintadas y sonrisas excesivas.

¿Luz, color y fantasía? Nos da la risa.

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