Qué esperar de ‘True Detective 3’: ¿resurrección o funeral definitivo?

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Hasta finales de marzo la especulación de una nueva temporada de True detective había caído en el olvido tras casi dos años de rumorología. El portal de internet EW convocó de nuevo el hype asegurando en exclusiva que Nic Pizzolatto ya tiene escritos los dos primeros capítulos y que HBO quiere contar con el creador de Deadwood, David Milch, para colaborar con el resto del guion. CANINO analiza el eterno legado de la primera temporada, el inesperado batacazo de la segunda y por qué no podemos renunciar a una tercera si, al fin, se vuelven a alinear los astros como en 2014.

Touch darkness and darkness touches you back“. ¿Quién fue el profeta que marcó el destino de Nic Pizzolatto? Aquella frase en letras blancas ceñía la cintura de Mathew McConaughey en la imagen promocional de True detective (2014-) al lado del olvidado en las loas, Woody Harrelson. Solo esos caracteres anunciaron el fracaso de la que se presumía la gran antología narrativa de la historia de la televisión; así, sin ambages. Los juegos de sombras son el embuste humano por excelencia desde que Platón se metió en una caverna. Ironía: me imagino a un altivo Pizzolatto extendiendo sus dedos hacía la oscuridad que tan bien proyectó en la primera temporada, y que de repente esa oscuridad lo envuelve en la segunda hasta llevarlo al más absoluto negro cuando todavía queríamos sintonizar la hipotética tercera. Hasta el pasado 27 de marzo. El 27 de marzo de 2017 el portal Entertainment Weekly lanzaba la exclusiva de que ya están escritos sus dos primeros episodios y que HBO al fin implora ayuda a otro guionista, ni más ni menos que a David Milch, creador de Deadwood (2004-2006) y uno de los tres Davids ―junto a Simon y Chase― de aquella proclama empalagosa de la “Edad de oro de la televisión”, un periodo difuso que desconocemos si ha terminado. La noticia se ha reproducido al día siguiente en nuestros rotativos estatales. “Life is a flat circle”, repítanlo con la voz deshilachada de Rust Cohle, encomiéndense desesperados a Zaratustra y supliquen porque haya una suerte de justicia filosófica para la serie. La esperanza para retornar de donde nunca nos debimos ir.

Primera temporada

True detective fue la alineación de los astros: guion, dirección, interpretación. Intenten quitar de la fila cualquiera de ellos y comprobarán que no existió fenómeno excepcional alguno. El legado únicamente puede explicarse desde tal conjunción. Y True detective 2 (2015) aún se ríe del que niega esta prueba empírica que calibra la oda a la subjetividad, en el sentido mayestático del término, que creó Pizzolatto. Por eso es justo comenzar con él, causa y efecto hasta el paroxismo. El casi anónimo escritor de Nueva Orleans que pasó de puntillas por The Killing (2011-2014) se convierte en showrunner de culto a través de un relato espectral que enfrenta el infierno en forma de comunidad con la conciencia singular de ese infierno del detective Rust Cohle. Infierno elevado al cuadrado. Lo presenta como un esteta; lo examina como un demiurgo. No permite ser el mero espectador del rito aberrante que mata a Dora Lange, porque has de entenderlo hasta que el monstruo haga al menos un tajo en tu sillón. Tal es el compromiso que nos exigen las ciénagas de Louisiana a través de un segundo duelo entre la pareja protagonista que recorre diecisiete años. Y tal es el compromiso que nos explica el grado de fascinación por una temporada que quizá no había sido excelsa cómo nos hacía ver la fina dirección de cámara de Cary Joji Fukunaga. Porque Cohle era mucho mejor investigador que filósofo y, sin ese compañero pedestre que es Marty, el metraje corría el riesgo de sumirse en un refrito de pesimismo existencial para neófitos mediando bellísimas imágenes. Es decir, inaguantable. No demos ideas a Terrence Malick. Al respecto un buen amigo me dijo en la radio que “si pretencioso está en Plutón, cuando sale Mathew McConaughey nos vamos fuera del sistema solar“. Espero que no haya copiado la frase. Tiene mi aplauso.

Imagen de 'True Detective'

Recojo el guante: Pizzolatto fue un soberbio. Pero es que pudo resistirlo. El colosal hype de la serie hizo que se pasase cuatro meses al teléfono contando a los periodistas que quisieran escuchar -o sea, a todos- sus influencias y metarreferencias. Comenté antes que “la presenta como un esteta”, y de los buenos. Ya en su novela Galveston se descubría un fastuoso sentido estético de la narrativa para una ficción seductora con un manido protagonista en busca de redención, Roy Cady. Un noir que recomiendo gracias a la capacidad descriptiva de su atmósfera y a la traducción de escuadra y cartabón trabajada por Mauricio Bach. Analicemos entonces varias de las ya corroídas referencias para True detective, porque todas dieron lustre a su magnetismo posterior, rayando la inmortalidad justamente por ellas.

Un habitante de Carcosa (1886) es un relato de finales del XIX de Ambrose Bierce que, al contrario de lo que pensaron algunos, refleja con un poder gráfico abrumador el estado mental y no el lugar físico. “Un coro de lobos aulladores dieron la bienvenida al amanecer. Los vi sentados sobre sus cuartos traseros, en grupos o a solas, en las cumbres de los irregulares montículos y tumultos que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte. Entonces supe que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa“. Bierce, un autor de esos que se estilaban antaño con una vida apasionante que no cabría en las estanterías del Opencor, reconocería su prosa ubicada en la bienvenida a la serie arquetípica de las ruinas, en la selvática naturaleza como psique donde todo lo que tiene boca te muerde. Contemplamos la omnipresencia del paisaje sureño en pugna con lo que construye el ser humano, lucha lamentablemente sublimada por el Katrina. Apuntemos un merecido tanto al guionista.

Imagen de 'True Detective'

El rey de Amarillo (1895) es una selección ciclotímica de relatos también de finales del XIX de Richard W. Chambers -a la sazón un tipo que sí tendría hueco en esa estantería del Opencor- que guarda como un “tesoro” El signo amarillo, un texto académico de horror gótico alrededor de una pieza de orfebrería diabólica. Ahí está el idéntico silogismo de Gollum hundiéndose en la lava. Apuntemos otro merecido tanto al guionista. Y si aparentas imitar el Cthulhu de Lovecraft como clásico exponente de la weird fiction, todavía vas más arriba, aunque yo particularmente me acuerde de El horror de Dumwich (1928) cada vez que los protagonistas entran en cualquier casa de planta única de los pantanos. Y si ya proclamas cuánto te gustan Hammet, Bolaño o Dostoievsky para invocar a tus musas mal maquilladas y de pelo cardado, subes a un altar con una caída de las que no se sobreviven. A la defunción de Pizzolato iremos más tarde. Así, asumo el guion de True detective como alta literatura referencial y no como un tratado filosófico de copiloto.

Quizá fue ese anhelo metafísico el que propició dos últimos capítulos a la baja, sin cobijo en los cliffhangers que tan bien funcionaron seis veces antes. Pizzolatto desenfoca la temporada en un final incoherente con la cuidadosa elaboración de su cosmogonía. Le reconozco que es inesperado, que evitó el riesgo de la gran estafa asumida por Lost (2004-2010) y que incluso, atención, lo ha intentado explicar. No es poco. Especialmente si desde aquello no contesta una sola pregunta, como el mal perdedor que intuimos que es. Pero cuando los títulos de crédito apagaron esta aventura litúrgica, las pitonisas anticiparon en sus críticas que habría problemas en el futuro. No podemos obviar que, finiquitado el recurso de las entrevistas a Cohle y Marty, aparece un deus ex machina grotesco que gira la narración contando que hace casi dos décadas alguien pintó de verde una casa campestre y debió de hacerlo, no pregunten razones, con las orejas para que así lo dibujase una de las dementes víctimas de algo que se suponía “oscuro y profundo“, tangencial a una comunidad decadente, orquestado por sus prohombres feudales y que, en cambio, se reduce al clásico elemento patógeno individual. Capítulo final deudor de la Home de los Peacock en Expediente X (1993-2002, 2016).

Imagen de 'True Detective'

Aquellas carencias siempre fueron obnubiladas por una espléndida dirección a cargo de Cary Fukunaga. Se lo recompensaron con un Emmy que agradeció a todo el mundo menos al guionista. Logró que los planos también dialogasen como en el buen cine y marcó una estrepitosa tendencia de cenitales y picados de paisajes que aspiran a ser muestra de psicogeografía. ¿Les suena, por ejemplo, La isla mínima (2014)? Esos cliffhangers -capítulos dos, tres, cuatro y siete los más evidentes-, se los debemos a él. En el caso del tercero, con unas líneas maestras de Pizzolato no muy bien recitadas por Mathew McConaughey: “Era todo un mismo sueño, un sueño que albergaste en una habitación cerrada, un sueño acerca de ser una persona. Y como en muchos sueños, al final hay un monstruo“. Sigue imagen de Ledoux en suspensorio y máscara de gas. Puyazo de trascendencia para no levantarte. También se glorificó el plano secuencia de seis minutos donde vimos atónitos a Demoledor escapando de una pelotera inverosímil. Nunca me creí la apresurada conversión en Demoledor, prefería cuando Marty lo llamaba con sorna prosaica taxman. Se podía haber sido más etéreo para contar que Cohle está dispuesto a matar por su obsesiónno obstante, aquel día apagamos la televisión extasiados cortesía de otro avezado esteta y prestidigitador, Fukunaga.

En cuanto a la interpretación poco se puede añadir a ese Lázaro que sale de la tumba del cine comercial con Mathew McConaughey. Salvo mejor criterio su trabajo actoral acaba goteando cierta impostura. Me otorga buena razón la parodia que le hicieron en The Oscars Parody de 2014. ¿Puede ser un personaje tan fácil y exitosamente parodiable un ejemplo interpretativo? Se llegó a pasar de rosca, aunque no lo suficiente para borronear el papel. A la contra, Woody Harrelson, un individuo extraño y carente de pliegues abisales, lega en Marty un rol sin estridencias que jamás desentona de su función. Reitero: su presencia es conditio sine qua non para que hoy todavía se comente la exégesis de su compañero de reparto. Y no vamos a dejar de anotar otro elemento: lo bien que envejecen ambos en la pantalla. Woody Harrelson fue un reto ciclópeo. Precisamente porque en su caso había que rejuvenecer esa cara de facciones rotas coronada por una alopecia voraz. Ya saben cuál es mi preferido de la pareja.

Cartel de True Detective

En un rápido repaso a elementos adyacentes: los títulos de crédito eran hipnóticos, el Far from any road a cargo de The Handsome Family encajaba cual sombrero de cowboy en esas latitudes de los Estados Unidos, más de lo mismo con el resto de rock sutilmente sureño que acompañó el metraje -mención de honor para The angry river- e, incluso, el director artístico tuvo que explicar sus atrapapájaros y cornamentas como si fuesen el quinto advenimiento.

Y el artículo debería haber quedado aquí. Recordando esa seria negra que filtró alguna luz en el horror cósmico derivado del horror vacui que remachaba Rust Cohle en cada una de sus peroratas, con una dirección de cámara casi más expresiva que el muy buen guion de reproches tolerables interpretado por actores en absoluto estado de gracia. La alineación de los astros. Un fenómeno bello, misterioso e infrecuente… Hubo una segunda temporada donde solo quedaba uno de ellos.

Segunda temporada

El ego que rezuma Pizzolatto no hubiera sido capaz de escribir un plot twist en el que la segunda temporada de True detective recibiera semejante cantidad de críticas. En aras a la justicia: los títulos de crédito cantados por Leonard Cohen en Nevermind habían saltado un listón altísimo; Lera Lynn representaba una acertada elección para liderar el resto de la banda sonora; la introducción de Los Angeles soterrada bajo el nombre de Vinci suponía el traslado menos traumático de lo rural a lo urbano; Colin Farrel podía ser un nombre tan capaz de redención como Mathew McConaughey; y la imagen de Ben Caspere sin ojos en un merendero noqueó más que Dora Lange con cuernos. Yo crucé el primer episodio razonablemente contento. Siendo sincero, hasta la mitad de la temporada no renegué de ella. Allí todos los errores de trazo grueso eran imborrables.

Por seguir el orden analítico anterior, Pizzolatto monta un guion atropellado con la chocarrera pretensión de meter cuatro protagonistas principales y no dos para lo que es una miniserie, y que además constituyen los sujetos más atormentados del universo sin el citado balance vital que ofrecía Marty. Lo fía todo a la excentricidad formal mediando imágenes que pretenden ser tributarias de David Lynch con resultado desigual y a que ahora las sentencias onanistas de Rust Cohle las pueden dictar cualquiera de los actores al nivel medio de “Sometimes a thing happens. Splits your life. There’s a before and an after“. Que sorpresas te da la vida, dice Nic como eje gravitacional de la filosofía de la nueva hornada después de marcarse un “no sé cómo estar en el mundo” o “si esas son las cosas por las que un hombre no va al cielo, yo no quiero ir“. Paulo Coelho sin Prozac. Así, Vince Vaughn con su sonata sobre «el papel maché» no fue tan barato dándole vueltas barojianas al derecho a la prole.

True Detective

El delirio a nivel estructural se ejemplifica en un par de personajes: el policía homosexual de turbio pasado militar buscando armas de destrucción masiva interpretado por el muy olvidable Taylor Kitsch y el padre de Rachel McAdams, un gurú de una suerte de secta new age que hace sospechar si esta segunda temporada no se proponía únicamente ridiculizar a la primera. Puede que esa sea la forma más honrada de definirla y de que perdure en los eones catódicos. Guasa: ¿por qué no? La trama es enrevesada hasta el infinito y más allá para un final que ya no le importaba a nadie y que ni siquiera imprime el nombre del asesino de ceñirnos a nuestra estricta memoria. Tragamos las orejas verdes y que Cohle se convirtiese en media hora en la mano derecha del líder de una hermética banda criminal; pero aquí no se puede tragar con que nos metan en una fiesta de beluga, felaciones y Bezzerides cogiéndose un colocón de éxtasis de similares efectos a litros de GHB hasta acuchillar a un mastuerzo ruso, y Velcoro se asome a una ventana para contemplar embelesado justo el mágico momento al otro lado del transparente donde se intercambian las palabras y documentos que nos ponen en el recto camino a la más absoluta nada. Aunque reconozco que el muscle car escapando del lugar bajo la luna llena que imbuía de argento la grava de la carretera fue una preciosa litografía. En la hecatombe, Pizzolatto dibuja esta vez un epitafio acorde a lo que procuraba ser la historia de los protagonistas, incidiendo en alguna secuencia onírica notable y dejando el poso que debía haber dejado el brebaje de la primera. Lástima que aquí la mayoría de espectadores hayan escupido al segundo trago. Cuarto en mi caso. Fui un ingenuo hasta que unas uzis masacraron a una manifestación entera. Se suele decir que las personas están en el lugar equivocado en el momento equivocado; aquí las manifestaciones también.

En la dirección no se sentaba Cary Fukunaga, peleado con el showrunner según rumorología contrastada y acorde a la inclusión en la trama de un inaguantable asiático director de cine. Guiño o no, Fukunaga se frotaría las manos al ver el desastre que no consiguen salvar los cinco sustitutos. Ninguno estampa un sello distintivo a su facturación, y contra pronóstico Justin Lin es para mí el más solvente. El tono sombrío sigue conseguido, las imágenes de la maraña de asfalto de Los Angeles funcionan casi tan bien como los pantanos de Louisiana. Sin embargo, cuando hay que emular la calidad de su antecesora con algo de enjundia permutan el famoso plano secuencia por el tiroteo de nueve minutos formalmente aséptico como en cualquier blockbuster, pero risible en introducción, nudo y desenlace. Se equivocó Pizzolatto al erigirse en el único dios de True detective: su particular Olimpo no funcionó sin Fukunaga.

El análisis actoral debe ir en la misma línea que el de los directores. Al fin y al cabo pueden colorear de matices su papel, desfigurar el aspecto engordando o adelgazando cincuenta kilos o teorizar un segundo Sistema Stalivnaski, que no tienen potestad sobre el guion y estructura. Partiendo de esa premisa Colin Farrel y Rachel McAdams enmiendan la plana, inesperada ella por su extraña carrera. No me ha molestado tanto Vince Vaughn como al resto del planeta, y de Taylor Kitsch lo mejor que se puede decir es que probablemente llegaba puntual a rodar. ¿Cualquiera de ellos luciría mejor en Louisiana? Seguro.

Sin la obsesión referencial de la primera temporada y sin Pizzolatto descolgando el teléfono para regodearse en sus influencias, también yo lo dejaré escrito: el gran problema de True Detective 2 fue llamarse True Detective 2. Parece que la razón del fiasco se infiere de la timorata confesión de Michael Lombardo, directivo de HBO. En sus declaraciones primero amenazó con que el final iba a ser digno del sello Home Box Office, lo suficiente para un altivo “valoren el producto después de los noventa minutos que quedan“. Hemos aceptado que el final no era incoherente en cuanto a los protagonistas principales, aunque también que aquello no interesaba a nadie y que hubo secuencias que rozaron la estupidez respecto a los secundarios. A continuación capituló con un razonamiento tan ramplón como insoslayable: faltó tiempo. Uno se cae por el precipicio porque no tiene tiempo para frenar. Nic Pizzolatto, con indicadores de ser alguien odiable, supuestamente escribe sin la ayuda que tanto le ofende. Había gestado durante años la primera temporada colocando con sumo cuidado aquellas piezas talladas en el damero. Pero cuando se acaba el reconocimiento del arte surgen las obligaciones comerciales: una transición inmisericorde que implica una redacción frenética porque luego hay que rodar una producción de millones de dólares. Y en esa presión tal vez radica la escabechina, en un guionista que tecleó como un poseso sin tomar la necesaria distancia del texto a macerar -casi siempre se traduce en cortar, cortar y cortar-. Algo tan apolíneo hundiéndose por algo tan dionisiaco. Entonces presentemos el silogismo: si esta premisa es cierta, True Detective debe volver. Y en CANINO creíamos que la disyuntiva merecía un artículo cuando el debate avanzaba hacía un bochornoso marasmo hasta este 27 de marzo.

Imagen de True Detective

Tercera temporada

Antes de esta fecha los rumores sobre la eventual True detective 3 no pasaban de batiburrillo de ascensor de productora en viernes por la tarde. Comentarios desfogados entrando en el afterwork. Los ecos se habían hecho cada vez más distantes sobre la posibilidad y buceando en la red políglota comprobarían que el tema descansaba en stand by. Incluso durante agosto de 2016 salía en prensa esta terna de nombres capaces de colocarnos de nuevo al borde del abismo: Nic Pizzolatto, Robert Downey Jr. y Perry Mason. De ser cierto repetiría aquel “¡crucemos los dedos!” que exclamé cuando una nota periodística prometía que Scorsese preparaba una serie sobre los Ramones, a la postre la injustamente tratada Vinyl (2016). Pizzolatto escribiendo sobre Perry Mason es un maldito oxímoron. Claro que lo último que sabíamos de él fue su difusa participación en el remake de Los Siete Magníficos (2016) y en que trepidaran las tumbas de Kurosawa y Sturges.

“Life is a flat circle” viene de la frase del «enano» que discute con Zaratustra y lega uno de los aforismos nietzscheanos, como no, más estéticos: “Toda verdad es curva, el tiempo es circular“. Lo afirmo porque Cohle dice “cállate, Nietszche” a Ledoux después de su declamación. Yo soy de los presuntuosos que hablan de tiempo en espirales, una línea abierta que se va alejando inexorablemente del centro a la vez que gira más distante alrededor de él. Pizzolatto, ahora fuera de eje, tiene que caminar un trayecto muy largo para retornar a su punto de partida filosófico: igualar la primera temporada y hacer olvidar la segunda. Confiemos en que su mastodóntico ego ahogado en bilis reivindique lo mejor de sí mismo al modo de sus personajes.

David Milch, posible director de la tercera temporada de 'True Detective'

David Milch, posible director de la tercera temporada de ‘True Detective’

Por si no fuera suficiente, su fama de intratable ahora suben al proyecto a otro que tiene idéntica aura. David Milch construyó una serie atípica en Deadwood, excesivamente teatral y con un desenlace atropellado, que supongo no coincidiría con la hoja de ruta. Su carisma residía en Al Swearengen, y la gran mayoría acordamos en que eso era más que suficiente. Siempre se habló de la película homónima que estaba por venir y ahora el giro shakespeariano, tan de su gusto a nivel formal, presuntamente lo endilga para corregir las ansias de Pizzolatto. Ojalá. Estaremos atentos a las palabras de ambos si media un Emmy como epílogo.

No sé si Nic Pizzolatto se atreverá con Perry Mason, si preferirá las novelas que auguró sobre Cohle y Marty, si en este preciso instante redacta en zumo de limón True detective 3 para 2022 o si nos han colado la patraña definitiva el 27 de marzo. Por pecar de ignorante ni sé qué escritor es. Solo puede quedar uno. ¿El de Louisiana o el de Los Angeles? Necesitamos la verdad; y no será curva.

Post Scriptum: 19 de abril, estreno de la tercera temporada de Fargo (2014-). Ahí seguiremos bailando.

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