[Resumen 2016] Lo mejor de 2016: las películas

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[Esta semana, resúmenes. Obvio: los resúmenes de 2016. De cara a 2017, toca reflexionar acerca de los mejores (y peores) acontecimientos culturales del año que se va. Aquí los tenemos: libros, películas, canciones, series, videojuegos, comics, fiascos... ¿preparados para una semana de recuerdos? Recordad que nuestros resúmenes anuales son simplemente un pequeño sondeo entre algunos colaboradores de CANINO, no pretenden ser un resumen exhaustivo sino una pequeña orientación acerca de algunos lanzamientos del año]

No ha sido mal año en materia cinematográfica, no. Hemos tenido buen cine de género y buen cine al margen de Hollywood. Pero también hemos tenido buenos blockbusters, cine superheroico fetén y documentales de excepción. Escogemos nuestras películas favoritas del año, para que tomes nota acerca de lo que te has perdido y le pongas solución… durante 2017.

Train to Busan (Sang-ho Yeon)

El motivo por el que no termino de disfrutar los festivales es el empacho. Muchas películas en muy pocos días sin poder dedicarle a ninguna el tiempo de reflexión que casi todas las cintas merecen.

De mi primera visita al festival de Gotemburgo sólo recuerdo dos películas: Stockholm Stories (2013), porque tuve la ocasión de comentarla con Martin Wallström, y The Fake (2013), un duro drama coreano cuya deficiente animación no conseguía acabar con su excelente historia. Cuando leí que la siguiente película de su director, Sang-ho Yeon, sería en imagen real, el hype se me puso por las nubes. Cuando vi que era una historia de zombies llegó a la estratosfera.

Train to Busan no inventa nada ni lo pretende. No lo necesita. Seok Woo se encuentra llevando a su hija en tren hasta la casa de la madre cuando la infección estalla, dejándolos atrapados con muertos vivientes como compañeros de vagón. La acción frenética y un ritmo que no decae han hecho que sea la única película de este año que deseara volver a ver nada más salir de la sala. Marta Trivi

HyperNormalisation (Adam Curtis)

Las imágenes de archivo con las que Adam Curtis llena sus documentales parten siempre de un elemento de artificio, un distanciamiento que marca aún más la falsedad de su composición. Son la representación del mundo pero, en definitiva, no son el mundo. Descubriendo su carrera es inevitable encontrar que algunas de esas imágenes se repiten de una obra a otra, a veces como signos de puntuación, otras para variar su sentido original. Y entre intertítulos apocalípticos, tomas aéreas y secuencias musicales, estas imágenes comienzan a generar extraños patrones. Lo que antes se veía con distancia se vuelve familiar, lo que antes era descuido o coincidencia empieza a formar una telaraña. Como si la propia realidad fuera una película de Dusan Makavejev. La filmografía de Curtis se sigue re-escribiendo y se alimenta una increíble desazón, un creciente sentimiento de paranoia. A este constante zapping de imágenes no le resulta indiferente internet, donde la única imagen que parece devolvernos es nuestro propio reflejo. Tal vez Hypernormalisation tampoco sea el mundo sino su representación, un tiovivo que va cada vez más rápido, nos embelesa y aturde. Una alucinación con la que nos distraemos de aquello que ya nos es imposible soportar. Henrique Lage

The Neon Demon (Nicolas Winding Refn)

La trayectoria de Nicolas Winding Refn, tan brillante como polémica, lo ha convertido en una de las firmas consagradas del cine europeo. Entre la autoría absoluta y el blockbuster, este director danés de 46 años ha pergeñado una serie de títulos de verdadero impacto y con una capacidad visual sorprendente. Aunque su trilogía de Pusher (1996-2005) podría haber dado un insólito heredero, europeo nada menos, de figuras americanas como Michael Mann, fue especialmente el filme Drive (2011) el que le puso en el panteón de directores consagrados.

The Neon Demon es una vuelta, precisamente, a los neones y ambiente siniestro de la California de Drive. Un verdadero infierno de apariencias, cuyos rojos y azules esconden un teatro formal -casi un retablo barroco- donde las marionetas del mundo de la moda desfilan en un minué demoniaco inhalando los efluvios de los caídos por Dios y por la Vogue. A través de la historia de una modelo emergente, Jesse (una belleza intencionalmente prerrafaelita interpretada por Elle Fanning), Refn narra un pequeño y fatal cuento de hadas enfundado en una máscara esteticista. Colores fríos, escenas estáticas y personajes obsesionados por la belleza enmascarados por medidas perfectas y conversación banal. Y detrás de esa búsqueda ciega de la estética la más descarnada y estilizada violencia.

Lo fascinante de la historia, y un aspecto que no era tan marcado en obras anteriores, es la influencia evidente de la fantasía clásica, bajo la égida de la amistad del director con ese gran tahúr judío que es Alejandro Jodorowsky. Hay, además, otra novedad: una estética propia construida en torno al cine de terror más heterodoxo de los años setenta, casi siempre capitaneado por esas odas al hortera de bolera con tendencias psicopáticas que son Suspiria o La furia.

Película de gran desasosiego, quizá demasiado corta (su última mitad está relativamente acelerada), supone un notable triunfo en la trayectoria de este director. Los actores, en su hieratismo, resultan figuras de un escenario cuyo Dios es el espejo. Un mundo extraño en el que una particular Alicia, Jesse, debe descubrir una nueva ley a través de su divisa áurea: “la belleza no lo es todo; es lo único”. Julio Tovar

La doncella (Park Chan-wook)

Hay escenas que definen películas. Pequeños pedazos de cine que en su narrativa, aun no siendo autoconclusiva, encierran el mensaje de algo mayor. El sentido de ser de un metraje de dos horas y media capturado en dos minutos. En Sympathy for Mr. Vengeance (2002) un río, una navaja y unos tendones definían la venganza como un camino sin final: un eterno discurrir. En Oldboy (2003), uno de los mejores thrillers del siglo, un pulpo vivo y un Choi Min-sik con hambre hablaban del hombre atrapado por lo que es y lo que desea. En La doncella (2016) un baño, un dolor de muelas y un dedal lo explican todo. Nos hablan de dos mujeres solas, de un mundo que no las entiende y del cine como experiencia puramente sensitiva.

Park Chan-wook ha querido someter a juicio sus valores cinematográficos en pos de una historia palaciega con un fondo alejado de su temática habitual, para ir un paso más allá. Siempre lo hace. Las intrigas de alcoba son, en sus manos, la excusa para vivir una experiencia que trasciende su relato para acelerar el pulso cuando quiere, exprimir el concepto ero-guro en su versión light y ofrecer la película más seductora del año. Una historia que no desperdicia un plano para provocar al espectador de una manera u otra. Para hacerle recordar porqué se sienta en la butaca número ‘da igual’ de la fila ‘no me importa’. Porque quiere que le hagan sentir. Lo que sea. y hay muy pocas películas que hagan sentir lo que hace La doncellaFrancesc Miró

High-Rise (Ben Wheatley)

Hubo un tiempo en el que nos dijeron que nuestro futuro se parecería a una novela de George Orwell o a una de Aldous Huxley, aunque nosotros hubiéramos preferido con mucho un futuro a lo Philip K. Dick. Sin embargo, con lo que llevamos andado de siglo XXI, cada vez tenemos más  claro que nuestro presente nos ha salido una novela de J. G. Ballard. Es por eso que las adaptaciones cinematográficas de Ballard, tan escasas en comparación con las de Dick, nos llaman tanto la atención. Además, algo hay en la obra de Ballard que parece atraer a directores de cierto renombre; un Spielberg, un Cronemberg… una lista selecta a la que ahora podemos añadir el nombre de Ben Wheatley, el director de Kill List y Sightseers y nuestro cronista favorito de la irrupción de lo atávico en la normalidad británica.

Metáfora vertical de la sociedad de clases de los setenta, el rascacielos de High Rise es un microcosmos en el que se ven representados todos los tipos humanos característicos de esa fase del capitalismo tardío, también un sistema aislado y autosuficiente que se verá arrastrado al caos por exigencia de las leyes de la termodinámica. Durante dos horas contemplamos el hundimiento coral de esta falsa utopía tecnológica; vuelta al paleolítico, modernos primitivos,  bandas de cazadores-recolectores patrullando los pasillos del supermercado, acechando en los huecos de los ascensores. Un concepto de euforia setentera devenida pocha que se expresa a la perfección en esa versión funeraria del SOS de Abba a cargo de Portishead que adorna la banda sonora y nos regala tres minutos y medio de desoladora contemplación del campo de batalla. Félix García

Popstar (Akiva Schaffer, Jorma Taccone)

Popstar es un falso documental que traslada toda la mala uva de joyas eternas como This is Spinal Tap al mundo de la música del nuevo milenio, esa música que hace de gente como Justin Bieber las estrellas más brillantes del firmamento. Producida por Judd Apatow (qué bien hace todo lo que no terminan siendo proyectos personales de tres horas) y el trío principal, Popstar es un irreverente batallón de chistes con un altísimo porcentaje de genialidades humorísticas y auténticos himnos que no merecen pasar desapercibidos, destacando Ibitha, un tema con presentación incluida que se extraña de lo raro que hablamos en España.

Como buen (falso) documental musical, sus escasos 90 minutos (hay otros 45 en el material adicional que NO encontrarás en la edición doméstica española) están plagados de cameos del mundillo, algunos tan inesperados que no los mencionaré aquí. Claro, también hay una presencia poderosa de amigotes del humor, casi interminable: Sarah Silverman, Tim Meadows, Maya Rudolph, Bill Hader, Justin Timberlake o el gran Adam Levine, porque aunque Maroon 5 nos den igual, el tío no para de grabar temazos con los chicos.

Y hablando de temazos, Humble, Mona Lisa, Bin Laden Song o Incredible Thoughts son algunas de las canciones más redondas del año. Aunque sean una broma. ¿Se puede ser más enorme que The Lonely Island? Probablemente no, aunque en España nos empeñemos en no tener ni la más remota idea de su existencia. Kiko Vega

Los odiosos ocho (Quentin Tarantino)

Estrenada en la Navidad de 2015 en Estados Unidos, difícilmente entraría en las listas de lo mejor de ese año. A España llegó en enero, demasiado pronto para que las listas de 2016 se acuerden de ella. Este murder mystery tradicional al estilo Diez Negritos toma forma de weird western ultraviolento, negrísimo y rodado como una película de terror: desde sus guiños a Posesión Infernal (1981) a su constante órbita alrededor de La Cosa (1982) de John Carpenter. Tanto que en ocasiones hasta utiliza composiciones inéditas de Morricone para esta. Una pieza teatral convertida en puro cine, atmósfera tóxica y densa como la brea e impresionismo visual a nivel de los grandes maestros.

La madurez de Tarantino es una obra atemporal, concebida para paladear  durante los años. Una obra de autor que es tan entretenida como inaccesible por su coreografía extrema de la violencia y el exceso. Un estudio sobre la enemistad, la villanía como caleidoscopio de la sociedad americana moderna y las raíces podridas de su historia. Mugrienta, enfadada, diabólica y suficientemente lírica para sacar belleza formal de todo ello a través de un expresionismo ocre, una orgía académica sobre el uso de la profundidad de campo en celuloide tradicional de 70 milímetros. Jorge Loser

Hardcore Henry (Ilya Naishuller)

Estuvimos muy pendientes de ella en CANINO: desde su génesis y el lanzamiento del primer póster y el tráiler (cuando todavía se llamaba «Hardcore» a secas), hasta que por fin el Kiko Vega tuvo la oportunidad de levantar el pulgar bien alto en Bruselas. Ya dijo él entonces todo lo que había que decir, así que solo queda suscribir cada una de sus palabras, darle a la película el lugar que se merece en esta lista, y si acaso insistir en el logro que supone haber repetido el impacto de aquellos videoclips de Biting Elbows (ver el primer enlace), manteniendo el nivel durante hora y media: hace poco el grupo In Flames estrenó uno en la misma línea que sin embargo resulta tremendamente gris en comparación, dejando claro que en esto de la acción subjetiva lo segundo no asegura lo primero, y también este mismo año comprobamos con Nunca apagues la luz hasta qué punto una idea impactante en formato breve puede desinflarse al estirarla. De hecho el corto era tan bueno que de haber salido una adaptación exitosa de ahí quizás estaría ocupando este espacio… pero eso son cábalas sin sentido y aquí solo cuenta lo que hemos visto con nuestros propios ojos; o, en este caso, los de Henry. Andrés Abel

Todos queremos algo (Richard Linklater)

El cine de adolescentes siempre ha colocado como protagonistas a los rebeldes y a los empollones, a los freaks y a los geeks (Freaks and geeks, 1999-2000), a los John Travolta y a las Olivia Newton-John. Son dos tipos de personajes opuestos con los que una mayoría del público puede empatizar, aunque faltan algunos estereotipos más. En Todos queremos algo el foco se ha puesto sobre los deportistas universitarios, en sus personalidades simples, embrutecidas y competitivas. En sus formas esta cinta no se diferencia mucho de Boyhood (2014) o la trilogía de Antes del amanecer (2004-2013), pero ha decepcionado a los espectadores que esperaban reencontrarse con la sensibilidad y la capacidad de observación de Linklater. Por mi parte, si había que hacer una película sobre adolescentes deportistas, ésta es una visión honesta de su mundo. Pablo Vicente

Tickled (David Farrier y Dylan Reeve)

No sé si este será el mejor film de 2016 -al fin y al cabo es un documental y solo con eso ya habría gente que se pasaría horas discutiendo- pero lo que sí tengo claro es que es puro 2016. Podría parecer una chorrada realizar una investigación sobre los Concursos de Cosquillas -por buscarle una traducción al asunto- pero precisamente por eso lo que podrían haber sido un par de minutos en la televisión casi-local neozelandesa va escalando entre amenazas y abusos, entre muestras de incredulidad y asuntos aparentemente ridículos e inofensivos que van volviéndose progresivamente espinosos y revelando la vileza y la capacidad para hacer daño y salirse con la suya de algunos individuos, sobre todo cuando parten de una posición más ventajosa. Es difícil hablar más de ella porque lo ideal sería verla sin saber nada, incluso sin ver el trailer. Encontrarte con su evolución, similar a la del año, en la que no sabes bien si lo que ves es tan real como parece, no entiendes cómo ha podido ir desarrollándose así y, desde luego, no esperabas que al final sí que tuviera importancia. Jónatan Sark

Elle (Paul Verhoeven)

A lo largo de este año 2016 que nos deja para, esperemos, no volver, pocas películas me han dejado una impresión tan honda como el último trabajo del siempre estimulante Paul Verhoeven. Elle, en principio un sofisticado ‘thriller’ de venganzas, supone un arrogante y perverso ejercicio de destrucción; un desafío constante al espectador de convicciones claras y transparentes que, pasados los primeros minutos, podrá o bien negar con la cabeza y repudiar la nada sutil misantropía del artefacto, o bien dejarse llevar y reír, reír con una desesperación cada vez mayor.

En caso de decantarse por la segunda opción, entrará en contacto con los ominosos recovecos de la mente de Michèle LeBlanc, acaso el personaje más magnético y fascinante del año (en buena medida, gracias a la entrega absoluta de Isabelle Huppert), y con aquéllos que la rodean: maridos, esposas, hijos, cegados todos ellos por sus deseos y egoísmos de diverso cariz, y simples peones en el despiadado juego que nos proponen el cineasta holandés, el guionista David Birke, y Phillipe Djian, autor del original literario.

Pero lo mejor de Elle, al margen de su humor negrísimo, sus interpretaciones o su puesta en escena (en la que a Verhoeven le da por ponerse clásico con su estilo habitual: el de una apisonadora), está más allá de su metraje. Está fuera del cine, en la impresión y las dudas que deja en los espectadores. En el hecho de que, le haya molado a tu acompañante o no, el resultado será el mismo: una conversación interesantísima. Alberto Corona

Dr. Extraño (Scott Derrickson)

Ant-Man (2015) es una de esas películas a las que fui completamente a ciegas, sin saber nada de nada, y que al final me pareció de las tres mejores de todo el universo cinemático Marvel. Dr. Extraño me recuerda mucho a Ant-Man en varios aspectos: una historia basada en personajes más que en situaciones, actuaciones tremendas, una historia sencilla que narra el origen del superhéroe de forma amena y para nada gratuita y puntazos de humor colocados con precisión quirúrgica. Dr. Extraño es una de esas películas que parecen de segunda división en Marvel, las que están alejadas de la trama principal de Los Vengadores, y por eso se pueden permitir librarse de la tiranía de una saga que despliega sus tentáculos y te obliga a ir por donde ella quiere. Esa capacidad de maniobra es lo que consigue que esta peli mole tanto y que por fin se haga justicia al Hechicero SupremoAlberto Mut

¡Ave, César! (Ethan Coen, Joel Coen)

Claro, comparado con esos desiertos fenomenológicos que eran No es país para viejos (2007) o Un tipo serio (2009), ¡Ave, César! pudo parecerle a muchos una obra menor, una nueva comedia menor, de los Hermanos Cohen. Pero nada más lejos de la realidad. Insistiendo en lo absurdo de la existencia desde una perspectiva cómica, como ya hicieron en Quemar después de leer (2008), estos dos genios aprovechan el envite para darle un buen revolcón como Yahvé manda a la época dorada de hollywood, muy, muy lejos, del artefacto nostálgico del abuelo Allen en Café Society, también estrenada este 2016. Un Hollywood donde la homosexualidad, la religión, la hipocresía o el comunismo se escurrían por los márgenes porque en realidad era un Imperio -en el sentido de Toni Negri: un monolito totalizador que lo abarca todo con su producción constante de narrativas y ensoñaciones, una corriente constante que oculta la ridiculez del ser humano y la farsa que sustenta la vida tal y como la conocemos-. Y Channing Tatum bailando. Santi Pagés

Los siete magníficos (Antoine Fuqua)

¿Un blockbuster que encima es remake puede ser la mejor película del año? Ningún problema cuando reúne los requisitos exigidos. Primero, por la diversión ofrecida. Si uno disfruta del entretenimiento y acaba aplaudiendo en determinadas escenas, lo justo es ser agradecido. Segundo, por la misma gestión del blockbuster, porque elementos como la reunión del grupo o el espectáculo final están resueltos con lo que se exige pero sin lo que siempre sobra. Una hora final de tiros y explosiones que no da vueltas sobre sí misma y se reinicia sin más merece premio. Tercero, la cuestión del remake, tan proclive a lo innecesario, aquí no es más que la recuperación de una tradición ya añeja, porque los siete magníficos iniciales eran samurais de Kurosawa, los de John Sturges de 1960 ya eran una fiesta de cine sin remilgos, y la fórmula aplicada al space opera de Los siete magníficos del espacio (1980) puro gozo de serie B, así que nada mejor que proseguir tan hermosa tradición fílmica. Finalmente, y muy importante, la dignidad de aportar subtexto político al blockbuster, inocuo por definición. “Este país siempre ha equiparado la democracia con el capitalismo y al capitalismo con Dios”. Lo dice el villano nada más empezar la película, y para luchar contra la explotación y los desahucios que lleva a cabo como insaciable depredador del bien ajeno, común o privado, una alianza de despojos white trash y etnias marginadas alrededor de una mujer indignada que suma la fuerza de un chino, un latino, un nativo comanche, un perdedor, un obsoleto o, incluso, una sutil pareja homosexual. Todos ellos liderados por un negro que encarna la América de Obama enfrentada a la América de Trump. Pura utopía pop, como la realidad ha desvelado. El cine, fábrica de sueños, y el western, tan del gusto Canino. Daniel Ausente

Paterson (Jim Jarmusch)

Decidido: voy a mudarme a la ciudad de Paterson (Nueva Jersey). Allí la vida transcurre plácida, sin sobresaltos, en una somnolienta y agradable monotonía. Sus habitantes hacen de la repetición un arte: hay una satisfacción subterránea en saber que el día siguiente será igual a los anteriores. Una postura algo acomodaticia, sí, pero al fin y al cabo las zozobras vitales solo las ponderan los mismos que propagan esa basura neoliberal que afirma que “crisis” significa “oportunidad” en chino. La rutina está sin duda infravalorada: los mismos trayectos en bus, las mismas calles, la misma cascada, la misma pinta en el mismo bar… de esta manera es mucho más sencillo apreciar y saborear las minúsculas e infinitas diferencias y combinaciones que uno encuentra a cada paso: la nueva afición de tu pareja, las conversaciones de los pasajeros del bus que conduces, la nueva foto de una celebridad local que el barman cuelga detrás de la barra… Cuando la rutina se quiebra en Paterson siempre es con sordina: el autobús se avería y lo reparan, una situación con un arma se convierte inmediatamente en una bufonada con balas de espuma y hasta una pequeña tragedia artística encuentra fácil solución en las últimas escenas de la película.

Este elogio de lo sencillo está en la base de la obra del poeta William Carlos Williams, padre espiritual de la película y del propio Paterson -interpretado por un fabuloso Adam Driver-, que escribe versos que llevan la firma de Ron Padgett. Jim Jarmusch elabora una serie de escenas con una duración muy controlada, que se repiten según pasan los días de la semana con cambios mínimos, y que huyen de enfatismos y dejan que el concepto de belleza surja por sí solo, sin nadie que lo nombre. Los encantos de este slice of life no son nada evidentes -Paterson es casi autista, su chica tiene una peligrosa tendencia al infantilismo, los parroquianos del bar son unos neuróticos, su perro es un cabronazo-. Y hasta las odas que compone nuestro protagonista a una caja de cerillas pueden interpretarse como un triunfo de la obviedad o lo banal. Pero también es banal y obvio despertar todas las mañanas a la misma hora, abrazado a tu pareja y en la misma posición -en un plano cenital que Jarmusch repite una y otra vez-. Y al mismo tiempo, no se me ocurre nada más sublime. Javier Trigales

Dos buenos tipos (Shane Black)

A Shane Black no le podemos pedir que haga otra cosa que no sea buddy movies. No por nada, es el maestro. Y si, como en el caso de Dos buenos tipos, sirve para descubrir que Ryan Gosling es un actor bendecido con la gracia para el slapstick y que Russel Crowe sólo necesita estar ahí para hacernos reír, entonces, por favor, que podamos tener cada año una nueva película sobre dos personas de carácter completamente antagónico que acaban entendiéndose a través de la mediación de un tercer personaje, seguramente un niño, que actúa como voz de la razón entre dos imbéciles entrañables. Álvaro Arbonés

Deadpool (Tim Miller)

Pese a sus defectos, algo de lo que hablaré más adelante, la película de Deadpool puede presumir de ser el revulsivo que Escuadrón Suicida aspiraba ser este mismo año y no logró: una película de superhéroes para el gran público y de temática adulta. Sólo su desmedido éxito ha abierto algo los ojos a los ejecutivos que, desesperados por clonar su éxito, han pensado que lo mismo una clasificación R no es veneno para la taquilla.

Frente al cinismo de DC de pasar por caja y trincar sin importar mucho el resultado, Deadpool se nota como un proyecto surgido de la pasión de sus responsables, que sólo mediante estratagemas consiguieron que se diera luz verde al proyecto. Ryan Reynolds nunca ha estado mejor soltando paridas, Coloso nunca había sido tan divertido, el splatstick que tenemos de vez en cuando en el cómic se traduce a la gran pantalla con acierto.

Y eso que su defecto es la enfermedad más común del revienta taquillas de este año: un raquitismo del segundo acto, que los guionistas salvan aquí con flashbacks. Quién nos lo iba a decir, viendo este año: que tengan que ser los guionistas quienes salven los muebles a un desastre en potencia. Adrián Álvarez

De Palma (Noah Baumbach, Jake Paltrow)

Cuando salí del pase de De Palma en Sitges, un picaflor que se había pasado el pase explicándole a su acompañante (visiblemente aburrida no de la película, sino del listo al que le estaba tocando aguantar) quién era toda esa gente, afirmó con irritante condescendencia que “como documental, no es para tanto“. Y es cierto. Lo habría matado a golpes allí mismo, pero es cierto: nos hemos acostumbrado a documentales con giro final, algo que no hay que ser muy experto en géneros para entender que es una contradicción de términos en sí misma. Pero es lo que se lleva: documentales con conclusión, documentales con mensaje, documentales con posicionamiento. Y el único posicionamiento de De Palma es el de la cámara plantada frente a uno de los directores con una carrera más personal y fascinante del Hollywood de las últimas cuatro décadas y dejarle que cuente lo que ha vivido. Como documental no será lo más innovador del mundo, pero hay veces en las que lo que hay que hacer -como debería haber sabido aquel asno de alabastro- es sentarse, calladitos, y atender. John Tones

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