‘Terrace House’ – El reality show japonés que necesitas en tu vida

Terrace House

Recomendar un reality show occidental de forma no irónica es realmente difícil. Pero si hablamos de formatos asiáticos la cosa cambia. Tienen un toque diferente. Más genuinamente disfrutable. Por eso Terrace House es el reality show japonés de Netflix que deberías estar viendo.

Es difícil olvidar cómo se nos vendieron en su día los reality shows. En el estreno de Gran Hermano en el año 2000 había una palabra con la que a sus responsables se llenaban la boca: sociología. Gran Hermano era un experimento sociológico. La posibilidad de ver en directo, veinticuatro horas al día, cómo interactuaban un puñado de personas desconocidas en un espacio compartido era el culmen de la democratización del método científico. Sociología televisada. Todo real, sin guión, sin ficción.

Y es innegable que, en bruto, la idea era buena. Incluso consiguieron el apoyo de pensadores ilustres, como Gustavo Bueno. Con una selección de participantes adecuada, Gran Hermano pudo haber sido un valioso experimento en directo. Pero no es eso lo que tenía en mente Mediaset.

Si bien en principio aún pudo parecer que hubiera alguna clase de noble propósito científico detrás del programa, no tardó mucho tiempo en desvelarse sus verdaderas intenciones. La búsqueda del morbo, llevar la espectacularización de la vida hasta las últimas consecuencias. Con la prensa rosa en un staccato, con el concepto de late show prácticamente desaparecido de la parrilla, la industria televisiva española necesitaba algo que pudiera inundar horas de programación de forma fácil y barata. Y Gran Hermano demostró ser eso, un modo perfecto de rellenar horas y horas con basura. Una espectacular cantera para alimentar, a posteriori, a programas de variedades y prensa rosa por igual.

Lo que empezó como un experimento noble, acabó como una ridícula feria de los horrores. Un formato a explotar en forma de mil spin-offs sin sustancia. En otras palabras, en nombre de la sociología se creó la sal de la tierra (televisiva).

Japón, la tierra prometida (del reality)

Terrace House

Si solemos decir que Japón es diferente, en el tema Gran Hermano no es distinto. Mientras el resto del mundo se rendía ante los encantos de un formato barato que permitía diez mil iteraciones diferentes, el país del sol naciente siempre demostró poco interés en la televisión occidental. Algo que estuvo lejos de ser mutuo, si consideramos el extraño parecido entre el reality show patrio conocido como El Bus y su más longeva, estimulante y anterior versión japonesa, Ainori.

Con todo, los bárbaros siempre llaman a las puertas. Y el formato Gran Hermano acabaría llegando a tierras niponas, pero de un modo algo diferente: en 2012 nació la franquicia Terrace House. Sus primeras ocho temporadas, emitidas de 2012 a 2014, transcurrían en una casa de estilo modernista del área de Shōnan bajo el nombre de Terrace House: Boys × Girls Next Door. No sería hasta 2015 cuando, en colaboración con Netflix (donde se puede ver actualmente, tambiñen en España), la serie se comenzaría a emitir también en países de habla no japonesa con un cambio de nombre: Terrace House: Boys & Girls in the City.

A pesar de los más que evidentes parecidos de Terrace House con cualquier otro reality show -con seis participantes e incisos donde una serie de presentadores hacen comentarios, todo ello condensado en píldoras de treinta minutos que resumen la semana-, hay algo que lo diferencia de forma radical de cualquier reality occidental: aquí no hay nada extraño, perturbador o indecoroso. Quienes entran en la casa no son participantes. Ni siquiera aspirantes a mono de feria televisivo. Son gente normal comportándose de un modo cortés y civilizado.

No diga reality show, diga realidad

No es como si esto debiéramos darlo por hecho. En nuestros reality shows no podemos hacerlo. Y tampoco es que la totalidad de los japoneses sean así. En Japón también existe gente ruidosa e irritante. A los productores no les costaría nada llenar la casa de gente que diera juego, como se lleva haciendo años en la televisión occidental. Pero no lo hacen. Dado que en Terrace House no hay premio ni valoración del público, ya que no se gana nada salvo la experiencia en sí -los participantes tampoco han desarrollado ningún tipo de carrera televisiva posterior, quien entra es porque quiere estar allí. Y quien se va es porque cree que ya ha cumplido un ciclo dentro de la casa.

Esa tal vez sea la mayor particularidad del programa. La gente entra, sale, nadie se queda. Por cada chico que sale, entra otro chico; por cada chica que sale, entra otra chica. Siempre son seis, siempre hay relaciones y conflictos, pero las caras y los motivos van cambiando. Ver Terrace House es disfrutar del agradable arrullo de la vida transitando con la naturalidad propia de los días.

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En otras palabras, la mayor diferencia entre Terrace House y cualquier otro reality show es la intención. Allí no buscan hacer un programa barato que sirva de cantera para sus programas de variedades. Que abundan, y aún en mayor medida y decrepitud, que en Europa o EEUU. Sólo buscan retratar la realidad, la relación entre un grupo de chicos y chicas, con sus altibajos, sus roces y, en la medida de los posibles, sus romances.

Su éxito no radica en el formato. Ni siquiera en lo sorprendentemente educados de sus participantes. Radica en la naturalidad con la que se relacionan entre sí. No por nada, como ya hemos visto, la primera iteración del programa se llamaba Terrace House: Boys × Girls Next Door. Aquí lo importante no es ver gente extravagante con rarezas increíbles. Para eso en Japón ya tienen prácticamente todo el resto de la parrilla televisiva, repleta de talentos y concursos surrealistas: es ver la pacífica vida de chicos jóvenes disfrutando de la vida y enamorándose entre sí.

A eso ayuda su excepcional edición. Incluso ante la ausencia de guión, tiene un montaje tan dinámico, tan directo, que sintetiza semanas enteras de convivencia en cápsulas de treinta minutos. Cápsulas que parecen naturales, casi como un episodio de ficción, porque esa es la excepcionalidad de su edición: no necesita guión, no necesita que sea falso lo que ocurre, porque cuando la realidad se recorta y se le da forma, tiene exactamente el mismo aspecto de la ficción.

Lo que los reality show aprendieron de la ficción

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Terrace House no compite con el formato expansivo de los otros reality show. Juega en la misma liga que los doramas, las series de ficción dramática. Es el siguiente movimiento lógico del formato. Si la gente sabe que está siendo grabada, no se comporta igual que lo haría en su día a día. Si se eligen cortes específicos de la vida de otras personas, se está beneficiando una narrativa sobre otra. Se está haciendo ficción de lo real. Por extensión, Terrace House sólo lleva esa lógica dramática hasta sus últimas consecuencias. Hace un reality show sin las coartadas pseudointelectuales con las que se escudan tras el formato las televisiones occidentales. Si es imposible retratar la realidad tal cual es, porque la realidad cambia según el ojo (o la cámara) que la observa, la forma más eficiente de tratar un programa basado en la realidad es intentar darle la forma más cercana al de una serie de televisión.

Con todo, sería absurdo pretender que la serie no es realista. O que no pretenda transmitir la realidad. Es lo que hace. Pero partiendo de la imposibilidad de retratar la realidad de forma objetiva, decide hacerlo de la forma más convincente y entretenida. Decide hacerlo haciendo usos de los mecanismos propios de la narrativa televisiva. De cómo nuestro cerebro procesa las historias.

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Todo retrato de la realidad es la elección de un relato que lo explica. Y eso implica que, si bien puede haber hechos objetivos, siempre hay una elección de cuáles son los hechos importantes. También de cuáles no importan. Por eso todo montaje es ficción. Y toda ficción es un retrato de lo real. Porque lo real, en su totalidad, es incomprensible. Ni conocemos las intenciones de todos ni podemos conocerlas. Por eso, nuestra mejor oportunidad, es siempre la ficción: una línea narrativa que permite una interpretación abierta, pero lógica, del cómo y porqué han sucedido una serie de sucesos.

El espacio influye en el comportamiento

Eso nos lleva a otro aspecto interesante de Terrace House. Y es que, además de no haber obviado las enseñanzas de Roland Barthes, también nos permite ver cómo el escenario puede cambiar radicalmente acerca de cómo interactúan las personas entre sí.

Eso es algo que Netflix ha conseguido presentarnos de forma radical en la nueva temporada de la serie. Aunque de momento sólo hemos podido ver ocho episodios de Terrace House: Aloha State, es evidente que las dinámicas son completamente diferentes a las de Boys & Girls in the City. Donde en Tokyo todos los involucrados no sólo eran educados y corteses, sino también muy directos -no dudaban en preguntar quién les gustaba en la casa, cuáles eran sus planes de futuro y afear cualquier actitud que no fuera clara y directa-, en Hawaii tienen otra forma de tomarse la vida: todo ocurre más lento. Todo es más informal. Incluso las relaciones interpersonales.

Eso crea cierto extrañamiento. Y no sólo en el espectador. El choque cultural entre el neoliberalismo feroz tokyota y la calma hawaiana también ocurre en el programa. A los presentadores les extraña con la lentitud que ocurren las cosas en esta temporada y los nacidos y criados en Japón de entre los habitantes chocan constantemente con el estilo de vida relajado de los nipones criados en la isla.

Tetsuro Watsuji

Tetsuro Watsuji

En cierto modo, eso nos sirve como experimento sociológico. O incluso filosófico. Considerando la obra del filósofo de la escuela de Kyoto Tetsuro Watsuji, quien en Antropología del paisaje (1935) llevaría la filosofía existencial de Martin Heidegger de la dimensión temporal a la física -arguyendo que el ser tiene condición física y, por extensión, se ve afectado por el clima-, podríamos decir que el cambio espacial afecta de forma radical el forma de manejarse en la vida de los japoneses. No es lo mismo el clima de Japón que el clima de Hawaii.

Aunque pueda parecer absurdo, eso ya nos dice algo sobre las sociedades. Sobre las personas. Porque si bien la cultura influye, también lo hace el clima y el paisaje. El modo en que nos relacionamos con nuestro entorno determina nuestra forma de ser. Es difícil imaginarse el capitalismo feroz, competitivo y casi criminal de las grandes urbes en un clima y una geografía como la hawaiana. No cuando todo invita a la calma, a tomarse la vida con algo de distancia.

Pero el comportamiento no cambia con el espacio

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Pero eso es algo que ni siquiera es exclusivo de la nueva temporada. Una donde todo ocurre con el agradable arrullo de la vida pacífica. Ya en Boys & Girls in the City pudimos ver ese choque criminal entre el estilo de vida relajada y la idea de la planificación laboral como pilar absoluto de la existencia. Cuando Arman Bitaraf, japonés criado en Hawaii, entró en la casa, todo se revolucionó. Rompía completamente con el ritmo de los otros. Él no era tan directo, no le preocupaba tanto (o en absoluto) el futuro y, desde luego, trabajar no era parte central de su vida. Él se tomaba la existencia de otra manera. Con más calma. Paladeando cada instante, disfrutando de lo que puede aportarle cada momento del presente.

Y si bien parecía que eso podía ser cosa de la persona, el cambio de escenario nos demuestra que es también el clima. Dos japoneses, criados en la misma cultura, tienen diferentes acercamientos a la vida según si han sido criados en Japón o en Hawaii.

Con todo, hay algo intrínseco en la identidad de la serie que no cambia en el cambio de escenarios. Terrace House siempre es Terrace House. Esa cortesía, esa educación, ese modo de lidiar con los problemas de frente, sabiendo escuchar y pedir perdón, no permitiendo que se descontrolen y acaben enquistándose como problemas endémicos, es algo que siempre está presente.

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Terrace House es la versión emocionalmente saludable de un reality show. Uno no movido por la avaricia o la búsqueda de la fama, sino el genuino deseo de vivir una experiencia diferente.

Por eso su identidad no cambia al pasar de Shōnan a Tokyo y de Tokyo a Hawaii. Toda esa realidad, esa narrativa perfectamente hilada a través de un montaje exquisito, se ve reforzada en los choques culturales. En cómo un japonés de Osaka, uno de Tokyo y otro de Hawaii tienen ciertas similitudes en virtud de un idioma y una idea de civismo que comparten, incluso si sus modos de ver y abordar la vida y sus circunstancias son completamente diferentes.

Terrace House como experimento sociológico (involuntario)

Gran Hermano podía tener la pretensión de convertirse en un experimento sociológico, pero tanto la intencionalidad (de aumentar las audiencias) como la recompensa (tanto monetaria como televisiva) enturbiaron cualquier posibilidad de experimentar nada. Algo que no ocurre en Terrace House. Al no haber recompensa, al poder marcharse cuando quieran, no hay falseamiento: podemos ver, en toda su plenitud, el retrato de la convivencia de diferentes personas. E incluso ver cómo influyen los choques culturales o cómo cambian los grupos humanos en diferentes climas o contextos.

Porque quieren estar ahí. Quieren llevarse bien e, incluso, tal vez enamorarse y que esa sea la experiencia que cambió sus vidas para siempre. No por el dinero o la fama, sino por algo tan simple como llegar a sentirse cerca de otros seres humanos. Algo que logra transmitir a la perfección Terrace House. Porque, cuando terminamos de ver cada temporada, es inevitable sentir la congoja de ver partir a amigos que sabemos que siempre estarán ahí, en nuestros recuerdos y en nuestro corazón, pero que, en cierto modo, ya nunca más serán parte de nuestras vidas.

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Un comentario

  1. Malleys dice:

    Menuda pasada de artículo, Álvaro.

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