Territorios sagrados, sexo duro y unos cuantos chismes: 6 libros mágicos

La feria del libro, por ejemplo. Cualquier excusa es buena para deslizar media docena de lecturas casuales, recomendaciones aleatorias que responden a la sedimentación sobre el brazo de un sofá pero que de pronto podemos vincular entre sí porque lo cierto es que todas parecen incurren en territorios sagrados. Cháchara, en fin, no son más que libros. Seis en concreto. Media docena de títulos que resultará satisfactorio comprar o despistar en la feria del libro, que se sucede estos días en el Retiro.

‘El libro de las mentiras / Konx Om Pax / El Equinoccio de los Dioses’, de Aleister Crowley

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Esto no es lo que es. Nada es. Nada es no. Ese rollo. La literatura de Crowley es un festín de palabras, un abuso del vocabulario y una prueba de que todo pensamiento es un síntoma de enfermedad. Pero que nadie tema el galimatías, no es necesario estar iniciado en los misterios de la cábala, ni conocer siquiera la tendencia al jolgorio del mago más influyente del siglo XX para disfrutar su poesía. Es cierto que al primer vistazo luce impenetrable, pero esa misma cualidad se hace miel en cuando le atravesamos la cáscara con un alfiler. Así ocurre al menos con algunas piezas de El libro de las mentiras (1913), que además de poemas viene con referencias y comentarios del autor. La consigna es la siguiente: no es preciso entender.

Pero además este libro son otros dos: Konx om Pax (1907), que se subtitula Ensayos sobre la luz, y aquí el mago sí tiende al fárrago en la selección de prosas variadas, y El equinoccio de los dioses (1936), donde la Bestia narra las circunstancias en que escribió en 1904 su obra más famosa, El libro de la Ley, y recuerda que el estudio de este libro está prohibido y que es sabio destruir la copia después de su primera lectura.

El narcisismo a la pluma del Frater Perdurabo es, como todo en él, pantagruélico, pero eso no quita para que sus letras sean capaces de arrojar luz sobre recodos desatendidos de nuestra conciencia. Yo esto lo veo un libro estupendo, tres en uno, para abrir al azar en los entreactos de lo cotidiano. La edición, una selección del también poeta Frank G. Rubio, cuenta con traducción de José Francisco Ruiz Casanova y la garantía de Valdemar, que desactiva otras ediciones de la obra del autor, turísticas y más ruidosas, que en los últimos tiempos han aparecido en las librerías.

‘Lovecraft. Una mitología’, de David Hernández de la Fuente

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El porqué de Lovecraft, según explica David Hernández de la Fuente, radica en nuestra nostalgia del absoluto y en la falta de ese enorme salvavidas, hoy a la deriva, que es la religión. El de Providence, el último pagano, fue tocado por el rayo de la divinidad durante su misteriosa postración entre 1908 y 1914, un desorden nervioso cuya naturaleza sus biógrafos no aciertan a precisar. A partir de entonces, el escritor se entregó a la confección de un mundo ajeno a la razón y a la vida, un lugar donde recluirse que rastrea sus paisajes en la antigüedad clásica, en los mitos grecorromanos, la cultura minóica, lo gótico, lo místico y la pulsión dionisíaca que anima su panteón de dioses y criaturas primigenias. De la Fuente, especialista en historia cultural de la Antigüedad, se asoma también a los epígonos del escritor, da fe de una popularidad creciente que ha desvirtuado el valor literario de los mitos y despacha con severidad los intentos del cine por aproximarse a su esencia.

El libro se publicó hace doce años y desde entonces ha ido adquiriendo un estatus de culto que hoy le hace merecedor de esta edición revisada y ampliada en la que su autor deduce que el retorno de los antiguos que Lovecraft promulga respondía a un deseo de regresar a los orígenes. Una teoría que se documenta en este trabajo sintético y revelador, apasionado también en sus fugas poéticas, donde se aportan datos que ayudan a comprender la pervivencia como mito contemporáneo de un hombre que, tal y como anotó Borges, detestaba el presente.




‘Órficas’, de Max

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Más magia y más mitología en la reedición de estas Órficas de Max que vieron la luz por vez primera hace más de veinte años, cuando la Diputación de Sevilla encargó al dibujante una exposición sobre el mito de Orfeo. El resultado fue esta ensoñación en prosa en la que un narrador se descubre a sí mismo –o su propia mirada- en un cuadro de Gustave Moreau. Un breve relato entreverado de dibujos, de extractos y citas clásicas grecolatinas, seguido de una historieta de diez páginas y abrochado por el libreto en versión bilingüe de L’Orfeo de Monteverdi.

Max, que en 1994 estaba en una de sus cumbres técnicas y mistéricas, sigue a Orfeo en su bajada a los infiernos, considera lecturas y sopesa interpretaciones. Disponiendo todo ese material trata de aprehender el significado profundo del mito y lo que le ocurre es que se ve sometido, y nosotros con él, al encantamiento y la danza del símbolo. Así, la lectura es dulce y estival, tan grata en parte por esa estructura atípica y mucho más audaz que la del mero libro ilustrado, donde el alternar texto e imágenes se convierte en un estimulante pasapáginas.

‘Zebulon’, de Rudolph Wurlitzer

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Zebulon, que también tiene algo de catábasis, es la última novela del ya octogenario Rudy Wurlitzer, a quien los más cinéfilos tal vez recuerden como guionista de tres peliculones como tres castillos: Carretera asfaltada en dos direcciones, uno de los secretos más rutilantes del cine de los setenta, la superlativa Pat Garrett y Billy el Niño de Sam Peckinpah, y Walker, magnífica alucinación de Alex Cox de la que también hay rastro en estas páginas.

La novela cuenta el deambular de un trampero herido o tal vez muerto desde las montañas de Colorado hasta Más Allá del noroeste norteamericano, y es un relato en movimiento perpetuo pero con la peripecia diluída en la atmósfera, cuya densidad, opiácea en algunos pasajes, lo convierte en un western resignificado, interior, tal vez no tan lunático como se desea a sí mismo pero aun así muy próximo a ficciones telúricas como Dead Man. El dato no es gratuito, ya que la novela es mutación de un guión que no llegó a cuajarse como película, pero que durante años estuvo vinculado como proyecto a varios directores, Jim Jarmusch entre ellos. Es también automática y oportuna la mención a Cormac McCarthy, y aunque hay que precisar que el juego de piernas de Wurlitzer es más recogido y su pase más corto, los fanáticos del western contemporáneo tienen aquí una pieza de indiscutible valor.

‘9 Chismes’, de Santiago Lorenzo

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Lo de Lorenzo es lo de siempre y bendito sea: pequeño gran espectáculo miserabilista, prosa enjoyada tanto de bisutería como de piedra preciosa, patetismo del corazón y un llamar a las cosas por su nombre, o si hiciera falta por otro distinto mucho más preciso y resonante. Esto son nueve cuentos, nueve estampas, rosarios de ideas, consejos e intuiciones de un escritor siempre misericordioso hasta que alcanza cierto punto de ignición, porque con la estulticia Lorenzo no puede y es siempre un placer enorme verle merodear ese fango.

El autor de Los millones, Los huerfanitos o Las ganas viene de otro tiempo y de otras maneras con un libro de risa por no llorar, una somera antología de relatos crecida en nomeolvides en esta edición labrada en oro que contempla imágenes escatológicas firmadas por Miis3ria, (AKA Mireia Pérez), dibujos que van sirviendo lo de Lorenzo con cierta reverencia pero que en un momento dado trascienden la mera ilustración y se hacen elocuentes. El talento de este tío no es poca cosa: hacer de la realidad un lugar confortable.

‘Guía del sexo total’, de Nina Hartley

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Para terminar, la carne. Autoayuda, si se quiere, pero lejos de las cátedras y con garantía de dignidad. Nina Hartley inspiró océanos de materia esencial durante su dedicación al cine porno a lo largo de los años ochenta. Su fuerza de carácter, un aspecto resuelto y la perseverancia y entrega al oficio acabó por hacer de ella una figura de seguridad, un ejemplo de veteranía radiante y la madrina del cine para adultos. Tita Nina, la llamábamos. De aquella vocación, Nina hizo magisterio, separó el grano de la paja y combatió la censura, se involucró en mil y una causas satélite y, a la manera de su colega Annie Sprinkle, pasó a divulgar sus conocimientos en colecciones de vídeos, charlas y sesiones.

Esta Guía del sexo total, que en algunas líneas se revela como sabiduría auténtica, es un manual de uso en el que hace parada en lo fisiológico, en lo psicológico, en lo ético y en lo estético. La tesis es que en el sexo, como en casi todo, el aprendizaje radica en desaprender, algo que Nina transmite derogando mitos, rutinas y costumbres, sacudiéndose el historial freudiano y la palabrería feminista y ofreciendo opinión, consejos, soluciones e incluso dudas, observaciones que extrae de un vasto recorrido y que hacen del libro un tratado fibroso sobre la máquina y sus secretos.

Los textos sobre higiene sexual componen toda una tradicción de la literatura sicalíptica. Son libros, muchas veces de doble filo, que pretenden repicar mientras están en misa, obras que el tiempo va mutando en farsa o en comedia. Y lo mismo hablamos de un tratado del año treinta que de la última fantasmada “posporno”. Nina, toda ella honestidad y respeto, se mueve al margen de cualquier sospecha y logra un libro tan frontal como delicado en el que tal vez tenga algo que ver su formación como enfermera, cómplice en la constante primera persona y ausente de culpa en todas sus terminaciones nerviosas.

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