Fallece Bernie Wrightson, maestro del cómic de horror

[EDITADO] Hace unas pocas semanas, Bernie Wrightson anunciaba su retirada del dibujo con 68 años para centrarse en su salud. Hoy, su familia ha comunicado su fallecimiento. Wrightson es uno de los nombres imprescindibles de la historia del cómic de terror, un clásico absoluto de los pinceles más monstruosos desde los años setenta, cuando creó a la mítica La Cosa del Pantano junto a Len Wein. Homenajeamos con esta selección de sus mejores trabajos a uno de los más imponentes creadores de pesadillas ilustradas de todos los tiempos.

Delineador, con su trazo barroco, excesivo y trágico, de monstruosidades que marcaron a varias generaciones de lectores, fue una de las firmas imprescindibles en la configuración del tebeo de terror de los setenta y ochenta no solo gracias a su inmortal Cosa del Pantano, sino también con sus colaboraciones para Creepy y demás cabeceras de la casa Warren. Tuvo señaladas incursiones en el cómic mainstream dejando su impronta en héroes Marvel y DC y lleva un tiempo convaleciente. El pasado lunes su mujer anunció en Facebook que la dolencia de Wrightson ha empeorado hasta un punto irrecuperable, y que no tienen más remedio que anunciar su retirada definitiva de los lápices. Su estado de salud, no obstante, es estable, aunque tendrá que atravesar operaciones quirúrgicas bastante delicadas. Para financiar su estancia en el hospital, Wrightson y su familia han vendido originales de su trabajo y lanzado ediciones especiales firmadas de trabajos como sus ilustraciones para El ciclo del hombre lobo. Nosotros hemos decidido homenajear al maestro revisando algunos de sus mejores trabajos: de los clásicos absolutos a las joyas ocultas, estas son algunas de las espectaculares pesadillas salidas de la imaginación de Bernie Wrightson.

La Cosa del Pantano (1971)

Viñeta de La Cosa del Pantano

La historia es bien conocida. Un guionista de comics y un dibujante coinciden en una fiesta navideña a principios de los setenta. Ambos han sufrido un desengaño amoroso recientemente, lo que los pone en una disposición poco festiva y, de hecho, acaban sentados en el coche del guionista, viendo caer la nieve y hablando de sus desgracias. Hablando de cómo convertir sus desgracias en una historieta. Este ejercicio de sublimación dio como resultado una historia de ocho páginas que sería publicada en el número 92 de la renacida House of Secrets (1956-1978), una de las revistas antológicas de horror y misterio que editaba DC por aquel entonces, bajo el auspicioso título de La Cosa del Pantano. Y en eso habría quedado la cosa, aunque por ser el guionista Len Wein y el dibujante Bernie Wrightson es más o menos seguro que los aficionados a los comics seguirían poniendo ojillos soñadores al recordar esas ocho páginas, de no darse la circunstancia inesperada de que precisamente ese número de House of Secrets fue el cómic de DC más vendido de aquel mes de julio de 1971. Teniendo en cuenta que la creación de Wein y Wrightson ocupaba la portada del número y aplicando la lógica corporativa más básica, estaba claro que DC tenía entre manos una nueva gallina de los huevos de oro y que La Cosa del Pantano debía convertirse en una serie regular.

Portada de La Cosa del Pantano

Mucho tendría que cambiar para que eso fuera posible. La ambientación decimonónica del original sería abandonada en favor de un escenario contemporáneo, y no un escenario cualquiera, sino que el personaje pasaría a estar integrado en la continuidad DC, lo que abría la posibilidad de incluir en la serie cameos de tipos con mallas. Nada de todo esto parece convenir demasiado en una historia de terror, pero el dúo creativo sortea con éxito las dificultades ofreciendo, durante los diez números que Wrightson permanece en la serie, un recital de explotación de la imaginería de la Hammer. Es cierto que aparece algún robot y que hay un cameo nada menos que de Batman, pero lo que de verdad abunda en La Cosa del Pantano son los pueblecitos centroeuropeos de tejados picudos, los castillos de empinadas escaleras y los caballeros de generosas patillas.

Tras la marcha de Wrightson, la serie inicia un largo declive que pone de manifiesto lo limitado del concepto: al fin y al cabo la Cosa no es más que un monstruo de Frankenstein cubierto de musgo y los tiempos estaban cambiando para los iconos del horror clásico. Al final tendrá que venir un tal Alan Moore con su Lección de anatomía para dotar al personaje de nueva vida y relevancia en una época, los ochenta, en la que el terror comenzaba a ser sinónimo de los Libros de Sangre de Clive Barker y el splatterpunk. Pero eso, claro está, ya es otra historia. Félix García

Creepshow (1982)

Página de Creepshow

En 1982, dos indiscutibles maestros del terror como George A. Romero y Stephen King (fílmico uno, literario el otro) decidieron unir fuerzas con un proyecto que rendía homenaje a los tebeos de terror que habían alimentado su infancia y provocado pánico mediático a principios de la década de los cincuenta, con los editados por el sello EC como principal referente. La película, que en lo visual remite a la narrativa gráfica, se componía de cinco cuentos de miedo de idéntica estructura, donde el impacto de la última viñeta y el espíritu granguiñolesco lo era todo, enlazadas por otra historia marcada por el odio infantil a unos padres que prohibían leer tebeos de horror. Fue King quien tuvo claro que para redondear el asunto nada más indicado que acompañar el estreno con una adaptación al cómic, y no una cualquiera sino una realizada por el mejor autor de la época. Más sobrio de lo acostumbrado, Wrighston supo jugar como nadie con el shock de la viñeta que irrumpe y estremece pese a que algunas historias no le permitían lucir lo mejor de sus lápices. Ante la estética fría y aséptica de la última historia, por ejemplo, acudió a un estilo a lo Steve Ditko nada habitual en su obra. Una anécdota curiosa es que la versión que aquí se estrenó en cines fue víctima de las tijeras del distribuidor español, que suprimió una de las historias para reducir las dos horas del metraje original, y que encima era la protagonizada por el propio Stephen King. Tuvimos que conformarnos con la historia del cómic, que sí se publicó íntegro, y el consuelo de que los culpables de tamaño crimen quedaron en evidencia y algún día recibirían el peor de los castigos (sobrenatural y/o sanguinolento a ser posible). Quizá no sea el mejor trabajo de Wrighston, pero su presencia cierra el círculo del terror pop de su época (novelas, películas y tebeos) y le hace justicia al emparejarlo a dos maestros del horror de su misma altura. Daniel Ausente  

Spider-man: Hooky (1986)

Página de Hooky

En uno de sus habituales planes para extender su influencia más allá de lectores esclavos y juveniles, Marvel decidió publicar una serie de novelas gráficas con un nivel de edición superior a lo habitual: el editor, autor y megalómano Jim Shooter la proyectó como la respuesta americana al formato francobelga. Y al ser la mascota de la empresa, Spider-man tuvo que pasar a saludar en una línea donde se leyeron clásicos como La muerte del Capitán Marvel (1982) o X-men: Dios ama, el hombre mata (1983).

Pero al contrario que muchas de las historias que se publicaron, que solían continuar las líneas maestras de cada personaje y adoptaban una narración más adulta en el proceso, la de Hooky resultó excepcional en muchos sentidos. Se metió a uno de los superhéroes urbanos por excelencia, Spider-man, que entonces estaba enfrascado en callejones y problemas mundanos, en una aventura fantasiosa guionizada por Susan K. Putney. La peripecia empezaba y terminaba en esas páginas, y no influenció en nada el devenir del arácnido ni se valió de su bagaje salvo para mentar a Tío Ben.

Si Hooky es recordado hoy es por el arte de Bernie Wrightson y su coloreado con acuarelas. Ver al artista, que no dibujaría interiores para personajes más afines a su estilo como el Doctor Extraño (¿cómo dejaron que sólo le dedicase una portada?), situando a un Spider-man anatómicamente correcto frente a una criatura asquerosa, tan bien pintada que parecía empapar el cómic en cada viñeta, es un espectáculo tan memorable como el paso de un cometa.

Porque así era el trabajo de Wrightson: podía hacer brillar a una excentricidad tan en las antípodas de lo que presuponemos sobre Spider-man, hasta el punto de que si no fuera por él nadie se molestaría en reeditarlo. Adrián Álvarez

Punisher: POV (1991)

Portada de Punisher: POV

Punisher, el Castigador, o como nos diga Marvel España que tenemos que llamarlo, disfrutó de una popularidad tremenda en sus primeros años a pesar de salir en unos cómics bastante simples. Hubo excepciones. Una de ellas es este POV (abreviatura de “points of view”) con guión de un polifacético Jim Starlin que quería exprimir lo mejor del dibujo de Wrightson. En esta miniserie Frank Castle tiene que luchar contra un terrorista hippie mutante que necesita sangre para vivir. Si al lector le parece poco terrorífico, como secundario aparece un enfermo mental que cree que todos los que le rodean son monstruos con los que debe terminar armado de escopetas y cruces.

Podría haber sido la secuela de Batman: The Cult si DC hubiese querido, pero acabó siendo un cómic de Punisher muy a pesar de Wrightson, que odiaba el personaje. Aún así, la calidad de su dibujo es incuestionable, con detalles tan interesantes como ese guiño final al Master Race (1955) de Bernard Krigstein. En cualquier relectura, extraña que este cómic haya quedado tan olvidado. Pablo Vicente

El ciclo del hombre lobo (1983)

Ilustración de El ciclo del hombre lobo

Esta pequeña novelita surgió como idea de hacer un calendario en el que pequeños textos, de unas 500 palabras, acompañaran las ilustraciones de Bernie Wrightson. Ataques del hombre lobo correspondientes a cada uno de los meses del año. Es de imaginar que Stephen King es de los que se sientan a escribir un párrafo y llenan tres folios en el tiempo que yo intento organizar unas cuantas palabras con sentido para hablar de su obra. Probablemente, por ello, el calendario con textos se convirtió en una mini novela deliciosa sobre una pequeña población asediada por los asesinatos de un licántropo.

En esa forma llegó a mis manos, en algún momento de mi infancia en el que mi padre pensó que era buena idea regalarme un libro de monstruos, de esos que tanto me gustaban. No era mal paso para intentar irme sacando de los Don Miki  y otros cómics, ya que era un libro de letra grande y numerosas ilustraciones, muchas de ellas a color. Claro, yo prefería eso a la colección de El barco de vapor o el típico libro de escarabajos que vuelan que empezaba a leer la chavalada de mi edad. Uno con hombres lobos devorando cuerpos decapitados, desgarrando caras y con sangre a todo color, ¿Qué podía salir mal, papá? Recuerdo que además, el librito era especial por su olor, probablemente debido a la cualidad de las páginas, en una calidad de papel muy superior a la del resto de libros de casa. ¡Era perfecto! Y eso sigo pensando.

Es más, con el tiempo me he dado cuenta de que fue mucho más importante de lo que valoraba. Fue mi primer contacto con el que es aún mi dibujante de terror favorito. Las ilustraciones de Wrightson son una combinación de blancos y negros puros, muy lineales y, sin embargo, muy absorbentes en su evocación de paisajes, en los que parece haber mucho de Maine. Reflejan el constante cambio emocional de las propias historias en sí a través de su perfecto uso de la oscuridad. Las piezas en color, incrustadas entre los capítulos, muestran la riqueza de los colores primarios en su representación de la muerte, recordando a sus trabajos en cómic más lujosos. El hombre lobo nunca aparece directamente en ninguna de las cabeceras y en las de color está siempre en el centro. La ausencia y la presencia siguen, en paralelo, las revelaciones graduales de King.

Luego, me enteraría que la película Miedo azul (1985) era una adaptación, y, aunque ahora la aprecio bastante, recuerdo la decepción de ver la representación de los hombres lobos. ¿Quién necesita una película teniendo las ilustraciones de Wrightson? Después me vendrían los cómics de Creepy y Creepshow  y la última colección de cromos que hice en mi vida: puede que el otro trabajo del dibujante que puedo mirar y revisar hasta hartarme. Su hermosa colección de trading cards Master of the macabre (1993) y Series two: More Macabre (1994), básicamente una colección de ilustraciones del mismo nivel que El ciclo del hombre lobo, pero con todo tipo de criaturas, monstruos y seres primigenios. Jorge Loser

Captain Sternn (1980)

Aunque siempre tendrá la condición de especialista supremo en la viñeta de horror, Wrighston ha cultivado también la ciencia-ficción o el humor, dos géneros que fusionó en esta historieta de 9 páginas publicada en la revista Heavy Metal, la versión estadounidense de la francesa Metal Hurlant. Su protagonista, pese a parodiar a los héroes del espacio de mandíbula viril, es un tipo deleznable sometido a juicio por los peores crímenes imaginables. Es evidente que la historia remite, con tono de incorrección aumentado, al estilo gráfico de Wally Wood y Jack Davis, dos autores mayúsculos que bajo un mismo sello editorial, la EC, brillaban tanto cuando dibujaban parodias de humor en las páginas de MAD (y también ciencia-ficción en el caso del primero) como cuando se aplicaban a los tebeos de miedo que marcaron la infancia de Bernie Wrightson. Captain Sternn fue una de las historietas elegidas para formar parte de Heavy Metal (1981), la mítica película de animación basada en la revista de cómics que le daba título. Daniel Ausente

Freakshow (1982)

Imagen de Freakshow

Freak Show comparte con las mejores obras de Wrightson el contubernio con un guionista que deja espacio al dibujante para que narre a su aire, con enormes e impactantes viñetas a página completa (hablamos de páginas formato álbum, poca broma), para que pasee su estilo por escenarios creados a su medida. Wrightson no es el mejor narrando acción (aunque hay páginas, en ese sentido, soberbias en su Cosa del Pantano), y a veces se atranca con el exceso de diálogos, pero es literalmente único generando atmósferas oscuras, opresivas, tormentosas y góticas. Bruce Jones -maestro en el poco elogiado arte de adaptar su escritura a los puntos fuertes de cada dibujante- lo sabe, y por eso el argumento de Freak Show (una feria de monstruos llega a un pueblo y gracias a ella y a quienes la habitan conoceremos la ecuación que liga belleza interior y verruga superficial) se resume en unas líneas y el álbum se lee en un suspiro. Pero sus imágenes de cuerpos retorcidos, agarrotados, derivativos, quedan para siempre en la memoria del lector. Publicado originariamente en España y luego serializado en Heavy Metal, aunque la referencia es obvia, Freak Show es más que un remake ilustrado de la legendaria La parada de los monstruos (1932) de Tod Browning: es la celebración del asombroso talento de un Wrightson en la cima de sus facultades creativas, cuando la narrativa rígida de sus primeros tiempos se había convertido en un plus y transformaba a los personajes en iconos góticos de sufrimiento y desesperación. Puede que Freak Show no sea una obra absolutamente redonda (hay algún que otro truco de guión algo chapucero), pero representa como pocas por qué Wrightson es uno de los últimos clásicos del género. John Tones

Jenifer (1974)

jenifer-wrightson

No recuerdo exactamente dónde fue mi primer encontronazo con la obra de Bernie Wrightson, pudo ser en alguno de los montones de revistas de Toutain que almacenaba mi tío en el sótano de casa de mi abuela, o quizá en las que quedaron olvidadas de su época adolescente en el camping donde veraneaba de niño. Lo que sí recuerdo fue el shock de leer en uno de esos viejos ejemplares de Creepy, mi mente ha decidido que lo recuerde así aunque pudo haber sido cualquier otra revista del ramo, la historia de Jennifer.  Con guión de Bruce Jones, el relato de un hombre que salva a una niña deforme de las garras de un enajenado a punto de decapitarla contenía la dosis exactas de terror, explicitud gráfica y, sobre todo, sexo chungo como para turbar la mente de un prepúber que todavía no tenía muy claro cómo funcionaba aquello del “milagro de la vida”.

Años más tarde, ya adulto, pude hacerme con el volumen recopilatorio que recogía las mejores historietas de Wrightson para la editorial Warren, Bernie Wrightson – Maestro del Terror (1992). En aquel volumen no solo pude volver a sentir el escalofrío primigenio al volver sobre la obsesión de aquel cazador con la pequeña niña-monstruo sino que acabé de rendirme a la pluma de Wrightson, que desplegaba con maestría a través de recreaciones de clásicos de Poe como El gato negro, el puro terror infantil de Anochecer o la impresionante aproximación gráfica al mito de Frankenstein en El despertar de la muerte.

Tenga cuidado, si alguna vez paseando por una de esas ferias de libros antiguos que pueblan periódicamente las plazas y bulevares de nuestras ciudades se topa con la mirada desafiante de un segador de cabezas vestido de negro, no vaya a confundirlo con una simple portada encabezando una pila de saldos editoriales. Dentro de le esperan horrores más allá de lo imaginable. Pedro Toro

Frankenstein (1983)

Frankenstein de Berni Wrightson

Bernie Wrightson ya se había enfrentado al reto de adaptar Frankenstein al lenguaje del cómic en dos ocasiones, ambas frustradas. El reto a estas alturas, no nos engañemos, consistía nada más y nada menos que en lograr una criatura creíble y alejada de la omnipresente efigie de Boris Karloff, devenida icono kitsch tras aparecer en incontables series de dibujos animados y cajas de cereales. Finalmente, en 1975, y tras abandonar el proyecto del cómic, comenzó a trabajar en un conjunto de ilustraciones que acabarían formando parte de la justamente famosa edición ilustrada de la novela original. No era un encargo, era un trabajo por amor al arte que Wrightson combinaba con las historietas para Warren que le daban de comer por aquel entonces. La falta de plazos (tardó siete años en completar las ilustraciones) y el formato en blanco y negro formaron las condiciones en las que el dibujante pudo dar rienda suelta a su amor por el trabajo de los antiguos maestros del grabado del siglo XIX; su intención era crear la ilusión de que las ilustraciones eran contemporáneas de la propia novela. Las láminas resultantes impresionan por su obsesivo grado de detalle: miles y miles de líneas que definen texturas, luces y sombras. Tanto es así que llegó a circular la leyenda urbana de que el artista se había lesionado las manos aunque, más que una leyenda urbana, resultó ser algo así como una profecía, porque lo cierto es que la muñeca de Wrightson acabaría por romperse a principios de los noventa y nunca llegaría a recuperarse del todo. Félix García

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2 comentarios

  1. Panzer dice:

    Enorme Jennifer y el recopilatorio de historias de Poe, escritas por Bruce Jones y magistralmente ilustradas por Wrightson…. Ese recopilatorio y Corben me hicieron enamorarme de los cómics

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