[Todos a una] Harry Price, John Constantine y la brigada de detectives sobrenaturales

Gabardinas, cigarrillos, callejones, soplones y pasma... pero también necronomicones, engendros del infierno, mafia del Más Allá, conjuros por venganza y asesinatos sobrenaturales. Esta semana os traemos unos cuantos detectives típicos de novela negra... con tendencia a solucionar misterios sobrenaturales.

Desde los desenmascaradores de falsos mediums victorianos a personajes de ficción que entremezclan serie negra y magia ídem. Hemos hecho una breve y somera selección de detectives sobrenaturales por si no sabes cómo solventar ese misterio aparentemente mundano pero que huele a azufre. ¡Cazafantasmas con gabardina!




Recuerda, como siempre, que nuestros Todos a una no pretenden ser exhaustivos ni completistas, sino que algunos de nuestros colaboradores escogen un caso relacionado con el tema a desarrollar y hablan de él.

Harry Philip Lovecraft (Hechizo letal, 1991)

No tiene mucho mérito ser un investigador de lo oculto en un 1948 alternativo donde la magia es tan real como los impuestos, pero desde luego sí lo tiene ser una de las pocas personas que se resiste a usarla. Es el caso de este detective de apellido e iniciales familiares, interpretado por Fred Ward en una producción para televisión de la HBO que ningún fan del otro H. P. L. debería perderse. En el mundo de Philip Lovecraft los vampiros, los hombres lobo y los zombis conviven con los mafiosos de punta en blanco y las mujeres fatales (la suya, encarnada por Julianne Moore), y los diálogos afilados se alternan con lecturas del mismísimo Necronomicón. Además hay gremlins a lo Joe Dante, un policía llamado Bradbury y un demonio de avena (así figura en los créditos), por si te habías quedado con hambre. La película se conoce también en nuestro país como El sello de Satán, y cuenta con una secuela (Witch Hunt, 1993) que figura en IMDb con ese mismo título español. En ella la magia sustituye al comunismo en la América de los años 50 (y Dennis Hopper a Fred Ward), así que le echaremos la culpa del lío de nombres a un contubernio entre los sóviets y esos malditos gremlins. Andrés Abel

Durtal – Joris-Karl Huysmans (Allí abajo, En ruta, La catedral y El Oblate – 1891/1903)

¿Quién es Durtal? En general, se nos describe poco al personaje. Es, sin duda, un gran observador y nadie puede negar que sus descripciones aburridas y retóricas, muy retóricas, de las catedrales cristianas son fruto de lecturas sin fin. Pero, ¿qué pretende Durtal en sus investigaciones ocultistas? ¿A qué viene ese interés por las campanas? ¿Se identifica con ese ídolo powermetalero que es el asesino y violador Gilles de Rais? ¿Por qué acaba en una misa negra donde se follan, literalmente, a Dios vía dos hostias consagrada arriba y abajo del pene?

Lo divertido de Durtal es que es un trasunto de un viajero de la fe, tema común en la literatura francesa. Gente que conoce la mayor de las corrupciones de París, motor sin fin de la literatura de “retrete” que fue el naturalismo (Huysmans dixit), para acabar cuales personajes de Martin Scorsese arrodillándose ante la cruz. O la media luna, si cree a Michel Houellebecq en Sumisión. “Lloré y creí”, decía ese gran hipócrita que fue Chateaubriand en sus Memorias de Ultratumba luego de que la guillotina sesgara la cabeza a casi toda su familia. Para Durtal el drama es más suave y su búsqueda de la fe, tan detectivesca como peligrosa, supone una escapada de la mundanidad y mediocridad de la locomotora, el sombrero de copa y el funcionariado.

En fin, Durtal es ese Huysmans descreído de corrupciones varias que, luego de probar mil placeres, acaba como un Iker Jiménez novecentista buscando brujas, libros poseídos y monjas ninfómanas. Ante su encuentro, ante la escena dantesca que cierra Allí abajo, solo queda la conversión. ¡Y es que el pecado tiene la sombra alargada! Julio Tovar

Harry Price (1881-1948)

Desde que en 1848 las hermanas Fox aseguraron que un ente sobrenatural rondaba por su casa de Nueva York, el interés de la ciudadanía por conectar con sus antepasados aumentó considerablemente propiciando la aparición de médiums, videntes y también investigadores de lo paranormal como el británico Harry Price, un personaje tan famoso que hasta existe un telefilm sobre su vida.

En 1920 Price acababa de ingresar en la Society for Psychical Research para convertirse en su mejor investigador. Especialista en la detección de estafadores, descubrió cómo se las ingeniaba William Hope para hacer salir fantasmas falsos en sus fotografías. Previamente, había desenmascarado a Eva Carriere, que aparecía desnuda ante el público e invitaba a los asistentes a sus sesiones a introducir las manos en su vagina para asegurarse de que no escondía ningún espíritu dentro. Acto seguido, entraba en trance y llegaba al orgasmo, momento en que asomaban los fantasmas y salía ectoplasma de su boca, aunque nada de esto era real: los fantasmas eran figuras de papel maché y, el ectoplasma, pedazos de papel masticados y luego escupidos.

Harry Price asistió a una ceremonia de nigromancia en Alemania durante la cual se invocó a Goethe, descubrió que había médiums (como Maria Silbert y Jan Guzyk) que engañaban a la clientela moviendo los objetos con sus pies y que las profecías catastróficas de Joanna Southcott no eran más que una patraña. Profecías que se hallaban en una caja custodiada por el Ghost Club y que Harry Price abrió. En su interior solo encontró un revólver viejo, cuatro papeles sin valor y un boleto de lotería. ¡Vaya chasco para los numerosos fieles de Joanna!

Aunque en la mayoría de los casos que investigó logró descubrir el engaño, no halló trampa en la rectoría de Borley (en el condado de Essex, Inglaterra) y llegó a la conclusión de que esa era una casa encantada. Una casa construida en 1862 sobre las ruinas de un antiguo monasterio benedictino con leyenda de muertes violentas. Concretamente, la de un monje del monasterio y de una monja de un convento vecino. Ambos, amantes, capturados en su huida y sentenciados a morir. Él en la horca y ella emparedada viva entre los muros del monasterio. Roser Messa

Thomas Carnacki, cazafantasmas (1910)

Puertas que golpean en medio de la noche. Dagas que apuñalan solas. Sueños demasiado vívidos. ¿A quién vas a llamar? Si resulta que estás en la década de 1910, muchos años antes de que Bill Murray se pusiera la mochila de protones, va a tener que ser Thomas Carnacki.

Aunque, la verdad, no faltan opciones; por aquella época, precisamente, flotaba en el ambiente la idea de combinar las hazañas detectivescas de Sherlock Holmes con el gusto por el espiritualismo y lo oculto, con el resultado de que los investigadores diletantes de los sobrenatural proliferaban como poltergeists en una casa vieja. Ahí estaba John Silence, creación de Algernon Blackwood que, ni siquiera adelantándose en dos años a su compatriota William Hope Hodgson tiene el mérito de ser el primero. De modo que Carnacki no es el primero, ni el más sagaz, ni el más valiente, ni, desde luego, el más simpático, pero cuenta con una serie de gadgets que combinan la geometría de los antiguos grimorios con los últimos adelantos en circuitos eléctricos y tubos de vacío. Eso y la mente despejada de un escéptico sin prejuicios, que es la mejor actitud para enfrentarse a filtraciones dimensionales y almas en pena.

A lo largo de su carrera, Carnacki se enfrentó a auténticos bulos (La casa entre los laureles ), a amenazas sobrenaturales legítimas (La puerta del monstruo ) y, al menos en una ocasión, en su mejor relato y el que cierra la antología de Valdemar Gótica, a entidades proto-lovecraftianas (El cerdo), sin que nunca nos haya quedado muy claro lo que sacaba Carnacki de todo esto,como no sea la satisfacción de la curiosidad y el gusto de agasajar a sus amigos Jessop, Arkright, Taylor y Dodgson con una buena historia.

Recientemente hemos vuelto a ver a Carnacki en las páginas de la League of Extraordinary Gentlemen de Alan Moore y Kevin O’Neill, donde parecía haber abandonado su afición por los cacharros para dedicarse a las profecías funestas y desencaminadas. Félix García

John Constantine, el mago cuñao (1984)

Desde que John Constantine debutara en las páginas de La cosa del pantano en 1984, creado por Alan Moore, Stephen R. Bissette y John Totleben, una cosa ha quedado clara: se merece una buena hostia. Y se las ha llevado por todas partes, algunas con razón y otras no. Es más, podría hacerse una empanada de hostias y aún le quedaría tupper para dos días.

Pero más allá de su temperamento cínico y su proclividad a soltar la frasecita hiriente en el momento más inoportuno, es un pobre diablo, “un mago obrero” como le definió Moore, que primero por vocación y después por una mezcla de morbo, culpa y casualidad se mete en todo tipo de casos sobrenaturales. Y hay dos cosas que caracterizan sus casos: la primera, que en ellos alguien termina pagando un precio muy alto; la segunda, que es demasiado listo como para que el que pague la cuenta sea él.

Como cualquier personaje de ficción con más de tres décadas de historia sobre los hombros, tiene historias extraordinarias y alguna que otra para olvidar, sobre todo cuando ha salido su esquina, pero si coges un tebeo con él en la portada tienes muchas posibilidades de que sea una lectura apasionante. Precisamente por Hellblazer, su difunta colección particular, han pasado algunos de los mejores guionistas del medio, como Jamie Delano, Garth Ennis, Brian Azzarello o Peter Milligan.

Por desgracia, si coges un cómic más actual es posible que te lleves un chasco: parece que en DC no saben muy bien qué hacer con él, y lo mismo le cierran su colección en la línea Vértigo para incorporarle al Universo DC tradicional (que con sus multiverso y sus reinicios continuos, atrévete tú a decir qué es), que le vuelven a dejar al margen.

En audiovisual tampoco le ha ido muy bien, con un filme que haría las delicias de Trump (¡el demonio salta la frontera de México!) y una serie que pasó sin pena ni gloria.

Pobre Constantine: cualquiera diría que el Diablo le pisa la cabeza. Conociéndole, no me extrañaría nada. Adrián Álvarez

Parabellum: sucesos paranormales y modelo 303

Verónica Guerra puede parecer una chica bastante común: treinta y pocos años, vive en Barcelona y lleva esa agitada e imprevisible vida de freelance. Lo particular de su trabajo es que paga las facturas resolviendo casos que quedan fuera de la jurisdicción mortal, o lo que es lo mismo, es detective de sucesos paranormales. En su día a día puede lidiar con valkirias o centauros y tratar con médiums. Humanos, vampiros, seres legendarios o mitológicos que están en apuros saben a quién llamar: es entonces cuando desaparece Verónica y aparece Parabellum armada con su Glock, dispuesta a repartir agua bendita y balas de plata con la máxima profesionalidad.

El dios asesinado en el servicio de caballeros es la primera y divertidísima novela de Sergio S. Morán, editada en 2016 por Fantascy, cuyo éxito reside la sencillez de su prosa y en las altas dosis de imaginación que probablemente consigan que la disfrute un público amplio; tanto los lectores todoterreno -incluso si la fantasía no te va mucho, es probable que te guste- como quien esté buscando una lectura amena para entretenerse. A raíz del hallazgo de un dios griego asesinado en extrañas circunstancias, Parabellum se interna en una guerra entre bandas divinas con la ciudad condal como escenario. Esta opera prima no es que beba de Terry Pratchett, es que directamente se emborracha de él, según ha reconocido el autor en diversas entrevistas. Lectura recomendable. Rocío Martínez

La saga de Harry Dresden (Jim Butcher, 2000-2015)

Harry Blackstone Copperfield Dresden es el nombre completo del detective y mago a tiempo completo creado por Jim Butcher en el año 2000 con la salida de Storm (Tormenta); desde su propio nombre, formado por la suma de tres conocidos magos (Harry Houdini, Harry Blackstone, Sr.,y David Copperfield) el autor norteamericano sienta las bases en las que se fundamenta sin olvidar su faceta detectivesca, más cercana al hardboiled que al relato de mystery.

Harry aprovecha estas dos facetas suyas para convertirse en un hombre para todo capaz de encontrar objetos perdidos, realizar investigaciones paranormales y, al mismo tiempo, apoyar con sus consejos al departamento de policía de Chicago, la ciudad en la que opera. Desde un primer volumen de presentación de personajes se irán añadiendo elementos paranormales a la saga (calaveras que hablan, demonios, varitas mágicas…. de todo) y un universo de secundarios cada vez más vasto sin olvidarse de la faceta policíaca. Además, sin duda, Dresden es un mordaz e irónico detective que no duda en apelar al lector cuando las cosas no salen como él espera, dando vivacidad a la narración junto a momentos bastante divertidos.

La saga, en definitiva, funciona a la perfección, entre otras cosas, porque sabe mantenerse fiel a las leyes establecidas en lo policíaco y ofrece una mezcolanza de fantasía aderezada con momentos truculentos y criaturas demoníacas altamente recomendable. Conocer a Harry Dresden es un gran acercamiento a la diversión. No esperéis encontrar algo más trascendente, simplemente entretenimiento del más alto nivel. Todo un lujo. Mariano Hortal

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Artículos Promocionados

Loading...

Publicidad

Suscríbete a nuestra newsletter semanal
Novedades y contenido inédito.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *