[Todos a una] Nuestros comics favoritos de 2015

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2015 tiene las horas contadas, pero aún tenemos tiempos de echar la vista atrás y comprobar qué nos han deparado los últimos 12 meses. Seguimos con este fin de semana de lecturas, pero ahora en formato gráfico. Revisamos los comics que más nos han impactado de 2015. De superhéroes a novelas gráficas introspectivas, de aventuras clásicas a horror de última hornada.

Y estos son los elegidos.

YAGO GARCÍA – Prophet Vol. 4: Reunión (Brandon Graham)

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¿Los hay mejores? Desde luego. ¿Más innovadores? Eso ni se discute. ¿Más agraciados con una creatividad bruta, anárquica y sin barreras? También, pero pocos. Poquísimos, de hecho. La odisea espacial y carnosa de Brandon Graham y su cohorte de dibujantes viene siendo el título cuya (irregular, demasiado irregular) aparición me tiene más en ascuas desde hace unos años. Y eso se debe, además de a una versatilidad asombrosa en lo gráfico y en lo narrativo, a su capacidad para hacer suyos los rasgos más desquiciados de la ciencia-ficción underground, en la estela de Métal Hurlant y de la Nueva Ola literaria de los setenta. En cristiano: que apenas te enteras de qué va la historia, pero eso acaba importándote poco gracias a una avalancha de conceptos, de ideas desquiciadas, de visiones de pesadilla, que acaba resultando un goce en sí misma de puro demente. Y lo más demente de todo es que tamaño monumento haya surgido, en último término, de una idea de ese Satán llamado Rob Liefeld. ¡Por el Ojo!

IVAN MAZÓN – ¡Garcia! (Santiago Garcia y Luis Bustos)

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Utilizar la iconografia pop del héroe (del superhéroe) para reflexonar sobre política quizá sea una de las asignaturas más pendientes de un país que durante el último siglo ha desdeñado el poder del símbolo desnudo a favor de retratos más costumbristas y sociales. Pese a esto (quizá precisamente por esto) en los márgenes culturales han ido apareciendo una considerable cantidad de honrosas excepciones que estaban encantadas de subvertir ideológicamente la desaprovechada imagineria patria. ¡Garcia! se estructura así sobre dos ejes: el primero, esta tradición que abarca desde Unamuno a Álex de la Iglesia y construye una sátira ambigua sobre la idiosincracia nacional; el segundo se ve influenciado por la época de maduración del tebeo de superhéroes americano de los ochenta, con esa revisitación de Roberto Alcázar y Pedrín que tiene un poco del Miracleman de Alan Moore en sus contrastes perversos sobre la deconstrucción del héroe de derechas, y otro tanto del Batman de Frank Miller en su urbe de tonos opresivos coronada por la cruz del Valle de los Caídos. Hay mucha transcendencia pop en ¡Garcia! perfectamente ensamblada con la trama desinhibida (y cada día un poco menos distópica) de flechas y pelayos bajo la democracia, y además está magnificamente dibujado. Aun a falta de su segunda parte para juzgar en su totalidad, de momento se puede afirmar sin lugar a dudas que es una obra necesaria.

MARIANO HORTAL – Aquí (Richard Mcguire)

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No ha sido este año uno de aquellos en los que leo muchos cómics pero sí me gustaría subrayar este Aquí de Richard Mcguire porque supone una concepción innovadora que trae no pocas satisfacciones desde una premisa muy curiosa: el paso del tiempo en un mismo espacio. Un cómic en el que con solo dos páginas te encuentras inmerso en un viaje en el tiempo en el que la localización no cambia en ningún instante. La mayoría del tiempo es una habitación concreta pero siendo el abanico temporal tan extenso (desde la creación de la humanidad hasta un futuro muy lejano) uno tiene la sensación de poder encontrarse cualquier cosa, desde dinosaurios hasta hologramas pasando por una tribu de indios. Se genera un sense of wonder innegable porque nunca sabes qué habrá en la siguiente página, entre otras cosas porque Mcguire  no se limita ubicar un espacio temporal sino que abre varias ventanas alternando escenas de diferentes épocas en una misma página y siempre con una excusa narrativa que las une. Es más difícil explicarlo que verlo dibujado. Echadle un vistazo. La diversión está asegurada.

ÁLVARO ARBONÉS – El hombre sin talento (Yoshiharu Tsuge)

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A pesar de toda la popularidad que haya podido ir amasando el manga con el tiempo, aún tiene dos cuentas pendientes en Occidente: una crítica realmente informada sobre el mismo y un trato más cuidadoso en lo que publicación de clásicos se refiere. Por fortuna, ambos aspectos van puliéndose con el tiempo. Con la publicación de El hombre sin talento, tal vez la obra más conocida de Yoshiharu Tsuge junto a La espita, por fin podemos leer a uno de los grandes mangakas ya no del underground o de la revista Garo, donde era imprescindible, sino del medio en general. Su sutil forma de narrar la vida de los perdedores del sistema, de aquellos que se han rendido o ni siquiera han tenido jamás la oportunidad de triunfar, salta de la comicidad hasta la tragedia sin hacerlo realmente: siempre van juntas, de la mano, pero es difícil percibirlo en un primer momento. Porque si bien el título va por él mismo, Tsuge es cualquier cosa menos un hombre sin talento.

ELISA McCAUSLAND – Multiverso (Grant Morrison)

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Una provocación; la más acertada y divertida reflexión sobre el fan del cómic de superhéroes, sobre el poder de la ficción y su perversión al servicio del ego; y un experimento a tener en cuenta para repensar las herramientas discursivas que manejamos en la crítica. El Multiverso de Grant Morrison puede parecer, a priori, una travesura muy cara, el enésimo intento de un autor por ponerse a la altura de alguno de sus maestros en lo que a reflexión de lo heroico se refiere; pero, lo que no podemos obviar es que, en el camino, parece haber dado en el clavo de los tiempos, introduciendo la hipermodernidad, sin vergüenza y con estilo -más allá de Pax Americana-.

AZUL CORROSIVO – Darth Vader (Kieron Gillen y Salvador Larroca)

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Darth Vader es un personaje tremendo, y va mucho más allá de lo que creó George Lucas. Da igual que Hayden Christensen no fuera capaz de darle mayor profundidad a Anakin Skywalker, ni que Lucas se sacara cosas de la chistera en la definición del personaje: el Señor Oscuro es la hostia, y el partido que se le puede sacar a su historia más allá de revolcarse en el césped de un prado es inmenso. En buenas manos, su carisma es demencial, y eso es lo que ha pasado con Kieron Gillen y la serie mensual de Vader. Algunos rechazaron los tebeos por la mano irregular de Salvador Larroca, que se mantiene en esta colección, pero ésta profundiza en cómo Vader vivió las películas. Tratan al personaje como lo que uno imagina y espera de él: como un guerrero temible, un hombre despótico con sus subordinados y alguien profundamente afectado por sus acciones en el pasado. Solo con los cómics vemos que su vida hasta El imperio contraataca (1980) había sido una mentira, y esta nueva dimensión completa al personaje como se merece.

IGNACIO PABLO RICO – Devorar la tierra (Osamu Tezuka)

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A punto de finalizar el año, llega a las librerías uno de los trabajos más potentes de Osamu Tezuka, eminente mangaka al que no hace falta presentar. Publicado entre 1968 y 1969, este ambicioso manga de inspiración folletinesca hace gala de una libertad creativa francamente estimulante, como viene siendo costumbre en el autor. El reverso tenebroso de los booms económicos, el empoderamiento de la mujer y la temible amenaza de la globalización en ciernes son los temas centrales de una obra, pese a todo, desvergonzada y divertida, cuya enfática comicidad colisiona con las sórdidas y graves MW (1976-1978), Oda a Kirihito (1970-1971) y Ayako (1972-1973); e incluso con el aliento intelectual de Adolf (1982-1985) y Buda (1972-1983). Si hay un tema común a toda la producción de Tezuka es la eterna pugna entre las pasiones del individuo y las fuerzas de la Historia, pero -y no lo decimos en un sentido negativo, sino todo lo contrario- siempre renunció a la articulación de un discurso propio: al contrario, y aceptando sus contradicciones, Tezuka se sitúa aquí, más que nunca, en la intersección en la que se cruzan nuestros miedos y nuestros anhelos. De una viñeta a otra, Devorar la tierra pasa de la exaltación feminista a la misoginia, del estereotipo étnico a la rabia anticapitalista, concretando las múltiples tensiones en personajes de trazo cartoon que sintetizan clichés sociales, psicológicos y de género de los que tratan de huir recurrentemente. Tiroteos, persecuciones, parajes exóticos y romances locos en un desatado thriller que flirtea con la ciencia-ficción, cuyo carácter revulsivo cobra una fuerza especial en una era en la que el pensamiento único ha encontrado su perfecta reencarnación en los dictámenes de la corrección política.

DANIEL AUSENTE – La formidable invasión mongola (Shintaro Kago)

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Una de las alegrías del año ha sido que ECC recogiera el testigo de editar a Shintaro Kago en nuestro país. Es cierto que lo salvaje y radical me pierde, pero este maestro de lo grotesco es mucho más que eso (como explicamos en nuestra Guía para Principiantes del autor). A primera vista, La formidable invasión mongola no propone los brutales juegos metalingüísticos de Reproducción por mitosis o Fraction y parte de una propuesta delirante a la que parece difícil sacar partido a lo largo de un libro entero. El éxito militar de Gengis Kan se debía a los caballos utilizados por su ejército, que en realidad no se trataba del animal que todos conocemos sino de las manos amputadas a gigantes hembra que permanecen aletargados en el interior de cuevas subterráneas. Extremidades que cobran vida al ser extirpadas, se pueden domar como animales de transporte y que se reproducen de nuevo en los dormidos cuerpos gigantes. Un punto de partida muy loco a partir del cual Kago fabula una historia alternativa de nuestra civilización en la que estos caballos mongoles son el eje del progreso, imprescindibles para las grandes travesías marítimas, la revolución industrial, la 1ª Guerra Mundial o la fabricación en cadena. Y es ahí donde —sin perder su gusto por el chiste chorra, la incorrección furiosa o el estallido perturbador— Kago lo hace de nuevo: reta y vence mi imaginación, me lleva por caminos nunca transitados y me deja boquiabierto, alucinado. Y encima se saca de la manga nada menos que un impresionante cruce mutante entre Steampunk y Nueva Carne.

JESÚS ROCAMORA – Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora (Tom Gauld)

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Me gusta usar referencias a los videojuegos porque resultan inesperadas, y aportan color si las colocamos en un discusión sobre las hermanas Brontë o Tolstói”, me contaba en una entrevista el pasado abril Tom Gauld. “Técnicamente, no me interesa la perspectiva o la profundidad en mis dibujos, lo que da a mis viñetas, incluso a las que no tratan sobre videojuegos, ese aire de un viejo plataformas”. Y, de nuevo, no se me ocurre otra forma mejor para intentar derribar la distinción alta/baja cultura que esta colección de tiras que giran alrededor de conflictos como ciencia vs religión, vida rural vs vida urbana, natural vs artificial, viejas tecnologías vs nuevas tecnologías y, sobre todo, que se ríe de los clichés y fetichismos que asociamos a los clásicos de la literatura. “Me interesan todos ellos, pero probablemente lo que más me interesa es el conflicto en sí mismo. Coger un tema en debate y llevarlo hasta su extremo más ridículo es una buena forma de reírse de él. Me gusta reírme, no tanto del punto de vista que alguien pueda tener sobre algo, como del hecho de que lo presente de forma poco razonable o intolerante”.

VÍCTOR NAVARRO – Bahía de San Búho (Simon Hanselmann)

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Simon Hanselmann no ha tenido una vida fácil. Su padre abandonó a su madre cuando él era muy pequeño. Su madre era yonqui y tuvo relaciones con varios tíos gilipollas. Abandonó el colegio con 14 años y dejó que la televisión lo educara. Ha sufrido la homofobia y la transfobia en un pequeño pueblo de Tasmania por vestirse de mujer. Lo único que ha mantenido a Hanselmann con vida ha sido dibujar cómics. Las historias de Megg, Mogg y Búho son su terapia y esto se nota en cada viñeta. Hanselmann maltrata a sus personajes. Megg tiene depresión, Mogg es incapaz de entenderla, a Búho le hacen bullying constantemente, Werewolf Jones es un descerebrado que se autolesiona cada vez que tiene una oportunidad… El dibujante canaliza a través de los personajes su relación con las cuestiones que le rodean: la adolescencia permanente, las drogas, la homofobia y la transfobia, el dinero, el trabajo, las masculinidades violentas. Mil movidas. Lo cuenta en tono de sitcom, como si espolvorease la desgracia con risas enlatadas. Al mismo tiempo, dibuja y escribe con una crudeza y una violencia difíciles de impostar. El humor de Simon Hanselman enamora y deja mal cuerpo.

JÓNATAN SARK – Prez (Mark Russell y Ben Caldwell)

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Ha sido también un buen año para el cómic. Muchas novedades dentro y fuera del ‘mainstream superheróico’ -más fuera que dentro, claro- y muchas recuperaciones y reinvenciones. Para poca sorpresa de sus lectores las que peor están son las dos grandes editoriales de superhéroes, para menos sorpresa aún de quien haya seguido la evolución de sus últimos años es DC la que se lleva la peor parte. No es que no tenga alguna serie estimable (que sí, que siempre, que Batgirl y Bizarro y Grayson y que algo se puede rascar siempre de todas partes) pero es que la gran mayoría son no ya malas sino infectas a niveles a los que uno casi creía haber olvidado que se podía llegar. Quizás por eso mismo brillan sus aciertos más de lo que lo hacen en la competencia, donde la variedad permite un menor consenso. Pero si algo brilla en ese estercolero es precisamente este título político con mezcla de humor negro y de ficción cinco minutos en el futuro. Grandes ideas y reflexiones más alguna crítica a un sistema que parece destinado a intentar alcanzar el grado de sátira que la política americana tiene en este momento. Una auténtica gozada.

ADRIÁN ÁLVAREZ – Ms. Marvel (G. Willow Wilson y Adrian Alphona)

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¿Cuántas veces lleva Marvel intentando meter el rayo en la botella del mismo modo que lo consiguió con Spider-man? Da igual cuantas veces lo intenten si consiguen un personaje como Kamala Khan, una joven de ascendencia paquistaní, musulmana practicante y superheroína. Ms. Marvel es adorable por su fortaleza interior y su capacidad de mantener hasta sus convicciones religiosas. El equipo formado por la guionista G. Willow Wilson y el dibujante Adrian Alphona ha creado un cómic necesario en un mundo donde la integración, el respeto a las creencias religiosas y el feminismo se ven amenazados una y otra vez por el papanatismo cuñado, en franco ascenso.

JOSE MANUEL SALA – Providence (Alan Moore y Jacen Burrows)

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A medio camino de su publicación quizás resulte precipitado decir que Providence es el mejor cómic del año…Aunque sin duda es el que está dando más que hablar.

Pongámonos en contexto. Providence es la respuesta de Alan Moore a la idea de que los mitos de Cthulhu se han comercializado en exceso, por lo que el guionista de Watchmen (1986-1987) pretende escribir un relato que arroje una nueva luz a la hora de leer a Lovecraft. De este modo Providence empieza (no podía ser de otra forma) con un viaje, el de un joven periodista en busca de un libro que le llevará a adentrarse en las extrañas tierras de Nueva Inglaterra.

Ambientación de época excepcional, diálogos que ocupan números enteros, referencias a eventos terroríficos, psicoanálisis, viñetas que ocultan items secretos y una inquietante quietud que parece decirnos que aunque no esté pasando nada, en el fondo está pasando todo. ¿No era eso de lo que iba Lovecraft, de aquello que nos espera tras una puerta, los secretos que escondemos a la sociedad, la represión de aquello que no se puede contener y late, esperando el momento de despertar?

ANDRÉS ABEL – Broadway: Mundo de mierda (Mike Ratera)

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Mi cómic favorito de 2015 es un tebeo de 1993 o, más exactamente, una recopilación de las historietas que protagonizó en aquel entonces la rotunda antiheroína creada por Mike Ratera para la revista Comix Internacional. Fueron seis descargas de sexualidad y violencia extremas que beben de El almuerzo desnudo (1959) en lo esotérico y de Hellraiser (1987) en lo estético, entre otras muchas fuentes igual de turbias, y que Tyrannosaurus Books se encargó de reeditar este año en un volumen bien preñado de extras. Un reestreno necesario, primorosamente remasterizado, para esta película de carretera asfaltada con cadáveres putrefactos.

CHEMA MANSILLA – Secret Wars (Jonathan Hickman y Esad Ribic)

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Que todo está ya muy visto y que al final la jugada de que sí pero no reinicio el Universo Marvel ha sido fallida. Que ese evento que aglutina mil y una cabeceras de cómic de la editorial ha sido un paraguas bajo el que se ha editado mucha basura. Que sí, que tenéis razón, que a mi tampoco me ha gustado demasiado. Pero cada número de esa serie central Secret Wars, con esa épica y esa magia dibujada por el enormemente genial Esad Ribic, es un ejemplo más de la buena salud de la editorial y un buen motivo para gritar make mine Marvel!

JOHN TONES – Sangre americana (Benjamín Marra)

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Enhebrando un equilibrio único entre la sátira y la entrega apasionada a los códigos de la explotación de la serie Z, con una devoción que solo se puede calificar de personal y autoral por el cine de justicieros urbanos de la Cannon, las cassettes rebosantes de maquetas hiphoperas de los ochenta, la pornografía agreste y el cine de terror neoyorkino à la Lustig, como esa Maniac que acaba de cumplir 35 años… en pleno núcleo de ese batiburrillo se sitúa orgulloso Sangre americana, la impactante recopilación de publicaciones autoeditadas de Benjamín Marra. Un indescriptible homenaje a las formas y los modos del cine y los tebeos más arrastrados de los ochenta, que prescinde de la glamourización de Drive (2011) o incluso de Hotline Miami (2012) y se tira en plancha al fandom y las decadentes formas del grafitti no artístico, el erotismo arrabalero y la violencia porque sí. Para completar esta nada sencilla mezcla de devoción y reflexión, hay que tener en cuenta que Benjamín Marra es un artista: ha estudiado en la escuela de Bellas Artes de Nueva York y su proyecto de fin de carrera fue supervisado nada menos que por David Mazzucchelli, así que hay que añadir a la macedonia algo de ironía, distanciamiento y parodia. El resultado es hipnótico y palpitante, el mejor tebeo del año porque no se puede explicar: hay que vivirlo y dejarse atrapar, sin más reflexiones que las justas, por su furioso huracán de pasiones.

 

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