[Todos a una] De la Cosa Larga a la Máquina del Cambiazo: una recopilación de inventos delirantes

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Almacenes llenos de cacharros que no sirven para nada. Unos salidos de la febril imaginación de los autores de ciencia-ficción más tronados, otros increíbles pero muy dolorosamente ciertos. Inventos que no mejoran para nada nuestra situación sobre el planeta pero que la hacen mucho más divertida. Los inventos del TBO en la vida real: una plétora de artilugios imprescindibles pero inútiles.

Si hay un legado claro que nos dejó el TBO son los inventos del Profesor Franz de Copenhague, quizás el mad doctor más notorio (junto a Bacterio) que ha dado nuestra ficción tebeíl. Pero ni todos los inventos son alambicados laberintos de tuercas y paneles luminosos, ni todo en esta vida tiene que servir para algo, ni las ideas más chifladas están siempre en los tebeos. Para demostrarlo hemos reunido a nuestros colaboradores, les hemos puesto unas aparentes batas de científico y les hemos pedido una lista de inventos disparatados, reales o no. Que en estos casos, la verdad, es un poco lo de menos.

La máquina del cambiazo

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El más icónico y recordado invento del profesor Bacterio tenía la capacidad de teletransportar a la gente a un punto concreto del planeta. No se trataba, sin embargo, de un mero transportador como el de Star Trek, pues la persona que entrase en la máquina era sustituida por el sujeto (u objeto) que se encontrase en las coordenadas introducidas.

 Con una idea de semejante potencial y el inagotable filón que suponía la incompetencia patológica de los personajes, Francisco Ibáñez contaba con material de sobra para crear sin descanso un gag tras otro, casi siempre basado en los constantes fallos de la máquina, coordenadas habitualmente incorrectas o cambiazos inesperados (en uno de los gags más memorables Filemón era enviado a Transilvania ocupando el lugar de un vampiro que resultaría ser el mismísimo Conde Drácula).

La primera aparición este célebre y desastroso gimmick fue en la revista Pulgarcito Extra Verano 1969, en el mejor momento creativo de Ibáñez, ya con un trazo totalmente maduro y sin apenas rastro del estilo afrancesado que experimentó con El sulfato atómico. La siguieron varias historias cortas también publicadas en Pulgarcito y posteriormente recopiladas en el álbum La máquina del cambiazo, reeditado decenas de veces en diferentes formatos. Ya en los noventa, Ibañez recuperó la máquina con algunas modificaciones para justificar el viaje temporal del álbum El quinto centenario. La última aparición destacada del invento fue en La maldita maquinita, una extraña secuela tardía que lamentablemente aterrizaba en los inicios de una etapa de decadencia creativa que dura hasta nuestros días. Nacho MG

Vórtice de la Perspectiva total (El restaurante del fin del mundo, Douglas Adams -1980-)

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El inventor Trin Trágula llegó a la conclusión de que la naturaleza del universo en todo su conjunto (las galaxias, su composición, su historia…) se podía extrapolar de alguna manera de las interacciones atómicas de un pequeño trozo de tarta. Ahí está la base teórica del Vórtice de la Perspectiva Total, formado por un cajón de acero con el tamaño suficiente para que una persona entre de pie, unido a un trozo de tarta mediante cables. Dentro de la caja, la víctima se encuentra con todo el universo inabarcable para ser consciente de la infinitud del cosmos y la insignificancia de uno mismo. Como experiencia, es sin duda mucho más desagradable que beberse un detonador gargárico pangaláctico. Pablo Vicente

La parábola holandesa

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La distancia que existió entre descubrir que los murciélagos poseen un radar en miniatura y replicarlo en forma de aparato permitió la aparición de toda una tecnología de detección de aeroplanos basada simplemente en poner la oreja. Los japoneses inventaron unas tubas enormes y los ingleses se especializaron en los llamados “espejos sónicos”, pero de entre todos estos inventos estrambóticos alumbrados por la necesidad de protegerse de un bombardeo lo antes posible destaca este par de gigantes orejas inventado por los holandeses en los años treinta. Los pabellones estaban construidos de aluminio para no resultar demasiado pesadas al desgraciado “localizador” que tenía que llevarlos y esperar horas y horas en guardia. Para mayor comodidad, estos Dumbos-cyborg llevaban unos pequeños cojines hinchables que también permitían ajustar el artefacto mejor a la anchura de cada cráneo.  Lo del estetoscopio que cuelga de las orejas de este infeliz no lo acabo de entender. En cualquier caso, el pobre no parece demasiado contento. Santi Pagés

La Cosa Larga de Futurama

La cosa larga de Futurama

No es sencillo para un invento destacar en un futuro lleno de novedades, dentro de una serie que avanzaba en cada capítulo algunas de las maravillas que nos aguardan en el siglo XXXI, y sin embargo uno de ellos consiguió instalarse en nuestras fantasías por delante de los tubos de transporte y los coches voladores. La Cosa Larga se presentó en el episodio Antología del interés I (2000), y desde entonces no ha habido día en que algún fan del profesor Farnsworth y su equipo no haya deseado que la ciencia dé ese paso de gigante necesario para hacerla realidad: al sentarse en el sofá para ver una película y darse cuenta de que olvidó apagar la luz, mirando ese interruptor que parece encontrarse a años-ídem de distancia; señalando en la pizarra que hay detrás del camarero, con un índice impotente, ese plato cuyo nombre no es capaz de pronunciar; o bien como sustituto universal, ecológico e inagotable de esa mesnada de mandos que acechan en su salón como las arañas robóticas de Runaway: Brigada especial (1984). Solo nos queda esperar a que se produzca la singularidad tecnológica, pero hasta entonces podemos soñar. Andrés Abel

El metro neumático de Nueva York (1870)

El metro neumático de Nueva York (1870)

Faltaban treinta años para la inauguración del metro de Nueva York cuando Alfred Ely Beach diseñó el metro neumático, un invento que no avanzó pero que, de haber salido bien, habría sido el primer metro de la ciudad. Dicho invento consistía en un tubo neumático propulsado por aire a presión. Alfred E. Beach lo erigió en tan solo 58 días y lo hizo a escondidas y en secreto al carecer de los permisos oficiales. Para ello, construyó una cápsula gigante (que albergaría a 10 personas sentadas) que debía salir disparada, propulsada por aire a presión, a través de un túnel subterráneo que fue trazado entre las calles 14 y de 15 de Manhattan. Su apuesta para el transporte colectivo de personas pasaba por “un tubo, un vagón y un ventilador” según sus propias palabras. Y eso hizo inaugurándolo el 26 de febrero de 1870.

Años antes, en Londres se había puesto en funcionamiento un sistema de transporte de paquetes y correo denominado correo neumático que consistía en lo mismo, pero a menor escala: un pequeño túnel a través del cual se lanzaban unas cápsulas (con la correspondencia en su interior) que llegaban al otro extremo en 65 segundos. Viendo esto, a Beach se le ocurrió que, si un paquete podía viajar a propulsión, ¿por qué no intentarlo con humanos?

El metro neumático de Beach funcionó solo tres años. La gran crisis económica mundial (1873) fue la causa de que los inversores se echaran atrás y la ampliación de la línea hasta Central Park no se pudiera materializar, dejando el proyecto acabó arrinconado y olvidado. Roser Messa

Gato de mantequilla anti-gravedad (Tomorrow Stories #3, Alan Moore -1999-)

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Doce números y dos especiales, ese fue el breve bagaje de la colección de historietas del Alan Moore más informal (pero igualmente elegante) de finales de los noventa. El joven Jack B. Quick pasa la mayor parte de su tiempo inventando cosas increíbles, la mayoría de las cuales terminan por explotar a pesar de su encomiable esfuerzo. La ciencia de las invenciones de Jack a menudo se basa en el razonamiento incorrecto o creencias irracionales que de alguna manera, funcionan. Por ejemplo, con el fin de probar la paradoja del gato y la mantequilla, basada en la doble “creencia” de que los gatos siempre caen sobre sus patas y las tostadas por el lado de la mantequilla, Moore se inspiró en la paradoja que John Frazee creó a principios de los noventa para dar un paso más allá, obviando arneses y pan tostado. El pequeño Quick unta mantequilla directamente en el lomo del gato et voilà, adiós a la gravedad. Y a tu mascota. Kiko Vega

El metalizador de cadáveres (1891)

El metalizador de cadáveres (1891)

Inventado por el Dr. Varlot, científico francés olvidado por la historia y con razón, el metalizador de cadáveres era un sistema para cubrir a los muertos de las personas fallecidas con una capa metálica que permitiría conservar su cuerpo durante toda la eternidad. Las razones por las que un invento de este tipo era necesario o una señal de progreso son complicadas de entender y supongo que una cosa muy de su época, con el oficio del suministro de cadáveres tan en auge. La respuesta es, como siempre, la de siempre: si se puede hacer, se hace y luego ya veremos. Pero hoy podemos decir que menos mal que no prosperó. ¿Qué haríamos con tantos cuerpos a la larga? ¿Dónde los meterían? ¿Nos devorarían (en un sentido muy diferente al de los zombis)? ¿Qué otra utilidad tendrían más que la decorativa? También sería caro, todo hay que decirlo, dado que el elemento principal es el sulfato de plata que se pulveriza sobre un cadáver que luego es introducido en una campana de cristal cerrada al vacío. Luego toca añadir vapores de fósforo blanco y sulfuro de carbono y más tarde sulfato de cobre. Al parecer, el resultado era un fiambre refulgente, bonito, galvánico y de una solidez a prueba de siglos. Daniel Ausente

La máquina que hace “ping” (El sentido de la vida, Monty Python -1983-)

La máquina que hace “ping”, bueno… hace “ping”. Y también te informa de si el bebé está vivo o muerto, pero eso es lo de menos. Lo importante es que esté muy a la vista cuando el administrador viene a contemplar el parto, que es la forma más sensata de empezar el paso por este Valle de Lágrimas tan al estilo Monty Python, que lo glosaron en su El sentido de la vida. Entonces ese grupo de personas contemplando un parto ajeno parecía una insensatez sin pies ni cabeza, ¿verdad? Bueno, al final todo se reduce a eso: a máquinas inútiles, a vidas mediatizadas desde antes de salir del útero y a un montón de idiotas revoloteando para presumir de pings. Hasta la próxima visita del administrador. John Tones

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