[Todos a una] Planetas imaginarios: de Solaris a Gallifrey

Desde que ni siquiera los planetas que creíamos hechos y derechos como tales se consideran planetas con todos los de la ley vivimos en una continua desazón que solo se arregla visitando planetas imaginarios. Otros mundos, otros orbes que llevan haciéndonos soñar desde hace décadas, desde la fantasía y la ciencia-ficción, que en realidad no somos tan prisioneros de éste en el que estamos confinados.

Hay de todo: habitables, con consciencia o metáforas más o menos amanosas del subconsciente. Y todos una auténtica tentación para nuestro próximo destino vacacional. Estos son nuestros planetas imaginarios favoritos.



Perelandra

Hay algo de mágico en un cristiano convencido que trata de componer una obra que mezcle a la vez fantasía de imaginería celta y cristiana con ciencia-ficción. Por eso la trilogía cósmica de C. S. Lewis es una lectura apasionante y arrebatadora: cada título está ambientado en un planeta, dentro de un Sistema Solar comunicado con Dios. Marte ambienta la primera entrega, Venus la segunda y la tercera se desarrolla en la Tierra, conocida como el planeta silencioso porque el pecado original nos incomunicó con el resto.

Si me quedo con Perelandra, de Perelandra, un viaje a Venus (1943), aunque Esa horrible fortaleza sea un estupendo colofón y el mejor de la trilogía, es por su descripción de una Venus prácticamente cubierta por entero de agua dulce. Aún faltarían un par de décadas para descubrir que Venus es un infierno de atmósfera irrespirable, por lo que Lewis la describe como un paraíso tropical inundado y escenario de la más solemne de las batallas: la de los Adán y Eva de dicho planeta por no sucumbir al pecado.

Y aunque no ha habido adaptación de la trilogía cósmica al cine porque Narnia, y porque lo cristiano en cine sólo mola como abierto proselitismo (Dios no está muerto lo petó en 2014) o como origen de mal rollo (la reciente Verónica es prueba de ello), nos tendremos que conformar con Christopher Nolan, siempre amigo de adaptar por lo bajini a clásicos de la literatura inglesa. Es difícil no pensar en Perelandra cuando en Interstellar (2014) se llega al planeta inundado y casi esperé ver a Ransom y Weston, protagonista y antagonista de la novela, dándose en los piños por un quítame allá esas tentaciones.

De momento, habrá que conformarse con las novelas, que no es poco. Adrián Álvarez

Altair IV

Pese a ser considerada unánimemente como una de las películas de ciencia-ficción más representativas de la década de los cincuenta, hay que reconocer que Planeta Prohibido (1956) se aparta bastante de los cánones marcados para el género a mediados del siglo pasado. Aquí no encontrarás, por ejemplo, paranoia anticomunista disfrazada de invasión marciana. Tampoco verás cohetes fálicos surcando el espacio estelar; los protagonistas se desplazan en platillo volante. Altair IV, el planeta que da título a la cinta, es otra de sus originalidades. En una época en la que el cine de ciencia-ficción cinematográfica se alejaba poco de la Tierra, nos ofrece un mundo más propio de las space opera de Jack Vance y Poul Anderson. Con sus desiertos, sus bosques purpúreos y sus amenos jardines, Altair IV ha proporcionado escenografía a George Lucas y a la mayoría de los videojuegos galácticos contemporáneos. Pero es que, además, Altair IV fue el hogar de los ahora desaparecidos Krell, arquitectos de ciclópeas estructuras subterráneas y artífices de un dispositivo capaz de materializar el pensamiento. Altair IV, al igual que el planeta Solaris, es una avanzadilla de la humanidad no tanto en las profundidades del espacio como en las de la mente. Félix García

Aura

Más conocido como “El planeta de los vampiros”, por la denominación que se le dio a la película Terror en el espacio (1965) en Estados Unidos, aunque en realidad los resucitados de Aura no tuviesen nada que ver ni con murciélagos de agudos colmillos ni con dietas ricas en sangre; y sin embargo es cierto que esos falsos exteriores coloreados con niebla (para disimular el vacío de los decorados) recrean una atmósfera gótica más propia de castillos medievales que de naves espaciales. El terror cósmico en versión Mario Bava es un prodigio de artesanía confeccionado con un presupuesto mínimo a base de miniaturas, trucos de espejos y un par de rocas de plástico (“sí, dos: una y una”, se le citaba en un artículo de Fangoria), y su influencia gravitatoria alcanza desde la serie original de Star Trek (1966-1969, con énfasis en los episodios de horroristas como Robert Bloch) hasta sus muy comentadas similitudes con Alien (1979). Ridley Scott siempre ha afirmado que por entonces no la había visto, pero seguro que antes de Prometheus (2012) tuvo tiempo de admirar los sobrecogedores paisajes de Aura y los modelitos de sus visitantes. Andrés Abel

Invernáculo

En los inicios de la ciencia-ficción abundaron los lugares comunes: platillos volantes, imperios marcianos o pastiches de terror. Una de las primeras obras en desmadrar el género, borrarlo de cualquier conexión con la verosimilitud, fue Invernáculo (1962) del recientemente fallecido Brian W. Aldiss.

Describe con precisión de botánico, más en el original inglés, un planeta dominado por la foresta, donde los humanoides sobreviven como especie más débil. Una basa acientífica, que odiaría Arthur C. Clarke, y que presenta una tierra que ha dejado de rotar. Esto le libera de cualquier discurso racional para crear una novela fantástica, no muy lejana en estilo al maestro Tolkien en descripciones eternas, y que fusiona varias historias publicadas anteriormente.

La influencia de este planeta verde, anegado de junglas, con simbiontes pensantes, llega a clásicos como Nausica del Valle del Viento o Gandahar, filme y novela. Y sobre todo deja una imagen inolvidable, clásica en la ciencia-ficción de papel: los inmensos traverseros, una especie de orugas de gas, reptando de la tierra a la luna con humanoides guisantes escondidos en su lomo. Julio Tovar

Gallifrey

La serie de ciencia ficción más longeva de la televisión, Doctor Who, teniendo como protagonista a un viajero del espacio-tiempo es lógico que posea una representación nutrida de planetas de toda índole y diversidad. En un contexto como el creado, es natural que las sucesivas reencarnaciones vayan viajando por planetas a cual más curioso. Y claro, el propio Doctor tiene un planeta de origen: Gallifrey, planeta de color amarillo anaranjado que sirvió de mundo natal para él y el resto de los Señores del Tiempo.

A pesar de su aparente importancia para definir el personaje, en su primera década de la serie nunca se reveló su nombre. Fue con el juicio al segundo Doctor (1969) cuando apareció por primera vez y fue identificado más tarde con el tercer Doctor (1973). Esto habla mucho de la naturaleza de su utilización por parte de los guionistas: la mayoría de las veces, como pretexto para desarrollar tramas en las que se ve involucrado el intrépido viajero.

Buen ejemplo de ello ha sido su asidua utilización en la etapa moderna del Doctor (a partir de 2005 y el noveno Doctor); Russel T. Davies, el showrunner de estos primeros años, sacó partido de su existencia-no existencia para enriquecer la mitología asociada al personaje. Se estableció, en un primer momento, que el planeta había sido destruido por el propio Doctor para poner fin a la Guerra del Tiempo; esto le sirvió para mostrar a un Doctor atormentado por la culpa. En un nuevo giro de los acontecimientos, aprovechó el episodio del 50 aniversario para cambiar retroactivamente la continuidad de este hecho, reflejando que, en realidad, no se había llegado a destruir; muy al contrario, se había conservado en animación suspendida gracias a la colaboración de todas las reencarnaciones del Doctor.

Probablemente, más adelante, algún otro showrunner aprovechará lo anterior para desarrollar algún hilo argumental de nuestro querido Doctor. Lo que está claro es que Gallifrey es un planeta que sirve de pretexto para enriquecer aún más la ya de por sí larga trayectoria de una serie que siempre busca hacer algo nuevo. Y eso siempre se agradece.

Términus

Hari Seldon tenía muy claro que el Imperio Galáctico iba a colapsar en algún momento. Ya que el caos posterior iba a ser una consecuencia inevitable, la decisión que tomó al respecto tenía como objetivo reducir ese periodo de tiempo al mínimo posible. Con este plan en mente consiguió el permiso para fundar una colonia en el planeta Términus, con la secreta intención de que se convirtiese varios siglos después en la capital de un nuevo imperio.

¿Qué distingue a Términus de otros planetas? Que, aparte de su localización en el extremo de la galaxia, está habitado por cien mil científicos enfrascados en seguir los planes de Seldon. El fundador les legó la Psicohistoria, una ciencia que combina la historia con la termodinámica y con la que es posible predecir los estados de equilibrio y desequilibrio más probables de una sociedad en el futuro. Con esta premisa empieza Fundación (1951), el primer libro de la saga centrada en este planeta.

Se le ha dado mucha importancia a la ausencia de mujeres en estas novelas, a su estructura deslavazada, a la falta de otras motivaciones en los personajes, a las interminables explicaciones y diálogos… Sin negar nada de eso, hay que tener en cuenta también que los relatos de Isaac Asimov (pienso también en los geniales Yo, robot –1950– o Los propios dioses –1972–) están escritos por un científico. Por eso más que cuentos se deberían entender como problemas lógicos, ecuaciones en las que al llegar al desenlace se despeja por fin la x. ¿Qué otro autor si no habría fantaseado con un planeta habitado por cien mil científicos? Pablo Vicente

Solaris

¿Cómo nos relacionaríamos con una inteligencia alienígena? Pongamos el caso del pulpo, la inteligencia más distinta a la nuestra que podemos encontrar en nuestro planeta. No tenemos nada que ver con ellos. El antecedente común entre pulpos y humanos es un gusano platelminto que habitó los mares hace cientos de miles de años. Desde entonces, unos y otros hemos ido cada uno por nuestro lado evolutivo. ¿Y cómo nos relacionamos con ellos? Comiéndonoslos, a la brasa o a feira. Una respuesta previsible tratándose del género humano.

En Solaris (1961), Stanislaw Lem trataba de responder a esa pregunta pero en vez de un pulpo empleaba un planeta viviente, un gigantesco océano consciente que no devora a los humanos que lo encuentran sino que por motivo desconocido materializa sus obsesiones y sus culpas en la forma de un ser querido. Lem, como Isaac Asimov, era muy crítico con la representación homínida del alienígena en la literatura o el cine. En uno de sus ejercicios magistrales de indagación filosófica, quiso llegar al mayor extremo posible para mostrar que la consecuencia de un encuentro entre humanos y extraterrestres sería la incomprensión más absoluta. Porque si algún día llegamos a salir ahí afuera a conquistar el cosmos, lo que haremos será buscar nuestra propia imagen, haremos como con los pulpos y nos comeremos lo que encontremos. El planeta Solaris nos concede ese deseo, nos ofrece un espejo, pero lo que los exploradores encuentran allí es culpa y desespero.

La dificultad de representación de una mente extraterrestre se extendería a las adaptaciones de la novela a cargo de Tarkovsky y Soderbergh; aunque haya poco malo que decir de ambas, las dos se centraron en los dramitas personales de los personajes humanos ante la imposibilidad inconmensurable de representar un ser verdaderamente alienígena. Santi Pagés

Namek

Pocos planetas pueden jactarse de ser la cuna extraterrestre de dios y del diablo. Pero como el Akira Toriyama del principio de Dragon Ball (1984-1995) parecía más constreñido por su obsesión con hilvanarlo todo que por los crecientes caprichos de sus editores, eso es lo que acabó ocurriendo con el planeta Namek. Cuna de las bolas de dragón más codiciadas del universo, lugar de combate contra tiranos intergalácticos e interesante destino vacacional para aquellos que les gusten los escenarios rocosos, las gentes apacibles y los planetas que han estallado por los aires al menos una vez, Namek es uno de los planetas más y mejor recordados de la ficción contemporánea. Y no sin razón: a fin de cuentas, es donde nacieron esas simpáticas divinidades que acabarían siendo menores en una serie que ha acabado perdiendo el norte. Incluso si, al menos, siempre podemos ignorar todo lo que ocurrió después de Célula y volver a los apacibles tiempos namekianos. Álvaro Arbonés

Gueden 

En el planeta Gueden, también llamado Invierno, hace un frío que te cagas durante la mayor parte del año. Y la estación cálida, amén de breve, es casi peor, porque lo convierte todo en un barrizal fangoso que te deja la ropa perdida. Pero, aunque servidor sea de los que pierden las ganas de vivir cuando cae el termómetro, siempre ha mirado este pedrusco glacial con mucho cariño. La razón, como supondrán quienes ya lo conozcan, es que doña Ursula K. Le Guin les hizo un favor tremendo a sus habitantes liberándolos de la noción de género. Por razones fisiológicas, primero, y culturales, después, los nativos de Gueden no son ni hombres ni mujeres: sólo son personas.

Dicha invención levantó ampollas de todo signo cuando La mano izquierda de la oscuridad (1969) llegó a las librerías. Y las sigue levantando ahora: los de siempre consideran a Gueden una utopía feminazi, mientras que, desde la otra esquina del ring se le sigue reprochando a Le Guin el no haber llevado sus postulados al extremo. Polémicas aparte, a un servidor le parece tremendamente apetecible esa hipótesis por lo descansada que resulta.

¿Se lo imaginan? Nada de presiones en el patio del colegio, en la oficina o en el garito de turno para amoldarse a los moldes de la feminidad o la virilidad. Decirle “hasta nunca” a múltiples paranoias relacionadas con el deseo, la identidad, la pareja o la relación de dichos conceptos con la ley. Y, sobre todo, adiós a las polémicas tuiteras por quítame allá una baladronada engagé o un exabrupto de barra de bar.

Aun así, lo que más me emociona cuando pienso en Gueden es otra cosa: el hecho de que sus habitantes, habiendo podido inventar la televisión, decidieran renunciar al proyecto porque la radio les molaba más. Eso sí que es saber vivir. Yago García

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