Cómo Umberto Eco cambió el mundo cinco veces

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Con la muerte de Umberto Eco no hemos perdido sólo a un gran ensayista y narrador, sino también a un estudioso de la cultura popular cuya influencia se extiende desde el cómic a la música, pasando por los videojuegos. Resumimos aquí sus méritos.

Hoy tenemos una buena ocasión para ponernos tristes: Umberto Eco, el semiólogo, profesor y novelista italiano, falleció ayer a los 84 años en su casa de Milán. Dada su ciclópea talla como erudito, el fallecimiento de Eco es una de esas noticias que suponen una mina para las secciones de Cultura de la prensa generalista, siempre dispuestas a recordarnos la influencia del personaje en el pensamiento europeo y mundial. Sin embargo, a nosotros nos interesa más recordar otra de sus facetas: la del investigador que aplicó su agudeza a la cultura popular, cuando la mayoría de sus colegas académicos aún no se dignaban a tocarla ni con el proverbial palo. Algunos de los mejores momentos de Eco, tanto como ensayista como docente, editor y autor de obras de ficción, tuvieron como objeto artes que en CANINO nos resultan muy queridas, y de las cuales sabemos algo más gracias a su trabajo. Por ello dedicamos este artículo a recordar cinco razones por las que estamos en deuda con él.

El cómic, tomado en serio

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La infancia de Umberto Eco no fue precisamente fácil: nacido en 1932, diez años después de la llegada al poder de Benito Mussolini, el erudito piamontés creció a la sombra del fascismo, primero, y después bajo el fuego de la II Guerra Mundial. Tras el final del conflicto, un contingente de soldados del ejército de EE UU (en su mayoría afroamericanos) se instaló en Alessandria, su pueblo, y con ellos le llegó una epifanía insospechada. Y no sólo porque, tras haberse visto bombardeado por propaganda racista desde pequeñito, el joven Umberto entablara amistad con el capitán Muddy, un militar francoparlante y aficionado al champán, sino también porque otro de los soldados le hizo entrega de un auténtico tesoro: varios cómics de Al Capp (Lil’ Abner) y de Milton Canniff, el autor de Terry y los piratas Steve Canyon. Merced a dicho regalo (que “tenía muchos colores, y olía bien”)  Eco desarrolló su interés por el lenguaje de las viñetas, algo que se prolongó durante sus años como respetado profesor de semiótica: a principios de los 60, organizó en Roma y Turín varios cursos que podrían quedar como los primeros encuentros académicos sobre la historieta en universidades europeas. En 1964, su libro Apocalípticos e integrados (si no lo has leído, corre a la biblioteca) dedicó un espacio pequeño, pero muy estimable, a analizar el lenguaje gráfico de varios autores de cómic, como su querido Caniff y Chester Gould (Dick Tracy). Y, por si esto fuese poco, la primera edición italiana de Peanuts (Charles M. Schulz) contó con un prólogo suyo. Gracias a la ‘respetabilidad’ conferida por los escritos de Umberto Eco, el tebeo comenzó a ganarse poco a poco un lugar entre los intereses de la intelectualidad: seguramente, estos análisis son los responsables de que muchas librerías sesudas tengan estanterías dedicadas a la “novela gráfica”.

La música electrónica

Aunque uno pensaría que a don Umberto le iba más el gregoriano, sus intereses musicales resultaban menos arqueológicos: durante su infancia, nuestro estudioso tocó la trompeta en una banda de música, y siendo ya un septuagenario retomó la práctica de ese instrumento para recuperar algo de su juventud perdida. Ahora bien, si buscamos la auténtica influencia de Eco en los sonidos del siglo XX (y en los del XXI) tenemos que remitirnos a su amistad con el compositor Luciano Berio. Casado por entonces con la soprano Cathy Berberian (sí, lo de Berberian Sound Studio viene de ahí) y muy interesado en la lingüística, Berio colaboró con Eco en la elaboración de Thema (Omaggio a Joyce), una pieza de 1958 en la que varios fragmentos del Ulises, leídos con la estratosférica voz de Cathy, son desmontados, reorganizados y sometidos a tratamientos cibernéticos de toda índole hasta convertirse en una jungla de sonidos entre lo dublinés y lo cósmico. ¿Una majarada? Pues sí. Pero si consideramos que Luciano Berio fue uno de los compositores más influyentes de su época, maestro de Steve Reich y de otros grandes, y que Thema no resulta tan alejada de los asaltos ruidistas de Throbbing Gristle, Matmos y otros maestros de la distorsión… pues va a resultar que los pinitos de Umberto Eco en la música electrónica trajeron mucha, mucha cola.

Las novelas ‘históricas’ de detectives

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Leída con las gafas del analista, El nombre de la rosa (la novela de 1980) es un festín de referencias que van mucho más allá de la Edad Media: la crisis del pensamiento occidental, el estado de Italia (y de sus intelectuales) tras los ‘Años de plomo’ de los 70 y el devenir ideológico de Europa se llevan muchas referencias, y muy bien disimuladas, en este tochazo. Pero Eco era el primero en saber que, a la mayoría del público, todo aquello no le importaba un pimiento: si las aventuras de fray Guillermo de Baskerville y su ayudante Adso de Melk se convirtieron en un best seller fue debido a su atractivo como folletín detectivesco, lleno de giros inesperados y con una ambientación de lo más exótica. De ahí que, tras el éxito del libro y de su adaptación cinematográfica (durante cuyo rodaje Eco descubrió que Sean Connery sólo sabía hablar de fútbol) las librerías se llenasen con historias de misterio situadas en tiempos y lugares del pasado. Por supuesto, Umberto Eco no había inventado el subgénero (Agatha Christie, Peter Lovesey Ellis Peters, la creadora del monje investigador Cadfael, habían puesto los cimientos de esta moda), pero gracias a los beneficios de su novelón los editores se dieron cuenta de que aquello tenía futuro: las novelas de Lindsay Peters Davies con Marco Didio Falco (el sabueso más duro de la Roma antigua), de Anne Perry y de Boris Akunin, entre otros autores, gozaron de una pujanza inusitada desde entonces.

Las novelas de conspiraciones y símbolos

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Estamos en 1988, y Umberto Eco publica (entre gran expectación) su segunda novela: El péndulo de Foucault, que así se llama el tocho, versa sobre cómo un grupo de eruditos italianos descubre (por accidente, y de una forma bastante ridícula) una conspiración antiquísima en la cual están enredados desde los Caballeros Templarios hasta los discípulos de Aleister Crowley, pasando por los adoradores de Cthulhu. Casi dos décadas más tarde, en 2003, Dan Brown publica El código Da Vinci, otro libro que se convierte en best seller mundial y que habla de una conspiración antiquísima en la cual están enredados el Opus Dei, los Caballeros Templarios y… Sí: las similitudes entre la novela de Brown y la de Eco han sido señaladas múltiples veces, lo cual convertiría al piamontés en el ancestro tanto del escritor estadounidense como de Matilde Asensi y otros novelistas que se apuntaron a eso de la conspiranoia histórica. El propio Eco se cachondeó bastante de la posible influencia (“Dan Brown es una de mis criaturas”, sentenció con ironía) sin reconocer nunca que su propia novela tiene bastante, pero bastante que ver con la trilogía Illuminatus! de Robert Anton Wilson Robert Shea, una obra de culto que se publicó entre 1975 y 1988.

…Y los videojuegos

Efectivamente: ahora toca hablar de lo que todos estamos pensando. Corría 1987, y la compañía española Ópera Soft se puso en contacto con Eco para obtener los derechos de El nombre de la rosa. Resulta que un programador muy fan del libro, llamado Paco Menéndez, había elaborado un videojuego basado en Fray Guillermo, los asesinatos benedictinos y la maldita biblioteca-laberinto. Y, dado que el programa en cuestión era una enorme obra de arte, con innovadoras rutinas de inteligencia artificial y unos gráficos (obra de Juan Delcán) que quitaban el hipo, cualquiera diría que el sabio hubiese estado encantado de darle su visto bueno… de no ser por la ‘pequeña’ salvedad de que el interés de la cultura pop por Eco no abarcaba los videojuegos. De hecho, en su momento se comentó que el piamontés no sabía lo que era aquello. Así pues, el juego de Menéndez y Delcán acabó saliendo al mercado con el título de La abadía del crimen, y haciendo historia como uno de los mejores ejemplos del ocio pixelado made in Spain.

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7 comentarios

    1. Yago García dice:

      ¡Gracias, Rubén! Corregimos.

  1. Xavier dice:

    Interesante artículo, mínima corrección. La autora de la saga de novelas históricas del detective Marco Didio Falco és Lindsay Davis, no Peters.

  2. Javi dice:

    Sólo una aclaración: en El péndulo de Foucault, los tres intelectuales no "descubren" la conspiración, sino que la van invantando sobre la marcha, mezclando ingeniosamente retazos de historia, literatura, filosofía y esoterismo. Esa es la gracia del libro 😉

    1. Yago García dice:

      De ahí lo de “por accidente, y de una forma bastante ridícula”. Porque anda que no tienen delito los manejos de Jacopo Belbo… 🙂

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