Una fantasía eterna: ‘Final Fantasy’ en el cine

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Aprovechamos el lanzamiento hoy del nuevo Final Fantasy XV para repasar la esencia de la celebérrima saga de videojuegos en sus múltiples escarceos con el séptimo arte. Un viaje épico por la corriente vital de una fantasía que no termina nunca. Pero también una aproximación profana con la mirada puesta en el cine.


Casi treinta años separan la nueva película de la saga y el lanzamiento de Final Fantasy XV de aquel juego de rol creado por Hironobu Sakaguchi para la NES. Múltiples entregas, secuelas, precuelas, spin-offs y todas las variantes que se os ocurran. No es para menos: la saga es un referente ineludible en la historia del videojuego y uno de los títulos que cuenta con mayor número de fans en todo el mundo.

Por esa misma razón hay que andarse con pies de plomo cada vez que uno se atreve a intentar rascar la superficie de cualquier fenómeno fan: el mundo de referencias que maneja Final Fantasy es absolutamente inabarcable en todos sus aspectos y la comunidad que los entiende distingue a la legua al foráneo videojueguil. Por eso habría que puntualizar que este texto no lo escribe un fan de la saga sino un visitante eventual que, en todo caso, cuenta con una sincera admiración por su imaginería fantástica. Este texto es una aproximación profana.

Dicho esto, cabe decir que el acercamiento a cada una de las entregas cinematográficas que la saga de videojuegos nos ha proporcionado son distintas entre ellas pero todas se sostienen por sí solas por algún mérito. Cada película se debate en una disyuntiva constante entre ofrecer algo a aquel que no ha jugado jamás a ningún Final Fantasy y, obviamente, algo más a aquel ha caminado por Midgar, conocido a los integrantes de Tantalus, montado en chocobo o jugado al blitzball. Quedan fuera de este artículo los numerosos OVAs y animes que la saga nos ha ofrecido, menos en el caso del realizado por Rintaro por motivos propios. Estamos ante una particularísima saga de fantasía cinematográfica: esta es su historia y seguirá como ella quiera.

Final Fantasy: La leyenda de los cristales (1994)

Final Fantasy V (1992) se lanzó en Japón para Super Nintendo, el mismo año que nuestros televisores se llenaban de Juegos Olímpicos. Estábamos a otras cosas y por eso la película, y no digamos el videojuego, tardó unos cuantos años en llegar a nuestros reproductores de VHS: lo hizo en 1999 de la mano de Manga Films. La leyenda de los cristales transcurría doscientos años después de los hechos acaecidos en el juego de rol, en un mundo sustentado por cuatro cristales elementales (Tierra, Viento, Agua y Fuego), donde una joven llamada Linally recibe el poder de uno justo cuando una maligna fuerza ancestral anda tras su búsqueda.

Una historia de aventuras y fantasía en la que se dan la mano elementos que deben ser entendidos como lo que son: descendientes del anime coetáneo pero antecedentes al desembarco occidental del mismo. La ingenuidad narrativa, el trazo simple e infantilizado, la exageración de figuras expresivas y el desarrollo marcado por la franqueza de intenciones eran símbolos comunes en el cine nipón de animación de entonces. Y digo cine con todo lo que conlleva pues La leyenda de los cristales fue concebida como una serie de cuatro OVAs (lanzadas directamente al mercado doméstico) pero funciona con el empaque y la unidad narrativa de un largometraje de dos horas. Algo que puede hacer pensar que su distribución y estreno fuesen una decisión económica antes que creativa.

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El responsable de todo aquello era un hijo ilegítimo, creativamente hablando, del gran Osamu Tezuka. Se llamaba Shigeyuki Hayashi y se curtió en la animación bajo las órdenes del Dios del manga en series como Astro Boy (1963) o Kimba, el león blanco (1965). Años después se le conocería como Rintaro, cofundador de Madhouse y uno de los máximos exponentes del anime desde finales de los setenta.

El resultado: un entretenimiento cuyas aspiraciones están lejos de ser la adaptación deseada del imaginario de la saga pero que cumple con lo que promete. No sólo es el primer testigo “cinematográfico” de Final Fantasy, sino que no falla como prueba del algodón del anime de finales de los ochenta y principios de los noventa. Un filme cuya previsibilidad e ingenuidad la llevan a quedarse a medio camino entre aventuras fantásticas seriadas como Las aventuras del Capitán Harlock (1978-79) y Nadia: El misterio de la piedra azul (1990-91) y referentes estéticos propios de largometrajes como El castillo en el cielo (1986) o Nausicaä del valle del viento (1984). Pero también es reconocible su empeño por rendir tributo a la psicología de protagonistas básica de la saga y, esto es algo que vamos a echar de menos, se nos revela como una buena prueba de que el sentido del humor podría no haber sido desterrado de lo que Final Fantasy será en el cine. Despidámoslo con una sonrisa porque no lo veremos más.

Final Fantasy: la fuerza interior (2001)

El nuevo milenio llegó para cambiarlo todo. La animación tradicional, por llamarla de algún modo, empezaba a complementarse con el ordenador de manera normalizada con películas como Titán A.E. (2000) o Atlantis: El imperio perdido (2001). Mientras, la animación por ordenador evolucionaba con una traducción estética de las mismas normas: figuras de diseño cartoon rodeadas por la imitación de texturas del mundo real virtualizado como Antz (1998), Bichos (1998) o Shrek (2001). De hecho, los paisaje más verosímiles y conseguidos desterraban de su recreación a la figura humana, memorable el caso de Dinosaurio (2000). La consecución de entornos 100% virtuales no iba pareja a la creación de anatomías humanas creíbles. Hasta que llegó Final Fantasy: la fuerza interior (2001).

La película nos presenta nuestro propio planeta en un futuro arrasado por una misteriosa invasión alien. En él, la doctora Aki Ross busca evidencias de la existencia de Gaia, el alma de nuestro planeta que cree que puede salvar a la humanidad de su extinción. Mientras, la política obvia a la ciencia y decide poner en marcha un rayo que, supuestamente, acabaría con la presencia de los aliens. El problema: que también puede acabar con Gaia. Esa presencia, Gaia, se comporta como nexo de unión con la saga de videojuegos si la entendemos como una suerte de Corriente Vital de Final Fantasy VII, una presencia mágica que une los seres que habitan el planeta y ejerce como punto de anclaje teórico del film. Una space ópera con ínfulas de profundidad espiritual y mensaje ecologista cuyo desarrollo poco tiene que ver con el Final Fantasy que conocemos. Cierto es que aquí también encontramos un grupo de héroes que superan su individualidad para unir fuerzas por un bien común, pero no menos cierto es que ese es el esquema de la narrativa de fantasía épica más elemental. Por eso, el principal enemigo del filme es su propio título, que lo une a un mundo creativo que parece no corresponderle.

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Enfrentarse a la película pensando qué hay de Final Fantasy en ella es algo tan inevitable como poco conveniente. Si se hubiese limitado a ser una ciencia-ficción de la escuela del Scott Card influenciado por Asimov, pero con un desarrollo narrativo más propio de la moral espiritual de Shyamalan, Final Fantasy: la fuerza interior se hubiese quedado un batiburrillo indescifrable pero interesante. De hecho, pensada como un hito técnico en la historia de la animación, es un film que se sostiene. Su atención al detalle y sus logrados hallazgos paisajísticos se complementan con una encomiable visión futurista del asunto. Sin embargo, nada en ello transmite la épica emocional que pretende y confirma que no es algo que se le dé precisamente bien a la saga en el cine. Una pena, porque la historia sigue.

La película fue un sonoro fracaso en taquilla, y estuvo a punto de significar el final de Square, el estudio responsable de los videojuegos. Aquello, a la larga, tendría un nombre propio: Hironobu Sakaguchi, cofundador de Square, creador de los primeros Final Fantasy y director de la película que nos ocupa. Tras poner en marcha una división cinematográfica del estudio (Square Pictures) e invertir en la película 137 millones de dólares, la taquilla le hizo el vacío: no pasó de los 85. La jugada hizo un agujero en las cuentas de la compañía que la dejó al borde del abismo y el resultado se resume en que el creador de la saga fue despedido y el estudio se fusionó con el que, hasta ese momento, había sido su rival: Enix. Una historia bastante más apasionante que la de la película que la causó.

Final Fantasy VII: Advent Children (2005)

Se han escrito mares de tinta en torno a Final Fantasy VII (1997) para explicar pormenorizadamente por qué es, no ya la mejor entrega de la franquicia, sino uno de los mejores videojuegos jamás realizados. No es el motivo de este artículo. Baste decir que el juego ha sido señalado como uno de los principales avatares de la popularización del rol japonés en occidente, y que por múltiples razones se mantiene incólume en su influencia en la historia de este arte así que sus fans se cuentan por millones.

FFVII cuenta la historia de Cloud, un ex-soldado que se une a un grupo de terroristas ambientalistas para luchar contra una compañía llamada Shinra, una malvada corporación que extrae energía de la corriente vital del planeta. Siendo muchísimo más compleja (y extensa) de lo que rezan estas escasas líneas, el esqueleto argumental del famoso videojuego se basa en esta idea para ir ampliando, en relación a sus personajes protagonistas, una historia apasionante en la que se dan la mano las características clave de la saga, añadiendo capas de profundidad dramática que antes solo se habían sugerido.

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Cuando esta historia contaba con ocho añitos, la maquinaria de la mercadotecnia, consciente de no haber aprovechado lo suficiente el culto al videojuego, puso en marcha la llamada Compilation of Final Fantasy VII, una caterva de videojuegos, peli y animes que ampliaban el universo original contando la historia de Cloud y Shinra antes y después de lo acaecido en FFVII. Así nacía la tercera aventura cinematográfica de la imaginería Final Fantasy, una película de acción que se desarrollaba dos años después del final del original. Una película que parte de haber construido un relato previo de la marca cinematográfica: es una secuela de un videojuego, como lo era la de Rintaro, pero realizada en base a la técnica de lo aprendido visualmente de la de Sakaguchi.

A su vez, también destila personalidad propia: acción centrada en su pasión por lo que retrata, y continuación de roles de personajes marcados por su papel en el videojuego. Una rareza con bastante encanto pues es, sin duda, la película de la saga que más adolece de dependencia del material original. Algo que podría ser visto -y de hecho lo fue- como una de sus mayores virtudes: Final Fantasy VII Advent Children no se entiende sin conocer la original, así que podría considerarse una película hecha para un público concreto y especializado. Lo cierto es que durante gran parte de su metraje no es más que una sucesión de guiños y desfile de personajes en acción dispuestos a hacer las delicias de fans.

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No obstante, sería injusto no decir que en ella encontramos hallazgos que la sostienen como film encomiable y evolución lógica a base de prueba/error de sus predecesoras. Adiós grandes historias llenas de nuevos personajes, adiós tramas complejas y desmesuradas redefiniciones del mundo videojueguil. Hola coreografías, slow motion, y enorme sentido estético al servicio de embellecer las hostias. Esto es algo más que una concesión al servicio del fan.

Final Fantasy VII Advent Children es una entretenidísima película de acción cuyos esfuerzos se centran en definir su objetivo: despojar de grandes argumentos y desarrollos para descubrir la belleza de la épica del espadazo. Un objetivo tan legítimo, y tan sinceramente expuesto que es difícil no aplaudir.

Final Fantasy XV: La película (2016)

Y llegamos a la última parada. La película que nos ocupa, fuera de nuestro país llamada Kingsglaive: Final Fantasy XV, ocurre paralelamente a lo que narra el flamante videojuego Final Fantasy XV. Y es, en definitiva, la consecuencia lógica de este viaje que iniciamos con un VHS en 1999.

Final Fantasy XV: La película ha llegado a España directamente en formato doméstico de la mano de la división de Sony, y es la combinación del aprendizaje de los errores con la obstinación en los aciertos de todas las anteriores películas. Funciona como película de acción pero narrativamente no depende de que conozcamos o no el material original, y además de ofrecer algunas set pieces memorables y un apartado técnico absolutamente apabullante, hace un acopio de madurez narrativa que se echaba en falta desde hacía años.

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Por un lado, la ingenuidad y desconocimiento del público al que se dirigía La leyenda de los cristales se ha perdido, pero se recupera el protagonismo colectivo que se apuntó allí y no terminó de cuajar del todo en las demás películas. Por otro lado, la espiritualidad y la independencia para con los videojuegos con el que contaba La fuerza interior quedan definitivamente desterrados, mientras se recupera la innovación a nivel de personajes y ambientes que funcionó en aquella entrega y cuyo alarde de realismo que hace esta entrega es absolutamente loable. Y, por último, las set pieces de acción que hizo memorables a Advent Children están aquí, con el añadido de reivindicarse narrativamente dentro del universo de la fantasía mediaval propio de la saga, como un producto entendible de manera independiente.

No es que esta suma de factores la conviertan en un dechado de virtudes, pero Final Fantasy XV es una película de fantasía épica y acción solvente cuya máxima es su propósito de enmienda con respecto a sus antecesoras. Un grupo protagonista bien ensamblado psicológicamente, un desarrollo narrativo lógico y maduro pero fiel a su filosofía escapista y un profundo conocimiento del funcionamiento de la épica del espadazo la convierten en un film reivindicable.

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Más aún si entendemos la aventura de Final Fantasy en el séptimo arte como lo que es: un complemento al videojuego. Siendo así, la evolución de su particular historia se ha tambaleado sobre una cuerda floja cuyos momentos álgidos tenían que ver más con proezas técnicas que con productos cinematográficos memorables. El camino nos conduce a Final Fantasy XV: La película, un filme que entiende lo que es y que se muestra orgulloso de serlo.

Decir que Final Fantasy en el cine tiene poco que ofrecer sería faltar a la verdad, pues cada película tiene sus hallazgos. Afirmar que están hechas por y para fans sería quedarse en lo obvio, ya que algunas de ellas son, efectivamente, entretenimientos más que solventes. Pero si profundizamos algo más en ellas encontramos en estos films un curiosísimo relato que las interconecta. Espada en mano, esta aventura vale la pena.

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