Unen canto con humor: de Les Luthiers a Bill Bailey

Lo primero que escuché de Les Luthiers fue El Lago Encantado (1974) en una cinta de cassette de mi padre. Yo tenía diez años y no podía creer lo que estaba escuchando. Alguien, un grupo de argentinos locos, había compuesto un ballet completo con la única intención de hacer reír. No para pasar a la historia ni por el mero hecho de crear arte: habían compuesto un ballet entero con un fin cómico. Y no sólo eso, sino que hacían gala del sentido del humor más fino, metarreferencial (aunque no supe qué significaba esa palabra hasta veinte años más tarde), exquisito y erudito que había oído en mi vida, y hasta hace poco pensé que no existía fuera de dicho grupo de argentinos locos. Nunca me he alegrado tanto de estar equivocado. Volveré a ello.

Les Luthiers -que acaban de pasar por varias ciudades de España, más alguna que les queda, con su último espectáculo antológico ¡Chist!-son, ante todo, un grupo de gente que sabe mucho de muchas cosas. No se pueden explicar sus casi cincuenta años de carrera, sus obras y su sentido del humor desde otra perspectiva. En un tiempo donde el más tonto cree que hace relojes estos señores representan el saber hacer y el dominio magistral de las artes para poder subvertirlas.

Para hacer humor con música mediante la construcción y la interpretación de instrumentos disparatados hay que saber mucho de humor y muchísimo de música, pese a que sólo uno de ellos tenga estudios reglados de la disciplina (López Puccio) y otro sea químico, el otro notario, alguno fuese locutor de radio y otro empezase la carrera de Medicina y nunca la acabase. Para poder reírte de algo, para poder hacer humor con algo, al menos si pretendes hacer humor de calidad, primero has de conocerlo tan a fondo que seas capaz de diseccionarlo en sus elementos más básicos, tomarlos, usarlos en un contexto distinto y reírte de ellos. Cualquiera puede hacer un chiste de cacas; para componer Loas al Cuarto de Baño (2000) se necesita bastante más trabajo.

En su medio siglo de carrera Les Luthiers han recorrido prácticamente todos los géneros musicales, desde los más clásicos hasta los más modernos. Ballets, madrigales, cantatas, operas, misas y todos los estilos de música popular del S. XX incluyendo, sobre todo, música latinoamericana como el tango, la samba y el gato pero también ragtime, jazz, blues, rock, pop, rap y hasta heavy metal. Y lo realmente asombroso es que los tocan todos bien. Cuando Les Luthiers hacen pop británico de los sesenta en Radio Tertulia, lo clavan; cuando Maronna se casca un riff digno del mismísimo Glenn Tipton en Lutherapia (2008), se nota que conoce el género al menos lo suficiente como para no sólo no hacer el ridículo sino para sonar muy bien; cuando Núñez Cortés toca un blues guarro al piano te caes de culo con el sentimiento que le pone; y cuando Rabinovich tocaba un bolero con la guitarra no podías más que asistir boquiabierto a semejante despliegue de maestría con las seis cuerdas.

Pero no sólo de música viven Les Luthiers. Además de grandísimos músicos tienen un sentido del humor tan agudo como un ángulo de treinta grados. Y la comparación no es tan estúpida como puede parecer cuando uno recuerda piezas como el Teorema de Thales (1967), pionero en la larga tradición de aunar humor con materias, disciplinas y artes que generalmente se prestan poco a broma. ¿Quién iba a pensar que algo llamado Dilema de Amor (Cumbia Epistemológica) (2008), una canción que mezcla un ritmo latino con términos filosóficos (que para colmo están empleados correctamente) podría funcionar como pieza cómica? Pues funciona, demonios. Mientras Núñez Cortés elabora una historia usando lenguaje filosófico los demás despojan de significado los términos que emplea y los usan como eufemismos sexuales simplemente por pura intención.

Pese a que ya su propio nombre está intrínsecamente relacionado con la música, ésta es sólo la mitad del talento de Les Luthiers. El otro cincuenta por ciento es la capacidad de hacer humor con el lenguaje, cuya cima indiscutible es el biólogo de Mundstock y Rabinovich sobre el merengue, quince minutos sin piedad en los que ambos alcanzan cotas de ingenio y verbosidad difícilmente superables. Entre toda la maravilla y el asombro de esa conversación destacan cosas como la sincronía cuando Mundstock, en un momento en que él y Rabinovich están hablando cada uno por su lado, se calla, se gira hacia su compañero y pregunta: «¿una sandía?» sin interrumpir el tempo del gag en ningún momento. O, por ejemplo, los cambios de tono sin interrupciones que les hacen pasar de ser dos señores muy serios que hablan de cocina a dos profesores que evalúan a un niño, dos doctores que diagnostican a un enfermo mental y dos clientes de un restaurante. Todo sin pausa, sin dar tregua al espectador y sin esfuerzo aparente. Algo que sólo está al alcance de los más grandes.

Y si alguien dominaba de verdad el lenguaje y conseguía los mejores gags, hacía reír más al público y tenía una vis cómica legendaria era el llorado Daniel Rabinovich. Se le suele recordar por el sketch de la lectura atolondrada de la carpeta de Mundstock, en el que realiza malabarismos con los signos de puntuación y juegos de manos con las sílabas, pero Rabinovich era alguien realmente genial cuyo talento iba más allá de eso. Era capaz de hacer reír con una mirada, con un gesto, con una forma de mantenerse de pie o apoyarse sobre un piano.

¿Recuerdan cuando dije que pensaba que este tipo de humor no existía fuera de Les Luthiers y que me equivocaba? Mi error se llama Bill Bailey.

Bill Bailey es inglés. No podría haber nada más opuesto a un argentino que un inglés, claro. No sólo por minucias como la guerra de las Malvinas o aquel golazo de Maradona, sino porque donde unos son extrovertidos, guasones, histriónicos y gesticulantes, los otros son… bueno, flemáticos. Calmados. Tranquilos. Con un humor más sutil (y bastante más cabrón), esas diferencias se reflejan muy bien si comparamos a Bill Bailey con Les Luthiers. Están, y perdonen el chiste, en las antípodas. Así que supongo que ahora el lector se sorprenderá si digo que Bailey me parece el relevo generacional de Les Luthiers. ¿Se puede hacer el mismo tipo de humor siendo diametralmente opuesto? No exactamente, pero las similitudes son más profundas de lo que parece y al final uno acaba pensando que se parecen en más cosas de las que se diferencian.

Bailey es un grandísimo músico, hay que verlo interpretar para entender que toca varios instrumentos a un nivel magistral. Aparte de eso, es capaz de entender e interpretar un amplio repertorio de música popular: desde sus denodados esfuerzos por reivindicar la música cockney y su influencia en el repertorio clásico (al parecer, tanto Mozart como Beethoven o Liszt incluyeron arreglos cockney en sus obras más famosas) hasta su afición por la música de las series televisivas de policías de los setenta, pasando por su amor por el rock sinfónico y el heavy metal en general. Bailey puede interpretar casi cualquier cosa que se proponga, desde música barroca hasta el death metal más garrulo sin despeinarse (reconozco que esto ha sido un chiste barato) y lo que es más importante, puede mezclar géneros de manera sutil sin que se noten las costuras y que hasta parezca natural.

Además de eso, su humor es surrealista en muchas ocasiones; sirva de ejemplo el chiste que se deshace por culpa de una paradoja temporal (de su show Cosmic Jam -1995-) o sus famosos chistes de dos tipos entrando en un bar. ¿He dicho dos? Bueno, podrían ser cinco. O diez. Incluso en su humor es capaz de colar las mismas referencias filosóficas (que van desde los griegos clásicos a la metafísica y la filosofía del S.XX) que Les Luthiers. Bailey es un erudito tanto en música como en cultura popular y en bastantes más campos, y además explota un tipo de humor que le hace parecer mucho más tonto de lo que es (un humor que Rabinovich dominaba a la perfección), de manera que las incoherencias, paradojas y trucos del idioma hacen todavía más gracia cuando van acompañada de una cara de estupor. Pero el hombre es muy inteligente, rebosa talento y, además, toca de narices. ¿Ven como en el fondo sí se parecen?

En un mundo en el que cada año se nos van yendo más y más cómicos geniales (el día que se me muera el primer Monty Python -perdón, Graham; ya me entiendes- sabe Dios que me va a dar el disgusto de mi vida), aún queda un rayo de esperanza para aquellos que disfrutamos de este tipo de humor. Tal vez no haya mucha gente que una canto con humor de una manera tan sublime, inteligente y magistral, pero mientras exista gente que lo haga como Bailey o Les Luthiers el mundo podrá considerarse, una vez más, a salvo.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Artículos Promocionados

Loading...

Publicidad

Suscríbete a nuestra newsletter semanal
Novedades y contenido inédito.

2 comentarios

  1. RenoRenarder dice:

    Para humor y canto nada mejor que los Mojinos Escozios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *