¿Vivimos en Gilead? Una contemplación de ‘The Handmaid’s Tale’ desde el presente

La primera temporada de The handmaid's tale llegó a su fin entre elogios de crítica y audiencia, encantados con su fina alegoría de una sociedad teocrática y opresiva en un futuro indefinido. Pero... ¿seguro que es el futuro? Dejemos de pensar que Gilead puede pasar aquí, y démonos cuenta de que es nuestro presente. Os contamos por qué la serie que en nuestro país emite HBO es una de las ficciones más importantes del momento.

The Handmaid’s Tale se sitúa en unos Estados Unidos donde un régimen fascista y ultrareligioso, la república de Gilead, se ha hecho con el poder. El alzamiento de esta ideología es presentada como consecuencia de un desastre medioambiental a escala mundial, que ha provocado infertilidad en la mayor parte de la población. En Gilead, la capacidad reproductiva de la mujer es lo más valioso y por eso no se permite que lo controlen las mujeres. Mientras tanto, la infertilidad de los hombres es un tabú acerca del que está prohibido hablar. En Gilead, toda mujer ha perdido sus derechos y su existencia ha quedado al servicio de dicho régimen y del hombre al que pertecene (bien como esposa, como criada o como handmaid o doncella). Las mujeres fértiles son sometidas y entregadas a las familias poderosas, con la intención de concebir un hijo para ellas. Son periódicamente violadas por el hombre hasta quedar embarazadas y, una vez nacido el hijo, éste es entregado a la familia. Terminado el proceso, la mujer fértil es prestada a una nueva familia. Las criadas son, en definitiva, máquinas reproductoras pertenecientes al estado y que fomentan el crecimiento del mismo.




Mucho se ha dicho sobre lo factible que resulta el guión de la serie, creada por Bruce Miller y basada en una novela de 1985 de Margaret Atwood, hoy en día. La reciente aparición de ideologías ultraconservadoras y nacionalistas ha hecho que aquellos derechos que creíamos seguros no lo parezcan tanto. Vivimos en la era de Donald Trump, de Theresa May y su propuesta de coalición con DUP (un partido político creacionista, homófobo y antiabortista entre otras cosas); donde Marine Le Pen era una posibilidad real en las últimas elecciones en Francia, y donde hace no tanto se convocaba una marcha a escala mundial por los derechos de las mujeres. Libertades que creíamos incuestionables ahora parecen en peligro por ser dependientes de una democracia en crisis y de un sistema de valores basado en la identidad que tampoco goza de una gran salud.

Atwood  ha declarado en varias ocasiones que todas las atrocidades relatadas en su libro ya habían ocurrido en diferentes regímenes políticos. La realidad es que The Handmaid’s tale ni es ciencia-ficción ni habla del futuro, es una puesta en escena de la violencia que contiene cualquier sociedad patriarcal: no es necesario irnos a regímenes fundamentalistas tales como China, la Unión Soviética o Afganistán para encontrar los síntomas de esa violencia. Podemos localizarlos fácilmente en nuestras sociedades occidentales. Quizás en otra intensidad o de manera más discreta, pero el origen de la violencia que los provoca es el mismo. Ahora que el conservadurismo amenaza a nuestra democracia, hemos de darnos cuenta de que la violencia que provoca el alzamiento de este tipo de ideologías se encuentra en la base de la sensibilidad de nuestras sociedades. Esa violencia ya existe entre nosotros, y The handmaid´s tale es solo una hipérbole que lo pone de manifiesto.

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Ya en la primera fase del capitalismo, con la aparición de la fuerza de trabajo, el cuerpo de la mujer se convirtió en la mayor fuente de riqueza, en tanto que productor de esa fuerza de trabajo. El cuerpo de la mujer fue entonces sometido y relegado a las labores reproductivas y de los cuidados, con la intención de producir trabajadores. En nuestras sociedades hipercapitalistas, el cuerpo y la sexualidad de la mujer siguen al servicio de esta relación y es por ello una obligación de la mujer que se quiere completa el reproducir la especie.

Es urgente dejar de pensar en esta violencia como característica de regímenes totalitarios de lugares lejanos, y empezar a identificar en nuestro entorno este robo de la existencia de la mujer a través de reducirla a su capacidad reproductiva. Sin ir más lejos, en España o Argentina aún ha de sonarnos familiar el robo de bebés en tiempos de dictadura. Aunque casos extremos como estos ocurrieran en situaciones políticas determinadas, la realidad es que las mujeres nunca hemos gozado de libertad en occidente. Aún no hemos conquistado una autonomía, y seguimos sometidas a un reparto de lo social que nos obliga a limitar nuestra identidad a la maternidad y la familia. Por eso, las libertades que tenemos son tan frágiles que Gilead nos suena factible: porque Gilead existe aquí, pero en una intensidad menor.

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Pero ¿cómo enfrentarse a este estado de cosas? Hasta ahora confiábamos en una revolución futura que prometía un mundo mejor. La realidad es que hoy en día nos enfrentamos a la falta de relatos y la crisis de los mismos mitos de la revolución. Y es que el futuro ha sido un mito de la revolución cultivado cuidadosamente durante todo el siglo XX. Es frente a esta pérdida de posibilidades proyectadas en un tiempo remoto cuando The handmaid’s tale se hace imprescindible. En tanto que espejo de nuestra realidad, Gilead nos obliga a pensar cómo han a ser las políticas del presente, y qué es lo que ha de cambiar aquí y ahora. Nos obliga a declarar que aquello que queríamos para el futuro y para las siguientes generaciones ha de ser ahora. A confiar más en el presente y menos en el tiempo que está por venir. Nos obliga a pensar cómo vamos a afrontar las políticas del -digamos- post-futuro, a través de las que hemos de construir ahora. Para poder llevar a cabo esta labor, dejemos de pensar que esto puede pasar aquí, y démonos cuenta de que ya ocurre. Quizás así, podamos evitar llegar a la hipérbole del relato de Atwood.

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4 comentarios

  1. qwerty_bcn dice:

    1- Me hace un poco de gracia como un relato mas o menos complejo, termina generando unos análisis super definidos. Es un poco metáfora del mundo real, donde todas las complejidades las dejamos de lado para centrarnos en problemáticas especificas. Y en general, casi como si no tuvieran relación o unas no pudieran afectar a otras. En cierta medida nos lamentamos mucho muy fuerte de lo mal que la pasan las mujeres, mientras esas mujeres pasean por calles llenas de homosexuales colgados. Porqué ahí, en la muerte de lo gay, no hay dolor. Porqué ser hombre y asesinado por una dictadura siempre será la salida fácil. O eso parece.
    2-Que la gente lo flipe con la representación realista del horror que proponen The Handmaid’s Tale y Get Out también es un poco lol. Recordemos que en la distopia propuesta por Atwood (como mínimo su versión televisiva que es la aquí analizada) el racismo no importa. En Estados Unidos. Con perdón, tócate los huevos.

    1. kittycat dice:

      “En cierta medida nos lamentamos mucho muy fuerte de lo mal que la pasan las mujeres, mientras esas mujeres pasean por calles llenas de homosexuales colgados. Porqué ahí, en la muerte de lo gay, no hay dolor. Porqué ser hombre y asesinado por una dictadura siempre será la salida fácil. O eso parece.”

      Pues ya está. Apañado. Todas a casa que hay hombres muertos (porque debe ser que a las mujeres homosexuales no les pasa nada en esa serie, o nada más de lo que ya les pasa por ser mujeres).

      Es lo de siempre. Se trae a colación un producto en el que las mujeres son posesión de los hombres para hablar de capitalismo y patriarcado y resulta que todo mal porque la autora no ha mencionado explícitamente otras opresiones. El artículo va de algo más pero no pasa nada, que aquí lo que importa es que los hombres también sufren.

  2. ¡Hola!

    Me ha gustado mucho tu análisis. “El cuento de la criada” da para debates muy extensos y sus temas, como bien apuntas, son muy actuales. Ahora, por ejemplo, en España se está planteando la opción de regular los vientres de alquiler.

    Por otra parte, me resulta muy interesante que la protagonista, Defred, haya vivido en la sociedad anterior a Gilead y pueda compararla con el nuevo régimen totalitario. Creo que gracias a esto podemos ver que no estamos tan lejos de la sociedad descrita por Margaret Atwood.

    Lo que más sorprende al leer el libro es con qué facilidad asume la población (es este caso estadounidense) el advenimiento gradual del totalitarismo. Como bien dices, la autora “ha declarado en varias ocasiones que todas las atrocidades relatadas en su libro ya habían ocurrido”. Y claro, la Historia es cíclica.

    ¿Somos capaces de aceptar un nuevo régimen totalitario? ¿Estamos tan lejos de aquello que nos narra Defred?

    Saludos.

    1. virginia lazaro dice:

      Hola Francisco! muchas gracias por tu comentario, me alegro mucho de que te gustara. Fíjate que pensaba hablar en el artículo del problema de los vientres de alquiler, pero por cuestión de tiempo y espacio lo deje fuera. Ahora me arrepiento así que me alegro de que lo apuntes. Sin duda, otro ejercicio de biopoder. Respondiendo a tu pregunta final, yo creo que ya hemos aceptado un nuevo régimen totalitario. Ahora no vinculado a una ideología o al control por parte del estado, porque vivimos en el neoliberalismo. Ahora es precisamente la economía neoliberal la que ejerce el control. Creo que mas bien se trata de identificar como estas economías distribuyen lo social, por ejemplo con los vientres de alquiler, para darnos cuenta de como se han actualizado las estrategias. Por eso decía que ya vivimos en Gilead, solo que el control de poderes no estacentralizado en manos del estado sino de la economía. Estoy contigo en que El cuento de la criada abre muchos debates muy importantes ahora.

      Un abrazo!

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