Todo vuelve. También la Edad Media

La Edad Media es recordada como uno de los períodos más oscuros de la historia de occidente. Más de mil años de historia condensados en guerras, hambrunas, epidemias, choque de culturas, analfabetismo y feudalismo. El nombre fue acuñado por Cristóbal Cellarius en 1688, quien consideraba esta etapa un tiempo sin apenas valor por sí mismo, comprendido entre la Edad Antigua, periodo de florecimiento del Imperio romano, y la Edad Moderna, caracterizada por la revolución cultural del Renacimiento.

El filósofo y escritor italiano Umberto Eco manifestó en numerosas ocasiones sentirse un hombre medieval. El Medioevo era su imaginario cotidiano, había dedicado tantos años de su vida a estudiar aquella época que creía conocerla mejor que nuestros días, razón por la cual situó en este período su novela más famosa, El nombre de la rosa (1980).

Una buena novela histórica (aunque El nombre de la rosa es mucho más que una novela histórica, pero no por ello deja de ser una novela histórica) ha de ser capaz no solo de trasladarnos a un tiempo concreto donde sucedieron una serie de hechos históricos más o menos conocidos por todos y crear una nueva narración de ficción alrededor de los mismos sino, y esta es la clave y la razón de ser de la novela histórica, de servirse del pasado para explicar, comprender, o revelar, el presente.

Siendo así, y teniendo muy claro que El nombre de la rosa es una obra maestra, ¿qué revelación sobre los últimos años del siglo XX puede contener una novela acerca de los entresijos de un monasterio dejado de la mano de Dios en lo alto de una montaña?

Antes de escribir esta novela, Eco había dedicado muchos años de su carrera a estudiar a fondo los mecanismos de la Edad Media. Para él, aquella no fue una época oscura en absoluto, más al contrario: durante los mil años que solemos denominar Edad Media se sucedieron no una, sino dos revoluciones culturales que cambiaron para siempre al hombre y su producción cultural. Basta con mirar una catedral gótica para darse cuenta de que esto es cierto.

En el año 1973, dos años antes de que empezase a escribir El nombre de la rosa, se publica en Italia un librito, compendio de cuatro ensayos, titulado La nueva Edad Media. Cuatro teóricos italianos pretenden demostrar que estamos a las puertas de un periodo histórico que se asemeja notablemente a la olvidada Edad Media.




El primero de los ensayos, escrito por Eco, deja clara la postura de este autor: la nueva Edad Media ha comenzado ya. Teniendo en cuenta esto, la lectura de El nombre de la rosa adquiere una nueva dimensión, pues ha de tenerse en cuenta que los hombres y las ideas que se describen en la novela son reflejo de las tramas, los juegos de poder y las ideologías actuales.

Pero, ¿en qué se basó Eco para llegar a semejante conclusión? Su ensayo resalta una serie de características fundamentales del Medievo y trata de encontrarlas en la sociedad de los años setenta, con la intención de averiguar si la Nueva Edad Media es una profecía a tener en cuenta.

Cuarenta años más tarde cabe volver a preguntarse si los occidentales estamos abocados a repetir los esquemas de un sistema social y económico caracterizado por crisis continuas, inestabilidad y revolución.

Hubo un antes y un después de la Edad Media, sí, pero pobres de los que tuvieron que vivirla. Entonces, ¿es posible que nosotros, afortunados ciudadanos del siglo XXI, podamos ser tan desgraciados como aquellos futiles hombres medievales?

Echemos un vistazo a los puntos imprescindibles de una buena Edad Media:

Crisis de la paz

La Edad Media da comienzo cuando se resquebraja la supuesta paz que había conseguido el Imperio Romano. El colapso de esa Gran Pax dio lugar a unos siglos de crisis económica y ausencia de un poder firme que mantuviera el territorio a raya. Destruido el imperio americano, digo romano, los bárbaros (palabra peyorativa que se refiere a los extranjeros que hablaban otras lenguas y… seguramente también rezasen a otros dioses) inician una serie de ataques hacia el estado en crisis.

El apocalipsis

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Nadie podría imaginar el Medievo sin una buena colección de videntes, cristianos o no, que anuncian día sí, día también, que el fin del mundo se acerca. El terror al año 1000, algo que seguramente no tiene ningún tipo de comparación posible con nuestro efecto 2000, y la preocupación constante por un eclipse que arrase con la humanidad, no puede asemejarse a la cantidad de noticias que llenan nuestros periódicos sobre cómo la temperatura del planeta aumenta inexorablemente y no va a haber quien ponga un pie en África para el año 2065 o la poquita agua potable que nos va a quedar en tan solo veinte años.

Las catedrales

Edificios que se elevan hacia el cielo como muestra de un poder más grande que nosotros mismos que ni siquiera somos capaces de concebir ni comprender. No solo eran usadas para dejar claro quién mandaba aquí, también se decoraban con cientos de imágenes dirigidas al pueblo, que como era analfabeto, es decir, no tocaba un libro ni tenía capacidades para pensar por sí mismo, necesitaba que se lo dieran todo bien masticadito a través del medio audiovisual. Un sermón diario y bien de escenas de la Biblia que dejen perfectamente claro qué es el bien y qué es el mal. En Nueva York, por citar un ejemplo, tienen más de una catedral.

El castillo

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La otra edificación típica del Medievo también tenía una doble función de impresionar con su presencia y defender a los que se hallaban dentro. El señor feudal debía autorizar tu acceso al mismo y era muy probable que, por el bien de todos, tuvieras que someterte a una serie de controles de seguridad y acatar una serie de normas con el fin de salvaguardar la estabilidad de la fortificación. A no ser que fueras noble o señor. O banquero o político. Entonces se daba por hecho que, formando parte de un sistema que te beneficia, no ibas a tener intención de destruirlo.

El paraíso

La sociedad medieval se regía por la idea del teocentrismo: Dios daba sentido a las vidas de todos sus fieles, que se dejaban convencer con frases que hoy llamaríamos literatura barata, del rollo de “no importa lo que sufras hoy, lo importante es lo bien que vas a estar en un futuro próximo cuando alcances la vida eterna”. El pueblo se esforzaba a diario por ganarse el paraíso, el éxito, la vida eterna; entregaba sus vidas presentes a la salvación futura a cualquier precio, y tomaba como modelo las vidas ejemplares de aquellos que alcanzaron la gloria, como Kim Kardashian, Justin Bieber o Belén Esteban.

El nomadismo

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Cuando el hambre aprieta uno se mueve donde haga falta para tener algo que llevarse a la boca. Mientras los obreros viajaban de ciudad en ciudad con la esperanza de encontrar un lugar donde pudieran contratar sus servicios, los reyes y señores feudales visitaban sus terrenos para tener todo bajo control. Además, una importante red de caminos se abrió paso gracias a la moda de las peregrinaciones, y de la noche a la mañana parecía que todo el mundo quería visitar los mismos destinos. Hace mil años estaba de moda Santiago de Compostela y ahora somos más de irnos a Camboya y a Tailandia.   

La insecuritas

El hombre medieval sería antiguo pero no tonto, y sabía que no podía vivir sin un arma con la que poder defenderse de todos los males que había ahí fuera. Pero el sentimiento de inseguridad iba más allá, era algo que se vivía de manera colectiva, una característica social, pues nunca se sabía a ciencia cierta si se estaba en guerra o no, y era mejor estar preparado por si cualquier día te la veías encima. (A ver, aquí, claramente, hemos evolucionado, ya que nuestra sociedad confía plenamente en su ejército y su policía. Ya no hay necesidad de ir con la navaja entre los dientes).

L’auctoritas

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Los medievales eran muy practicantes de la falsa modestia, y es que si todo había sido creado por Dios, ellos no podían considerarse a sí mismos inventores de nada, por ello era tan importante citar, en cualquier forma de producción cultural, a las autoridades anteriores. Lo que viene siendo montar un discurso echando balones fuera, deformando el pasado y falseando argumentos de los que son considerados públicamente una fuente de sabiduría para conseguir los propósitos que realmente se persiguen. Porque lo de que seas una mujer y no te puedas casar con otra mujer no lo digo yo, ¡lo dice Dios! Y lo de abortar también.

Es decir, que medievales o no, lo cierto es que nosotros, los ciudadanos del nuevo milenio, los habitantes de la globalización, también estamos apañados.

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2 comentarios

  1. Roberto dice:

    La Wikipedia. Como en la Edad Media, tenemos una obsesión por catalogar, glosar y archivar el conocimiento anterior. La mayor enciclopedia y obra colectiva de la humanidad no admite datos originales y así es como nos parece que debe ser.

    Hay un cuento de Asimov sobre la decadencia intelectual del Imperio Galáctico que habla de un científico que construía “marcos teóricos” sobre el lugar de origen de la humanidad y cuando alguien le propuso ir a investigar allí, se escandalizó, porque eso no era verdadera ciencia. Hace poco me acordé de él, porque un chico dijo que había descubierto una ciudad maya por Google Earth, porque las otras ciudades cuadraban con una constelación y allí “debería estar” la estrella que faltaba. Partidarios y detractores se enzarzaron en una intensa discusión sobre Google Earth, las estrellas y no sé qué más, mientras nadie propuso organizar una expedición o contactar a algún residente del lugar que fuera a tomar fotos con su teléfono.

    El artículo me gustó, pero eché de menos otra característica. La “feudalización”, con el retorno de las ciudades autónomas y la creciente centralización del poder económico y político luego de una decena o veintena de décadas de tendencia hacia la descentralización de ambos, al menos en el mundo occidental. Saludos.

    1. Perra de Satán dice:

      Gracias por tu comentario. Muy buen apéndice!

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