11 películas para desafiar al espíritu olímpico

Este verano tocan Juegos Olímpicos y tras la ceremonia inaugural de Brasil 2016, ya estamos temblando ante la inevitable sobredosis atlética de las próximas semanas. A continuación proponemos driblar al espíritu olímpico, practicar el juego sucio y huir al sprint con una serie de títulos que, de alguna manera, cuestionan el mito del deporte como práctica ejemplar, saludable y llena de virtudes. Sabemos que la tarea es compleja, pero también que lo importante es participar.

El dicho latino “Mens sana in corpore sano” se interpreta hoy desde su absoluta literalidad olvidando que su origen está en una de las sátiras de Décimo Junio Juvenal y un significado original muy diferente: un irónico chiste de romanos sobre el deporte como actividad poco saludable. Como en CANINO estamos en contra de las tergiversaciones del mundo moderno y somos partidarios de colocar el término insano en alguna parte de la ecuación, mejor si es en ambas, hemos seleccionado una serie de títulos deportivos con los que huir de la sobredosis olímpica de Brasil 2016 de los próximos días.

Sabemos que la tarea es compleja, por no decir imposible, así que no queda más remedio que practicar el juego sucio, la defensa leñera o el amaño de partidos, y a quien se le ocurra poner la banda sonora de Carros de fuego lo expulsaremos de la cancha porque, como dijo el argentino Carlos Bilardo, “al enemigo ni agua”.

1. Rompehuesos (Robert Aldrich, 1974)

Nada mejor que empezar nuestra selección con la contundencia del genial Robert Aldrich y una película protagonizada por un Burt Reynolds en pleno esplendor de macho alfa. Mezcla de género carcelario y fútbol americano, un jugador profesional retirado, con un turbio pasado de amaños, culmina su autodestrucción cumpliendo condena en un penal de la América profunda cuyos guardias, sádicos y amigos del maltrato, también forman un equipo de fútbol con aspiraciones. Al tiránico alcaide no se le ocurrirá otra cosa que completar su entrenamiento con un partido “amistoso” contra una selección de presos.

Tan áspera y rocosa como el resto de la filmografía de su director, esta especie de Doce del Patíbulo (1967) en clave deportiva es una de esas muestras de cine de los setenta que tanto echamos de menos pese a su incorrección, o quizá por ello -siempre que corramos un tupido velo sobre la pelea doméstica inicial, cuya brutalidad se hace hoy incómoda e inconcebible-. Y, si bien es cierto que al final acabe jugando con el resurgir moral de su protagonista, resulta un implacable ejercicio de derribo al provocar la simpatía del espectador hacia un grupo de sangrientos asesinos, criminales violentos y violadores despreciables, donde las conductas ejemplares brillan por su ausencia y se celebra con jolgorio la humillación de las fuerzas del orden y la autoridad competente.

2. El colegial (James W. Horne, 1927)

El gran Buster Keaton encarnando a todos aquellos que se saben negados para el éxito deportivo y, quizás, el primer nerd de la historia del celuloide: un estudiante privilegiado cuyo discurso de graduación incluye frases como “quien pierde el tiempo con el atletismo es un ignorante» que arrancan el abucheo unánime de sus compañeros. Aún así, acabará ingresando por amor en una universidad de élite deportiva, pagándose los estudios haciéndose pasar por camarero negro.

Keaton despliega su maravilloso recital cómico -cuya fisicidad requería una forma física, todo hay que decirlo- en el papel de un negado condenado al fracaso en todas las disciplinas deportivas. Al final, aunque su participación en una carrera de remo suponga la victoria, nadie lo celebrará junto a él ni obtendrá reconocimiento alguno. Los jóvenes atletas son descritos como un hatajo de mastuerzos ignorantes obcecados en la humillación del más débil, el desdén hacia el esfuerzo si este no implica triunfo o, incluso, el maltrato de sus novias. Un cerrado mundo de machos alfa donde el éxito atlético lo es todo y la inteligencia se desprecia. Así que por mucho que al final el protagonista saque rédito de su entrenamiento, Keaton no se desdice de sus palabras iniciales: “la obsesión por el deporte condena a la ignorancia”.

3. Gran festival de Goofy (Matthew O’Callaghan, Darrell Van Citters, 1972)

Otro recital de inutilidad deportiva potenciada con el slapstick propio de los dibujos animados. Durante la década de los cuarenta del siglo XX, el popular Goofy protagonizó una exitosa serie de cortos, los “How to…”, piezas en su mayoría dirigidas por el enorme Jack Kinney donde parodiando las formas de un manual o guía audiovisual se practicaba el humor ágil y la maestría animada, y que en muchas ocasiones se dedicaban a las más variadas disciplinas deportivas: natación, béisbol, tenis, golf, atletismo, esquí.

En 1972 fueron objeto de una estupenda recopilación destinada a salas como largometraje. Hoy resulta imposible de ver en su formato original: las posteriores ediciones en formato doméstico, pese a conservar idéntico título son incompletas, recuperan las carátulas evidenciando su condición de episodios sueltos o incluyen animaciones más recientes que traicionan el espíritu inicial. Es el caso de la serie Sport Goofy, realizada en los ochenta y donde el personaje pasa de ser un desastre a un atleta superdotado que, encima, se despide con crispantes lemas deportivos. Los cartoons originales eran todo lo contrario, un recital de subversión y delirio absurdo sin respeto alguno hacia el espíritu olímpico protagonizados por un personaje que aún no se había desembarazado de su primigenia condición de estereotipo racial.

4. La víctima número 10 (Elio Petri, 1965)

https://www.youtube.com/watch?v=QdrbPleEI_E

Si hay una idea de deporte cuya formulación implica por sí sola todo lo contrario del espíritu olímpico, ese no es otro que la caza del hombre. Aunque su existencia se limita al terreno de la ficción, o eso esperamos, el subgénero goza de una amplia tradición donde no faltan obras maestras como El malvado Zaroff  (1932). Para nuestra selección nos hemos decantado por esta adaptación de uno de los relatos del gran Robert Sheckley, que pese a estar por debajo del original literario, y que de tan libre es libertina, fue la primera en llevar a la pantalla esa idea de un futuro donde la cacería humana es un espectáculo deportivo que institucionaliza la violencia ciudadana.

Protagonizada por Marcello Mastroianni, Ursula Andress y Elsa Martinelli, su misma condición de gozoso festín visual de pop sesentero quizá sea para muchos su mayor problema, ya que la estética se impone al mensaje y lleva aparejada autoconsciencia irónica, anarquía narrativa y gusto por el absurdo. A cambio, incluye generosos guiños al cómic, una crítica a la sociedad de consumo pionera al profetizar la llegada de los reality shows, guerra de sexos a la italiana, delirio surrealista, chistes sobre el neorrealismo como secta y, probablemente, los primeros sujetadores con pistola en los pezones de la historia.

5. Rollerball (Norman Jewison, 1975)

Clásico indiscutible de la ciencia-ficción con temática deportiva, también plantea la idea de una distopía futura (hoy no muy lejana: se sitúa en 2018) donde las naciones han sido sustituidas por corporaciones que hibridan capitalismo de élites y socialismo de masas al rechazar la idea del individuo como tal.

En la base del sistema está un deporte, mezcla de fútbol americano, motociclimo y patinaje, que funciona como espectáculo mediático y cuya violencia mantiene la paz social. Diseñado para imponer el juego colectivo frente al brillo individual, su objetivo empieza a desmoronarse cuando uno de los jugadores destaca sobre el resto y adquiere la condición de ídolo. Su resistencia a las presiones para un retiro voluntario y sus cada vez más evidentes dudas sobre la verdadera condición del sistema social lo convierten en un peligro que se buscará exterminar con sucesivos cambios en las reglas que rigen el rollerball. Excelente muestra de hard sci-fi setentera, muy crítica con la violencia y el deporte como espectáculo mediático, su frialdad estética la dota de una privilegiada atmósfera ballardiana.

6. El castañazo (George Roy Hill,  1977)

Resulta un ejercicio de lo más sugerente visionar en paralelo Rollerball y El castañazo pues ambas cuestionan la violencia deportiva como espectáculo; pero mientras una acude a la frialdad futurista la otra se sumerge en el costumbrismo cálido desde una perspectiva muy lúdica y aún así no exenta de crítica social. Está protagonizada por un Paul Newman socarrón en el papel de jugador veterano, que también se resiste al retiro, y líder de los Giants de Charlestown, un equipo de hockey sobre patines abocado a la desaparición ante el cierre de la fábrica que da empleo a buena parte de los habitantes de la ciudad. Para romper la dinámica de derrotas a la que se han acostumbrado y como recurso desesperado para la supervivencia, el equipo encadenará una racha de victorias desplegando todo tipo de artimañas, juego sucio y violencia inusitada. Al final, en medio de un festival de mamporros y sangre nasal a chorro, un estriptis masculino en pista enfrenta la tolerancia ante la violencia con el tabú sexual.

El castañazo es una gran película afectada por su engañosa apariencia de desmadre cómico cuando en realidad esconde un retrato veraz de las consecuencias del declive económico, pionera en mostrar el paisaje de crisis y abandono industrial del llamado Cinturón del Óxido norteamericano que tiene en Detroit su mayor exponente. Al mismo tiempo, ofrece un insólito banquete de lenguaje soez (ni se les ocurra verla doblada), comportamientos reprobables y mamporros a mansalva. Mención aparte merece la aparición de los Hermanos Hanson, una especie de Ramones con gafas, cuya apariencia nerd se transforma en brutalidad primaria cuando entran en juego.

7. Red Army (Gabe Polsky, 2014)

Sin abandonar los patines, y siguiendo con el hockey aunque ahora sobre hielo, nuestra selección cambia de campo y entra en la zona de la no ficción con un fantástico documental dedicado al mítico equipo soviético que fue conocido como El Ejército Rojo. Fruto de un perfeccionado sistema de entrenamiento desde la infancia, la selección de hockey sobre hielo de la URSS irrumpió en 1978 para arrasar con todo gracias a su sistema táctico, técnica exquisita y juego colectivo. La película es mucho más que el relato emocionante de una gesta y el tributo a sus protagonistas: también muestra como pocos que cuando el deporte se convierte en política no hay espíritu olímpico que valga.

Entrenado por un auténtico hijo de puta procedente de la KGB, el éxito de aquel equipo era la mejor propaganda posible para el régimen soviético en plena guerra fría y lo mismo sucedía al otro lado, en el bloque occidental. Sus enfrentamientos contra la selección estadounidense eran mucho más que simples partidos, y cuando estos derrotaron a los rusos en los Juegos Olímpicos de 1980, el suceso se revistió de patriótica épica yanqui. Cuando la NHL, la liga profesional de hockey sobre hielo de los EEUU, se empeñó en fichar a las estrellas del momento, una URSS en pleno declive acabó por claudicar permitiendo la salida de sus héroes nacionales. Ahí está otra de las grandes historias que aquí se cuentan: por separado, los miembros de aquel ballet ruso fracasaron en su aventura hasta que los Wings de Detroit tuvieron la feliz idea de reunirlos a todos de nuevo en un mismo equipo. Convertidos en los Red Wings, ganaron dos ligas seguidas. Si en Rollerball el éxito individual desmoronaba una distopía, en Red Army el juego de equipo se convierte en filosofía triunfadora. Aplicada al deporte, la dicotomía entre lo colectivo y lo individual también es una cuestión ideológica donde lo importante no es participar.

8. El mejor (Barry Levinson, 1984)

De la no ficción documental saltamos con pértiga a la fantasía vintage pletórica en sentido de la maravilla. Protagonizada por Robert Redford, a primera vista y de lejos esta película aparenta ser un típico y blando relato sobre un dorado pasado deportivo, el de los años cuarenta, pero en realidad ofrece una suculenta doble lectura como cuento sobrenatural. Un joven pueblerino con un don innato para el béisbol no alcanzará el brillante futuro al que parece destinado cuando, en su viaje a la gran ciudad para convertirse en profesional, una misteriosa mujer vestida de negro le llene el cuerpo de balas de plata disparadas a quemerropa. Es la primera bruja de un cuento de brujas que se retoma veinte años después, cuando el jugador reaparece, como salido de la nada, para incorporarse a un equipo sumido en la derrota que, de no cambiar esa dinámica, pasará a ser propiedad de un siniestro empresario que vive en la penumbra y no soporta la luz solar.

Frente a este personaje con sutil lectura vampírica tenemos al protagonista, desaparecido y sin rastro de pasado durante dos décadas, un poco como esos westerns de Clint Eastwood en los que el pistolero es un resucitado. Armado con su bate mágico, construido con la madera del árbol donde murió su padre y que luego partió un rayo, se enfrentará a las fuerzas oscuras que encarnan un apostador cuyo ojo de cristal predice el futuro y una Kim Basinger convertida en oscura bruja del infortunio que saca rédito de su genuina condición de gafe. Por si no fuera suficiente, esta especie de El mago de Oz con strikes y home runs también cuenta con su hada blanca, certificando así que la cosa no va de esfuerzo y mérito deportivo sino de un combate mágico donde entes sobrenaturales de la buena suerte se enfrentan a las oscura fuerzas de la mala suerte.

9. Mi amigo el fantasma (Robert Stevenson, 1968)

Ya que hemos entrado en la zona donde lo sobrenatural interfiere en el espíritu olímpico, nada mejor que una de las mejores comedias familiares con actores reales y sello Disney que vivieron su esplendor hace medio siglo. El entrañable Dean Jones interpreta aquí a un entrenador de atletismo que viaja a un pequeño pueblo de la costa de Maryland para hacerse cargo del patético equipo del instituto local. Instalado en una vieja pensión regentada por tres bondadosas ancianas, cuya propiedad están a punto de perder por las artimañas de un mafioso inmobiliario, invocará sin querer al espíritu de un sangriento pirata.

Barbanegra (Peter Ustinov en una actuación memorable) buscará redimir su terrible pasado criminal salvando a las viejecitas del desahucio. Cuando estas inviertan todo su dinero apostando por los deportistas locales, el fantasma interferirá para que estos obtengan una inesperada victoria mientras su entrenador, el único que puede ver las acciones del pirata, se desespera porque el juego limpio es algo que considera sagrado. Así que aquí un espiritu venido del Más Allá provoca la quiebra de otro espíritu, el olímpico, cuando evidencia que acatarlo solo beneficia al villano mientras la práctica del dopaje, en este caso mágico y no químico, salvaría de la indigencia a unas adorables viejecitas.

10. Shaolin Soccer (Stephen Chow, 2001)

No podía faltar en nuestra selección esta absoluta maravilla de Stephen Chow donde el fútbol se mezcla con las artes marciales de manera fabulosa. Un grupo de monjes shaolín, que tras la liquidación de su orden malviven como parias urbanos en una sociedad que los ignora, acabarán formando un equipo de balompié para propagar su mensaje sobre las bondades del kung-fu como modo de vida.

Comedia romántica bien surtida de humor chino a la par que imparable espectáculo de fantasía de artes marciales, aquí el fútbol se despoja de reglas y sentido a base de kame hame has, técnicas secretas, monjes voladores y guardametas con el mítico chándal de Bruce Lee; y, aunque parezca mentira, el resultado es más emocionante que una final de la Champions. Si bien es cierto que los shaolines acabarán luchando contra el equipo del Mal, experto en juego sucio y golpes bajos, haciéndolos adalides de un cierto espíritu olímpico, este se rompe cuando al final consigan su objetivo, que no es ganar sino transformar el mundo moderno en una utopía zen regida por el kung-fu. El fútbol, aquí, es un instrumento para el cambio social, una idea que choca con el falso concepto de lo deportivo como actividad inocua donde lo que pasa en el campo se queda en el campo.

11. Hoosiers, más que ídolos (David Anspaugh, 1986)

Sorprenderá a quienes la conozcan que sea esta película la que cierre nuestra selección al tratarse más bien del tipo de relato deportivo del que estamos huyendo desde el principio; y sí, es verdad, pero tiene una explicación; y no, no se trata de la presencia de Dennis Hopper haciendo de vieja gloria alcoholizada porque al final, mecachis, supera su adicción. La cosa va de un antiguo entrenador profesional de baloncesto al que se retiró la licencia durante diez años, tiempo que ha pasado como oficial del cuerpo de marines, y que ahora regresa para dirigir un humilde equipo rural que, para los lugareños, supone su mayor tesoro local. Que la película tome título del gentilicio aplicado a los habitantes del estado de Indiana ya indica sus intenciones: la descripción de un cerrado grupo de campesinos de la América profunda guiados por el respeto a la tradición, la fe cristiana, el rechazo a la modernidad y la desconfianza ante el extraño.

El nuevo entrenador recibirá primero hostil rechazo al aplicar cambios en un sistema de juego que se considera inmutable; pero cuando estos den resultado, la comunidad sabrá apoyar a sus chicos. Tras vencer en semifinal a un equipo de pijos universitarios, disputarán el título del campeonato estatal por primera vez y lo harán, y ahí está la clave, frente a un equipo de negros, unos negros que hasta entonces brillaban por su ausencia en el paisaje, haciendo de la épica del desenlace un canto a la América Auténtica: tradicional, trabajadora, cristiana y… blanca. Un mensaje perverso y reaccionario, quizá involuntario, escondido y al acecho en un cuento que es puro espíritu olímpico. Por eso salimos corriendo, saltando todo obstáculo que se ponga por delante, ya sean 100 metros o los 21.097,5 de la media maratón porque a una entera no llegamos. Que aquí somos de corpore insano.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Publicidad