12 películas de conventos infernales y malditos que llegaron antes de ‘La monja’

El estreno de La monja, la nueva película del llamado Universo Warren, devuelve al cine gótico de espectros el factor de época, las antiguas abadías llenas de niebla, el sigiloso rumor de las aguas subterráneas y las telarañas en los arcos de las puertas. El espíritu de las películas Hammer puesto en contexto de la concepción de set pieces de susto y golpe de sonido. Repasamos hasta 12 ejemplos en los que la casa encantada es un monasterio de piedra, rosetones y gárgolas.

El complemento al castillo gótico de toda la vida, el necesario para establecer cualquier relato del género, es también un lugar decimonónico y lleno de misterios. El monasterio, morada de las hermandades religiosas más herméticas, se plantea como un espacio para el sacrilegio, una fortaleza de las fuerzas sagradas esperando para ser mancillada. En el siglo XVIII, en los albores de la novela gótica aparece El castillo de Otranto (1764), que crea la conexión de la arquitectura con lo perturbador. En esa época, el furor anticatólico repiqueteaba en Gran Bretaña, y algunos autores vincularon el catolicismo con los conceptos de la tiranía del viejo mundo. Las comunidades cerradas de abadías y conventos eran misteriosos barracones llenos de secretos ocultos, tiranía y rituales desconocidos. Nuevas novelas góticas como El monje (1796) de Matthew Lewis y Melmoth el errabundo (1820) de Charles Robert Maturin presentaban los conventos como prisiones más tortuosas, profanadas por la presencia del mal.




Además, la figura del asceta, el religioso entregado a Dios en la vida monástica, se perpetúan en el imaginario moderno como una figura lóbrega, llena de enigmas y con un atuendo siniestro. En especial el de algunas monjas o frailes encapuchados, son perfectos para lograr una estampa monstruosa, que a su vez ha ido dejando su huella en la cultura popular. No imaginamos ya otra manera de representar a cultos satánicos, esotéricos u ocultistas si no es con túnica y caperuza. El reflejo del extremismo religioso y su estricta disciplina represora, indivisible de la vida monástica, resulta ajena a las vidas corrientes de los seglares y genera un atractivo contraste para la ficción, enfrentando la pureza casi mística, inalcanzable, que representa un religioso y los factores más definitorios del horror, la oscuridad, el mal y su representación mediante la violencia y el peligro.

El diablo en el convento (1899)

Le diable au couvent es una de las minipelículas de Georges Méliès con una duración de tres minutos, una épica comparada con los esfuerzos de un minuto que había estado produciendo hasta 1899. En ella muestra, básicamente, el concepto que lleva la mayoría de tramas de conventos embrujados hasta La monja. El diablo aparece en la iglesia de un monasterio y asume la identidad de un vicario para aterrorizar a un grupo de monjas. Después de asustarlas, se acomoda en la casa del señor y la decora con estatuas impías de gárgolas, invocando a algunos secuaces del infierno. Pero las fuerzas del bien comienzan a defenderse, y aunque el diablo resiste el exorcismo, es vencido y desterrado al infierno. Hay detalles que se seguirán replicando en el género de forma intermitente, como el uso de la cruz como arma contra el mal.

El fantasma del convento (1934)

Dos hombres y una mujer perdidos en el bosque son llevados hasta un convento por un hombre perteneciente a una orden de misteriosos monjes. En el lugar hay una extraña habitación con una gran cruz clavada en la puerta, sombras de murciélagos en la pared y otros detalles cada vez más inquietantes. Eduardo y su esposa Cristina forman un triángulo amoroso con su amigo Alfonso, que está secretamente enamorado de la mujer. El trío se ve envuelto en sucesos inquietantes que tienen que ver con la Cofradía del Silencio que ocupa el monasterio. Habitaciones secretas, libros misteriosos, apariciones, un cadáver zombificado, y una atmósfera silente que provoca más escalofríos que muchas películas de terror actuales. Firmada por Fernando de Fuentes, El fantasma del convento es un viaje surrealista de pesadilla que funciona también a nivel psicológico y como recadito moral típico de terror de fondo cristiano que conforma una joya oculta en la filmografía de género fantástico mexicano. Además, los monjes de esta película evocan una reminiscencia automática a los templarios de Amando de Ossorio que también merecen su hueco en este recorrido.

Narciso Negro (1947)

Del conjunto de colaboraciones de Michael Powell y Emeric Pressburger, Narciso negro es la más permeable a elementos de terror y fantasía empleados en la iconografía católica tradicional. El convento, aquí utilizado como un elevado castillo gótico apartado de la civilización, es un vórtice inerte del tema dominante de la sexualidad reprimida y su expiación a través de un elemento externo o interno. Su atmósfera sensual se comprime en un espacio gótico saturado de brisas aullantes, claroscuros expresionistas y coloración vívida en el que se enmarcan sus personajes. El núcleo de su conflicto es propio de un psicodrama que acaba derivando su romance exótico en un híbrido de géneros que van desde la sátira colonial al noir, pero que se decodifican mejor como un cuento de hadas oscuro. Su monasterio es casi un castillo en las nubes, literalmente cuando aparece envuelto en nieblas y se acaba erigiendo en el escenario tétrico de su final, cuando asistimos a la transformación de la hermana Ruth en un monstruo tras su descenso a la depravación y la locura. La iluminación expresionista de rojos y azules, paralelos a las odiseas sobrenaturales de los sesenta añaden una cualidad surrealista al conflicto esquizoide entre la realidad y la ilusión, de esa monja poseída que canaliza figuras que van del autómata post-Caligari al doppelgänger.

Marcelino Pan y Vino (1955)

En esta ingenua historia estrenada durante la posguerra española, un bebé repudiado es abandonado en un monasterio en el siglo XIX. Los monjes lo educan como buenamente pueden, y el niño crece bajo el amparo de un grupo de hombres religiosos. La película del maestro Ladislao Vajda fue todo un éxito comercial y responde al dedillo a las pautas del cine confesional de la época, pero lo que en su día era una expresión de la devoción y una muestra de los milagros de la fe, hoy es una involuntaria pesadilla expresionista con el factor católico elevado a tal locura que no es difícil verla como una obra de terror. Para empezar, el huerfanito Marcelino sólo quiere reunirse con su madre muerta. El típico deseo de un niño de 8 años. El elemento que une este convento con el resto de esta lista tiene un elemento propio del cine de casa encantada.  Cuando los monjes prohíben al niño subir las tenebrosas escaleras que van al desván prohibido, porque allí está el hombre del saco, no podemos dejar de pensar en la habitación 237 del Overlook o en el clásico sótano maldito en el que se esconde el monstruo. Pero lo que allí reside no es un hombre del saco con forma de Babadook, sino una estatua de Jesús crucificado que habla con voz escalofriante y es capaz de mover los brazos y los monjes tienen escondido por una buena razón. Algo digno de aparecer en alguna secuela seria de El exorcista (1973). Marcelino, que es un niño buenísimo, le lleva al autómata pan y vino. Un día, el Jesús de mármol, en su gloria misericordiosa, decide agradecérselo dejando al infante seco y llevándolo al cielo, con su madre. De nada.

La noche del terror ciego (1972)

El monasterio como lugar embrujado adquiere nuevas cualidades tenebrosas cuando es una construcción abandonada y derruida, un nido de espectros nocturnos y leyendas oscuras que toman forma para vengarse de los vivos. Tomando como base los textos de Gustavo Adolfo Bécquer, Amando de Ossorio creó una mitología alrededor de los Caballeros Templarios, una orden de monjes real que se dedicaban a la guerra santa. En el universo de la película, un grupo de ellos fue acusado de brujería y después ejecutados, al más clásico estilo de las brujas del cine británico e italiano. Los dejaron colgados en la horca para que los pájaros pudieran sacarles los ojos y sus cadáveres vuelven a la vida cuando alguien se atreve a adentrarse en su pueblo abandonado, en la abadía de Berzano, al anochecer. Ossorio mezcla el cine de zombies post Romero con la iconografía de los cómics Warren para desarrollar una atmósfera extraordinaria. Las imágenes de los Templarios podridos que se levantan de sus tumbas, persecuciones en una fantasmagórica cámara lenta, y las manos esqueléticas que atraviesan paredes y las puertas son acompañados por una partitura sepulcral y que solidifica el efecto sobrenatural a base de alaridos, gemidos y cantos templarios que intensifican la sensación de que el lugar fue olvidado desde hace mucho tiempo.

El monje (1972)

Basada en la novela de Matthew Gregory Lewis, uno de los pilares de la novela gótica y de horror, esta oscura adaptación relata los avatares de Ambrosio (Franco Nero), un monje tentado sexualmente por un emisario del Diablo, una joven con túnica de monje. Después de haber cometido numerosos crímenes, su destino es ser capturado y castigado por la Inquisición. Pero cuando cede y se entrega al Diablo acaba ganando no solo su libertad sino el papado. El núcleo de la historia, el monje tentado por Satán, es expuesto en los pasillos de un convento embrujado por la presencia del Mal puro. No es una película extraordinaria pero es curiosa puesto que el guion es de Luis Buñuel. Dirigida por Adonis Kyrow, su mayor atractivo es la actuación de Franco Nero y la progresiva amoralidad del relato, que entre oscuros rituales profanos esconde un ataque a las nociones de autosacrificio, la castidad y la religión organizada, la Iglesia Católica en particular. Más sadiana que terrorífica, es la prima reflexiva y sosegada de Los demonios (1971) de Ken Russell. Conoció dos adaptaciones más, la española El fraile (1990) y la más cercana El monje (2011) con Vincent Casell en el papel protagonista.

Alucarda, la hija de las tinieblas (1977)

Entre los centenares de ejemplos que hibridan el concepto del monasterio embrujado y la nunsploitation podemos hacer un pequeño salto en los casos como la famosa obra maestra de Ken Russell para centrarnos en los que albergan un nutrido espectro de sucesos sobrenaturales y, para aglutinar muestras de la época, tal y como Terror en el convento (1981) de Bruno Mattei, conviene quedarse con esta joya del cine de horror más irredento y libertino. Un internado regido por religiosas es el escenario en el que Justina y Alucarda sellan su amistad y en donde se rebelarán contra la doctrina religiosa que las acoge proclamando ante las monjas que Lucifer es su maestro. Las monjas practican un exorcismo en el que fallece Justine con la consecuente venganza de Alucarda, que desata su ira satánica en el convento. Monjas como momias en llamas en un final telekinético primo de Carrie (1976), baños de sangre, misas negras, vampirismo, histeria, reanimación, orgías, necromancia… una joya absoluta para ver en programa doble con Satánico Pandemonium (1975).

El nombre de la rosa (1986)

La idea de partida de La monja, en la que dos beatos se acercan a un apartado monasterio para investigar una muerte en extrañas circunstancias está sacada directamente de la premisa de El nombre de la rosa. En esta adaptación de la novela de Umberto Eco, un fraile franciscano, William de Baskerville (Sean Connery) y su joven aprendiz (Christian Slater) llegan a una abadía benedictina en el norte de Italia, donde acaba de producirse un suicidio sin mucha lógica al que le seguirán más muertes bastante grotescas. Una especie de episodio de Sherlock Holmes medieval lleno de atmósfera lúgubre, suciedad y superstición católica autosaboteada. Aunque el elemento sobrenatural quede descartado, a excepción de un detalle diabólico en el aire, todo el concepto de monasterio con una biblioteca oculta, laberintos retorcidos, fanático religioso turbio y un jorobado deforme salpica de elementos góticos la vida monástica con desviaciones del dogma que dan aún más terror. Una especie de giallo de época en un emplazamiento ornamentado por lo siniestro de los asesinatos.

Catacombs (1988)

Este oscuro producto Empire podría emparentarse con algunos de los esfuerzos del Lucio Fulci tardío como Demonia (1990) y de hecho cuenta con Sergio Salvati, el director de fotografía de su brillante etapa gótica. En esta tenemos un inicio muy similar al de El engendro del diablo (1989) pero cambiando la catedral por un monasterio. Típico prólogo a modo de flashback en el que un grupo de monjes encarcelaron a un tipo muy malvado con una especie de herpes que jura vengarse y regresar. 400 años después, el convento está siendo supervisado por el Hermano Orsini y ha invitado a una mujer para realizar una investigación, pero el mal antiguo todavía está abajo en las catacumbas a punto de despertar. Con un diseño de producción que consigue unos calabozos viejos y espeluznantes todo parece estar diseñado para el gran enfrentamiento entre el bien y el mal, que resulta menos espectacular de lo que podría esperarse. Catacombs permaneció perdida durante años y fue reeditada cuando Empire salió de su crisis de finales de los ochenta. En esta ocasión el convento desempeña un doble papel: como escenario aislado del mundo y como lugar sagrado capaz de albergar tanto el mal de otra época como algunas preocupaciones metafísicas.

Dark Waters (1993)

Probablemente, la mejor odisea de horror de monjas en conventos impuros de todos los tiempos. Ubicado en una remota isla de Ucrania, el monasterio de Dark Waters es un laberíntico conglomerado de grutas, riscos, acantilados y rocas talladas que hacen ellos solos la película. La única muestra del director Mariano Baino, este relato es un ejemplo estelar de lo que resulta cuando mezclas H.P. Lovecraft y el terror gótico italiano tradicional. El Fulci de El más allá (1981), con sus personajes cuyos ojos se han vuelto blancos al haber sido cegados tras presenciar un ente maligno, o la propia Suspiria (1977) de Dario Argento, con una joven desprevenida visitando una antigua morada gobernada por un grupo de mujeres amenazadoras, e incluso algunos asesinatos del estilo. Ecos de La sombra sobre Innsmouth (1931) y toneladas de iconografía religiosa corrupta descrita como obras de arte en movimiento. Una película mayúscula del terror de los noventa.

L’arcano incantatore (1994)

Más terror italiano en esta estilizada producción de Pupi Avati. Su elegancia tratando terrores religiosos dejó la última página de oro del spaguetti gothic en la cuesta debajo de los noventa. Técnicamente no ocurre en un monasterio sino en un castillo habitado por un solo hombre, un cura excomulgado que se dedica a la magia negra cerca, eso sí, de un convento. Pero todos los elementos que rodean al estilo se desarrollan en plena consonancia. Una historia de fantasmas pausada y espeluznante, de luces y sombras e influencia pictórica, libros antiguos, la luz parpadeante de las velas en una casa oscura y un misterio perfectamente equilibrado que se toma su tiempo pero se compensa por giros excelentes y momentos espeluznantes de actividad ocultista y personajes ambiguos. Superstición religiosa y dardos a la iglesia católica dentro de una atmósfera oscura y un mundo gris similar al de El nombre de la rosa conectan esta “El alquimista arcano” con todos los temas y recursos del horror monástico.

El convento del diablo (2000)

Una reescritura de la saga La noche de los demonios (1988), con la misma actitud gamberra y verbenera heredada de Sam Raimi. Aquí el convento vuelve a ser un lugar abandonado en la actualidad, como en la saga de los muertos de Ossorio, que es visitado por un grupo de universitarios salidos, como es la costumbre, que acaban siendo pasto de demonios de ojos amarillos, sangre fluorescente y hábitos de monja. Mucho gore de blandiblub y chorros saliendo de las cabezas cortadas en un escenario de atmósfera de tebeo, con luces de colores suspiriosas y ambiente gótico para una macarrada adolescente con la corrupción de los símbolos cristianos tomada a cachondeo. Adrienne Barbeau completa el menú como una heroína motera y pandillera, una huérfana que consiguió escapar del convento maldito, que protagoniza una delirante escena de apertura al ritmo de You Don’t Own Me, que igual lo aplicas en El cuento de la criada, que en una misa saboteada con escopetazos y queroseno sobre un grupo de curas y monjas.

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