15 años de ‘Shaun of the Dead’: cómo la Trilogía del Cornetto nos enseñó a ser adultos

La película que demostró por qué en España se traducen los títulos mejor que en cualquier otro país del mundo está de aniversario. Pero este film de Edgar Wright es más que eso, pues Shaun of the Dead dio inicio a uno de los mayores tesoros del cine de los últimos años: la trilogía del Cornetto. Hoy, en CANINO, la celebramos y analizamos sus claves.

Un hombre joven, cercano a los treinta, se encuentra en la calle frente a la que antes era su casa, e intenta convencer a quien debe ser su novia de que le deje volver. Ella, desde la ventana, le resume todo lo que no funciona en la relación, haciendo hincapié en su incapacidad para expresar los sentimientos. El hombre se indigna, le contesta que eso no es cierto, y replica: “Claro que soy emocional, ¡si lloré como un bebé en la escena final de Terminator 2!”.




Así daba inicio, en 1999, la serie Spaced. La sabiduría de su guión, y la habilidad para conciliar los conflictos íntimamente humanos con todo tipo de referencias pop, eran competencia exclusiva de sus creadores Simon Pegg (interpretando también a Tim, el chaval que necesitaba la venia de Arnold Schwarzenegger para llorar) y Jessica Stevenson, pero ambos podían sentirse orgullosos de haber encontrado a la persona perfecta para escenificar sus diálogos: Edgar Wright. Un chaval que apenas contaba con veintitrés años cuando conoció a Pegg en el rodaje de la miniserie Asylum (1996), y a quien desde muy niño, apenas se hizo con una Super 8, le había gustado jugar con los géneros.

Dos años antes de Asylum había dirigido un cortometraje titulado Dead Right que él mismo catalogaba como una revisión de la saga de Harry el sucio pasada por el filtro de Jim Abrahams y los hermanos Zucker, y en 1995 ya se había animado con su primer largometraje. A Fistful of Fingers, como su propio nombre indica, pretendía ser una parodia del spaguetti western bebiendo tanto de los alegres presupuestos de ZAZ como de un modelo más netamente británico: los Monty Python de Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores (1975). En dicho film el joven Wright conseguía una suerte de dominio de su estilo, jugando con el montaje y una pensadísima disposición de los elementos en plano para lograr un estimulante efecto cómico, pero le faltaba lograr una calidad análoga en lo que se refería a los personajes que poblaban esa escena. Para paliar este defecto, y encontrar cosas que decir más allá de juegos referenciales, necesitaba a Simon Pegg.

El origen de Shaun of the Dead titulada en España Zombies Party. Una noche… de muerte, por lo que nos referiremos a ella exclusivamente como Shaun of the Dead— se remonta a un capítulo de Spaced donde Tim tomaba anfetaminas y creía enfrentarse a una invasión zombie. Simon Pegg y Edgar Wright escribieron el guión en base a esta prometedora sinopsis, pero también lo fundamentaron en los recuerdos de Pegg cuando compartía piso con Nick Frost —actor que también participaba en Spaced, y que desde luego volvería para el nuevo film— y en ciertas inquietudes compartidas.

El resultado fue una de esas películas nacidas para ser de culto si no hubieran sido un gran éxito económico, y la auténtica presentación en sociedad de un director sobre quien a lo largo de los años siguientes se han escrito multitud de ensayos estudiando su estilo, ha conseguido convertirse en un paladín contra la homogeneidad del blockbuster contemporáneo —primero desafiando a Marvel a cuenta de la autoría de Ant-Man (2015), y luego logrando una recaudación inaudita a partir del guión completamente original de Baby Driver (2017)— y de quien, en definitiva, se ha llegado al consenso de que es una de las voces más personales y valiosas del panorama cinematográfico. Nada mal para un tipo que, inicialmente, sólo quería hacer parodias.

La cuestión del género

La historia de un hombre, su caballo, y el Salvaje Oeste de Gran Bretaña”, se podía leer en el cartel de A Fistful of Dollars diseñado expresamente para conmemorar su 20 aniversario. Un chiste antiguo, fundamentado en la ridiculez y la confusión de conceptos, que planeaba durante todo el metraje de su opera prima. En ella, efectivamente, no había más historia que la que podíamos encontrar en las parodias de Mel Brooks, los citados ZAZ o, en su vertiente más pocha, las secuelas de Scary Movie; su sumisión al humor absurdo y al juego cómplice con el espectador era demasiado asfixiante como para vertebrar una trama que pudiera comprenderse en sus propios términos. El salto dado, en ese sentido, de A Fistful of Dollars a Shaun of the Dead era realmente enorme, y jamás podría haber tenido lugar de no haber recalado Edgar Wright en Spaced.

La serie desarrollada por Pegg y Stevenson desafiaba a cada segundo su condición de sitcom donde lo principal eran los avatares sentimentales de sus personajes, pero tampoco renunciaba a ella en ningún caso. Que Tim y sus amigotes protagonizaran el mejor tiroteo de la historia, por ejemplo, estaba perfectamente vinculado a su estado emocional, a los conflictos y contradicciones de un ser humano bregando con las típicas mierdas del ser humano.

Se trata de una mezcla entre introspección y celebración pop que también ha cimentado la carrera de otros grandes genios de la comedia actual como son Phil Lord y Chris Miller, que posteriormente se consolidó con Shaun of the Dead. Un film cuyo título era una referencia juguetona al Dawn of the Dead (1978) de George A. Romero —defenestrado también en su estreno español con el título alternativo de Zombi—, pero que además hacía hincapié en el carácter de la historia. En el hecho de que Shaun era el protagonista absoluto.

Es por ello que la segunda película de Edgar Wright sólo puede ser leída como parodia a efectos coyunturales, tanto por su coincidencia en las carteleras de 2004 con un verdadero remake de la obra de Romero —la estupenda Amanecer de los muertos de Zack Snyder—, como por la propia presencia de los zombis en el argumento. Y es que, al igual que en la inmensa mayoría de films apegados a este género, la figura del zombi obedece a términos metafóricos y favorece tanto al desarrollo del protagonista como a cierta connotación social; no en vano una de sus primeras escenas presenta a Shaun (Simon Pegg) moviéndose como un muerto viviente al despertarse de una resaca, y la infección de los londinenses es descrita de un modo tan paulatino que no pocos chistes hacen referencia a la dificultad de distinguir a los vivos de los que ya están muertos. El zombi designa a un estado alienado y sometido del ser humano y, para Shaun, es la cara más elocuente del lugar al que le puede llevar una decisión incorrecta. Una en la que ahondaremos más adelante.

El subgénero cinematográfico al que se adscribe militantemente Shaun of the Dead —por mucho que la promoción quisiera quitarle hierro al asunto definiéndola como “una rom-com con zombis”— se ofrece por tanto como un telón de fondo no sólo para narrar la historia de Pegg y Wright, sino también para enfatizar el alcance de su discurso.

Es una jugada enormemente similar a la realizada en Bienvenidos al fin del mundo (2013), última parte de la trilogía del Cornetto, en lo tocante a los ataques alienígenas y a los sucedáneos de La invasión de los ladrones de cuerpos que dirigió Don Siegel en 1956, aunque aquí quizá la relación sea más tangencial, tanto por plegarse al guión más complejo jamás escrito por la dupla Pegg-Wright, como por la escasa concreción del caudal de referentes. En el caso de Arma fatal (2007) —segunda entrega de la trilogía, y segunda oportunidad de fastidiar un título espléndido como Hot Fuzz—, la relación con el género es igual de troncal que en Shaun of the Dead, pero su significación funciona de forma algo diferente.

Este film se distingue de los otros dos en que aquí los protagonistas son mostrados consumiendo los productos a los que sus aventuras hacen referencia. El juego meta se revela, por tanto, más explícito, pero no deja de obedecer a los particulares designios dramáticos de los guionistas: hacerse una maratón en casa de Dos policías rebeldes II (2003) y Le llaman Bodhi (1990) no sirve tanto para que sus responsables demuestren que saben de qué hablan como para afianzar la amistad de Nicholas Angel (Pegg) y Danny Butterman (Frost). Ésta es, de hecho la trama a la que Arma fatal dedica más tiempo —en un primer borrador del guión Nick tenía un interés romántico, pero al final fue suprimido y gran parte de sus líneas, sin apenas modificaciones, fueron para Danny—, por lo que la buddy movie policial no se limita a aportar contexto, sino a servir como un clímax en sí mismo.

Así, el que Nick aprenda a trabajar en equipo, y Danny deje de ser un incompetente acomplejado, conduce por fin a que Arma fatal le ofrezca al espectador los tiroteos y secuencias de acción espectaculares que éste se esperaba de una parodia al uso. Lo que éste quizá no llegó a esperar, en ningún caso, fue que dichos tiroteos estuvieran mejor rodados que el 85% de películas de acción hasta entonces, pero ni siquiera esta sensación consigue eclipsar la principal satisfacción que le propone el film de Wright: asistir al total y catártico fortalecimiento de una amistad forjada a través de paseos en coche y cumplimientos del deber, pero también —y esto es lo auténticamente genial— en conversaciones prolongadas hasta las tantas de la noche, intercambios de referencias cinéfilas, y gozosas veladas en el pub de turno.

Porque igual ya va siendo hora de hablar de los pubs.

El calor del amor en un bar

El primer plano de Shaun of the Dead y, por consiguiente, de la Trilogía del Cornetto, presenta al susodicho Shaun dándole un trago a una pinta de cerveza. Muy pronto descubrimos que el pub en el que se encuentra es el Winchester, y que su continua asistencia a él en compañía de su amigo Ed ha acabado provocando un grave problema en la relación del protagonista con su novia Liz (Kate Ashfield). Minutos más tarde estas dificultades confluirán inevitablemente en una ruptura y, por supuesto, la reacción de Shaun será la única posible: volver al pub para ponerse hasta el culo y, una vez llegue la mañana y la resaca apriete, recurrir a la ingesta de Cornettos para paliar los dolores de cabeza. Ésa es, de hecho, la causa por la que la trilogía del Cornetto recibe este nombre —y el origen de los cameos de dicho helado en películas posteriores—, pero su importancia global va mucho más allá de los aspectos nominales.

La presencia de estos establecimientos es básica dentro de los temas que trata la trilogía del Cornetto, y su inicial configuración como un puntal básico de la amistad masculina se ve ampliada de muchas otras formas dentro de la propia Shaun of the Dead. El pub no es sólo el lugar al que ir cuando te agobian las responsabilidades de la vida adulta, sea una novia con la que no te entiendes o un trabajo denigrante, sino que también es un destino muy socorrido cuando luchas contra un maldito apocalipsis zombi.

Ed, cómo no, es quien le aconseja a Shaun que lo único que pueden hacer una vez los muertos vivientes han tomado las calles es refugiarse en el pub al que suelen ir todas las noches. El protagonista abriga ciertas dudas, pero al final se lleva consigo tanto a su madre, como a su ex-novia, como a los insoportables amigos de ésta: David (Dylan Moran) y Dianne (Lucy Davis), quienes  parodian los personajes secundarios de las comedias románticas al tiempo que representan grotescamente esa asunción de responsabilidades que se le exige a Shaun.

El pub es una maniobra de distracción, una fuga desesperada ante la ingrata madurez que se acerca en lontananza, ya sea en forma de zombis sin sentimientos o como la fría y deshumanizada profesionalidad que Nick abandera al comienzo de Arma fatal. La figura de estos establecimientos, por otro lado, adquiere una relevancia aún mayor en Bienvenidos al fin del mundo, por revestirse además de un brillo nostálgico y enfrentar de una vez por todas su inevitable parentesco con el alcoholismo. Antes de esta película, la ingesta de alcohol determinaba actitudes opuestas ante la madurez —en Shaun of the Dead Liz recriminaba al protagonista que le prometió que algún día bebería vino en vez de cerveza, mientras que en Arma fatal Nick era mirado con recelo al pedirse una copa de vino en el bar—, y en el último guión escrito por Pegg y Wright hace otro tanto, si bien con un subtexto más inquietante.

El pub —o, más bien, los doce pubs que pueblan el espacio urbano de Newton Haven— ya no es un refugio para Gary King (Pegg), sino un recuerdo. Uno que, sin embargo, no dejó de oficiar de refugio durante los años oscuros que trajo consigo la vida adulta. El fracaso vital de Gary era tan indudable que ni siquiera precisaba de una adicción a la heroína para serle evidente a todos los que le rodeaban: bastaba con la desesperación con la que el protagonista se esforzaba en recordar su adolescencia, y aquella noche magnífica en la que, junto a sus amigos, casi completaron “la milla dorada”. Esto es, se tomaron una cerveza en cada uno de los locales de su pueblo de forma consecutiva.

No obstante, ni siquiera entonces lo consiguieron, y Bienvenidos al fin del mundo da comienzo cuando Gary trata de convencer a sus viejos amigos para volver a Newton Haven y completar la milla dorada. Su motivación es olvidarse por una noche del desastre con el que convive diariamente, y aunque estos colegas tienen trabajo estable, familias y una relación ambivalente con el alcohol —el personaje de Frost, Andy, hace años que no bebe—, conseguirá vencer su resistencia.

De esta forma la necesidad muy humana de tener un pub al que acudir se combina con el regreso al pueblo de tu niñez cuando ya eres algo parecido a un adulto, y la dupla Wright/Pegg sabe retratar admirablemente los sinsabores de esta nostalgia suicida. Tanto en la parte física —bares que han perdido su distinción y se ofrecen iguales a los ojos— como en la sentimental —amores de los que creías haberte olvidado, viejos amigos con los que descubres no tener nada en común—. Este choque de realidad y recuerdo sólo podría haber tenido lugar al final de una trilogía que constantemente exploraba formas de tomarse la vida adulta, pero ya antes hubo tentativas de mostrar contrastes parecidos.

La tensión que subyace en Bienvenidos al fin del mundo, desde un punto de vista superficial, puede resumirse en una dualidad básica de pueblo y ciudad. Pueblo, como lugar idílico en la distancia, paraíso perdido, pero engañoso al fin; y ciudad como escenario de madurez obligada y dolorosamente autoconsciente. Gary King y sus amigos viajan de la ciudad al pueblo en Bienvenidos al fin del mundo, cogiendo el coche que él usaba de adolescente y que obviamente está para el desguace, y eso es justo lo que hace Nick en Arma fatal, si bien en circunstancias radicalmente distintas.

Nick es tan bueno en lo suyo, se ha pasado la vida adulta tan de sobrado, que sus jefes le han relegado a un puesto ridículo en Sandford, un pueblo de la campiña inglesa que en la vida real no es otro que Wells, antiguo hogar de Edgar Wright. Lo previsible entonces sería que el bucólico espacio campestre le sirviera a Nick para descubrir las cosas verdaderamente importantes de la vida, pero en lugar de eso descubrirá una conspiración que, a base de asesinatos muy gore, intenta en la sombra que Sandford sea elegido continuamente como pueblo del año.

Al igual que Newton Haven, el encanto de Sandford sólo es una fachada, puesto que en realidad oculta las peores contradicciones del ser humano… como también hace la ciudad de la que vienen sus personajes. Ante una situación tan complicada, lo más normal es que estos protagonistas se sientan superados, hundidos en la ansiedad, y no tengan ni idea de qué hacer a continuación.

Es precisamente esta incapacidad para tomar decisiones lo que define al protagonista de Shaun of the Dead.

Es hora de madurar

Shaun no es una persona especialmente feliz. Es decir, siente algo parecido a la felicidad cuando acude al bar con su amigo Ed o se pasa la tarde fumando y jugando a videojuegos en su compañía, pero estos espacios de recreación pueden ser rápidamente desbaratados cuando Liz entra en el Winchester, o Pete (Peter Serafinowicz), compañero de piso de los protagonistas, les grita que bajen el volumen de la música.

Tanto Liz, como David y Dianne, como Pete, como Philip (Bill Nighy), marido de su madre a quien Shaun se niega a reconocer como padre, tratan de conducir al protagonista de Shaun of the Dead por el camino de la madurez, animándole a tomar unas decisiones que, en su sentido más básico, pasan por que eche a su amigo Ed de casa. No es para menos, ya que Ed es un vago, trata mal a cualquier persona que no sea Shaun, hace chistes con follarse a su madre —algo que al protagonista parece importarle menos que el hecho de que esta mujer haya rehecho su vida al lado de Philip—, y cada vez que su colega afirma amar profundamente a su novia, reacciona tachándolo de “gay”.

Ed es una persona tóxica, y Shaun of the Dead no lo oculta en ningún momento. Y sin embargo, la segunda película de Edgar Wright no trata de cómo un treinteañero consigue poner orden en su vida olvidando sus actitudes más infantiles y dándole la espalda a sus colegas. En absoluto.

Más que nada, porque a lo largo de la Shaun of the Dead aparecen refutadas gran parte de estas actitudes supuestamente maduras que muchos de los personajes pretenden que abrace el protagonista. Pete es una persona mezquina infectada por la plaga zombi de la forma más ridícula posible, David y Di acaban mostrando que su relación es una farsa ya que el primero está enamorado secretamente de Liz, y esta última, por su parte, se olvida de todas las veces que ha regañado a Shaun por fumar cuando, hacia el final de la película, su nerviosismo le obliga a echarse un pitillo. La madurez, llevada a un extremo en el que ni los sentimientos ni la individualidad importan, no es muy distinta de la plaga zombi, aunque eso no tiene por qué significar que la solución fuera quedarse metido en el pub para los restos.

Es el propio Philip —tras haber exhortado a Shaun “a que fuera un hombre” con voz espectral— quien acaba dando una pista de la solución al conflicto. El combate contra los zombis se lleva por delante al padrastro del protagonista, pero también le deja tiempo de reconciliarse con él, explicando que su agrio comportamiento en el pasado se debía a que le amaba, y quería que fuera una persona de provecho. Significara lo que significase eso.

Shaun lo entiende y lo acepta como padre una vez ha muerto, y a partir de esa escena no hace otra cosa que tomar decisiones: desde poner en peligro su vida para que sus amigos consigan esconderse en el Winchester hasta disparar contra su propia madre una vez ha descubierto que ha sido infectada. Ese nuevo Shaun se gana el respeto de Liz pero jamás desdeña la amistad con Ed, encontrando un punto medio entre ambas actitudes que logra que salga con vida del enfrentamiento mientras David es descuartizado por los monstruos.

Toda la Trilogía del Cornetto se plantea a partir de la búsqueda de un equilibrio ante las pulsiones y expectativas que representa el concepto de madurez para sus personajes, y cada film lo aborda desde un lado distinto del espectro. En Bitch Flicks sintetizaban el conflicto admirablemente como una lucha constante entre masculinidad caótica y masculinidad estricta, que era la misma que representaba el personaje de Nick en Arma fatal: un hombre doblegado a las fuerzas de presión mostradas en Shaun of the Dead, y que tras pasar por problemas similares a Shaun —como la ruptura con su pareja, aunque por motivos opuestos— lograba hallar un equilibrio a partir de su estancia en pubs, su renacida voluntad de disfrutar con la actividad policial y su amistad con Danny.

Un camino complementario al de Shaun donde, para reforzar los paralelismos, un ramo de flores servía como confirmación del cambio alcanzado tanto en un film como otro. En Shaun of the Dead como expresión del amor por sus padres (tanto biológicos como adoptivos), y en Arma fatal acudiendo con ellas a la tumba de la madre de su amigo Danny, cuando días antes el no asistir a una ceremonia parecida había sido el desencadenante de la ruptura con su anterior pareja.

Ahora bien, si Shaun representa la indecisión, y Nick la madurez asfixiante, ¿qué papel tiene Gary en Bienvenidos al fin del mundo? Muy sencillo: el del caos. Gary se encuentra en el lado más extremo y grave de la inmadurez, la que de hecho ha acabado permitiendo que engañe a sus amigos —empleando la falsa muerte de su madre para reclutarlos en su aventura— y lo ha vuelto a encerrar en una carcasa donde cualquier empatía ha sido desechada en favor del ego. Gary King y Nicholas Angel son las dos caras de una misma moneda, pero los procesos en los que incurren para tratar de lograr el equilibrio no se basan en el mismo encadenado de situaciones familiares que veíamos entre Shaun of the Dead y Arma fatal. Porque, digámoslo ya, Bienvenidos al fin del mundo es la película más jodida de Edgar Wright. Con mucha diferencia.

De igual modo que los zombies en Shaun of the Dead ofrecen un reflejo esperpéntico, llevado hasta las últimas consecuencias, de esa madurez engañosamente razonable, los alienígenas que han suplantado a los habitantes de Newton Haven hacen lo propio en Newton Haven. Sus intenciones, luego de que los protagonistas hayan ido de pub en pub aprendiendo ciertas cosas sobre sí mismos, son despreciadas por éstos como un ataque a su individualidad, y en el clímax Gary, Danny y Steven (Paddy Considine) defienden este derecho en una larga conversación que se desmarca de las alucinantes set pieces precedentes.

Las ambiciones de la Red —pues tal es el nombre de estos alienígenas, en un dardo a las redes sociales que desmerece un tanto la contundencia del discurso— no son muy distintas a las de esos “agentes de la madurez” que hemos visto en anteriores compases de la Trilogía del Cornetto, y parecen buscar una felicidad tranquila, saludable, carente de conflictos. La misma que supuestamente enarbolaban los amigos de Gary al comienzo del film pero que ha sido dejada de lado en favor de la acción, la impulsividad y esa borrachera monumental que se están pillando. La aventura en la que los ha metido Gary estaba haciéndoles felices, y por eso, cuando se niegan a que la Red los controle y la fuerzan a abandonar la Tierra, consiguen el caos a cambio.

Los últimos minutos de Bienvenidos al fin del mundo —saludados en su momento como una ida de olla que descuadraba el acabado final— nos presentan un planeta desolado, tras haber experimentado un apocalipsis tecnológico que, luego de la marcha de los aliens, ha devuelto a la humanidad a la Edad de Piedra. Sin embargo, los protagonistas de la película son felices. Andy ha vuelto con su mujer luego de que su relación con el trabajo casi se hubiera cargado el matrimonio —reflejo de Nicholas Angel—; Peter ha conseguido liarse con el gran amor de su infancia, y Gary… bueno. El protagonista se ha convertido en un forajido que va de bar en bar liándola, desafiando a la gente a duelos insensatos y haciendo el mal. Y es feliz, por supuesto que es feliz.

Bienvenidos al fin del mundo nos dice que encontrar el equilibrio es tan difícil que sólo el apocalipsis y la demolición de la civilización puede llegar a concedernos una mísera paz. La Trilogía del Cornetto alcanza así un final extraño, que defiende el derecho de los seres humanos a fracasar, y desdeña el concepto de sociedad, ente responsable en primera instancia de cualquier tribulación. Un final sorprendente y valeroso… pero no demasiado deprimente.

Oooh, you make me live

La Trilogía del Cornetto está llena de dudas, de sinsabores, de diálogos equívocos que tras una formulación espídica esconden cuestiones de dolorosa significación humana. El estilo fílmico de Edgar Wright, por su lado, tampoco ha sido nunca capaz de opacar estas cuestiones, plegándose a unos espacios dramáticos tan sinceros como sofisticados: desde la parcial sumisión a las reglas de un subgénero que presentaba Shaun of the Dead hasta la práctica invención de un nuevo lenguaje cinematográfico en Scott Pilgrim contra el mundo (2010).

Es por ello que sus películas son tan susceptibles de protagonizar ensayos como de conectar con muchísima gente a niveles variados de profundidad, y eso pese a trazar su discurso desde un punto de vista furiosamente masculino, sin ninguna pretensión de universalidad. Quizá sea por ello, ayudado de la visceral honestidad de sus presupuestos y el cuidado depositado en la construcción de sus personajes, que las películas de Wright siempre consiguen abrazarla.

Para que los protagonistas de la Trilogía del Cornetto encontraran la paz, al parecer, sólo era necesario que el mundo se fuera al carajo. Lo cual es llamativo dentro de una saga que hasta entonces no le había hecho ascos a los finales felices, entendiéndolos como una forma mediante la cual los personajes encontraban un equilibrio entre su yo más impulsivo y hedonista y la madurez que llamaba a su puerta. Bienvenidos al fin del mundo, sin embargo, le negaba al espectador el placer de ver cómo evolucionaban sus protagonistas, ofreciendo a un Gary King que, pese a transitar por un infierno personal —retratado cuando Andy descubría que era heroinómano y éste replicaba llorando que en la clínica de desintoxicación le “decían a qué hora se tenía que acostar”— proclamaba orgulloso no haber aprendido nada de nada.

Acaso porque, en opinión de unos Wright/Pegg que siempre se han hecho estas preguntas al mismo tiempo que sus personajes, Gary nunca había estado equivocado. Es decir, desde luego que lo de engañar a Andy y los demás para volver a Newton Haven no había estado bien, pero este personaje, a fin de cuentas, siempre supo darle valor a una realidad que Shaun y Nick, en Shaun of the Dead y Arma fatal, tardaron cerca de dos horas en aprehender: que lo más importante son los amigos. Que la amistad es una herramienta perfecta para afrontar estas encrucijadas, y que entendida en su más cuidada y saludable expresión puede lograr ella sola que salgas de cualquier tipo de abismo. Incluso del fin del mundo. Incluso del apocalipsis zombi.

Shaun of the Dead, en este sentido, contiene la que probablemente sea la escena más hermosa del cine de Edgar Wright: un cine de gran inventiva formal, que le ha dado a la comedia mucho más de lo que ahora alcanzamos a entrever y que, sin embargo, está tan lleno, tan vivo, que este redactor sólo ha podido afrontar la efeméride de Shaun of the Dead, o Zombies party, o como queramos llamarla, atendiendo a sus aspectos temáticos. Y sobre los cuales, como decíamos, se yergue una escena que lo resume todo, y que se asegura con presteza de que nunca vayamos a olvidar a este cineasta y todo lo que le debemos.

Ed se ha sacrificado por salvar a su mejor amigo y a la novia de su mejor amigo. Shaun le dice “Lo siento”, y él contesta “Yo también lo siento, Shaun”. “¿Por qué?”. Un silencio de escasos segundos, seguido de una carcajada. Y tan sólo el olor de un pedo para que merezca la pena cada día, a cada hora, celebrar que un tipo llamado Edgar Wright hace películas.

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