[Semana Diodati] 1816: el año sin verano

[Durante todo el verano de 1816, Lord Byron alquiló la mansión Villa Diodati junto al Lago Ginebra en Cologny, Suiza. Allí pasó los meses de estío junto a John Polidori. Mary Shelley y Percy Shelley alquilaron una residencia cercana y fueron visitantes habituales. Debido a las terribles condiciones atmosféricas, el grupo tuvo que pasar tres días encerrados en Villa Diodati, y de esa reunión, cuenta el mito, salieron obras literarias esenciales como El vampiro de Polidori (publicada en 1819 e inspiracion clara de la posterior Drácula de Bram Stoker -1897-) y, por encima de todo, la inmortal Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley (publicada en 1818). Conmemoramos este verano del horror con una Semana Diodati llena de reuniones extemporáneas y cadáveres recompuestos. Hoy, por qué 1816 fue conocido como "el año sin verano"]

La ficción actual está repleta de de representaciones del apocalipsis. Pero ya hubo un fin del mundo. Ocurrió en 1816, un año de hambrunas, pestes, frío glacial y lluvia inclemente. Hubo revueltas, saqueos, migraciones masivas, centenares de miles de muertos. Todo por culpa de un volcán. Así fue el año sin verano.

5 de Abril de 1816. Napoleón se encuentra en París reclutando un nuevo ejército con el que oponerse a la coalición europea formada en su contra. En el otro lado del mundo, en la isla de Sumbawa, en las entonces Indias Holandesas y actual Indonesia, tiene lugar una colosal explosión. El sonido llega a escucharse a una distancia de cuatro mil kilómetros. Ciento cincuenta kilómetros cúbicos de piedra pómez y ceniza, unos diez mil millones de toneladas, surgen del centro de la tierra. Más o menos lo suficiente para cubrir España entera de roca y pavesas hasta la espinilla. Una enorme columna de humo y ceniza, animada por las corrientes de convección creadas por la energía térmica desprendida en la explosión, se eleva hasta unos cuarenta kilómetros de altura. El volcán Tambora ha entrado en erupción.

Tambora

El estallido alcanza un 7 en el Índice de Explosividad Volcánica (que solo llega hasta 8). La más violenta jamás registrada, cuatro veces mayor que la del Krakatoa en 1883, mil veces mayor que la del Monte Eyjafjallajökull que en 2010 causó serias restricciones aéreas en toda Europa, y solo superada en tiempos geológicamente recientes por aquella del monte Toba que hace unos 75.000 años produjo una extinción masiva y redujo el número total de humanos sobre el planeta a solo diez mil.

Después del exabrupto, todo parece volver a una relativa normalidad en la isla. Pero cinco días después, a las siete de la tarde, se produce una nueva erupción, tan gigantesca y masiva que el Tambora pasa en un abrir y cerrar de ojos de medir 4300 metros de altura a solo 2800. Ese kilómetro y medio de roca ahora desintegrado es tan pesado que apenas llega a elevarse y se desploma formando una cascada que cae por las laderas del volcán. Una marea piroclástica e incandescente que arrasa todo a su paso. Se forman unos huracanes de aire ardiente que incineran cualquier animal o planta en un radio de veinte kilómetros. Como resultado, un centímetro de ceniza lo cubre todo en mil kilómetros a la redonda. La Villa de Tambora queda preservada bajo tres metros de tefra como una nueva Pompeya. Unas diez mil personas mueren inmediatamente por la caída de material, los huracanes de fuego y los tsunamis resultantes, con olas que alcanzaron hasta los cuatro metros. Muchos más lo harían en los meses siguientes por enfermedad y hambre.

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Pero los efectos de la erupción no se limitarían a la provincia de Tambora. La historia no había hecho más que comenzar. Miles de toneladas de dióxido de azufre son lanzadas a la estratosfera. A esa altura el dióxido de azufre se oxida formando diminutas partículas de ácido sulfúrico que se mantienen en suspensión. Las corrientes en la alta atmósfera las dispersan por norte y sur formando un velo de ácido sulfúrico alrededor del planeta. Un velo reflectante porque la sustancia tiene la capacidad de reflejar la luz solar. El llamado efecto albedo. Aunque el efecto en la temperatura global fue de apenas medio grado, en Europa y América del Norte la reducción fue de tres o cuatro grados.

Las consecuencias se harían sentir en el hemisferio norte durante la primavera y el verano del siguiente año, 1816. Temperaturas mínimas en Estados Unidos, Canadá y Europa. Cosechas arruinadas, desorbitados precios de los alimentos, hambrunas continuas que precipitaron una virulenta epidemia de tifus que se calcula causaron la muerte de entre 80.000 y 120.000 personas. Los ganaderos sacrificaban sus reses por no poder permitirse el grano con el que alimentarlas. En junio nevó en Quebec y la costa este de Estados Unidos. Hubo heladas en Nueva York hasta bien entrado agosto. Los ríos y lagos de Pensilvania no se deshelaron hasta entonces. La dificultad en el transporte fluvial de mercancías y alimentos produjo también allí una enorme inflación.

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Las cosas no fueron mejores en Europa, que por entonces acababa de salir de las Guerras Napoleónicas y se enfrentaba a un desempleo masivo debido a los miles de soldados desmovilizados. Tormentas de granizo azotaron Inglaterra durante todo el verano. Nieve de tonalidad roja, parda y amarilla cayó en Italia y Hungría. Se cuenta que en Alemania el pan comenzó a hornearse con paja y serrín. Los más hambrientos recurrieron al musgo. Hubo revueltas, saqueos y la consiguiente represión a cargo de los nuevos monarcas absolutistas.

Nadie acertó a establecer la conexión entre la erupción del Tambora y la hecatombe meteorológica que se había desatado sobre el mundo. Aún se tardarían décadas en conjeturar por primera vez la conexión entre el vulcanismo y el cambio climático. Muchos vieron en lo que sucedía el signo de la Ira de Dios. Otros lo asociaron a las manchas que aparecieron simultáneamente sobre la superficie del sol y que hasta podían observarse a simple vista. Aunque hoy se sabe que no fue la causa del año sin verano, es cierto que nuestra estrella atravesaba lo que se conoce el Mínimo de Dalton, un periodo de muy baja actividad solar. El frio inusual y las manchas solares llevaron a un anónimo astrónomo italiano a predecir que el sol se extinguiría el 18 de Julio de aquel año acabando así con toda vida sobre la tierra. La llamada “Profecía de Bolonia” ocasionó escenas de histeria colectiva por todo el continente.

Chichester Canal (1828) de Turner

‘Chichester Canal’ (1828) de Turner

La erupción del Tambora produjo importantes corrientes humanas y sociales. El mal clima y la carestía de alimentos en la costa este de Estados Unidos animaron a muchos a conquistar el aún virgen Oeste. Entre ellos estaba la familia de Joseph Smith, que emigró de su Vermont natal, precipitando así los eventos que dieron lugar a la fundación del mormonismo.

Del mismo modo hubo una inmigración masiva desde Irlanda a Estados Unidos huyendo del hambre. Como el sistema climático se trastocó por completo, aumentaron las temperaturas en los polos, que aquel verano se deshelaron más de lo habitual. Aquello animó a los exploradores británicos a buscar el legendario Pasaje del Noroeste, la ruta marítima que comunicara Europa del Norte con Asia entre Groenlandia y Canadá. Pero aquel calentamiento fue solo temporal y las expediciones organizadas durante las siguientes cuatro décadas verían frustrados sus intentos, a veces con consecuencias dramáticas como en el caso de la de Sir John Franklin en 1847 (y que sería central en el argumento de El terror (2007) de Dan Simmons).

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Las consecuencias en los trópicos de la erupción del Tambora son menos conocidas y más contestadas por los científicos. El ciclo del monzón quedó interrumpido. Lluvias torrenciales fueron seguidas por una severa sequía en la Bahía de Bengala. Los drásticos cambios de temperatura y las precipitaciones torrenciales pudieron haber creado una nueva cepa de cólera que produjo una pandemia global que primero acabó con la vida de miles de soldados británicos en India, y después se extendió hasta China y Java para alcanzar Alemania, Reino Unido y Estados Unidos en 1831-32, matando a su paso a decenas de millones de personas. Es posible también que la explosión en el comercio global del opio se debiera al volcán. El frío persistente acabó con todos los arrozales en la provincia china de Yunnan, limítrofe con lo que ahora es Myanmar, produciendo a su vez una crisis de subsistencia en el imperio chino. Los campesinos, ante la imposibilidad de alimentarlos, vendían a sus hijos al boyante comercio de niños esclavos. Cuando el clima mejoró en 1819-20 los agricultores ya no plantaron arroz sino el mucho más lucrativo opio. Así nació el llamado Triángulo de Oro.

La erupción también produjo efectos más creativos. La falta de grano con la que alimentar a los caballos acució el ingenio de Karl Drais, que invento un velocípedo, antecesor de la moderna bicicleta. La experiencia del hambre durante su infancia motivó al joven Justus von Liebig a convertirse en químico y a desarrollar los primeros fertilizantes químicos. La naturaleza embravecida y amenazadora nacida con la erupción del Tambora dejó una honda impresión en los pintores y escritores románticos. Los atardeceres rojizos y amarillentos, fruto del velo sulfuroso que cubría el mundo, aparecieron con frecuencia en los lienzos del inglés J W Turner, padre del impresionismo y bisabuelo del expresionismo abstracto. Los efectos del volcán también pueden apreciarse en los oscuros y ominosos cielos pintados por el también inglés John Constable.

Weymouth Bay (1816) de Constable

‘Weymouth Bay’ (1816) de Constable

Pero por supuesto, la consecuencia más conocida del año sin verano fue la reunión del círculo de Lord Byron en Villa Diodati. Huyendo de la glacial primavera londinense, Byron, John Polidori, y Percy y Mary Shelley marcharon de vacaciones a Suiza y se refugiaron en esta villa a orillas del Lago Ginebra. Lo que iba a ser un retiro soleado y gozoso se convirtió en una pesadilla de galernas y tormentas que les confinó en sus aposentos. Aburridos de conversar entre ellos, comenzaron a escribir.

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