20 aniversario de ‘Final Fantasy VII’: 7 entregas de la saga mejores que el clásico

FFVII cumple veinte años. Pero, seamos sinceros, ¿cuántos artículos elogiosos va a recibir hoy? Muchos. Demasiados. Porque, a fin de cuentas, fue el primer juego de rol japonés poligonal que jugamos en occidente. Por contraposición, en CANINO elegimos siete juegos de la saga mejores que el propio Final Fantasy VII.

Negar la importancia de Final Fantasy VII sería estúpido. Estúpido e injusto. Siendo el primer J-RPG que desembarcó con éxito de forma masiva en occidente, aún hoy recordado como el RPG nipón por antonomasia, es evidente que su estatus de culto está, en cierta medida, justificado.

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Pero igual que está justificado su estatus de culto, su veneración sigue siendo problemática. Obviando problemas coyunturales, como su nefasta traducción, no es difícil apreciar que el juego nunca fue tan bueno como se recuerda. Ni entonces ni ahora. Su guión era una mala acumulación de golpes de efecto, su paso a los diseños poligonales atentaba contra cualquier concepción del buen gusto o la dignidad humana y sus mecánicas de juego estaban aguadas en comparación con otros juegos de la saga más exigentes o, incluso, algunos de sus rivales de la época. En otras palabras, Final Fantasy VII está lejos de ser la perfección hecha videojuego que muchos quieren recordar. O que la nostalgia nos quiere hacer creer.

Con todo, no queremos limitarnos a la mera enumeración de los fallos. No en un juego que sigue siendo bueno. El sabio no enseña con palabras, sino con actos, que dirían los que le atribuyen pensamientos de autoayuda a Lao Tse. De ahí que hayamos elegido siete juegos de la saga Final Fantasy que superan en uno o varios aspectos al juego de rol más venerado por el público occidental. Porque si vamos a arriesgarnos a que nos prendan fuego, al menos que no se pueda decir que no intentamos reconciliar la memoria con los hechos.

1. Final Fantasy I, II y III

Empezamos haciendo trampa. Empezamos haciendo trampa y, encima, la elección es extraña. Porque escoger los tres primeros juegos de la saga no es una elección muy normal, es evidente. Sin ser netamente mejores en ningún aspecto formal con respecto de su séptima entrega, que estén los primeros en la lista sólo se puede explicar de un modo: que, de hecho, estas son las entregas que darían forma a todos los aspectos que configuran el trasfondo de la saga.

Y no hablamos de aspectos menores. Los cristales y los magos negros en Final Fantasy I (1987). Cid y los chocobos en Final Fantasy II (1988). Las invocaciones y los Moguri en Final Fantasy III (1990). Todos los elementos que acaban siendo primordiales a lo largo de la serie están en estas tres entregas que, muchas veces, se suelen pasar por alto al hablar de la saga. Algo que no merecen. Menos aún si consideramos que en Final Fantasy II ya hubo un intento de renovar el género, sustituyendo el obsoleto sistema de puntos de experiencia por uno basado en la evolución a través del uso de las habilidades, algo que rescataría después la saga The Elder Scrolls y que no tuvo buena acogida entre los fans, quienes ya por aquel entonces preferían jugar a lo mismo una y otra vez, sólo que cada vez con mejores gráficos.

2. Final Fantasy Tactics

A ojos de los fans, Final Fantasy es sólo aquella entrega que tiene combates por turnos. O al menos sólo se merecen numeración propia aquellos que los tengan. De ese modo cualquier posible experimento que vaya en detrimento de los turnos en favor de un estilo de juego más dinámico, si no desea despertar la ira del fandom debe convertirse, automáticamente, en un spin-off. La saga principal es sagrada, la saga principal no cambia. Algo que hace todavía más irónico que el mejor sistema por turnos de toda la saga provenga, precisamente, de uno de sus spin-off. Que es un rip-off de otra saga.

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En términos de profundidad en su sistema de turnos, Final Fantasy Tactics (1997) es el rey. Cambiando el clásico sistema de elección de órdenes sobre un mapa estático por un mapa con cuadrícula donde es necesario mover a nuestras tropas (y considerar el terreno) antes de seleccionar nuestras órdenes, Final Fantasy Tactics es el juego mecánicamente más complejo de toda la saga. De una profundidad apabullante y un culto detrás rayano lo enfermizo, aun sin tener ni la décima parte de popularidad que atesora su pariente séptimo en la línea de sucesión, es un juego de una complejidad y riqueza apabullante. Todo un ejemplo de cómo llevar la profundidad táctica al ya por entonces caduco medio de los J-RPG. Incluso si fue a raíz de hacer un cambio cosmético al ya de por sí excelente, además de convenientemente obviado en occidente, Tactics Ogre: Let Us Cling Together (1995).

3. Final Fantasy IX

No sólo de turnos vive el fan de la saga Final Fantasy. Otro aspecto considerado capital en la misma son sus historias. Su profundidad, sus altos vuelos, su ejemplar desarrollo de personajes. De hecho, ese fue el principal motivo del éxito de Final Fantasy VII. ¿Quién no se emocionó con la muerte de Aeris? ¿Quién no sintió interés por Cloud, Vincent, Tifa -especialmente Tifa- y Sephiroth? ¿A quién se le pudo escapar el profundo trasfondo esotérico-ecologista que tenía cada pequeño aspecto de la aventura?

Ahorrándonos la crueldad de contestar esta última pregunta, la realidad es que, en términos narrativos, Final Fantasy IX (2000) cuenta mejor aquello que quiere contar. Con menos ínfulas, con los pies más asentados en el suelo, es un regreso a los ecos shakesperianos que ya pudimos disfrutar en la sexta entrega de la saga. Y a diferencia de la séptima entrega, aquí no hay golpes de efecto: todo cuanto ocurre se da a través de la construcción ejemplar de un grupo de personajes cuyos arcos están perfectamente integrados dentro de la trama. Ya no hablamos de la enésima aventura de «soy el elegido para salvar el mundo«, sino de algo más profundo. Una historia sobre la necesidad de no aceptar el lugar que la sociedad, la tradición o la figura paterna ha elegido para ti, sino tener el valor de elegir aquello que deseas ser por encima de todas las cosas.

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Pensémoslo un minuto. Yitan es un ladrón sin recuerdos de su pasado, Vivi es un ser artificial creado para destruir a la humanidad que descubre lo que significa el amor y la amistad, Steiner y Garnet son respectivamente un caballero y una princesa en el exilio, e incluso Kuja, el pedantesco villano del juego, descubre al final del juego que el que creía el sentido de su existencia, la razón por la que fue creado, no fue sino una imposición que le impidió ser aquello que podría haber sido. Aquello que en realidad quería ser. Y se arrepiente de sus actos. No porque estén mal, sino porque no eran suyos. Le vinieron impuestos por un tercero al que nada le importaba.

Podríamos destripar cada personaje del juego, entrar en detalles, pero ni siquiera es necesario. O no sin dedicar este artículo exclusivamente a ese aspecto del juego. Porque Final Fantasy IX tiene la que es, probablemente, la más profunda construcción de personajes de toda la saga. Y con ella toda una historia que, con sus altibajos, sostiene una narrativa profunda e inteligente. Algo de lo que, por más que lo pretenda, Final Fantasy VII no puede presumir con tanto orgullo.

4. Final Fantasy Fables: Chocobo’s Dungeon

Hasta aquí la lista es discutible. Habrá quienes tuerzan el morro, quienes aprieten los puñitos mientras esputan blasfemias entre dientes, pero sin ningún argumento de peso para defenestrar al autor. A fin de cuentas, todavía no se ha citado ningún juego que, aduciendo razones suficientes, no se pueda considerar mejor que Final Fantasy VII. Hasta ahora. Porque, desde prácticamente cualquier punto de vista, es indefendible que haya nada en lo que Final Fantasy Fables: Chocobo’s Dungeon (2007) pueda ser ya no mejor, sino siquiera estar a la altura, de Final Fantasy VII. Pero si se dejamos los prejuicios donde la nostalgia (en la puerta) podremos entender porqué este es un gran juego olvidado.

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Última iteración de una notable estirpe que comenzó en Chocobo no Fushigi na Dungeon (1997) la particularidad de Final Fantasy Fables Chocobo’s Dungeon es evidente: fusiona el estilo de juego roguelike (cada movimiento que haces tú se traduce en un movimiento de los enemigos en pantalla) con el mundo de Final Fantasy. Y específicamente, con el hecho de ser protagonizado por un Chocobo. Porque ahí radica la razó npara que lo consideremos mejor que el absoluto clásico oficial de la saga. Por los aires de novedad que supone dejar los turnos en favor del roguelike (aunque sea un género también explotado hasta la saciedad), por ser uno de los mejores RPGs que se publicaron en Nintendo Wii y porque, además, es una estupenda entrega de la franquicia Mystery Dungeon. Otro remozado estético de una saga ajena a la que se añadieron elementos de Final Fantasy para vender más.

Por eso y porque el protagonista es un chocobo. Y entre un chocobo y Cloud, consideramos que el primero gana por oleada en cualquier concurso de carisma. Si es que no también de personalidad.

5. Final Fantasy XV

Aunque haya dividido a los fans, Final Fantasy XV (2016) es un juego excelente. Con una narrativa rica y compleja, un sistema de combate que no se siente como una losa arcaica y un excelente diseño de personajes, es un juego al que para su desgracia, le acaba pesando no tanto el nombre como el fandom que arrastra. Incluso si hace de forma excelente algo que encanta resaltar a los fans acerca de la séptima iteración de la saga: el mundo abierto.

Por lo general, en Final Fantasy el acceso al mundo abierto ha sido la excusa para alargar el juego ad infinitum: ponerte un mundo por delante, básicamente vacío, por el cual poder moverte en busca de minijuegos, hacer labores de recadero obligando al jugador a desplazarse veinte veces para terminar cada quest y alargar de forma artificial la duración del juego. Pero no en Final Fantasy XV. En él, al situar la parte de mundo abierto al principio, no al final, se busca darle una funcionalidad narrativa: sirve para crear lazos sentimentales entre los protagonistas. Generar recuerdos, hacer que podamos sentir nostalgia y genuina preocupación por los personajes cuando las cosas se empiecen a torcer. Porque se torcerán. Y mucho.

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Porque este no es el viaje de Noctis. Es el viaje del jugador. Al viajar, acampar, pelear y comer con los héroes, nos vamos encariñando de ellos. Poco a poco, se van convirtiendo en nuestros amigos. No son ya una herramienta para un fin, personajes, sino compañeros de viaje, personas. Y de ese modo, el mundo abierto cobra sentido: tiene una función. Te invita a, siguiendo tu propio criterio e intereses, estrechar lazos con el grupo de personas que te acompañan en el viaje.

Eso es lo que hace especial al juego. La conclusión es la misma para todos, pero las primeras horas son distintas para cada persona. E incluso si volvemos al mundo abierto tras acabar el juego, ya nunca es lo mismo. No sabiendo como acaba. Entonces todos esos viajes, esos momentos compartidos se tiñen de nostalgia y una leve patina de tristeza. Estamos viviéndolo, pero ya no podemos recuperarlos. Son parte del pasado. Y sólo por eso, por conseguir transmitirnos esa nostalgia por algo que ha ocurrido hace pocas horas porque lo sentimos como si lo hubiéramos vivido, Final Fantasy XV ya es mejor juego de lo que fue nunca Final Fantasy VII.

6. Theatrhythm Final Fantasy

Tras reivindicar un clásico contemporáneo, continuemos con otra elección controvertida. Pues si bien Final Fantasy VII es la entrega más ortodoxa de la saga, eso no quita para que tenga sus particularidades. Una de ellas es la presencia de minijuegos. Repetido hasta la extenuación como uno de los grandes momentos del juego y de la saga, la visita a Gold Saucer suele ser recordado como un oasis en medio del desierto. Algo que nos lleva a pensar en un juego que hace de lo accesorio su leit motiv.

Theatrhythm Final Fantasy (2012) es un juego de ritmo. No tiene ningún misterio. Tiene diferentes modos, entre ellos algunos que podrían considerarse por sí mismos minijuegos, pero es bastante directo en su ejecución: golpea la pantalla en el momento adecuado. Y por eso nos gusta: no tiene ambición, no pretende ser lo que no es. Te dice de frente que es un juego pequeño, vacío, donde todo su encanto reside en dos elementos particulares: el ritmo y la nostalgia de los personajes y temas musicales de toda la saga Final Fantasy: nostalgia manufacturada como la que exigen aquellos que desean un remake de Final Fantasy VII que sea mecánicamente idéntico al original, pero con gráficos next gen. Y por ello, un juego relevante en los términos de aquellos que defienden la inviolabilidad absoluta de la séptima entrega más famosa de la historia.

7. Final Fantasy VI

He aquí la piedra rosetta. Aquello que no debería necesitar ni ser explicado. El trozo de piedra a través del cual traducir todo lo demás. Final Fantasy VII es el hijo bastardo en narrativa, mecánica y arte de Final Fantasy VI (1996). Salvo porque, como no pocos bastardos, acabó saliendo tróspido.

Da igual a qué nivel los comparemos: la séptima entrega sale perdiendo en todos. En madurez y oscuridad de la trama, en elegancia de la narrativa, en dificultad, densidad y complejidad de todos sus elementos, en diseño, en la belleza de los pixels en comparación con los polígonos e incluso en sus set pieces. Porque Final Fantasy VII tendrá como escena más celebrada la de Cloud travistiéndose para entrar en un burdel, pero Final Fantasy VI tiene la épica escena de la ópera. Y la transformación de Kefka. Y el fin del mundo. Y el combate final, donde las transformaciones tienen un sentido narrativo construido de forma delicada a lo largo de toda la aventura. Algo que comparte con el tramo de mundo abierto del juego, que tiene una función narrativa que no tendría el mismo peso si hubiera sido realizada a golpe de elipsis. Todo ello sin ni una sola escena CGI: todo a golpe del músculo creativo de sus diseñadores y el (limitado) chip gráfico de la SNES.

Porque si aun hoy se sigue considerando Final Fantasy VI la obra maestra de la saga, es porque sigue siendo insuperable. Indiscutible en términos ludonarrativos. Porque a veces, igual que los árboles no nos dejan ver el bosque, la nostalgia no nos deja ver que Final Fantasy VII fue lo que fue: el primer buen J-RPG poligonal que jugamos. Nada más, nada menos. Pero sobre todo, nada más.

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