20 años de impacto: recordando ‘Evangelion’

El 27 de marzo de 1996, el anime más feroz, surrealista y cruel al que jamás se asomó un robot gigante llegó a su fin, dejando a los fans mosqueadísimos y poniendo el último pilar de un culto que aún colea (y lo que le queda). ÁLVARO ARBONÉS y YAGO GARCÍA se suben a la cabina del EVA para desentrañar los misterios de Neon Genesis Evangelion.

Parece una broma cruel. Y, teniendo en cuenta la obra que vamos a analizar, eso le cuadraría mucho. Pero los hechos son los que son: en 1995, Japón sufría el punto álgido de la llamada ‘Década Perdida’, esa recesión que resultó del estallido de su burbuja económica de los ochenta, y tras la cual el país nipón nunca volvería a ser el mismo. Por si el aumento de la inflación y las caídas salariales y el descenso del producto interior bruto no fueran suficientes, el 20 de marzo de ese mismo año tuvo lugar un suceso que haría consciente a todo un país de que su power trip social y financiero se había ido al traste: el ataque con gas sarín al metro de Tokio. A resultas de dicho atentado, cometido por miembros de la secta Aum Shinrikyo, doce personas murieron, otras cincuenta quedaron lisiadas para siempre y el mundo supo que ese sueño cyberpunk según el cual el siglo XXI se escribiría con kanji nunca llegaría a producirse. Víctima de una política económica desastrosa y de un cataclismo cultural que comenzó a gestarse en 1945, Japón olvidó su sueño de conquistar el mundo mediante la expansión económica y la influencia cultural, pasando a lamerse unas heridas que, aun a día de hoy, no han cicatrizado del todo.

Ante semejante estado de cosas, tanto los medios de comunicación (entonces) como los libros de historia (después) tienden a omitir un detalle insignificante. Porque, ante el derrumbe de una economía entera y la pérdida de vidas humanas, ¿qué importancia puede tener que el 27 de marzo de 1996, una semana justa tras el primer aniversario del atentado de Tokio, una serie japonesa de animación emitiera su último capítulo? Pues a lo mejor, y siempre desde el punto de vista simbólico, podría tenerla. La serie en cuestión se titulaba Neon Genesis Evangelion, Evangelion, para abreviar. Y en ella no sólo se hallaban las semillas de un cambio en el género mecha (o “de robots gigantes”), o las de un terremoto que le daría la vuelta al anime en general. Es que en aquel capítulo y en aquella serie se hacían patentes las huellas de un colapso: el de una psique en particular y, en general, el de una forma entera de ver el entretenimiento animado y japonés.

De neurosis y ángeles

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Hablar de Evangelion es hablar de su creador: un señor llamado Hideaki Anno (Ube, 1960). Un señor que, además de haberse labrado un currículum ilustre desde su temprana juventud, está muy bien relacionado. Su mejor amigo es Kunihiro Ikuhara, el responsable de la no menos innovadora (pero menos pesimista, según se mire) Revolutionary Girl Utena (1997). Su esposa, Moyoco Anno, es una mangaka muy talentosa conocida por trabajos de mucho interés, tales que Sakuran (2001-2003) y Sugar Sugar Rune (2004-2007). Y su mentor en las cosas de la animación fue nada menos que Hayao Miyazaki, quien (interesado por su trabajo en The Super Dimension Fortress Macross -1982-83-) le fichó como animador para Nausicäa del Valle del Viento (1984). Ah, y Anno también es un señor aquejado de episodios depresivos muy, muy severos. Algo que queda de lo más patente en la serie que nos ocupa, y que ha llevado a algunos críticos a compararle con Lars Von Trier. Pero mejor hablamos de eso más adelante, porque, si bien los perfiles del director y de Gainax, el estudio que fundó junto a varios compañeros de universidad, pueden ser de interés, es mejor empezar dejando constancia de todo aquello que Evangelion puso patas arriba. Que fue mucho.

Empecemos por el contexto de la historia. Un contexto, por lo demás, postapocalíptico: cuando comienza la historia, nuestro planeta está empezando a recuperarse de un cataclismo (el llamado ‘Segundo Impacto’) que dejó listos de papeles a dos tercios de la humanidad. Pese a ello, la apariencia de este Japón futurista es cualquier cosa menos infernal: se trata de un paisaje donde siempre hace buen tiempo y todo tiene el aspecto de ser nuevo y limpio. Pero para que haya tensión dramática tiene que haber una amenaza exterior, y aquí la amenaza es enorme: hablamos de criaturas de probable origen extraterrestre, llamadas ‘ángeles’, que surgen inexplicablemente para atacar la ciudad de Tokio-3.

Menos mal que, frente a dicho flagelo cósmico, la humanidad cuenta con una última línea de defensa extremadamente anime: un grupo de adolescentes que pilotan robots enormes. Bajo los auspicios de la organización NERV, y respaldados por un equipo de científicos, nos encontramos con Shinji Ikari (un prota con la autoestima por los suelos, pero de buen corazón), Asuka Langley Soryu (la guerrera implacable) y, finalmente, con Rei Ayanami, esa chica inocente e impasible que tal vez no sea del todo humana, pero que está indudablemente del lado de los buenos. Pilotando sus unidades EVA, máquinas humanoides del tamaño de un edificio, este intrépido trío defenderá a la humanidad hasta su último aliento.

Hasta ahora, todo muy normalito, ¿verdad? Pues hágannos caso: la palabra que menos cabida tiene en el cosmos evangeliónico es “normal”. Para empezar, y en palabras del propio Anno, ese mundo aparentemente utópico que defienden los héroes es “un lugar en el que la esperanza ha desaparecido”. Frente a las variantes usuales de los escenarios ‘after the end’ (el páramo a lo Mad Max o el idilio de la reconstrucción), Evangelion presenta un panorama donde la humanidad arrastra sus neuras por escenarios asépticos y casi desiertos. Para colmo, las consecuencias del cataclismo han dado lugar a una maraña de conspiraciones destinadas, bien a perpetuar el statu quo, bien a acabar con lo poco que queda de nuestra especie acelerando su mutación en Otra Cosa. Una Cosa a la cual, tomándole prestado el término a Cordwainer Smith, el guion se refiere como “Instrumentalidad”. La cual, salvo que uno sea un mad doctor con ribetes psicóticos, no parece ni remotamente deseable. Por cierto, ¿hemos dicho ya que Gendo Ikari, el padre de nuestro héroe Shinji, es un mad doctor con ribetes psicóticos?

Con semejante telón de fondo, imagínense cómo serán los presuntos héroes del cuento. Y aquí hay mucha tela que cortar. ¿Ven a ese treceañero destinado a salvar al mundo? Pues deléitense con el espectáculo de su derrumbe emocional, que le convertirá en apenas un despojo. Un derrumbe cuyo realismo, además, delata que el autor conoce de cerca esa clase de ordalías. Tal vez Asuka, la contrapartida femenina de Shinji, tenga todo el valor del que éste carece, pero también se ve presa de una furia a resultas de la cual es un peligro para sí misma y para el prójimo. Y en cuanto a Rei Ayanami, esa chica dotada con una calma preternatural… pues se trata de una carcasa vacía, privada de cualquier sombra de autoestima por el hecho de saberse prescindible y sacrificable. Ante tales mimbres, el hecho de que los EVA [SPOILER] no sean robots gigantes, sino engendros biomecánicos cubiertos de cacharrería con el propósito de mantenerlos bajo control [/SPOILER] resulta casi aceptable.

¿Inverosímil? ¿Intenso de más? Esas acusaciones llevan lloviéndole a Evangelion prácticamente desde su origen. Ahora bien, piensen en esto: si quitamos las amenazas primordiales y las teorías conspirativas, lo que nos queda es una descripción hiperbólica, pero precisa, de la adolescencia. Y, más concretamente, de la adolescencia de alguien inmerso en la cultura pop. La confusión que paraliza, la necesidad patológica de verse aceptado (o admirado) por los demás y esa pérdida de motivaciones merced a la cual uno se vuelve, bien medio catatónico, bien suicida, son escollos contra los que muchos se ven arrojados en esa época de la vida, máxime si se vive en un país que, como el Japón de mediados de los noventa o la España de 2016, está yéndose al garete por momentos. Esta serie no es especial debido sólo a sus copiosos arrebatos de ultraviolencia (que los tiene, y a pares) o a su trama laberíntica. Su excepcionalidad se basa en lo fácil que le puede resultar al espectador verse reflejado en ella. Y, dicho esto, bien podemos analizar por qué el creador de la serie contaba con recursos tan poderosos para ofrecerles a los otakus del mundo semejante espejo deformante. Algo que se debía, básicamente, a que Anno conocía todo aquello muy de cerca.

La importancia de llamarse Anno

Si algo positivo tiene la depresión es que nos permite tener perspectiva sobre las cosas. Si es que nos queda algo cuando esta se haya acabado. Así pues, para entender el marasmo de introspección y apocalipsis en el que acabó resultando Evangelion, bien está saber unas cuantas cosas. Como, por ejemplo, que su creador tenía un vínculo muy estrecho con ese fandom contra la cual su serie acabó resultando una invectiva tan demoledora. El mejor ejemplo de este vínculo, y la hazaña que puso a nuestro hombre en el candelero (junto a sus amigos Hiroyuki Yamaga y Takami Akai) fue el cortometraje realizado como presentación para la convención Daicon III en 1981: aquel año, Hideaki Anno y sus compinches realizaron un clip que se ganó elogios de todos los presentes al evento. Un evento que es, conviene señalarlo, el simposio de ci-fi y fantasía más importante de Japón. Y entre aquellos que alabaron el trabajo de aquellos chavales se hallaba nada menos que Osamu Tezuka. Lo cual, en el contexto del manga y el anime, venía a ser como si Dios mismo hubiese bajado del cielo para señalarlos como sus hijos predilectos. 

A esta hazaña (realizada, según cuenta Yasuhiro Takeda, con medios amateurs y un conmovedor desconocimiento de las técnicas de animación), le siguió otro opening para la convención Daicon IV, dos años después. Yéndose hasta los cerca de seis minutos, el corto que hicieron sigue las mismas pautas que el anterior, que acabarían resultando las marcas de fábrica de sus creadores: chicas con poderes mágicos en apuros, robots gigantes, referencias constantes y una animación de una calidad asombrosa. Sólo un año después, nacería el estudio Gainax: con Anno en funciones de animador jefe, la compañía debutó con un trabajo de éxito (Royal Space Force: The Wings of Honnêamise -1987-) y siguió cosechando triunfos hasta la creación de Nadia: The Secret of Blue Water (1990). Por las razones que fueran (el exceso de trabajo, el fracaso a la hora de levantar una secuela de Royal Space Force…), aquella producción acabó con Anno sufriendo una depresión clínica, a resultas de la cual pasaría cuatro años relativamente desconectado del anime.

En 1993, cuando un representante de King Records le prometió un espacio en la parrilla televisiva para el proyecto que él quisiera, Anno todavía seguía bajo los efectos de esa depresión. Es decir, que el autor comenzaría a escribir Evangelion mientras batallaba con sus cuitas personales. Con todo, la serie fue remodelada infinidad de veces antes de adquirir la forma con la que la conocemos hoy. Aunque acabase tomando la forma de un serial para TV, los primeros borradores hablaban de un largometraje o una serie de OVAs (trabajos de animación directos a vídeo). Y si bien el director fue el propio Anno, también se habló de la posibilidad de que Kumihiko Ikuhara tomase las riendas del proyecto. Tampoco iba a ser Shinji el protagonista, pues ni iba a ser una chica ni iban a ser diecisiete ángeles, pues la cifra original ascendía hasta los veintiocho. Para colmo, el atentado en el metro de Tokio también dejó cicatrices en la serie: hubo que reescribir contrarreloj parte del guión para evitar similitudes. Algo que se tornó irónico en 2011, cuando Ikuhara modeló la premisa de su Mawaru Penguindrum a partir de dicho ataque terrorista.

No nos confundamos, eso sí: aunque Anno siempre ha declarado que la depresión fue su principal fuente de inspiración para Evangelion, cargar el peso de la obra sobre dicho trance sería caer en un reduccionismo grosero.  Sin ir más lejos, la labor de deconstrucción efectuada sobre el género mecha (un género que nuestro hombre adora, y cuya historia conoce a fondo) no es tan definitiva como suele afirmarse. Quienes lo sostienen ignoran que series pioneras como Mobile Suit Gundam (1979) o Space Runaway Ideon (1980), ambas del gran Yoshiyuki Tomino, ya contenían dosis obscenas de violencia, oscuridad y conflictos que trascendían la comedia de institutos. Y también olvidan los antecedentes de Nadia y de otro de los trabajos anteriores de Anno, la insultantemente infravalorada Gunbuster (1988). Si además sumamos la sutil, aunque presente, influencia del escritor Ryū Murakami -de quien, poco después, nuestro director rodaría una adaptación live action de su novela Love&Pop (1996)-, es fácil entender de dónde extrae Hideaki Anno su visión agria, profundamente nihilista, del mundo. Una visión que, por si quedasen dudas, acabaría resultando de lo más patente en el siguiente producto con la marca Evangelion: el más personal, el mejor realizado y, también, el más problemático.

La película: “¿No querías caldo?”

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Si el lector está puesto en las cosas de Evangelion, es probable que haya identificado este epígrafe como lo que es: un chiste malo. Para el resto de los mortales, eso sí, conviene puntualizar un par de cosas: debido a razones sobre las que se ha especulado mucho (que si Gainax estaba acercándose a la bancarrota, que si la depresión de Anno había llegado a un punto crítico…), los dos últimos capítulos televisivos de la serie dejaron con el culo torcido a una generación entera de aficionados al anime. Si bien el déficit presupuestario había obligado al estudio a llenar la última trama del show con planos fijos y momentos contemplativos (algo que enamoró a muchos críticos, pero que, en realidad, obedecía a la necesidad de ahorrar pasta), esos episodios supusieron un estallido de demencia en la misma cara del espectador. Se trataba de un viaje a la psique de Shinji Ikari, preso de sus neuras mientras el mundo se derrumbaba. O eso se nos aseguró, porque la mayoría de los fans juraron que no habían entendido ni papa.

Una vez superado dicho shock, los espectadores empezaron a quejarse. Tras veinticuatro episodios prometiendo un cataclismo en condiciones, ¿de verdad les pedía Hideaki Anno que se conformasen con aquellos cuarenta minutos de psicoanálisis en formato animado? Frente a esta reacción, a resultas de la cual llegó a recibir amenazas de muerte, el director reaccionó de dos maneras. Primero, defendió su decisión afirmando que su plan para rematar la obra había sido ese desde el principio. Después, reunió sus fuerzas y las de su empresa para sacar adelante un corte de mangas tamaño EVA (es decir, mastodóntico) a los susodichos fans, a la censura, a los intereses de productoras, cadenas de TV y distribuidoras y a la madre que los parió a todos. Un corte de mangas que, además, tendría forma de largometraje. Su título fue The End of Evangelion (1997), y el mundo aún no ha decidido qué hacer con él.

https://www.youtube.com/watch?v=fQwcW0zzrV4

¿Qué es lo que vuelve tan mareante a The End of Evangelion? La respuesta fácil: su viscosidad. Hablamos de un producto mucho más violento que la serie, lo cual es decir mucho, e impregnado de fluidos corporales. Además, las paranoias sexuales que acechaban en el show original se ven aquí potenciadas hasta el infinito, llegando a extremos genuinamente desagradables en un par de momentos. La respuesta complicada: el modo en el que la película otorga a la historia vista en TV un final que es satisfactorio… sólo visto a la luz de su propia, y muy excéntrica, lógica interna. Si bien la ciencia-ficción de Evangelion es más blanda que la mierda de pavo (es decir, que no obedece a postulados científicos, sino sólo al afán simbolista de los creadores y a los imperativos de la historia) y su iconografía religiosa puede resultar discutible (palabra de Hideaki Anno: “incorporamos los elementos cristianos porque eso resulta exótico en Japón: ningún miembro del equipo de la serie sabía nada del cristianismo”), la suma de ambos factores da lugar a un andamiaje tan coherente en sí mismo como una alucinación, o como las paranoias que nos asaltan durante una crisis de ansiedad.

Así pues, poco importa que The End of Evangelion resulte un galimatías si se lo aborda con ojos de lego (¿a qué coño viene toda esa pamema sobre la lanza de Longinos? ¿por qué en el ápice de la historia aparece una chica gigante?) o que los otakus del mundo lleven década y pico sacándose los ojos a cuenta del significado concreto de tal o cual plano. Bien sea el final definitivo de la saga, bien una pataleta descartable o ignorable, uno puede quedarse con su regodeo en la abyección, con su casi completa falta de esperanza (con énfasis en el “casi”) o, sobre todo, con las últimas palabras que se escuchan en ella. Unas palabras que, sospechamos, Hideaki Anno dirigió a la totalidad de su público: “Das asco”.

El sentido en el sinsentido

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A estas alturas, sobra decir que Evangelion no sólo juega en el nivel de lo literal, de lo inmediato, sino que debajo de su capa principal hay infinidad de referencias veladas, metáforas y símbolos que, si bien no son necesarios para entender la totalidad de la obra -habría que ver siquiera hasta que punto es deseable que algo sea “entendible”, cuánto no habrá en ello de concesión al tendido-, sí arrojan luz sobre lo ocurrido. Y dado que sus dos últimos episodios son conceptuales, transcurriendo en la mente de su protagonista, y que la película que debería clarificarlo todo no hizo sino añadir más capas de sentido, no está de más hablar sobre cómo juega con el simbolismo.

Siendo justos, es imposible hacer un censo de todos los elementos simbólicos presentes en la serie sin que se coman todo el artículo. O una serie de artículos dedicados exclusivamente a ellos. Por eso, en aras de la inteligibilidad, nos conformaremos con dar dos pinceladas al respecto.

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En Evangelion hay tres órdenes de referencias diferentes: las psicológicas, las religiosas y las filosóficas. Entre las primeras, podemos encontrar desde el concepto de la sombra descrito por Carl Gustav Jung a los complejos de Edipo y de Electra, además de otras teorías extraídas de forma más próxima al filósofo Jacques Lacan -y, tal vez, de sus dos mayores críticos, muy populares en la época en Japón: Deleuze y Guattari-, que del propio Freud. En lo religioso encontramos una amalgama que incluye la cábala, el cristianismo, el judaísmo, el budismo, el sintoísmo y el animismo, todo mezclado de tal modo que, en ocasiones, es difícil apreciar dónde empieza o acaba el peso de cada religión en su narrativa. En lo filosófico es más fácil apreciar sus referencias, con el existencialismo de Jean Paul Sartre por delante, pero también hay no pocas referencias a la extraña pareja conformada por Hegel y Schopenhauer. Si además le sumamos alusiones más o menos directas al Kojiki y el Nihongi, los dos antiquísimos textos sobre la historia de Japón, el resultado es una serie fácil de entender, pero compleja de comprender.

Compleja de comprender porque, a diferencia de lo que se dice, Evangelion tiene sentido. Todo conecta en un complejo, bello y sutil puzle. Otra cosa diferente es que, para poder encajar todas las piezas, haga falta un conocimiento bastante por encima de lo superficial de literatura clásica japonesa, existencialismo, filosofía francesa del siglo XX, psicoanálisis freudiano, jungiano y lacaniano y, para rematar, conocimiento de cinco religiones diferentes. Pero incluso quien carezca de todas esas herramientas conceptuales podrá entender el fondo de la historia. Su sentido primario. Cómo un chico traumatizado, roto psicológicamente, supera sus traumas y es capaz de retomar las riendas de su propia vida cuando el universo entero parece demasiado complejo, vacío de todo significado, como para que tenga sentido seguir viviendo. Algo que no sólo suena sospechosamente similar al propio acto de ver Evangelion, sino también al de superar una depresión.

El reboot: cómo (no) juntar los pedazos

” ‘Evangelion’ es mi vida”, dice Hideaki Anno. Y, tras habernos ilustrado sobre toda la carne (real o metafórica) que éste puso en el asador para sacar su obra adelante, es fácil creerle. De este modo, por mucho que su vida en el siglo XXI pareciese medianamente feliz (incluyendo una carrera como director de acción real que nos ha dado la deliciosa Cutie Honey -2004-), nuestro hombre se reencontrase con sus criaturas una vez más. Este proyecto de reconstrucción se ha titulado Rebuild of Evangelion y, como no podía ser de otro modo, ha venido marcado desde su concepción por una mala pata casi inverosímil.

Expliquemos esto: si bien el recorrido del estudio Gainax fue, tras Evangelion, una edad de oro en cuanto a calidad de sus trabajos (si tienen dudas, échenle un vistazo a FLCL -2001-), la empresa se vio severamente tocada por un proceso por evasión de impuestos en 1999. Porque, según parece, la producción de su serie más famosa sirvió a algunos empleados de la empresa para llevar a cabo ciertas formas ‘creativas’ de contabilidad, dejando un pufo fiscal de varios cientos de millones de yenes. Pese a semejante batahola, Anno planeó paso a paso el retorno de Evangelion, anunciando su lanzamiento en 2006 como coproducción entre Gainax y una nueva compañía, Studio Khara. Vana ilusión: en 2007, el mismo año en el que Evangelion 1.0: You Are (Not) Alone llegaba a los cines, Anno dejaba la compañía que él mismo había fundado para instalarse definitivamente en Khara. Y, desde entonces, este reboot se ha enfrentado a múltiples retrasos en su producción: si bien las dos siguientes entregas de la tetralogía (Evangelion 2.0: You Can (Not) Advance, 2009, y Evangelion 3.0: You Can (Not) Redo, 2012) se han estrenado a trancas y barrancas, su cuarto y último capítulo sigue inconcluso y sin fecha de lanzamiento.

https://www.youtube.com/watch?v=KhlGlhQ71us

Aun así, Rebuild of Evangelion merece un visionado. Para empezar, y aunque Anno siga encargándose tanto de la dirección como del guión, su máximo responsable visual es Kazuya Tsurumaki, el señor que pergeñó FLCL. Y eso, hágannos caso, es muy bueno. Para seguir, el deseo del creador de darle una segunda oportunidad a sus personajes nos parece muy encomiable. Especialmente porque eso no se traduce en un deseo de ahorrarles ordalías, ni de sanear sus personalidades para volverlos más simpáticos: Asuka, Rei y Shinji siguen estando igual de jodidos que antes, y sus meteduras de pata (especialmente, y para variar, las del tercero) tienen consecuencias tanto o más apocalípticas que en el original. Pero esos derrumbes personales aparecen enfocados de una forma mucho menos desesperada. Como beneficiándose por la perspectiva que da el recuerdo cuando, ya a toro pasado, uno respira hondo y reconoce que las soluciones existen, y que la vida vale la pena.

Una pena que, a todos los efectos, esta reconstrucción tenga visos de no llegar nunca a su final, y que los deseos de Anno por mostrarles a sus personajes la luz al final del tunel puedan quedar en saco roto. En todo caso, si esto les pone tristes, nosotros les recomendamos el lenitivo perfecto. Échenle un vistazo a esta versión de Evangelion según Michael Bay, y entenderán que incluso las historias de ciencia-ficción existencialista pueden beneficiarse con una sobredosis de testosterona…

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