30 años de ‘Rambo III’ – Johnny se fue de yihad

La tercera aventura del antiguo soldado interpretado por Sylvester Stallone fue una superproducción de rodaje problemático y estreno inoportuno. Rambo III se movía dentro de los parámetros del cine anticomunista del momento, pero su estreno en plena distensión con la URSS y su visión positiva de los combatientes islamistas afganos la convirtieron en un recuerdo incómodo de las amistades peligrosas cultivadas por la política exterior estadounidense.

Mayo de 1988. Sylvester Stallone está en un momento culminante como encarnación de esa virilidad que desprendían las macho movies de los años ochenta. En permanente competencia con Arnold Schwarzenegger, y con el permiso de Chuck Norris y otros sparrings en la lucha, era uno de los principales iconos mundiales de una era de bíceps abultadísimos, venas hinchadas y la violencia como única manera de resolver los problemas. Con el final de la década de los ochenta, la carrera de Stallone se convertiría en una sucesión de entierros prematuros (tras el estreno consecutivo de Oscar -1991- y Alto o mi madre dispara -1992-, por ejemplo) y resurrecciones periódicas (Máximo riesgo -1993-, Los mercenarios -2010-).




Mayo de 1988, de nuevo. Los encuentros entre el presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, y el jefe de Estado de la Unión Soviética, Mihail Gorbachov, han reconducido la Guerra Fría. La nueva y efímera Unión Soviética de Gorbachov y sus extrañas reformas económicas, que acabarían siendo las de una URSS en descomposición, comenzaba la retirada de Afganistán. Rambo III (1988) entraba como un elefante en una cacharrería en un conflicto que mutaba, de nuevo, hacia una guerra civil menos influenciada por potencias extranjeras. La furia antisoviética de la película parecía algo fuera de lugar en un mundo donde mandaba la diplomacia. Apenas unas semanas después, Danko: calor rojo (1988) escenificaba ese espíritu de colaboración desconfiada propio del momento. Curiosamente, ambas películas eran de la misma productora: la Carolco del húngaro Andrew Vajna y el libanés Mario Kassar.

De visita en el avispero afgano

Antes de convertirse en una decepción comercial salvada por las cifras de recaudación en los mercados internacionales, Rambo III fue una superproducción problemática. Su coste batió records en el momento de su estreno. Stallone explicó en su momento una historia algo pintoresca sobre el despido del director previsto, el australiano Russell Mulcahy (Los inmortales -1986-): “Fue a Israel dos semanas antes que yo con la tarea de seleccionar dos docenas de soldados rusos de aspecto terrorífico. Se suponía que esos hombres te tenían que helar la sangre. Cuando llegué al set, lo que vi fueron dos docenas de chicos guapos, rubios de ojos azules, que parecían descartados de un campeonato de surf”.

La película acabó en manos de Peter MacDonald, un experimentado ayudante de dirección, que recuerda un rodaje con despidos constantes y una cierta dificultad para tomarse en serio el material que se rodaba. El británico quiso, según sus propias palabras, malear un Rambo más vulnerable y abierto al humor. De ese intento permanecen algunos diálogos con aires de buddy movie de la época, quizá algo fuera de lugar en el contexto de la saga. A pesar de que los autores contaron con un presupuesto que rondaba los 60 millones de dólares, el material dramático no difería demasiado de las esquemáticas macho movies de patriotismo y política exterior beligerante producidas por la pintoresca Cannon Films.

Algunos momentos sentimentales o sentimentaloides del gusto de Stallone aderezaban un conjunto cortado por los moldes del cine propagandístico y sus asimetrías endémicas en la representación de la violencia: a través del dispositivo visual y de la música se impulsa a sentir pena o placer dependiendo de quién mata y quién muere. Después del primer ataque soviético, las imágenes transmiten dramatismo y abatimiento. Pero no estamos, ni mucho menos, ante una obra antibelicista: cuando Rambo y los muyahidines atacan abiertamente, se opta por la épica realzada por la música de Jerry Goldsmith. Y no faltan las imágenes de enemigos danzando espasmódicamente al ritmo de las balas que les ametrallan, una convención parodiada en la comedia Hot Shots 2 (1993). También aparecen niños combatientes, entre ellos un admirador del extranjero heroico. A pesar de sus limitaciones, el filme acabó incorporando algunas imágenes potentes, desde el inicio hiperefectista situado en Tailandia hasta el uso del helicóptero soviético Mi-24 como enemigo tecnológico del héroe y sus compañeros.

La hiperefectista presentación del personaje es quizá uno de los momentos más recordados del filme

Al inicio de la narración, John Rambo es contactado por su mentor, el coronel Trautman, para que se una a él en una operación clandestina en suelo afgano. El objetivo es llevar misiles antiaéreos a una zona de Afganistán fuertemente controlada por el ejército soviético, y apoyar con ello los esfuerzos bélicos de los muyaidines afganos, de credo musulmán e ideología anticomunista. El protagonista, practicante de una especie de pacifismo liberal (participa en peleas clandestinas para financiar la construcción de un monasterio budista), rechaza la oferta. Pero cuando recibe la noticia de que Trautman ha sido capturado, se ofrece a intentar rescatarle.

Por supuesto, el gobierno estadounidense no le prestará apoyo sobre el terreno ni le reconocerá como un agente propio: se limitará a proporcionarle armas, como a un combatiente teledirigido más dentro de los letales juegos geoestratégicos de la Guerra Fría. Pero eso no quiere decir que Rambo no tenga aliados, aunque estos permanezcan en un cierto segundo plano. El occidental, que goza de una superioridad no solo cultural-tecnológica sino tambíén física, y que incluso destaca como jugador de buzkashi (una especie de juego de polo con una cabra ejerciendo las veces de balón), ejerce de white savior. Porque esta aventura en Afganistán desprende ecos de una cosmovisión colonial, aunque el relato tenga pretensiones libertadoras y otorgue una cierta voz a algunos personajes autóctonos.

El bien, el mal y los freedom fighters

Niños soldado entre los muyahidines afganos

De alguna manera, Rambo III superaba, e incluso contradecía parcialmente, el revisionismo histórico de los dos primeros filmes de la saga. Acorralado (1982), de manera más ambigua hasta el diálogo final del protagonista, y Rambo II (1985) de manera más abierta, jugaban en el terreno de la derecha patriótica que culpaba de la derrota en Vietnam a los consabidos burócratas de Washington. En Rambo III, en cambio, Trautman advertía a un comandante ruso sobre la imposibilidad de controlar un país contra la voluntad de sus ciudadanos. “Nosotros ya tuvimos nuestro Vietnam”, decía. Con el cambio de siglo, tras las grandes invasiones terrestres de Afganistán e Irak impulsadas por la administración BushCheney, el visionado del filme servía para ilustrar el talante olvidadizo de los arquitectos de la política exterior estadounidense.

En otros aspectos, el filme de MacDonald era fiel al relato oficial reaganista, muy fundamentado en las certezas. No incluye sutilezas ni zonas grises. Y en ese paquete de dualismos sin matices entra la idealización de los freedom fighters, los luchadores por una libertad identificada en gran medida con el capitalismo. Se trataba, por supuesto, de un concepto de aplicación muy relativa. Calificar a una guerrilla de luchadora por la libertad o de grupo terrorista depende, en buena medida, de la perspectiva del observador. Con todo, fue un concepto ampliamente usado por un gobierno estadounidense que explicaba el mundo de una manera extremadamente simple, propia de las películas más inercialmente antinazis de los años cuarenta.

Sylvester Stallone en modo guerrilla

La propuesta conectaba también con el esquematismo político de La guerra de las galaxias (1977) y sus aires de western colonial en versión de alta tecnología, a pesar de que George Lucas quisiese dotar de cierto contenido crítico a su space opera. El imaginario del resistente y el rebelde dotaba de un cierto romanticismo al apoyo estadounidense a todo tipo de grupos anticomunistas, como la siniestra Contra nicaragüense. El biopic chocantemente cómico Barry Seal (2017) explica, en parte, como las instituciones americanas se implicaron en el tráfico de armas y de drogas.

Rambo III fue una de las películas que llevaron a las pantallas la lucha de presuntos luchadores por la libertad, como los muyahidines que luchaban contra el gobierno afgano prosoviético y los soldados del Ejército Rojo. Hubo muchas más. Entre ellas, se podría destacar Red scorpion (1989), dirigida por un sospechoso habitual como Joseph Zito (Desaparecido en combate, Invasión U. S. A.) y producida por un antiguo líder de las juventudes republicanas, Jack Abramoff. La historia real de este polifacético político y delincuente, implicado en la trama Irán-Contra caricaturizada en Barry Seal, es sorprendente. A través de un lobby reaganista, Abramoff organizó en Angola una reunión internacional de luchadores por la libertad avalada moderadamente mediante una carta de Reagan… y apoyada logísticamente por el ejército de la Suráfrica del apartheid. Años después, Abramoff acabaría en la cárcel y se convertiría en protagonista de dos películas: el documental Casino Jack and the United States of Money (2010) y el biopic Corrupción en el poder (2010).

¿Rambo con los talibanes?

Al final de la película, Rambo es despedido entre bendiciones

A menudo se ha hablado de Rambo III como la película en la que su protagonista luchaba codo con codo junto a El Talibán. Aunque el filme servía para ilustrar las amistades peligrosas cultivadas por los Estados Unidos durante la Guerra Fría, con Osama bin Laden y su participación en las guerrillas antisoviéticas de Afganistán como paradigma, esa identificación no es exactamente cierta. Los responsables del filme acertaron al asignar al héroe un aliado afgano aceptable después de los atentados del 11-S. Se trataba de Masoud, abiertamente inspirado en Ahmad Shah Massoud, un combatiente anticomunista musulmán que rechazaría el radicalismo del futuro régimen talibán y se convertiría en líder de la denominada Alianza del Norte. Aunque la variopinta amalgama de fuerzas antisoviéticas donde combatía Massoud incluía a bin Laden y los milicianos que acabarían formando al-Qaeda, y también lo que acabaría convirtiéndose posteriormente en El Talibán, no se puede vincular a Rambo con esas facciones específicas.

Sí que queda claro, en cambio, que el protagonista está colaborando en un movimiento armado concebido como una guerra santa. Aunque la mirada de los autores prioriza la resistencia nacional y el drama humanitario (destacándose, por ejemplo, el uso soviético de minas antipersona), no se oculta la naturaleza religiosa de los combatientes. La lucha por la hegemonía del capitalismo generaba insospechados compañeros de viaje, porque, mucho antes de los atentados del 11-S, el cine estadounidense ya estaba tratando el fenómeno de la yihad entendida como lucha violenta contra el infiel.

El héroe, capaz de despuntar en el deporte autóctono a las primeras de cambio

En ese contexto, el de obras como Delta Force (1986), Se busca vivo o muerto (1987) o la posterior Navy Seals (1990), el filme de MacDonald destaca por tratar la fe musulmana con un respeto infrecuente en la época. Masoud es representado como un líder reflexivo y de retórica clara. Porque el León de Panjshir habla, a diferencia de aquel terrorista de Mentiras arriesgadas (1994) a quien James Cameron y compañía privaban de la palabra con fines cómicos cada vez que intentaba enhebrar un discurso.

En Rambo III, el Otro irreconciliable era el adversario político-económico soviético, y el posible rival religioso se convertía en alguien con quien confraternizar. Entre diálogos cómicos algo chocantes dentro de la tradición arisca de la saga, la narración acaba con la imagen de Rambo siendo bendecido por Masoud. Quizá por ello, la película nunca ha acabado de superar la consideración de película inoportuna e incómoda. Puede que Stallone quiesese expiar algún tipo de pecado cuando, tras los atentados perpetrados por al-Qaeda el 11 de septiembre de 2001, ideó una nueva incursión (nunca rodada) de Rambo en Afganistán. Curiosamente, la verdadera cuarta entrega de la serie, John Rambo (2008), acabaría desprendiendo unos aires aislacionistas bastante alejados de ese agresivo intervencionismo neoconservador que comportó las invasiones de Afganistán e Irak.

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