30 discos clásicos de 1985 que (seguramente) no has escuchado

Casi nunca aparecen en las listas de la prensa especializada, pero todos merecen tu atención: un surtido de álbumes que cumplen 30 años y que deberías descubrir ya mismo.

¿Cuáles fueron los mejores discos publicados en 1985? Pues, dependiendo de nuestros gustos, tenemos una buena lista de respuestas posibles: que si el Hounds of Love de Kate Bush, el Bad Moon Rising de Sonic Youth, New Order con su Low Life, The Smiths con Meat Is Murder… De The Jesus And Mary Chain Radio Futura, de Prince Kortatu, las bandas que publicaron trabajos míticos hace 30 años justos fueron multitud. Y, como corresponde, todos esos elepés suelen aparecer en listas de la prensa especializada y se llevan habitualmente elogios por parte de fans y plumillas. Pero, junto a cada uno de esos clásicos, hay por lo menos otro álbum que permanece relegado, sin llevarse el reconocimiento que merece. Esos son justamente aquellos que vamos a mostrarte en esta lista: grabaciones de (casi) todos los estilos que llegaron hace tres décadas a las tiendas de un mundo muy diferente, y que deberías darte el placer de escuchar ya mismo. Tal vez tres decenas sean demasiadas, pero a nosotros nos parece que nos hemos quedado cortos…

The Colour Field – Virgins and Philistines

Rota ya la familia de The Specials y deshechos los Fun Boy Three, un Terry Hall sometido como siempre a los vaivenes de su castigada psique decidió volverse un gentleman de golpe. El resultado fue un fracaso comercial, y también el gran clásico perdido de aquel sophisti pop que redescubrió los ritmos cimbreantes con arreglos sofisticados. Dulzura psicodélica y cristalina para todos los públicos (exquisitos).

Rites of Spring – Rites of Spring

Seguramente, la sorpresa más agradable que espera a quienes decidan indagar en el árbol genealógico de Minor Threat, Fugazi y derivados: antes de convertirse en el frontman más sexy del hardcore con cerebro, Guy Picciotto debutó con esta maravilla de doce temas muy melódicos y muy brutales, con las lecciones de Hüsker Dü bien aprendidas y el futuro conmilitón Ian McKaye tras la mesa de mezclas. Lo crean o no, a esto lo llamaban “emo”. De “emotional”, se entiende.

The Chameleons – What Does Anything Mean? Basically

Bastante reivindicados ahora, los Chameleons fueron el epítome de esos grupos que llegaron demasiado tarde como para recibir la etiqueta de post punk, y demasiado pronto como para que sus guitarras nebulosas les merecieran la de shoegaze. En cualquier caso, el segundo largo de Mark Burgess y su pandilla supera a su algo sobrevalorado debut Script of the Bridge, tanto en matices como en temazos tan supremos como Intrigue in Tangiers.

La Unión – El maldito viento

¿Siguen ahí? ¿No han salido huyendo al atisbar la figura de Rafa Sánchez? Bien, pues al lío: tras un debut estimable (Mil siluetas, 1984), esta banda tan pija casi se cae con todo el equipo con un ‘difícil segundo álbum’ que es, mira tú por donde, el mejor trabajo de su discografía, manteniendo a Nacho Cano como productor pero reemplazando los singles pegadizos por canciones tan herméticas como Entre flores raras. Después, llegaría el Más y más de los huevos, y todos tendríamos una razón para retirarles el saludo.

Andrei Rodionov / Boris Tikhomirov – Pulse 1. Musical Computer

El socialismo realmente existente, era lo que tenía: cuando dos geniecillos de las maquinitas (en la URSS, cabe recordar, se fabricaban sintetizadores muy apañados) querían editar un disco de tecnopop saltarín, tenían que vendérselo al Partido como una herramienta para animar a la juventud soviética a hacer deporte. Bendita excusa: Musical Computer no te animará necesariamente a correr por las estepas con el uniforme del Komsomol, pero te enamorará si Kraftwerk y Yellow Magic Orchestra están en tu lista de favoritos.

The Style Council – Our Favourite Shop

Para qué negarlo: de todas las figuras odiosas que ha dado la Pérfida Albión, Paul Weller es una de las que más rabia dan. Por egocéntrica, por llevar ya dos décadas largas ofreciendo ‘autenticidad’ a precio de sopor, y porque aun después de despachar con viento fresco a sus compañeros de The Jam siguió teniendo el cuajo de ofrecer discos tan estimables como este. ¿Pedante? Muchísimo: no hay más que ver la portada. ¿Estupendo? También: las evoluciones primerizas de unos Saint Etienne, por ejemplo, se entienden mucho menos sin esta tesis de soul ilustrado que no le hace ascos a las maquinitas.

Thin White Rope – Exploring The Axis

Mientras Gran Bretaña se obstinaba en ser exquisita, en EE UU se incubaban ya viscosidades tan primigenias como esta, anticipadora tanto de ciertos aspectos del grunge como de las futuras atrocidades de Kyuss y otros brutotes del desierto. La voz de Guy Kyser aún no es el clamor abisal de álbumes como In the Spanish Cave, pero la guitarra de Roger Kunkel ya araña nervios al por mayor, y canciones como Disney Girl convierten a Thin White Rope en el grupo más valioso y menos reconocido de su país y su época. ¿Nuevo Rock Americano? Mis cojones.

Wang Chung – To Live And Die In L. A.

Advertencia: la escucha repetida de este álbum (compuesto como banda sonora para Vivir y morir en Los Ángeles, el ‘casi-clásico’ policíaco de William Friedkin) puede causar en el oyente el deseo de moldear sus cabellos con litros de laca, vestir chaquetas de hombreras y decorar su domicilio con cuadros fluorescentes, como los que pinta el personaje de Willem Dafoe en el filme. Si proyectos retro wave como Power Glove y Miami Nights 1984 te han convertido en adicto a los sintetizadores FM y los ritmos de piñón fijo, ya tardas en escuchar este álbum.

The Pale Fountains – From Across The Kitchen Table

En 1984, cuando publicaron su debut Pacific Street, los hermanos Michael y John Head facturaban un pop al cual la palabra “primoroso” podía serle aplicada sin asomo alguno de burla. Un año más tarde, muy machacados ya por la incomprensión del sello Virgin, la mala pata comercial y la jodida heroína, The Pale Fountains se despidieron con una ración doble de mala uva. Las influencias de Burt Bacharach se habían ido, pero las melodías seguían ahí. Sólo que, en esta ocasión, no sonaban melancólicas, sino desesperadas.

Everything But The Girl – Love Not Money

Tracey Thorn y Ben Watt no son sólo el matrimonio más majo de la historia del pop inglés. También fueron durante muchos años una fenomenal unidad creativa, capaz de mutar su sonido como quien cambia de sitio los muebles de su casa. Algo ensombrecido por logros anteriores (Eden, 1984) y posteriores (Idlewild, 1988), Love Not Money es una colección de pop guitarrero que dejará pasmados a quienes sólo conozcan al dúo por sus excursiones electrónicas de los 90.

Dif Juz – Extractions

En 1985, el sello 4AD ya no era únicamente un nido de proyectos góticos . Aun así, el proyecto de Alan y Dave Curtis fue (y sigue siendo) uno de los perros más verdes de su catálogo: en lugar de evocaciones paganas o guitarras vaporosas, ellos ofrecían instrumentales muy inspirados en The Durutti Column. Tal vez por ello, Dif Juz han quedado uno de los grupos más olvidados de la compañía, lo cual, como revela la escucha de Extractions, es una pena enorme. Ojo: la canción Love Insane incluye a Liz Fraser (Cocteau Twins) como estrella invitada.

Nico & The Faction – Camera Obscura

Con la misma mala leche de siempre, con la sempiterna necesidad de pagarse los vicios, con una colección de sintes reemplazando a su armonio y con el amienemigo John Cale de nuevo a la producción, Nico sentó cátedra en su último álbum, demostrando que si aún quedan músicos en este planeta que no la tienen en un altar es, sencillamente, porque no se enteran de qué va la película. Por suerte, Siouxsie sí se enteró… y, si escuchas Camera Obscura, tú también caerás en la cuenta.

Indochine – 3

Decididamente, los españoles no sabemos lo que nos perdemos viviendo de espaldas al pop francés. Debido a ello, picamos como inocentes cuando Los Planetas nos sirven recalentada una canción de Etienne Daho… e ignoramos que tanto este disco como el anterior Le péril jaune convirtieron a Indochine en una institución de las radiofórmulas en su país, tan comercial y plastificada como propensa a ofrecer melodías gloriosas. 3ème sexe, el tema más destacado del álbum, es un himno en el país galo, y debería serlo en todo el mundo.

The Dream Academy – The Dream Academy

Digámoslo rápido: los coros de Life in a Northern Town son los del Sunchyme de Dario G. Pero no dejemos que un “hey-a-ma-ma-ma” sampleado (y dedicado, en el original, a la memoria de Nick Drake) nos distraiga, porque de ser así nos estaríamos perdiendo algo muy bueno. Tan bueno, todo sea dicho, que ni la muy perecedera producción de David Gilmour consigue estropear su aroma campestre.

Virus – Locura

El pop latinoamericano suele ser otra de las asignaturas pendientes del españolito melómano. Una pena, porque si no fuese así tendríamos tan presentes a estos argentinos como a Golpes Bajos y otras bandas patrias de los 80 capaces de combinar electrónica sin virguerías con textos infiltrados de costumbrismo y acidez. La canción más recordada de Locura, aquella que lo convirtió en un tótem para los aficionados del Cono Sur y aledaños, se titula Luna de miel en la mano. Y va exactamente de lo que se están imaginando.

Magenta – La reina del salón

“Érase un disco tan, pero tan lleno de talento, que sobrevivió a una producción de Nacho Cano”: así podría resumirse La reina del salón, clásico casi inencontrable en el que las burgalesas Magenta se lucieron como autoras de un synth pop a veces gótico (Detrás de mí), a veces juguetón (Los salvajes) y siempre elegantísimo, como ese tema que le da nombre. El álbum no es perfecto (cuanto más se nota la mano de Nachete, más flojea) pero pide a gritos una reedición en condiciones, incluyendo esas maquetas de la banda que, a decir de quienes las oyeron, sonaban a gloria bendita.

Death In June – ¡Nada!

De acuerdo: Douglas P. es un brasas, y su afición a los señores cachas en uniforme pardo deja muchas veces de ser inquietante para convertirse en aburrida. Pero en este álbum, ya totalmente al mando de su banda y con David Tibet (Current 93) estrenándose como compinche creativo, diseñó la bisagra perfecta entre el post punk con ribetes electrónicos y el neofolk fetichista y totalitario en el cuyo panteón reside desde entonces. She Said Destroy! y Behind the Rose (Fields of Rape) siguen dándonos ganas de invadir Polonia.

Pentagram – Pentagram / Relentless

Con la nueva ola del heavy británico marcando su ley en el solar de Albión, y con el thrash eclosionando en EE UU (Slayer, recordemos, publican su Hell Awaits este mismo año), cualquiera diría que todo el Metal de 1985 estaba presidido por la velocidad desaforada. Pero Bobby Liebling se había chupado muchos años de patear garitos, y no estaba dispuesto a dejarse guiar por el calendario: alzando los cuatro primeros álbumes de Black Sabbath cual tablas de la ley, el debut de Pentagram suena a cascajo, y también suena lento, aplastante y asfixiante. Vamos, que suena a gloria.

The Waterboys – This is the Sea

Seguramente debe ser el disco más cercano al mainstream de todos cuantos aparecen en esta lista. Pero también es el disco de The Whole of the Moon y de The Pan Within: si lo omitiéramos, no nos lo perdonaríamos nunca. Una gran excusa para recordar cómo grupos con una ambición épica tan descarada y accesible a la vez podían aspirar sin problemas a un hueco en la conciencia colectiva.

The Velvet Underground – VU

El nombre de este álbum apenas sale a relucir cuando se habla de Lou Reed, John Cale y compañía, pero su lanzamiento resultó una conmoción de las gordas. Quince canciones, quince, destinadas en su mayoría a un elepé que quedó inédito para siempre, y entre las que figuran versiones primigenias de I Can’t Stand It, Andy’s Chest y Caroline Says II (titulada aquí Stephanie Says). Haznos caso: no es sólo para completistas, sino para todo el mundo.

Bathory – The Return of Darkness and Evil

https://www.youtube.com/watch?v=a-aJnVmy4L8

Si, cuando grabó este discazo, el batería Jonas Äkerlund hubiera sabido que en su futuro había una brillante carrera dirigiendo vídeos para Roxette, Madonna y Beyoncé, seguramente se hubiese arrancado el corazón para ofrecérselo a Satán antes de expirar entre blasfemias. Porque, con sus voces empapadas en delay y esa pericia instrumental al lado de la cual Venom parecen virtuosos, el segundo disco de los Bathory es la simiente primigenia de la que emergió el black metal escandinavo prácticamente en su totalidad.

Einstürzende Neubauten – 1/2 Mensch

Dice la leyenda que, tras sus sesiones de vicio industrial en aquel Berlín al que sólo iban los locos, Blixa Bargeld y su pandilla acababan reducidos al estado de “medios hombres”, dada la subsiguiente resaca. Por eso titularon así este tercer álbum en el que (oh, prodigio) algunas canciones incluso se podían bailar. Sólo algunas, claro: puede que Yü Gung sea un hit para quienes gustan de moverse como trogloditas postapocalípticos cuando salen de fiesta, pero la gran mayoría del disco está compuesto por salmodias que suenan a óxido. Ponte Der Tod ist ein dandy con la luz apagada y luego nos cuentas…

Esplendor Geométrico – Comisario de la luz / Blanco de fuerza

Aquí les adoramos. Y, como en el 85 sacaron disco, nosotros les tenemos reservado un lugar en nuestra lista. Olvidados ya definitivamente los toques casi pop de su primera maqueta (y abandonadas las burradas en plan ‘a ver quién la dice más gorda’), Arturo Lanz y Gabriel Riaza se marcan una rodaja de destrucción sónica más pulida que el anterior El acero del Partido (1982), pero menos sofisticada si cabe que sus dos hitos posteriores, Cosmos Kino (1987) y Mekano-Turbo (1988). Todo ello con la loable intención de poner tu cabeza dentro de una turbina.

Nick Cave & The Bad Seeds – The Firstborn is Dead

From Her to Eternity (1984, acreditado sólo a Nick Cave) tiene la versión de Avalanche, Your Funeral… My Trial (1986) tiene The Carny y Tender Prey (1987) tiene The Mercy Seat. Tal vez por ello, el debut del australiano junto a los Bad Seeds ha quedado algo marginado dentro de su obra. Craso error, porque cobija la instantánea de ese momento en el que la brutalidad de Birthday Party se encauza dentro de los parámetros de un rock’n’roll más negro que la pez, con el bajo de Barry Adamson (ex Magazine) como espina dorsal, y más enfocado que nunca hasta entonces en pervertir los clásicos. No en vano comienza con Tupelo, un antigospel a mayor gloria de la Gran Bestia Elvis y su gemelo muerto.

Killing Joke – Night Time

Si este mundo fuera justo y estuviera cuerdo, bastaría con decir que este es el disco en el que sale Love Like Blood para que cualquier lector o lectora corriese a por él. Pero las cosas son como son: desechada ya la brutalidad de sus primeros trabajos (en especial ese debut de 1980 que suena a trituradora), la banda de Jaz Coleman se desmaquilla, se peina hacia atrás y se lanza a sonar a ochentas como si no hubiese un mañana. Lo consigue, y el premio es un álbum presente en la raíz de casi todo el rock tecnificado e industrializado que se grabó desde entonces hasta ahora.

Run-DMC – King of Rock

Como dice un miembro de la familia canina, “si no fuéramos blancos, todos diríamos que este disco fue el mejor de 1985”. Llevando en su interior My Adidas y la versión de Walk this Way, está claro que el posterior Raising Hell tiene la altura de un texto sagrado… cuyos primeros versos comenzaron a escribirse con este microsurco. Las guitarras (sampleadas o no) se combinan con los scratches de Jam Master Jay, y los dos MCs exhiben una actitud capaz de hacer que David Lee Roth salga corriendo en busca del bote de laca más cercano. Y, sin temazos como la canción titular o Can You Rock It Like This, ni los Beastie Boys ni Rage Against the Machine hubieran existido jamás.

Scraping Foetus Off The Wheel – Nail

Es posible que la obra de J. G. Thirlwell (alias Jim Foetus, alias Clint Ruin, alias Foetus Interruptus y un largo etcétera) te suene ya de algo: no en vano él es el responsable de la BSO de The Venture Bros. Pero ándate con ojo: cuando escuches la producción ochentera de este feto australiano, no sólo descubrirás a un animal de estudio capaz de samplear todo lo sampleable para regurgitarlo en forma de papilla cacofónica, sino que también es posible que sientas curiosidad por otros de sus proyectos, como Wiseblood o Steroid Maximus. Y, cuando eso ocurra, tu cordura sufrirá un golpe muy severo.

Oingo Boingo – Dead Man’s Party

El hecho de que este grupo nunca haya sido excesivamente popular fuera de EE UU siempre nos sorprenderá. Básicamente, porque su guitarrista, cantante y principal compositor fue un Danny Elfman que sonaba clavadito, bien a David Byrne, bien a Mark Mothersbaugh, mucho antes de facturar «lalalás» a destajo para Tim Burton. Dentro de la carrera de Oingo Boingo, Dead Man’s Party representa ese punto álgido en el cual el grupo se vuelve accesible sin dejarse domesticar aún, convirtiéndose en lo más parecido a unos Talking Heads para toda la familia que uno puede imaginarse.

Eskorbuto – Eskizofrenia

¿Que suena raro? Pues sí: está grabado con cuatro perras, usando un kit electrónico de batería para ahorrar tiempo de estudio y con la resaca de aquel ‘pequeño’ incidente con los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado que habría de inspirar la inmortal A la mierda el País Vasco. ¿Que suena desagradable? Pues sí: canciones como Os engañan, Ratas en Vizcaya o Antes de las guerras no pretenden complacer a nadie, ni siquiera (o menos aún) al presunto público objetivo del Rock Radical Vasco. ¿Que en él hay mucho más, y mucho mejor, que la tan sobada Mucha policía, poca diversión? Pues también.

Dead Can Dance – Spleen and Ideal

El primer elepé, para los rockeros. Within the Realm of a Dying Sun, para los góticos. The Serpent’s Egg para los fans de la new age. Aion para los folkies. Cada álbum publicado por DCD durante el primer lustro de su carrera parece tener un público claro… menos este. Lo cual no hace sino confirmar su valor: Spleen and Ideal documenta, con un sonido catedralicio, el proceso merced al cual Lisa Gerrard y Brendan Perry (“doña Mística y don Intenso”, según las malas lenguas) dejan de ser imitadores australianos de Joy Division y comienzan a hacer historia. Dejándose en el camino, para colmo, Mesmerism, la única canción en muchísimos años en la que la Gerrard se permitirá cantar en un idioma reconocible.

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