40 años de ‘Road To Ruin’: cuando Ramones fue la mejor banda del planeta

El disco bisagra de dos etapas de los grandes representantes del punk rock americano fue interpretado en su momento como una maniobra comercial con la intención de conquistar el espacio mainstream, pero lejos de mostrar a unos Ramones diluidos, Road to Ruin es el trabajo que mejor resume su capacidad para alternar el punk rock más rotundo, los hits pegadizos y los medios tiempos de sensibilidad pop sin perder la esencia de perdedores de suburbio que moldeó su imagen en su influyente primer disco.

Tras su debut, solo hay un álbum que puede disputarle el puesto a Road to Ruin en la discografía del grupo que creó el sonido punk rock tal y como lo conocemos. El doble LP It’s Alive (1979) -considerado el 28 mejor disco en directo de la historia por Rolling Stone– funcionaba como Grandes Éxitos de su primera época, la trilogía de oro que forman Ramones (1976), Leave Home (1977) y Rocket to Russia (1977), tocado con la energía y precisión militar que habían desarrollado tras tres años de funcionamiento ininterrumpido y con un sonido que no tiene nada que envidiar la de sus trabajos de estudio. Muchos fieles de los zoquetes de Queens pueden alegar que ese es, más bien, el disco en el que empezaron a torcerse, en el que intentaron huir del sonido que les había encumbrado como los referentes de todos los jóvenes punks de Gran Bretaña. Desde luego, corresponde a un momento en el que los protegidos de Danny Fields trataron de ir más allá, pero hay una inexactitud en esta afirmación.




Ramones nunca quisieron ser punks. Es decir, no tenían ningún interés particular en tocar en casas okupas, donar sus ingresos a la lucha contra el sistema, participar en conciertos por la liberación animal ni cualquier causa comprometida. Ellos querían triunfar. Ser famosos, ganar pasta y mantener su trabajo haciendo lo que mejor se les daba: aporrear los instrumentos con su propia técnica de raca-raca mientras sonaban melodías de raíces pop sesenteras y doo-woop. Tan simple y tan complicado. Su misión se vio confrontada por la realidad. El sonido punk americano era algo que revolvía a la juventud y creaba una escena que ahora nos gusta romantizar, pero apenas lograba rascar los primeros puestos de ventas.  Además, el año del punk fue 1977, y tanto ellos como sus contemporáneos pronto se vieron eclipsados por la escena new wave, una extensión de ese sonido pulido para un público más amplio, que incluía a Blondie, Elvis Costello o Talking Heads. La realidad es que los dos primeros álbumes de Ramones habían sido importantes más a un nivel conceptual, mientras que su tercero, Rocket to Russia, había mejorado un poco en ventas, llegando al número 49 en las listas de ventas.

End of the Century

El anhelo de alcanzar mejores posiciones y alcanzar el éxito que se les escapaba entre los dedos les hacía querer progresar de grabación a grabación. Ese fue el momento en el que el batería original, Tommy Ramone dejó las baquetas por fatiga de carretera y la familia se amplió convirtiendo a Marc Bell de The Voidoids en Marky Ramone, el batería definitivo de la banda, pese a su hiato en los difíciles años ochenta. Tommy pasaría a convertirse en el arquitecto del sonido del grupo —ya lo había sido hasta el momento— a tiempo completo, dejando la sección rítmica en manos de Bell, que tenía un punto extra de pegada e incorporó algunos detalles al engranaje del grupo que despegó algo a la banda de su filosofía cuadriculada, con un extra de falsos contratiempos en sus riffs que le dieron una energía inédita al sonido punk rock modelado por el propio grupo y que sería, prácticamente, el pan suyo de cada día de grupos californianos de la escuela Lookout como Screeching Weasel, The Queers o Green Day.

La ilustración original de la portada, aún con Tommy Ramone

Originalmente publicado el 22 de septiembre de 1978, Road to Ruin, era una plasmación de ese cambio hacia un sonido no solo más dinámico sino con la mayor variedad de tempos y texturas del cuarteto hasta la fecha. Tommy dividió sus tareas de producción con Ed Stasium para aplicar un filtro de ruido y orden a la usual taladradora que definía a Ramones. Había algunos cambios de acordes más complejos y una mayor apertura en los arreglos con ecos de vieja jukebox, que siempre estuvieron en la voz del cantante principal, Joey Ramone. Pero, en general, la sensación que da el conjunto es el de un orden en el caos, una compresión de la banda de sonido con una mayor definición en las pistas y una mejor traducción de las sensibilidades pop que les habían atraído desde el principio al lenguaje punk rock, es decir, un perfeccionamiento del concepto que aún nadie barajaba pero que estaba ahí desde el principio, es decir el punk pop. Antes de Green Day, Offspring, Blink 182 o NOFX no había distinciones. Ni hardcore melódico ni emo, solo melodías tarareables, dulces o pegadizas con una base distorsionada y con baterías bien marcadas para dar velocidad. Road To Ruin era más pop que nunca, pero también más duro.

We’re a Happy Family

Una contradicción tan inexplicable como la propia lucha interna del grupo. Joey, más progresista y comprometido, bebía de los clásicos de Phil Spector. Y Johnny Ramone, republicano, proamericano y militar, quería rock, sonidos contundentes y cuadriculados. Ambas personalidades se reflejaban en la música y su batalla, siempre presente en la historia del grupo, que conocería momentos con más cuerda para uno o para otro. En la etapa inmediatamente posterior, la versión pop de Ramones llegó a los extremos de contratar al mismísimo Spector para su disco End of the Century (1980), un experimento imposible que alejó definitivamente a la banda de su sonido, sin llegar a recuperarlo del todo en Pleasant Dreams (1981). Por otra parte, en la etapa ochentera tuvo un protagonismo mayor el lado guitarrero y duro, mucho más oscuro de Too Tought To Die (1984) o Halfway To Sanity (1987), directamente hardcore. Por ello, en ningún momento de su carrera tuvieron un equilibrio tan claro y tan cercano a la vez de la frescura de sus orígenes que en su cuarto disco de estudio.

Justo en ese momento, su sonido sería el más imitado, el más influyente y perdurable en el futuro. Algo curioso de la edición de lujo de Road to Ruin es que incluye una remezcla alternativa del disco, realizada por Ed Stasium en exclusiva. Para muchos será un sacrilegio, pero es un extra más que curioso, ya que ofrece la posibilidad de escuchar a Ramones con un sonido tratado y ecualizado con compresores y técnicas de postproducción de hoy en día, con lo que podemos comprobar cómo suenan en igualdad de condiciones con bandas de su género actuales. Cuarenta años llenan la boca pero si te dijeran que es una vuelta a las raíces de una banda de nuevos sellos del subgénero te lo creerías. Era un sonido moderno ayer y actual hoy, lo que significa que en 1978 no había ningún grupo a su nivel en trascendencia. Sex Pistols tenían actitud, pero su base no le llegaba a la mitad de bpms a las canciones de Ramones, y The Clash iban rápidos, pero su raíz rocanrollera y multinfluencia le daba un toque retro que le ataba mucho a lo clásico. En ese momento estuvieron en lo más alto, aunque ni los números lo demostraran ni ellos mismos fueran realmente conscientes.

We Want the Airwaves

El sonido y su potencial como banda no tiene que ver, por otra parte, con la calidad de sus temas, y es en ese apartado en dónde su discografía no le hace justicia. Road to Ruin no contiene las mejores canciones de los Ramones, pero tras la impresionante trilogía anterior sigue teniendo el raro valor de no tener ninguna desechable. Por otra parte, sí que tiene uno de los éxitos más reconocibles, pinchados e imitados de Ramones. I Wanna Be Sedated define muchísimo el concepto de bubblegum pop con toda la energía de sus composiciones y tuvo, además, una segunda vida cuando se eligió como corte principal para publicitar Ramonesmanía (1988), el recopilatorio de la banda en los ochenta. Puede que junto a Blitzkrieg Bop y Sheena is a Punk Rocker sea el hit más perdurable de su carrera, con un tiempo no demasiado acelerado y una infecciosa forma de tocar el palm muted de Johnny que explota con los acordes abiertos del estribillo y llega al frenesí cuando lleva su progresión a tonos más agudos en la mitad de la canción. Es la perfecta canción de baile de graduación y los californianos Offspring lo sabían cuando hicieron –y tocaron— una versión para el clímax de la estupenda cinta de terror adolescente El diablo metió la mano (1999).

Lo que llama más la atención del disco, y lo que provocó —y aún provoca— cierto rechazo entre algunos de sus fieles es que muchos cortes se acercaron al sonido limpio de las baladas de los sesenta que tanto adoraba Joey. Canciones lentas y almibaradas como Questioningly o Don’t Come Close, que fue elegida como single, tienen melodía empalagosa y letras limpias, sin su tradicional humor cazurro. Está claro que tanto la selección como la producción fueron maniobras que estaban dirigidas específicamente para lograr que el grupo se emitiera más en la radio, lo que no significa que Joey no ofreciera una sincera interpretación en todas ellas, especialmente en la sentida versión de Needles and Pins escrita por Jack Nitzsche y Sonny Bono y que popularizó Jackie DeShannon en 1963. Pero tampoco faltaban sus himnos marca de la casa, con letras reducidas a su máxima expresión y estribillos infalibles como el imbatible pildorazo She’s the one.

Do You Remember Rock ‘n’ Roll Radio?

Al mismo tiempo, también abundan cortes más rockeros, potentes, que significaban cierta evolución de sus secuencias de acordes más oscuras y agresivas; herederas de Commando  como I Wanted Everything, I Wanna Have Something to Do y Bad Brain, que no por casualidad dio origen al nombre de la legendaria banda de hardcore Bad Brains. Otro de esos temas que logran traspasar los límites del nombre del disco para integrarse en el imaginario de la banda es I Am Against It, con la que, además, se resumía un poco la filosofía Ramone y la actitud antitodo que muchos se han llegado a tomar en serio. Frases como “I don’t like politics/I don’t like communists/I don’t like games and fun/I don’t like anyone/ Well I’m against it” tienen la mano imprevisible del poeta de la heroína y las navajas, Dee Dee Ramone, lo más parecido a tener al Vaquilla tocando el bajo en tu banda y dejarle crear manifiestos pop a base de una completa ausencia de filtro y puro disparate. La nueva edición del disco ha sacado a la luz el videoclip inédito para el himno, que muestra a un cuarteto vibrante, con una energía que no parece de este mundo, y que podrían machacar hoy en el escenario a cualquiera que se atreviera a compartir lona con ellos.

Con la icónica portada del fundador de la revista Punk, John Holmstrom, basada en un dibujo hecho por fans, Road to Ruin sellaba la imagen de tebeo de Ramones y certificaba que los tipos duros que aparecían en las portadas de los tres anteriores no eran seres humanos sino máquinas de hacer rock, superantihéroes que igual te cantaban una balada que te rajaban en un callejón. Un paso a la ficción que se consolidó con su siguiente proyecto, su aparición y banda sonora para la película Rock and Roll High School (1979) producida por Roger Corman, que era en realidad una extensión de su cuarto disco, ya que temas como el que da nombre al filme o la pluscuamperfecta S.L.U.G. aparecieron en las sesiones de éste. De hecho, aparece en la edición 40 aniversario como bonus track completada, por fin, por Ed Stasium a partir de las tomas que dejó grabadas la banda en su día.

¿Es el mejor disco de Ramones? No, pero sí uno de los más importantes de su carrera. Es un reflejo del estado de forma pletórico de los creadores del punk rock, su consagración como intérpretes y supervivientes del sonido que ellos mismos crearon tras la partida de Sex Pistols de los escenarios y la transformación de The Clash. En una década en la que Gloria Gaynor, Rod Stewart, la música disco y los grupos de rock de canciones de 7 minutos dominaban la frecuencia modulada, Ramones seguía siendo la antorcha para los grupos que tenían algo más que aportar que solos de guitarra auto-indulgentes y pretensiones, el recordatorio de que no importa la cobertura sino los básicos que convirtieron al rock’n’roll en un sinónimo de rebelión. Ritmo, energía y melodías con gancho.

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