7 musicales contemporáneos (más extraños que ‘La La Land’)

Tras La La Land había gente clamando por la vuelta de los musicales. A gritos pedían musicales. Con amenazas exigían musicales. Y aprovechando que los Oscars están a la vuelta de la esquina y atendiendo sus súplicas, aquí os traemos siete musicales contemporáneos (y diferentes).

La La Land ha despertado hambre de musical. Y si bien es un género que nunca ha desaparecido, es cierto que hoy se prodiga más bien poco. Al menos, en lo que corresponde a lo que nos llega a salas.

Porque en realidad nunca pasa demasiado tiempo entre musical y musical de éxito. Siempre es un rumor de fondo. Algo que nunca se apaga. Y está bien que así sea. El musical, como género, está lejos de estar muerto. Sea por el éxito de Hamilton o de Los miserables, el público sigue queriendo que le cuenten historias a golpe de música, pasos de baile y, a ser posible, ciertas dosis de agradable diversidad étnica.

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Pero aquí no vamos a hablar de La La Land (porque ya lo hicimos). Tampoco de todos esos musicales que todos nos sabemos ya prácticamente de memoria. Aquí venimos a hablar de musicales de los que no has oído hablar. Musicales que han pasado bajo el radar. Esa clase de películas donde, ya sea por su lugar de origen o por su condición de auténtico atentado contra el musical clásico –como, de hecho, es en el fondo La La Land-, jamás consiguieron ser taquillazos. Y eso si se llegaron a estrenar siquiera en España. Hay vida más allá de la alargada sombra de Cantando bajo la lluvia y estas siete películas (y una serie) lo demuestran a través de su obsesión de enseñarnos sus potentes órganos (no necesariamente musicales).

El sabor de la sandía (Tsai Ming-liang, 2005)

Para empezar, hablemos de una rareza. Y si hablamos de rarezas, ningún musical es más extraño que El sabor de la sandía. Conocida en España como El sabor de la sandía, esta es la historia de cómo, en mitad de una sequía sin precedentes, dos personas, Hsiao-Kang y Shiang-chyi, deciden comenzar una relación. Con la particularidad de que él, Hsiao-Kang, es actor porno y ella, Shiang-chyi, no tiene ni la más remota idea de ese pequeño detalle.

Con el agua como tema de fondo, con mucho sexo circulando por pantalla y la sandía como elemento regidor de todo cuanto ocurre, tanto en lo sexual como en lo musical -sin contar, claro está, el conflicto de fondo: el hecho de que él sea actor porno es sólo problemático en tanto la sociedad impone la idea del sexo como algo sucio, privado y siempre, de algún modo, al límite de ser cuestionado—, la película no deja de tener los tips clásicos del cine de Tsai Ming-liang. En otras palabras, tiene largos planos secuencia de acontecimientos que, si bien reales, su larga y peculiar mirada los hacen parecer extraños e irreales. Casi oníricos. Algo a lo que, si le sumamos sus extravagantes números musicales, da lugar a una película tan extraña como brillante. Especialmente si consideramos su final, prácticamente mudo, que contrasta por ser un brutal baño de realidad en medio de una gran sequía bien regada de fluidos.

Hedwig and the Angry Inch (John Cameron Mitchell, 2001)

Para empezar, una pregunta difícil: ¿puede una chica transexual de Berlin del Este iniciar un tour por Estados Unidos y convertir su rock agridulce en una auténtica institución de culto? Y más importante todavía, ¿logrará encontrar el amor verdadero en el proceso? En el caso de la encantadora Hedwig, así es si su exnovio (y compañero de banda) no le roba sus canciones antes de lograrlo.

Con un humor delicioso, un punto dramático bien perfilado y un tratamiento sensible del tema de la transexualidad, esta adaptación del musical que escribiría el propio John Cameron Mitchell antes de llevarlo a la gran pantalla es uno de los grandes musicales de nuestro tiempo. Ya no sólo por unos números musicales inolvidables o una cuidada estética con reminiscencias del mejor glam rock, sino por el inolvidable personaje de Hedwig, al que también da vida Mitchell. Porque éste es uno de esos proyectos que justifican toda una carrera. Cine del siglo XXII, si es que en el siglo XXII ya hemos dejado de mirar con perspicacia los genitales de los demás antes de decidir el tratamiento nominal que merecen.

The Lure (Agnieszka Smoczynska, 2015)

Aunque básicamente desconocida fuera de sus fronteras, Polonia tiene una nutrida y muy interesante escena de electroclash. Con grupos tan dispares como Yummy Cake, Vein Cat o NUN Electro, era cuestión de tiempo que todo ese caldo de cultivo resultara en algo que consiguiera trascender sus fronteras. Y si bien no ha sido en el plano discográfico, al menos sí lo ha sido en el musical.

The Lure, Córki dancingu en polaco, es un musical de terror que adapta La Sirenita de Hans Christian Andersen en el contexto de un cabaret de los ochenta. De ese modo se justifican los números musicales, el canibalismo de las sirenas protagonistas, lo hortera que es toda la puesta en escena e, incluso, su indisimulado erotismo. Algo que no es, ni de lejos, un demérito. Agnieszka Smoczynska consigue congeniar lo cómico, lo inquietante y lo absurdo en un todo que, sin alcanzar nunca una forma de terror más puro, sí caracteriza, con bastante tino, gracias a sus números musicales de aire electroclash, el espíritu de la obra de Andersen y de la época que intenta retratar. Algo que no es decir precisamente poco: ¿cuándo fue la última vez que vimos unas sirenas que puedan oscilar con naturalidad entre el deseo caníbal, el sexual y el amor más puro?

Dance With Devils (Ai Yoshimura, 2015)

Si hasta aquí sólo hemos hablado de cine es por algo. La televisión tiene una tarea pendiente con el musical, y si bien se pueden contar con los dedos de una mano las series que se han sumergido en ese cenagal, incluso aunque sólo fuera por un episodio, es todavía menos común en el mundo del anime. Salvo por una excepción. Una tan peculiar y extraña que nos vemos en la obligación de nombrarla.

Dance With Devils es un anime musical harem bishōnen (en otra palabras, un musical de animación japonesa que sigue a una chica con varios potenciales intereses románticos en forma de chicos atractivos) en el cual se dan la mano un trasfondo sobrenatural de luchas intestinas entre diablos, vampiros y exorcistas junto con la inocencia y desconocimiento de una chica tan atrayente para los entes sobrenaturales como sosa para el resto de la humanidad. Y con todo, funciona. Su estilo kitsch es arrebatador, su idea de romance es tan tóxica como evocadora y los números musicales, por puro efectismo y derroche, acaban siendo fascinantes. Algo de lo que no pueden alardear tantos musicales. Mucho menos de tomar el punto de vista de la chica, incluso si esta es, en última instancia, todo un ejemplo de pasividad encarnada.

Repo! The Genetic Opera (Darren Lynn Bousman, 2008)

Tras el campanazo que supone Dance With Devils se hace necesario rebobinar. Volver al pasado. Pero no demasiado. Porque hubo un tiempo en que Darren Lynn Bousman prometía ser el nuevo gran nombre del terror. Pero eso fue hace mucho. Fue hace tanto que, por aquel entonces, había dirigido nada más que tres estimables entregas de la saga Saw y todos esperábamos con interés e impaciencia lo que hiciera en la finalmente mediocre (e igualmente sobrepublicitada) 11/11/11 o, incluso antes de eso, la película que nos ocupa, Repo! The Genetic Opera.

Siendo una opera rock en el contexto de un futuro cyberpunk donde el robo de órganos está a la orden del día, podríamos decir que estamos ante una versión futurista de Sweeney Todd. Y no andaríamos equivocados. Confiando más en el terror y el humor que en sus canciones, es un musical diferente, extraño y extravagante. Una pieza que sólo podría haber firmado Lynn Bousman. Una película que no sabe si quiere ser una crítica a los excesos del neoliberalismo, su celebración o un mero despiporre sin más sentido que el exhibicionismo.

Chi-Raq (Spike Lee, 2015)

Tras tres miradas hacia el terror, o al menos hacia lo sobrenatural, bien está volver a la realidad. O al menos, hacia las metáforas más tangibles. Porque Chi-Raq también trata sobre la alteridad, el amor y el sexo, como las otras películas que hemos citado, sólo que esta vez, dándole una interesante vuelta de tuerca a todos esos conceptos: la película es una relectura de la Lisistrata de Aristófanes en versión gangsta rap.

Convirtiendo el coro griego en un narrador que no estaba presente en la original, Spike Lee articula una película entre la comedia y el drama donde los números musicales, aunque escasos, brillan con fuerza. El problema es que parece que haya dos películas que no terminan de conectar nunca. Por una parte el drama social, donde el crimen es la lacra de la sociedad, y por otra la comedia, donde toda la guerra de bandas y la opresión hacia los negros se vuelve una caricatura de las pulsiones sexuales traducidas en la clásico «una pistola es una polla«. Como si una cosa no fuera con la otra. Como si, en última instancia, toda esa necesidad de alinearse en bandos y escupirse tanto plomo como insultos hacia la madre del otro no fueran síntomas de la misma enfermedad.

Tokyo Tribe (Sion Sono, 2014)

En ese sentido, Tokyo Tribe es la culminación de todo lo que hemos visto hasta ahora. Es una película sobre guerras de bandas. Es una comedia bufa con trasfondo social. Trata sobre el amor, sobre cómo es posible sobreponernos a las diferencias por aquello que tenemos en común, por todo lo que compartimos. Y también es un musical. Uno donde, además, se usa un género de música que, hasta hoy, apenas sí ha sido explotado en el género (cinematográfico): el rap.

Sion Sono firma en Tokyo Tribe una obra maestra infravalorada, un auténtico do de pecho donde no sólo da un par de lecciones sobre cuáles son las posibles funciones reales de un plano secuencia de más de cinco minutos, sino que también aprovecha para contarnos una historia delirante sobre guerras de bandas, complejos sexuales y cómo, al final, todas las batallas de la historia, incluso las de gallos, no son más que un intento de dilucidar quien la tiene más grande. O para ser más exactos, quien puede seguir evadiéndose un día más de todos los complejos que le atenazan. Todo aquello por lo cual se sienta una mierda, poco hombre, menos de lo que se supone que debería ser.

En otras palabras, la enésima patada de Sion Sono a la sociedad heteropatriarcal. Y de esas, como ya hemos podido ver, saben algo algunos de los mejores musicales.

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